(Publicado
en la revista Éxodo, nº. 56 (Noviembre-Diciembre 2000, págs. 37-42)
***
Jesús Peláez
Universidad
de Córdoba
Este
artículo tiene por finalidad analizar los milagros de Jesús en el evangelio de
Marcos, -en gran parte curaciones o exorcismos- con la finalidad de dar
respuesta a tres preguntas: 1) dónde, 2) cuándo y 3) a quien cura Jesús o qué
adversidades remedia. Respondiendo a estas cuestiones podremos determinar el
alcance real de la acción de Jesús que sana y pone remedio a las enfermedades
o males más diversos.
La
geografía de los milagros de Jesús
La
actividad de Jesús, que sana y remedia adversidades de todo tipo, se
desenvuelve en el evangelio de Marcos en dos zonas geográficas antagónicas según
las concepciones judías del tiempo: territorio judío y territorio pagano, que
representan respectivamente al pueblo de Israel y a los paganos o gentiles. La línea
divisoria entre ambas zonas la marca el lago de Genesaret: al oeste, territorio
judío; al este, pagano. Diversas travesías de Jesús con los discípulos por
el lago indican el paso de una zona a otra.
-
En territorio judío tienen lugar doce milagros de Jesús, de los
que once suceden en Galilea (norte
del país) y sólo uno en Judea (al sur).
En
Galilea actúa Jesús en la sinagoga de Cafarnaún expulsando de un hombre un espíritu inmundo (1,21b-28); en casa de Simón y Andrés cura a la
suegra de aquél (1,29,31); en el mar calma
la tempestad (4,35-5,1); en un lugar indeterminado de la orilla oeste del
lago cura a la hemorroisa y reanima a la
hija de Jairo (5,21-34); y, en un despoblado, reparte por primera vez panes
y peces a la multitud (6,33-46). A veces el evangelista no indica el lugar
exacto donde Jesús actúa como es el caso de la curación de un leproso (1, 39-45) o el de la curación del niño epiléptico (9, 14-29). La única curación obrada fuera de
los límites de Galilea la realiza Jesús al salir de Jericó, a treinta kms. de
Jerusalén, hecho no casual, pues esta ciudad fue la primera que conquistaron
los israelitas, tras pasar el Jordán, en
su éxodo hacia la tierra prometida. Jesús
devuelve allí la vista a un ciego (8,22-26), antes de realizar su éxodo
definitivo de la muerte a la resurrección que tendría lugar en Jerusalén.
-
En territorio pagano tienen lugar cinco intervenciones de Jesus
distribuidas de este modo: en la región de los gerasenos expulsa una legión de
demonios de un endemoniado (5,1-20); en la comarca de Tiro libera de un espíritu
inmundo a la hija de la sirofenicia,
(7,24-30); en la orilla este del mar cura a un
sordo tartamudo (7,31-37); en un lugar desierto lleva a cabo el
segundo reparto de panes (8,1-9) y en Betsaida devuelve la vista a un
ciego (8,22-26).
Jesús
elige, por tanto, como lugar privilegiado de sus milagros, en su mayoría
curaciones y exorcismos, "la periferia" de Israel, la provincia de
Galilea, en el norte, llamada despectivamente "Galilea de los gentiles o
paganos", la región más alejada del influjo del templo y del sistema
religioso judío asentado en Judea, en el sur. "Galilea de los
gentiles" es casi exclusivamente el lugar de la actividad sanadora de Jesús,
dando cumplimiento así a sus palabras: "No sienten necesidad de médico
los sanos, sino los enfermos; más que justos, he venido a llamar pecadores”
(Mc 2,17), cuando le acusan de comer con recaudadores y descreídos.
La
periferia del sistema judío se define de este modo como el lugar más apropiado
para la actuación sanadora de Jesús. La salvación de Jesús se concentra en
los márgenes de Israel, en lo que podríamos llamar la heterodoxia del sistema.
Dentro
de Galilea, Jesús actúa remediando males en todos los ámbitos de la vida
humana: en una sinagoga, espacio religioso, libera a un hombre
con un espíritu impuro (1,21b-28); en una casa, lugar de la vida privada, cura a la suegra de Simón (1,29-31); en la puerta de la casa, ámbito
de la vida pública, realiza curaciones múltiples
(1,32-34), y en un despoblado tiene lugar el primer reparto de panes y peces (6,33-46) en rememoración del
desierto, donde Dios dio de comer a su pueblo, pero en un nuevo éxodo que, a
diferencia del primero, no va ya de Egipto a la tierra prometida, sino de Israel
a la nueva tierra prometida. Israel se ha convertido, como
Egipto, en tierra de opresión donde la enfermedad, el demonio, la muerte
y el hambre campan a sus anchas, esclavizando al ser humano; Jesús llevará al
pueblo en un nuevo éxodo a la nueva tierra prometida, esto es, a la vida sin
semilla de muerte que anuncian y preconizan sus milagros, y que se manifiesta
plenamente con la resurrección.
Vemos,
por tanto, cómo la actividad taumatúrgica de Jesús, predominantemente
curaciones o exorcismos, no tiene límites ni fronteras; Jesús actúa en
territorio judío y pagano; dentro del país judío, además,
no hay ningún espacio de la vida humana que le sea ajeno. La salvación
de Jesús alcanza a todos: es universal; va dirigida a cualquier persona
independientemente del sitio en que ésta se encuentre. La vieja división del
mundo en judíos y gentiles o paganos ha terminado. Ya no hay dos, sino un solo
mundo donde todos pueden beneficiarse de la salvación de Dios. Lejos del
sistema judío (Galilea de los gentiles) o fuera (pueblos paganos) es posible la
salvación... O mejor todavía, es precisamente en la periferia del sistema judío
o fuera de él donde se manifiesta con fuerza el poder de Jesús que pone
remedio a toda clase de males.
Convencido
de que la nueva sociedad o reino de Dios no se implantará definitivamente
mientras haya alejados y excluidos, Jesús centra su actividad en la zona geográficamente
más alejada del templo de Jerusalén, corazón de la religiosidad judía*** ,
(coma) y en los hombres y mujeres excluidos del sistema judío por diversas
razones.
Llama sorprendentemente la atención que, en el evangelio de Marcos, Jesús no cure a ningún enfermo, ni remedie ninguna necesidad en Jerusalén, tal vez por ser ésta el lugar de donde viene la oposición más fuerte a su doctrina liberadora, por hallarse en ella el Templo y su aparato ideológico, que impiden la liberación del hombre. Tampoco verán los discípulos en el evangelio de Marcos a Jesús resucitado en Jerusalén; tendrán que desplazarse para ello a Galilea: "Y ahora, marchaos, decid a sus discípulos y, en particular, a Pedro: <Va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis, como os había dicho>" (16,7).
El tiempo de los milagros de Jesús
Si
analizamos cuándo tienen lugar los milagros de Jesús, sean exorcismos,
curaciones, resurrección de muertos o "milagros de naturaleza",
constatamos cómo el momento del día en que Jesús actúa con poder no
es una indicación meramente cronológica, sino también teológico-simbólica.
En los relatos de milagro se habla del
"día" en general (2,1; 8,1), de un día concreto (el sábado, 1,21b)
y del atardecer (4,35; 6,47), como tiempo en el que Jesús actúa con poder.
Combinando
las indicaciones cronológicas con la actividad que Jesús realiza, se puede
concluir lo siguiente: la actividad sanadora de Jesús (3,1-6) en sábado
(tiempo sagrado) resulta provocativa para sus adversarios fariseos, hasta el punto
de que, ya en el capítulo 6,1-6 del evangelio de Marcos, Jesús es rechazado en
la sinagoga y en día de sábado: "Sólo en su tierra, entre sus parientes
y en su casa desprecian a un profeta". Y añade el evangelista: "No le
fue posible actuar allí con fuerza; sólo curó a unos pocos postrados aplicándoles
las manos. Y estaba sorprendido de su falta de fe". A partir de este
momento, Jesús no vuelve a entrar más en las sinagogas judías, ni se alude en
el evangelio a su actividad en sábado.
La
nota polémica que puede observarse en este recorrido muestra que el evangelio
de Marcos incluye una dura crítica de la sinagoga como institución y propugna
una abolición del sábado, como tiempo sagrado; ninguna de las dos
instituciones ayuda a la liberación del ser humano. El hecho de que la primera
actuación de Jesús tenga lugar en sábado y en una sinagoga, donde expulsa el
espíritu inmundo de un hombre (1,21-28) es significativo, pues supone la triste
constatación de que en el lugar de los puros habita paradójicamente la
inmundicia.
Tras
las dos curaciones de Jesús en sábado (hombre
con un espíritu inmundo y suegra de
Simón), en esta primera jornada en Cafarnaún
hay una intensificación o pluralización de su actividad: "caída
la tarde, cuando se puso el sol (esto
es, terminado el sábado, pues los judíos cuentan los días de sol a sol), le
fueron llevando a todos los que se encontraban mal y a los endemoniados. La ciudad
entera se agolpaba a la puerta y curó a muchos que se encontraban mal con
diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios; y no permitía a los
demonios declarar que sabían quién era"
(1,32-34).
Al
terminar el sábado -tiempo sagrado- la actividad curativa de Jesús se
multiplica para simbolizar su victoria contra las fuerzas del mal, que se
muestran especialmente activas, según las creencias de la época, al caer el
sol y comenzar la tiniebla de la noche. Así sucede en el resto del evangelio:
al atardecer, una tempestad amenaza con hacer zozobrar la barca de los discípulos (4,35-5,20). La victoria relativa de Satán sobre Jesús
tiene también lugar al atardecer, hora en que Jesús anuncia la traición de
Judas (14,17) y también, al atardecer, se prepara José de Arimatea para
colocar en el sepulcro el cuerpo inerte de Jesús (15,42). Éste permanece en el
sepulcro el día de descanso, el sábado, cumpliéndose así el propósito
inicial engendrado por fariseos y herodianos de acabar con él (Mc 3, 6); pero
el día primero de la semana, las mujeres reciben el anuncio de la resurrección.
La salvación llega con la luz, "muy de mañana, recién salido el
sol". El primer día de la semana, con la resurrección de Jesús, el
cristiano tiene ya por seguro que la victoria contra los enemigos más
abominables del hombre, la enfermedad y la muerte, representados por la tiniebla
y la oscuridad del sepulcro, es ya posible.
Jesús
ha puesto fin, de este modo, a la vieja división del tiempo en sagrado y
profano; el sábado ha sido superado y ha comenzado ya un nuevo tiempo -todo
sagrado- en el que se podrá hacer el bien los siete días de la semana, pues lo
único realmente sagrado será el hombre al que hay que liberar de sus
enfermedades, dolencias o privaciones, allí donde y cuando se le encuentre.
Los males que Jesús remedia
La
acción salvadora de Jesús afecta a individuos y grupos humanos (discípulos o
multitud), al cuerpo entero o a algunos de sus órganos más representativos
(ojos, oídos, lengua, manos, pies o genitales):
-
Cuatro milagros referidos por Marcos tienen por objeto los órganos de la vista,
el oído o la lengua. De ellos, dos se realizan en territorio judío
y dos en zona pagana.
"Ojos, oído y lengua" son los órganos por donde entra
(ojos y oídos) o se proclama el
mensaje (lengua). "Ver y oír"
definen los dos primeros tiempos del proceso de acercamiento del discípulo a
Jesús que, en una segunda fase, tendrá que hablar, anunciando lo visto y oído,
como el ex-endemoniado de Gerasa (5,20).
A nivel simbólico, Jesús convierte a ciegos y sordos en testigos-creyentes y
anunciadores del mensaje.
-
En Marcos hay también cuatro relatos de posesión demoníaca, de los que dos
tienen lugar también en territorio judío y dos en territorio pagano. La posesión
demoníaca era, en aquella época, expresión de alienación mental, manifestación
de las enfermedades de la mente humana. La victoria de Jesús sobre el mal
(Satanás) es total; Jesús lo vence dentro y fuera de Israel, sanando no sólo
el cuerpo, sino también liberando la mente esclavizada por los espíritus
inmundos, figura de la ideología opresora y alienante de la sinagoga, como se
deduce del hecho de que los únicos que aparecen tentando a Jesús a lo largo
del evangelio de Marcos, además de Satanás en el desierto (13), son los
fariseos, representantes de la ideología satánica (8,11; 10,2; 12,15).
-También
se refieren en el evangelio de Marcos dos repartos (mal llamados multiplicaciones) de panes y peces: uno entre judíos y otro entre
paganos. Se anuncia así el fin de la división de la humanidad en dos bloques
y, con ello, el fin del privilegio de Israel: Jesús da de comer por igual a judíos
y paganos. En él se manifiesta el amor universal de Dios que viene a curar no
sólo la enfermedad, sino a remediar el hambre del pueblo y, a nivel simbólico,
la falta de una enseñanza que lleve al pueblo a la vida. Por eso el evangelista
dice antes de que Jesús de a repartir los panes que estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles. El verdadero
alimento del pueblo es la palabra de Jesús y no la doctrina de los fariseos.
-
Jesús obra dos milagros en el mar en favor de los discípulos, cuando éstos se
dirigen hacia territorio pagano por orden suya. La misión de Jesús y sus discípulos
apunta a los paganos; los discípulos, a instancia de Jesús, deberán cruzar a
la otra orilla para anunciar el evangelio fuera de las fronteras de Israel. Como
Jonás y, a pesar de su resistencia, tendrán que proclamar el perdón también
a los enemigos del pueblo elegido, a los pueblos paganos, pues el Dios de Jesús
es un Dios-Padre de todos, judíos y paganos.
-
En el evangelio de Marcos se narra, por último, un solo caso de reanimación de
un cadáver: la hija de Jairo que muere a los doce años. Este relato va unido
al de la hemorroisa (mujer con desarreglo menstrual y, por tanto, estéril). Las
dos pacientes son judías, pertenecen a Israel y están condenadas a la
esterilidad o a la muerte, respectivamente. En ambos casos, Jesús hace posible
la vida plena (cortando el flujo de sangre o devolviendo la vida), una vida que
lleva consigo la fecundidad, que no pudo otorgarles la sinagoga, corazón del
sistema judío, en cuyo seno la hemorroisa estuvo enferma sin remedio y la hija
de Jairo se agravó tanto en su enfermedad que terminó muriendo.
En
resumen, la actuación con poder de Jesús es universal; no tiene fronteras de
religión o grupos étnicos. Mira al hombre, de cualquier sexo, edad o condición
social. Va dirigida a individuos o grupos humanos; al cuerpo entero, a algunos
de sus órganos más representativos, a su mente y a la totalidad de la persona;
no se limita solo a curar la enfermedad física o psíquica,
sino que remedia carencias (hambre) o salva de peligros (sucumbir en el
mar).
Los
milagros de Jesús son, por tanto, modelo de su actuación de cara a una
sociedad dividida en clases antagónicas (judíos y paganos), que ha creado un
mundo de marginación dentro del sistema (enfermos de todas clases, a veces,
como el leproso, alejados no sólo de los hombres, sino también de Dios, por el
mero hecho de ser enfermos), y que ha dejado fuera del alcance de la salvación
a los paganos (excluidos del sistema religioso de Israel), dividiendo el tiempo
en sagrado -durante el que, por estar dedicado a Dios, no se puede hacer el bien
(3,1-6)- y profano.
Los
milagros de Jesús anuncian una nueva sociedad en la que ya no hay judíos ni
paganos, se pone fin a toda clase de enfermedad y marginación, y se hace de la
humanidad dividida una humanidad unida que tiene a Dios por Padre, el nuevo
nombre de Dios reivindicado por Jesús en la oración que enseñó a sus discípulos:
el Padrenuestro.
Jesús y los excluidos del sistema
Pero
si hay algo que llame realmente la atención es que la actividad taumatúrgica
de Jesús va dirigida fundamentalmente a los excluidos del sistema con la
finalidad de -sanándolos- integrarlos de nuevo en la sociedad. Jesús no quiere
excluidos del pueblo ni pueblos excluidos.
Al
hombre con un espíritu inmundo (1,21b-28), lo libera del mismo
precisamente en la sinagoga, que aloja sorprendentemente espíritus inmundos
dentro de ella y se muestra incapaz de expulsarlos; sano de mente, el hombre se
librará en lo sucesivo de comulgar con la ideología de una sinagoga que no había
remediado su enfermedad y con cuya ideología se sentía vivamente identificado:
"¿Qué tienes tú contra nosotros" (1,24), le dice a Jesús el hombre
con el espíritu inmundo, confundiendo su yo individual con el de los letrados,
únicos personajes a los que alude el relato.
A
la suegra de Pedro, que yacía en cama con fiebre y, por tanto,
incapaz para la acción, Jesús la levanta y ésta se pone a servirles, única
actitud posible dentro de la comunidad (1,29-31).
Al
leproso -excluido del pueblo y del culto por prescripción de la Ley
mosaica- Jesús lo envía a los sacerdotes para que, certificando su curación,
quede claro que la ley de lo puro e impuro (Lv 14) queda invalidada, pues
margina, en nombre de un falso Dios, a los hombres más necesitados de atención.
Como contrapartida por tan subversiva acción, dice el evangelista que Jesús
"ya no podía entrar manifiestamente en ninguna ciudad". Por devolver
purificado al leproso a la sociedad, Jesús queda excomulgado (1,45).
La
hemorroisa, mujer impura -que llevaba doce años con un desarreglo
constante- se libra de su hemorragia cuando, violando la ley que le prohibía
tocar a nadie, se atreve a tocar a Jesús. Esta mujer no había encontrado
remedio a su enfermedad en la medicina; más bien, su situación económica se
había agravado hasta el punto de quedarse arruinada: "Había sufrido mucho
por obra de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía sin
aprovecharle nada, sino más bien poniéndose peor" (5,25). Atreviéndose a
tocar a Jesús en contra de la ley termina su desarreglo menstrual, o lo que es
igual, recupera su capacidad reproductora y generadora de vida. Esta mujer es
figura del Israel marginado por la institución;
enferma y estéril, accede a la salvación por la fe en el nuevo maestro
que, al ser tocado por una mujer impura, no sólo no se contagia, sino que
purifica a quien con tanta fe lo toca (5,24b-34).
Al
paralítico inmovilizado, figura de la humanidad pecadora, le manda
Jesús cargar con su camilla, y aquél -por su propio pie-
se aleja a la vista de todos libre no sólo de enfermedad, sino también
de sus pecados. La puerta de la casa de Israel, que impide a los paganos entrar,
se ha abierto definitivamente gracias a Jesús. Éstos tendrán también acceso
a la salvación, aunque para ello haya habido que destechar el techo de la casa
(2,1-12). Los judíos dejan de ser obstáculo para el acceso de los paganos a
Jesús.
Al hombre del brazo
atrofiado, incapacitado para el trabajo y, consiguientemente, parado y
desarraigado social, Jesús le restituye la fuerza del brazo ante el escándalo
de los fariseos presentes que no le perdonan que lo haya curado en sábado; en
premio por esta buena acción, fariseos y herodianos, formando una extraña
alianza, deciden acabar con Jesús (3,1-6).
A
la hija de Jairo, muerta a los doce años, edad hábil para el
matrimonio, Jesús la devuelve a la vida y a sus padres, capacitándola para
contraer matrimonio; es significativo que sea precisamente un jefe de sinagoga,
de nombre Jairo (nombre hebreo que significa "que Yahvé
resplandezca") quien, dejando la sinagoga, salga al encuentro de Jesús y
creyendo en él -"no temas; ten
fe y basta"- recupere a su hija viva (5,21-24a.35-6,1a).
Un sordo tartamudo,
imagen de incomunicación total y figura de los discípulos que no aceptan que
Jesús brinde la salvación a todos por igual, recupera su capacidad de oír y
hablar, y dice el evangelio que "les advirtió que no lo dijeran a nadie,
pero, cuanto más se lo advertía, más y más lo pregonaban ellos"
(7,31-37).
A
un ciego que le traen para que lo toque, Jesús lo tiene que
conducir también fuera de la aldea para que progresivamente llegue a ver y,
como al sordo tartamudo, le prohibe entrar en ella, no sea que vuelva a la
antigua ceguera-mentalidad (8,22b-26).
Otro ciego, a las
puertas de Jericó y a la vera del camino, -lugar donde cae la semilla-mensaje
y no da fruto (4,3) y también imagen de los discípulos-, recupera la
vista cuando Jesús está para iniciar su éxodo definitivo hacia la muerte y
resurrección (10,46b-52). Una vez curado, dice el evangelista que "lo seguía
en el camino".
En
país pagano, Jesús, al constatar la fe de la mujer sirofenicia le anuncia que
"el demonio ha salido de su hija" (7,24-30); esta mujer era pagana y,
por tanto, según la doctrina judía, estaba excluida de la salvación de Dios;
su hija tenía un espíritu inmundo, como el hombre de la sinagoga (1,21b-28).
El país pagano, según la concepción judía, está inundado de demonios y será
en territorio pagano donde Jesús librará de una legión de demonios a un endemoniado, verdadero prototipo de marginación total. Su
situación es descrita dramáticamente por el evangelista de este modo:
"Apenas bajó de la barca, fue a su encuentro desde el cementerio un
hombre poseído por un espíritu inmundo. Éste tenía su habitación en los
sepulcros y ni siquiera con cadenas podía ya nadie sujetarlo; de hecho, muchas
veces lo habían dejado sujeto con grillos y cadenas, pero él rompía las
cadenas y hacía pedazos los grillos, y nadie tenía fuerza para domeñarlo.
Todo el tiempo, noche y día, lo pasaba en los sepulcros y en los montes,
gritando y destrozándose con piedras"(5,2-5).
Jesús
expulsa los demonios de aquél hombre al igual que del niño
epiléptico, a quien los discípulos no han podido sanar, pues participan de
la ideología satánica, en la medida en que,
como Pedro, esperan todavía un mesías poderoso y triunfador.
Sólo con una actitud de servicio hasta la muerte se puede curar a los
que han sido apresados por el demonio como ese niño 7 , (coma) cuya trágica
situación describe su padre con estas palabras: "Maestro, te he traído a
mi hijo, que tiene un espíritu que lo deja mudo. Cada vez que lo agarra, lo
tira por tierra, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. He
pedido a tus discípulos que lo echen, pero no han tenido fuerza”.
(9,14,29).
Este
Jesús, que sana, expulsa demonios y da de comer a la multitud, es el mismo que
llega a la barca de los discípulos andando sobre el mar, atributo
exclusivamente divino (6,42-46), y que, como Dios, brinda la salvación a todos
por igual, iniciando con el nuevo pueblo el éxodo definitivo hacia el país de
la vida, donde la palabra marginación quedará borrada definitivamente del
vocabulario de las relaciones humanas.
La pedagogía de Jesús
La
actitud pedagógica de Jesús hacia los pacientes es diversa en cada caso; el
tratamiento que tiene hacia cada uno de ellos es personalizado: toma la
iniciativa y se acerca a la suegra de Simón,
la coge de la mano y la levanta (1,29-31); al ver al leproso,
se conmueve (verbo que se aplica a Dios en el judaísmo) o se aíra (según otra
lectura conservada) contra el sistema que, en nombre de Dios, margina a la
gente, y lo toca,
violando la ley del Levítico (14,1-32) sobre lo puro y lo impuro
(1,39-45). Al sordo tartamudo
lo toma aparte, separándolo de la multitud, le mete los dedos en los oídos y
con su saliva le toca la lengua, y levantando la mirada al cielo suspira y le
dice: Effatá (esto es, ábrete)"
(7,31-37). Para curar al ciego de Betsaida,
Jesús lo coge de la mano y lo conduce también fuera de la aldea, llevándolo
progresivamente a la luz, hasta que vea del todo: "Veo a los hombres,
porque percibo como árboles, aunque andan. Luego le aplicó otra vez las
manos en los ojos y vio del todo"; a éste, le prohibe terminantemente
volver a la aldea (Mc 8,22a-26). Al ciego
de Betsaida lo manda llamar y le pregunta: "¿Qué quieres que haga por
ti?", accediendo a su petición de recobrar la vista (10,46b-22). A la hemorroisa, que le arrebata la curación tocándolo, Jesús le dice:
"Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y sigue sana de tu tormento” (Mc
5,24b-34). Al ver la fe de los portadores del paralítico, imagen de la humanidad pecadora, le perdona los
pecados, antes de curarlo de su enfermedad (2,1-12). Al hombre del brazo atrofiado lo coloca en medio de la sinagoga en
claro gesto de desafío a los fariseos presentes que lo asedian para ver si lo
cura en sábado y tener de qué acusarlo; a continuación les pregunta: "¿Qué
está permitido en sábado, hacer bien o hacer daño, salvar una vida o
matar?" Ante su silencio, Jesús "echándoles en torno una mirada de
ira y apenado de su obcecación", cura al hombre, pero sus enemigos
maquinan acabar con él (3,1-7a). A los demonios
y al viento-mar -imagen de la
ideología de la sinagoga de la que están imbuidos sus discípulos-
Jesús los increpa y los expulsa liberando a los pacientes de la opresión-ideología
de Satanás (1,21b-28; 5,1-20; 7,24-30; 9,14-29). A la hija
de Jairo la devuelve a la vida y a sus padres, y les manda que no se lo
digan a nadie y que le den de comer (5,21-24a.35-6,1ª); a la multitud
le da dos veces de comer, -una en territorio judío; otra en territorio
pagano- en un gesto que hace visible el amor universal de Dios (6,33-45; 8,1-8).
En
cada momento y con cada paciente Jesús adopta la actitud adecuada para entrar
en contacto con él y sacarlo de su particular tipo de marginación. Maravilloso
pedagogo.
La fe que salva
En algunos milagros es expresamente la fe en Jesús la que
hace posible la curación, fe que se pone aún más de relieve cuando se da
entre paganos. Son los casos del paralítico
-imagen de la humanidad pecadora- al que Jesús cura al ver la fe de sus
portadores (2,1-12), o el de la hemorroisa-impura
-imagen del pueblo judío incapaz de alcanzar la curación- que toca a Jesús
para liberarse de su enfermedad (5,24b-34), o el del ciego Bartimeo - figura de los discípulos- que grita al paso
de Jesús y que, cuando Jesús lo manda llamar, tira a un lado el manto, se pone
de pie y se le acerca, recuperando la vista (10,46b-52). Es la fe-adhesión a
Jesús la que hace posible la curación. "Tu
fe te ha salvado", dice Jesús a los pacientes, constatando que es la fe la
que hace posible la salvación total.
Estos
pacientes-creyentes representan el lado opuesto de los vecinos de Nazaret de los
que dice Marcos que a Jesús
"no le fue posible de ningún modo actuar allí con fuerza; sólo curó a
unos pocos postrados aplicándoles
las manos. Y estaba sorprendido de su falta de fe" (6,5-6).
Magnifica
pedagogía de Jesús que hace de los marginados el centro de su acción
pastoral, que no distingue entre tiempo sagrado y profano, ni entre puro e
impuro, ni entre judíos y paganos, librando al hombre de los males que le
aquejan y que lo hunden en la marginación y en la muerte. Es el hombre que
sufre enfermedades o adversidades -y no Dios- el centro de atención de este Jesús,
que se compadece del pueblo porque "están como ovejas sin pastor",
abandonados a su propia desgracia y marginación. Y en esto consiste no sólo
una parcela accidental de su misión, sino el núcleo mismo de su acción
evangelizadora.
Otro
gallo le hubiese cantado a la iglesia y a los seguidores de Jesús si hubiésemos
hecho de los marginados nuestro centro de atención, como lo hizo Jesús. Porque
éste sabía bien que solamente cuando todos se sienten a la mesa -tanto los
primeros como los últimos o, mejor, cuando no haya ni primeros ni últimos- se
podrá inaugurar el banquete del reino, preconizado por Lucas en la parábola de
los invitados al banquete (14, 15-24), un banquete que solamente se podrá
celebrar si no hay excluidos del pueblo ni pueblos excluidos.
Construir
el reino de Dios aquí en la tierra o, lo que es igual, hacer nacer una sociedad alternativa sin excluidos sigue siendo hoy -y
tal vez hoy más que nunca- el gran reto de los seguidores de Jesús. Por esta
tarea tal vez valga la pena "perder la vida" como camino para
encontrar "la vida definitiva".
Las
palabras de Jesús siguen aún en pie: "Si uno quiere venirse conmigo, que
reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga; porque el que
quiera poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por
causa mía y de la buena noticia, la
pondrá a salvo" (8,34-36). Y la buena
noticia consiste en "proclamar la libertad a los cautivos, dar la vista
a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año favorable
del Señor" (Lc 4,14-18b-20). Esto y no otra cosa es lo que hizo Jesús
durante toda su vida; por esta causa murió y, por esto, como confirmación de
la verdad de su camino, creemos vivamente que Dios lo resucitó.