La multiplicación (?) de los panes

Una salida para nuestra sociedad de consumo

 

Hoy

Si hay algo que defina los avances tecnológicos del momento presente es la capacidad que tiene el hombre moderno de multiplicarlo todo. La sociedad de consumo impulsa cada día a producir más y mejores alimentos, a aumentar el capital desmesuradamente, a incrementar la velocidad de los medios de transporte, a facilitar hasta los límites de lo imposible la comunicación, a acortar las distancias, a aumentar el confort de vida. Se puede decir que la ciencia ha hecho en nuestro mundo el milagro de la multiplicación de los bienes de consumo, un milagro imposible de realizar a principios de nuestra era: ya hay pan y alimentos básicos para todos los seres que habitan el planeta.

 

Ayer

En tiempos de Jesús, la situación era diferente, pues no había recursos para todos. Por documentos ajenos a la Biblia tenemos indicios de que en el siglo I empeoró en Palestina la situación de las clases modestas teniendo por causas principales la presión fiscal, la progresiva concentración de posesiones en manos de unos pocos y divesas crisis de tipo ecológico.

Por Flavio Josefo, historiador judío, sabemos que la presión fiscal sobre las clases populares era tan grande que Herodes se había visto obligado a bajar los impuestos varias veces para evitar disturbios generales (Flavio Josefo, Antigüedades Judías, 15,365; 16,64-). El mismo Herodes se había apoderado por medio de confiscaciones de una cantidad enorme de tierras de campesinos que fueron vendidas después de la destitución de su hijo Arquelao, el año 6 d.C. yendo a parar, con toda probabilidad, a manos de ricos que de este modo se hicieron más ricos ( (cf. F. Josefo, Ant. Jud. 17,355; 18,2).

Los beneficios por parte de los terratenientes eran inmensos. Sabemos de Juan de Giscala que vendió aceite a Siria con una ganancia del setecientos por cien (Flavio Josefo, Guerra Judía, 2,591). Y de Herodes que había convertido en regadío un terreno, propiedad de su hermana Salomé, de unos cuarenta y cinco kilómetros cuadrados, del que obtenía rentas de hasta sesenta talentos (F. Josefo, Ant. Jud 17,321). El talento era la más alta moneda griega de cuenta; equivalía a un peso de plata que variaba según las estimaciones, de 26 a 34, e incluso a 41 kgs. y valía unos seis mil denarios. El denario era una moneda romana, de plata, que correspondía al salario diario de un jornalero agrícola o al gasto medio de un día. Salomé percibía por sus regadíos anualmente el precio equivalente a 360.000 jornales.

Motivos de tipo ecológico agudizaron esta situación de progresivo empobrecimiento de la inmensa mayoría del pueblo. Flavio Josefo refiere que hubo una gran sequía hacia el año 65 a.C., un ciclón en el 64, un terremoto el 31, una peste el 29 y una gran carestía el 25 a.C. Tenemos testimonios de que hacia el 46/47 d.C., bajo Claudio, hubo una gran hambre de modo que durante su gobierno se llegó a dificultades de abastecimiento en el imperio. En este tiempo los pequeños labradores se hundieron más en el endeudamiento y en la dependencia (Hech 11,28; F. Josefo, Ant. Jud. 20,51ss.)

 

Ni milagro

Este es el marco sociológico para la época del Nuevo Testamento, adecuado contexto del mal denominado "milagro de la multiplicación de los panes y peces" (Mc 6,33 -46) como rezan los titulares de la inmensa mayoría de las ediciones del Nuevo Testamento. "Mal denominado" porque no se trata de un milagro ni mucho menos de una multiplicación de alimentos básicos (pan y pescado), aunque así se le viene considerando al menos desde tiempos de Sto. Tomás de Aquino.

Desde el punto de vista literario no parece que se trate de un relato de milagro, porque, como mostré en mi libro (Los milagros de Jesús. Morfología e interpretación, Institución San Jerónimo-Verbo Divino 1984, 101ss), el estilo de este relato no cuadra con el del resto de los relatos de milagro referidos por los evangelios:

 

Ni multiplicación

En todo caso, es digno de ser notado el contraste entre el lenguaje de Jesús y el de los discípulos:

Jesús no invita a multiplicar, sino a poner en común y repartir. De ahí que no debemos seguir llamando a este relato "multiplicación de panes y peces", sino más bien "reparto de panes y peces".

El resultado de compartir lo que se tiene fue sorprendente: "Comieron todos hasta saciarse y recogieron de trozos doce cestos llenos, también de los peces. Los que comieron los panes eran cinco mil hombre adultos". Cuando se pone en común lo que se tiene, hay para todos y sobra.

 

La enseñanza de Jesús

Una vez alimentada, Jesús despide a la multitud que ya ha recibido la enseñanza a la que se refiere el relato al principio cuando se afirma que "estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles". El relato de los panes expresa de modo gráfico el contenido de la enseñanza de Jesús, del que nada se dice en esta ocasión. No se trata, por tanto, de un milagro, sino de una enseñanza escenificada, cuya puesta en práctica resulta tanto o más difícil que hacer un milagro.

Y ésta es la enseñanza de Jesús: el verdadero milagro no consiste ya en que cada uno se busque la vida por su cuenta (disolver la multitud) ni en tener dinero para comprar (lo que resulta imposible para gran parte de los ciudadanos de la tierra), ni en multiplicar el pan (como se puede hacer hoy gracias a la tecnología; aunque esto seguirá siendo necesario para abastecer a la humanidad). El verdadero milagro pendiente consiste en poner en práctica en la vida de cada día la enseñanza de Jesús: aprender a compartir, a poner en común lo que se tiene, a partir, a repartir y a servir.

Las masas inmensas de pobres de la tierra del tercer y cuarto mundo, los marginados que pueblan las bolsas de pobreza de los paises desarrollados solamente serán alimentados si tenemos en cuenta la orden de Jesús a los discípulos: "Dadle vosotros de comer" y lo hacemos repartiendo lo que, estando en manos de unos pocos, puede saciar el hambre de todos, sin agotar los recursos: "Comieron todos hasta saciarse y recogieron de trozos doce cestos llenos, también de los peces".

Lo que aquel dia aprendieron los discípulos, no deberíamos olvidarlo hoy: Jesús no pidió a Dios que le ayudase a multiplicar los panes, sino que invitó a sus discípulos a compartirlos. Difícil enseñanza que nuestra sociedad de consumo no está dispuesta a poner en práctica para resolver las inmensas carencias y los grandes desequilibrios de nuestro mundo.

 

La plenitud humana

Debe quedar claro, sin embargo, que la enseñanza de Jesús no se queda ahí. A estas masas no basta con darles el pan de cada día; no basta con satisfacer sus necesidades materiales: hay que llevarlas a la plenitud humana. Dice el evangelista Juan que, después del reparto de panes, la gente lo buscó y al encontrarlo le preguntaron: "Maestro, ¿desde cuándo estás aquí? Jesús les contestó: Sí, os lo aseguro. No me buscáis por haber visto señales, sino por haber comido pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando vida definitiva, el que os va a dar el Hombre, pues a éste el Padre, Dios, lo ha marcado con su sello" (Jn 6,25-27). El cristiano no debe quedarse en encontrar solución a la desesperada necesidad material del pueblo desvalido; debe trabajar, al mismso tiempo, por suministrar el alimento que no se acaba. El don del pan era una invitación a la generosidad, pero no era solamente donación de algo (el pan), sino que expresaba la entrega de la persona por amor. El pan material alimenta una vida que perece; el amor, que lleva a la entrega de uno mismo hacia los desfavorecidos de la tierra, comunica la vida verdadera. El pan partido y compartido es la expresión del amor que lleva a la plenitud humana, el sello con el que ha marcado Dios a su hijo para comunicar la vida definitiva.

 

Hoy como ayer

Los cristianos tenemos un largo camino por delante en este mundo tan falto de pan y de amor, porque la situación en nuestro mundo moderno sigue siendo desesperada. Las estadísticas de la ONU son escalofriantes: hambre crónica de 1.000 millones de habitantes, muerte de 40.000 personas diarias por inanición porque el sistema de mercado declara de antemano muertos a quienes no poseen capacidad de compra y niega ayudas en provecho de reducir impuestos al capital. Un 2% de la producción mundial de grano bastaría para alimentar a los 1.000.000 de personas que lo necesitan, pero sin un céntimo para adquirir un puñado de trigo o de maíz su identidad es irrelevante. Y por si esto fuera poco, las fortunas de las 358 familias más ricas del planeta suman más que los 2.500 millones de personas más pobres del mundo.

 

Jesús Peláez