LA
PROPUESTA DE SOLIDARIDAD DE JESÚS DE NAZARET:
EL BUEN SAMARITANO (Lc 10,25-31)
Jesús
Peláez
Publicado en Rostros alternativos de la solidaridad.
Ed. Nueva Utopía, Madrid 1997, 107-129
Aunque la palabra moderna
solidaridad no aparece en los evangelios, éstos pueden considerarse, sin
lugar a dudas, una constante
invitación a su práctica, como expresión de amor universal sin barreras de ningún
tipo.
La palabra más próxima a ésta, porque la supone y la incluye, es
agapê que aparece 116 veces en el Nuevo Testamento (de las que sólo nueve
en los evangelios)1. Con ésta se indica en el amor que proviene o tiene
por objeto a Dios, o al hombre en
cumplimiento del precepto divino: “Amarás a Dios... y al prójimo como a tí
mismo” (Lc 10,27)1.
El principio de solidaridad se formula claramente en Mt 7,12,
texto denominado “regla de oro”, donde Jesús resume el Antiguo Testamento con
esta frase: “Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo
vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas”. Jesús invita a
ser solidario, o lo que es igual, a ponerse en el lugar del otro, como si fuera
uno mismo, haciendo con él lo que uno desearía que le hicieran. Para ello hay
que renunciar al egocentrismo; cada uno ha de considerar que los demás tienen
con él un destino común, y, que, por tanto, merecen su atención e interés.
Este principio de solidaridad en su formulación extrema se expresa en el
evangelio de Lucas (6,27-31): “Ahora bien, a vosotros los que me escucháis os
digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los
que os maldicen, rezad por los que os maltratan. Al que te pegue en una mejilla,
preséntale también la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica; a
todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
O sea, tratad a los demás como queréis que ellos os traten".
Ésta es la utopía a la que hay que tender: un amor que no excluye a nadie
ni siquiera a enemigos y agresores;
un amor tan solidario del otro que no espera recompensa alguna y llega hasta la
renuncia de los propios derechos.
Hay que notar, no obstante, que “el ámbito del amor cristiano va más allá
de la solidaridad e incluye toda
relación positiva entre personas: la justicia, la generosidad, el respeto, la
comprensión, la tolerancia, la ayuda, el afecto y la entrega, que forjan la
unidad entre los seres humanos”2. La solidaridad es, por tanto, una de las manifestaciones del amor que
lleva al cristiano a fundirse o identificarse con el
prójimo.
La medida del amor o el amor sin
medida
Jesús indica en el evangelio de Juan la medida del amor solidario: “Este
es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado”
(Jn 15,12). Con este mandamiento Jesús se propone a sí mismo como medida e
invita a amar como él amó, hasta el punto de entregar o dejarse quitar el don
más preciado: la vida.
Los que no son cristianos y no tienen por modelo a Jesús heredarán
también el reino practicando la solidaridad con los pobres y oprimidos, pues
Jesús se ha identificado con ellos: “Venid, benditos de mi padre; heredad el
reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y
me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me
vestisteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme... Os lo aseguro: Cada vez
que lo hicisteis con uno de esos hermanos míos tan insignificantes lo hicisteis
conmigo” (Mt 25,34-36.40).
En el juicio a las naciones paganas de Mateo (mal denominado "juicio
final"), los ángeles de Dios situarán a unos a la derecha y a otros a la
izquierda. Los de la derecha son
los que, por un sentido de solidaridad humana, no han abandonado a otros en su
necesidad inaplazable; los de la izquierda, los que no se conmueven ante el
dolor y desgracia de sus semejantes. Los que van a la ruina no han cometido
acciones positivamente injustas; su culpa es de omisión: no haber mostrado la
menor solidaridad con los desvalidos3.
De este modo, la antigua enseñanza de “ojo por ojo y diente por diente”
(Ex 21,4; cf. Mt 5,38) o la de “amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mt
5,43), o la más renovada de “amarás al prójimo como a tí mismo” (Lc 10,27)
quedan superadas por la enseñanza de Jesús
que representa la utopía del amor solidario hasta el extremo de dar la
vida: “que os améis como yo os he amado”.
Este amor, como Jesús lo practicó, es el pilar sobre el que se debe alzar
la nueva sociedad, la sociedad alternativa que él anuncia: Ael reinado o reino" de
Dios.
El evangelio es, por tanto,
una llamada constante a este estilo de vida basado en el amor solidario.
LA PARABOLA DEL SAMARITANO
Como son tantos los lugares en los que el evangelio invita a la práctica
del amor solidario, en las páginas que siguen me voy a limitar a comentar una
parábola del evangelio, la del samaritano4, en la que de modo gráfico
se explica en qué consiste este amor
y cuál es la propuesta de solidaridad de Jesús de
Nazaret.
Lectura comentada
de Lucas 10,25-37
La parábola del samaritano se encuentra en la sección del evangelio de
Lucas denominada "el viaje” (9,51-19,46), que comienza con el envío de
mensajeros por parte de Jesús a una aldea de Samaría, por la que han de pasar.
Al llegar a la aldea, los mensajeros son rechazados. Santiago y Juan piden a
Jesús que caiga un rayo y los aniquile. Jesús se niega a ello y se marchan a
otra aldea. Esta escena prepara al lector del evangelio para mostrar a un Jesús
que no se deja llevar por convencionalismos ni revanchas, al poner de
protagonista de la parábola precisamente a un miembro del colectivo que rechaza, por ser judíos, a los enviados
de Jesús que se dirigen con él a Jerusalén.
El estilo de la parábola
La parábola tiene un estilo muy cuidado con diversas estructuras
lingüísticas basadas en el símbolismo de los números tres y
siete.
-La acción de los personajes
se describe en forma de escalera descendente:
1. Un hombre bajaba
de Jerusalén...
lo asaltaron
y se
marcharon.
2. un sacerdote
bajaba
por aquel camino;
al verlo
dio un rodeo
y pasó de largo.
3. un clérigo
que llegó a aquel sitio;
al verlo
dio un rodeo
y pasó de largo
4. un samaritano
que iba de viaje
llegó adonde estaba el hombre
al verlo
se conmovió,
se acercó a él...
-El marco en el que se inserta la parábola está muy elaborado,
como puede verse en el siguiente cuadro:
|
|
Parte 1 (10,
25-28) |
Parte 2
(10,29-37) |
|
Pregunta del
magistrado |
vida
definitiva |
mi
prójimo |
|
Contra-pregunta de
Jesús |
¿Qué está
escrito? |
¿Cuál de estos tres se hizo prójimo?
|
|
Respuesta del
magistrado |
Deut 6,4/ Lev
19,18 |
el que tuvo compasión de
él |
|
Mandato de
Jesús |
haz esto y
vivirás |
ve y haz lo
mismo |
En cada parte del relato (10,25-28 y 10,29-37) hay una pregunta del
magistrado, una contrapregunta de Jesús, una respuesta del magistrado y una
invitación de Jesús.
-El número tres.
El número tres indica en la Biblia lo completo y definitivo. En la
parábola aparece tres veces la
palabra “prójimo”; tres son las acciones de los bandidos para con el hombre (lo
asaltan, lo desnudan y muelen a palos); tres, los personajes que desfilan ante
el herido (sacerdote, levita y samaritano); tres veces aparece la expresión "y al verlo"; tres son los movimientos
que realizan los personajes: el sacerdote bajaba, dio un rodeo y pasó de
largo; el levita llegó, dio un
rodeo y pasó de largo, y el samaritano: iba de viaje, llegó y se
acercó. En el folklore popular se cumple la regla de tres (“a la tercera va la
vencida”, dice el proverbio). A la tercera tiene lugar el acontecimiento
definitivo: se acerca el samaritano, tras pasar de largo el sacerdote y el
levita 5.
-El número siete.
El relato está construido
también en torno al número siete, que indica en la Biblia un período
pleno y completo: los siete días de la semana
6.
Siete son las acciones que
realiza el samaritano para con el malherido: 1) se conmovió, 2) se acercó a
él, 3) y le vendó las heridas 4) echándoles aceite y vino, 5) luego lo montó en su propia
cabalgadura, 6) lo llevó a una posada
7) y lo cuidó.
Siete son también los personajes del relato, si tenemos en cuenta que el
posadero sustituye al samaritano en su ausencia y es prácticamente un
desdoblamiento del personaje que desempeña éste: 1) un jurista, 2) Jesús, 3) un
hombre, 4) los bandidos, 5) un sacerdote, 6) un levita y 7) un
samaritano.
.
Siete veces aparece el verbo de movimiento erkhomai "ir" y
compuestos (cf. vv. 30-35):
30 ap ----- êlthon: se marcharon (los bandidos)
31 antiparêlthen: pasó de largo (el
sacerdote)
32 --------elthôn: llegó (el levita)
32 antiparêlthen: pasó de largo
33 -------êlthen: llegó (el
samaritano)
34 pros-êlthon: se acercó
35 epanerkhesthai: cuando
vuelva
1. La obertura de
la parábola
10,25 En esto se levantó un jurista y le preguntó para
ponerlo a prueba: -Maestro, ¿ qué tengo que hacer para heredar vida
definitiva?
El modo de comenzar este relato es similar a otro que Lucas refiere en su evangelio: “Un magistrado le
preguntó: Maestro insigne, ¿qué tengo que hacer para heredar vida definitiva?
Jesús le contestó: ¿Por qué me llamas insigne? Insigne como Dios, ninguno. Ya
sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no des falso
testimonio, sustenta a tu padre y a tu madre. El replicó: Todo eso lo he
cumplido desde joven. Al oírlo Jesús, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo
lo que tienes y repártelo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda,
sígueme a mí. Al oír aquello se puso muy triste, porque era riquísimo” (18, 18-23).
Mientras el jurista de nuestra parábola pregunta a Jesús para ponerlo a
prueba, el magistrado rico lo hace para adularlo: “Maestro insigne”, le dice.
Pero Jesús no acepta adulaciones: ¿Por qué me llamas insigne? Insigne como Dios,
ninguno”, le responde.
El magistrado y el jurista andan preocupados por la vida definitiva; tal
vez están cansados de que Jesús hable sólo de amor al hombre. Quienes no quieren
comprometerse con el prójimo prefieren hablar de la otra vida, entendida como
una droga que aliena de los deberes con la vida presente. Jesús, sin embargo,
invita a los dos a mirar al suelo donde se encuentra el prójimo, cuya situación
hay que remediar.
El jurista de la parábola
llama a Jesús “maestro”,
pero Jesús no le devuelve el título, pues éste no habla para juzgar la ciencia
del otro ni para hacer valer la propia, como lo hace
aquél.
26 El le dijo: -¿Qué está
escrito en la Ley? ¿Cómo es eso que
recitas?
27 Éste contestó: Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y
con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo.
28 El le dijo: -Bien contestado. Haz eso y tendrás
vida.
Las dos preguntas de Jesús al jurista no tienen por finalidad hacer una
investigación erudita, sino
llevarlo a la práctica del amor solidario. Sin reclamar para sí el título
de maestro, Jesús esta obrando como un "maestro", que pone su conocimiento al
servicio del amor. Jesús intenta transformar al jurista, que es “un hombre de
saber”, en “un hombre de práctica”.
El jurista se sitúa a nivel de conocimiento y pretende eludir la práctica; Jesús
invita a la práctica, que no niega el
conocimiento7.
Jesús se extraña de que el jurista pregunte sobre algo que todos saben,
esto es, que el centro de la ley antigua son los mandamientos, entregados a Dios
por Moisés. Por eso le pregunta: “¿Cómo es eso que recitas?”. Los judíos rezaban
mañana y tarde en el servicio sinagogal una oración que se denominaba
Shemac8 (palabra con la que comienza Dt 6,4-9:
“Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas...”. El
prójimo, sin embargo, no aparece en esta oración judía. Pero el jurista,
previendo que, si no lo incluía, Jesús se lo echaría en cara, añade: “y con toda
tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. El jurista sabe de sobra que
para asegurarse la vida eterna basta con cumplir los mandamientos que miran a
Dios y al prójimo.
Si quien cumple la ley antigua, tiene garantizada la vida eterna, podemos
preguntarnos ¿qué ha venido a hacer Jesús si no es para hablarnos de la otra
vida? El contraste entre el planteamiento del jurista y el de Jesús es
grande. Jesús habla del reinado de
Dios en la tierra, lo que exige un compromiso inmediato y concreto de amor al
prójimo. El jurista quiere espiritualizar la problemática tratando de la vida
futura”9.
29 Pero el otro, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
-Y ¿quién es mi prójimo?
El jurista hace dos preguntas en la parábola. Con la primera -sobre la
vida eterna- quiere saber lo que Jesús sabe; con la segunda -sobre el prójimo-
pretende ser reconocido por Jesús como maestro. Jesús aprueba el saber del
jurista, pero quiere conducirlo al terreno de la práctica: haz eso y
vivirás. Dado que el jurista sabe lo que recita en la oración del
Shemac y
qué debe hacer, de él depende hacerlo. Jesús quiere convertir al jurista
de sujeto competente en sujeto amante. Pero el jurista no quiere amar. Por eso
insiste: Y ¿quién es mi prójimo?
La pregunta estaba justificada, pues la respuesta era discutida. En todo
caso, prójimos eran los compatriotas, incluidos los prosélitos; pero no se
estaba de acuerdo en quiénes no lo eran. Los fariseos se inclinaban a excluir a
los no fariseos (cam ha-’ares) (Bill, II, 515ss); para los
esenios había que odiar a "todos los hijos de las tinieblas (1QS I,10); una
declaración rabínica enseñaba que a los heréticos, delatores y renegados "se los
arroje (en una fosa) y no se los saque" (B. A.Z. 26a (Bar); cf. Abbot R. Natan
16,7); una máxima popular excluía del amor al enemigo personal: "Se ha dicho:
debes amar a tu compatriota; solamente a tu enemigo no tienes necesidad de
amar". Lo que se pide a Jesús no es
tanto una definición del concepto de "prójimo", sino que diga dónde se
encuentran los límites del deber del amor dentro de la comunidad del
pueblo10.
Primera escena: Situacion
29b Tomando pie de la pregunta, dijo
Jesús:
30 Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo
asaltaron unos bandidos; lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon
dejándolo medio muerto.
De Jerusalén a Jericó
La situación inicial de la parábola se describe con perfiles realistas:
el episodio se sitúa en una zona geográfica conocida: de Jerusalén a Jericó. Se
trata de un caso de bandidaje, habitual en dicha zona. El camino de Jerusalén a
Jericó era extremadamente peligroso debido a la abundancia de ladrones y
salteadores. La parábola comienza con una adversidad, que se espera superar a lo
largo del relato.
De Jerusalén a Jericó hay unos 30 kms. y la carretera discurre hoy entre
las crestas desérticas del desierto de Judá. Pero el antiguo camino iba por Wadi
el-Qelt, descendiendo desde el monte de los Olivos a 750ms sobre el nivel del
mar hasta llegar a la Jericó herodiana a 350 ms. bajo el nivel del Mar
Mediterráneo. Flavio Josefo (Guerra 4, 474) describe la zona como
"desierta y árida, conocido escondite natural para banditos". El robo a un
desconocido solitario no produce ninguna sorpresa al oyente. La peligrosidad de
ese camino era tal que hacia el siglo I de nuestra era se organizaban
expediciones, con defensa militar, para los grupos de peregrinos que iban a
Jerusalén a las fiestas.
Un caminante
anónimo
“Un hombre bajaba”. El hombre no tiene nombre. Si el asalto se
produce en esa región, hay que suponer que se trata de un judío. De no serlo, el
autor del relato habría indicado su procedencia. Tampoco se nos dice quiénes fueron los
bandidos que lo dejaron medio muerto.
Del hombre se dice que “lo desnudaron, lo molieron a palos y lo dejaron medio muerto”. El hombre ha quedado, por
tanto, sin señas de identidad: no tiene vestido y apenas tiene vida. En todo
caso, quienes pasan a su lado no pueden saber a qué clase, ciudad o nación
pertenece; es prácticamente un cadáver. Este dato es importante para ver si el
comportamiento del sacerdote y el
levita se ajusta o no a la ley de
Dios11.
Segunda escena:
Crisis.
31 Por casualidad
bajaba un sacerdote por aquel camino; al verlo, pasó de largo.
32 Lo mismo hizo un clérigo (levita) que llegó a aquel
sitio; al verlo, pasó de largo.
En la segunda escena se presentan dos personajes, un sacerdote y un
levita que, junto con el jurista que pregunta, forman el trío de personajes que
determina los comportamientos sociales y religiosos del pueblo de Israel. El
sacerdote y el levita son “funcionarios” del servicio religioso del templo de
Jerusalén y como empleados del culto, profesionales de la observancia de la ley
judía. El jurista es un entendido
en la ley de Dios. El lector u oyente espera un desenlace
feliz.
El sacerdote y el levita
pasan por casualidad junto al malherido. Tal vez volvían de cumplir sus
funciones en el templo de Jerusalén, pues Jericó era bien conocida como lugar de
residencia de sacerdotes y levitas. La acción de los dos personajes se describe
de modo paralelo: llegan, ven al medio muerto y pasan de largo, aunque la
parábola no dice por qué actúan de este modo tan inesperado.
La decepción del lector u oyente así como su perplejidad ante lo sucedido
es grande. La exégesis busca atenuantes para esta situación:
-Puede que tuvieran miedo a los ladrones que podían estar escondidos para
atacar de nuevo. Pero esta razón no tiene peso alguno, pues el texto presenta la
negación de auxilio como algo inesperado y escandaloso. De haber alguna razón
que los excusara de pararse, el texto la habría indicado.
-Puede que no quisieran contaminarse tocando un cadáver (pues ésta es la
impresión que da el malherido: “lo dejaron medio muerto”). El libro del Levítico
(21,11) dice: “el (sumo) sacerdote... no se acercará a cadáver alguno ni se
contaminará con el de su padre o de su madre”. Aunque esta prohibición es
absoluta, la Misná y el Talmud tienen una larga discusión sobre estos versos:
"El sumo sacerdote o un nazireo -del hebr. nazir- consagrado o segregado
para Dios por un voto- no pueden contaminarse tocando el cadáver de un familiar,
pero sí, si se trata de un cadáver
abandonado (meth mitzwah)”. Si van de viaje y se encuentran un cadáver
abandonado, R. Eliezer dice: "el sumo sacerdote puede contaminarse, pero el
nazireo no" (m. Nazir 7.1). Por
tratarse de un cadáver abandonado se entiende que no hay nadie que lo entierre.
Cuidar del cadáver en este caso para darle sepultura exime al sumo sacerdote del
precepto de pureza religiosa.
En el Talmud, donde se discute esta sección de la Misná, se plantea quién
es responsable de atender al cadáver abandonado, dados los diferentes niveles de
santidad. Y añade que también el nazireo es responsable de dar sepultura en ese
caso argumentando que, dado que el Levítico no legisla sobre el particular, es
necesario atenderlo12.
Estos textos muestras que ni el sacerdote ni el levita tienen excusas
para pasar de largo. Pero si no se trata de un cadáver, sino de un hombre medio
muerto tienen menos excusa aún13.
Tercera escena:
solucion
33 Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde
estaba el hombre y al verlo, se conmovió.
A nivel de relato, la tercera intervención es la definitiva (“a la
tercera va la vencida”). Desde el punto de vista narrativo, el samaritano
aparece en primer plano. No se dice como antes “por casualidad pasó un sacerdote / igualmente un
levita”. Ahora comienza directamente: “Pero un samaritano que iba de
viaje”.
El samaritano es presentado
como un viajero en una zona transitada por judíos. El oyente sabe ahora
en manos de quién está la suerte del malherido. Espera que el samaritano pase
tambien de largo, cuando menos. Si el relato está pensado para un lector judío,
la presencia del samaritano no puede producir sino desilusión en el oyente. Su
aparición complica más la escena. El factor sorpresa continúa.
Los oyentes judíos de esta parábola no podían esperar nada del personaje
que se presenta, dada la enemistad tradicional entre judíos y samaritanos.
"Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo", dice la
Misná (Shab 8.10). El oyente tendería a colocarlo más bien entre los
salteadores. La relación entre
judíos y samaritanos (pueblo
mestizo judío-pagano) había experimentado en los días de Jesús una especial
dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen
profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche
huesos humanos (Flavio Josefo, Antigüedades, 18,29s); entre ambos grupos
dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y
construyeron su propio templo sobre el monte Garizín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el
libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no
es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea y el pueblo necio que habita en
Siquén (Samaría)”. En los evangelios está clara la enemistad entre samaritanos y
judíos. Cuando Jesús atraviesa esta región, envía mensajeros a una aldea, pero
no los aceptan por ir camino de Jerusalén (Lc 9,52-53); a Jesús mismo, una mujer
samaritana le niega agua para beber, pues los judíos no se tratan con los
samaritanos (Jn 4,9). La palabra "samaritano" constituía una grave injuria en
boca de un judío según Jn 8,48: Repusieron los dirigentes: ¿No tenemos razón
en decir que eres un samaritano y que estás loco? (cf. b.Sota 22); de los diez leprosos curados, sólo el
samaritano vuelve y Jesús dice: ¿No ha habido quien vuelva para dar gloria,
excepto este extranjero? (Lc
17,18) 14.
La aparición de este tercer personaje de la parábola es, además,
sorprendente, pues, el trío de personajes que era de esperar sería: sacerdote,
levita e israelita (sacerdote, clérigo y laico), los tres grupos en que se
dividía el pueblo
judío15.
El oyente espera que el tercero sea un israelita laico. De este modo la
parábola tendría un tinte anticlerical. Se trata ciertamente de un laico, pero
samaritano, circunstancia que da a la parábola un fuerte carácter provocativo y
subversivo.
Si la actuación del sacerdote y del levita resulta escandalosa para el
oyente, la de un samaritano no lo es menos. ¿Se puede esperar algo de éste? La
introducción del samaritano como héroe rompe las expectativas del oyente judío
de la parábola. ¿Con quién se va a identificar a partir de
ahora?16.
33bPero el samaritano al verlo 34se acercó a él, y le vendó
las heridas echándoles aceite y vino; luego lo montó en su propia cabalgadura,
lo llevó a una posada y lo cuidó. 35Al día siguiente sacó dos
denarios de plata y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que
gastes de más te lo pagaré a la vuelta”.
El samaritano carga al malherido sobre su propia cabalgadura, lo que hace
suponer que sería un comerciante que llevaba sus mercancías consigo sobre un
asno o mulo y que él mismo montaba un segundo animal17. En favor de
que era un comerciante que recorría frecuentemente aquel trayecto, habla su
amistad con el posadero y el anuncio de un pronto regreso. Como comerciante, es
de esperar que fuese poco escrupuloso y que no se interesase por las cuestiones
de ortodoxia judía o samaritana18.
Las acciones que lleva a cabo el samaritano con el malherido son siete:
1. se conmovió, 2. se acercó 3. y le vendó las heridas 4. echándoles aceite y
vino; 5. luego lo montó en su propia cabalgadura, 6. lo llevó a una posada y 7.
lo cuidó. Como se ha dicho anteriormente, el número siete indica la serie
completa. El samaritano hace todo lo que se debe hacer y algo más, pues al día
siguiente da dos denarios de plata al posadero para que cuide del malherido; si
gasta algo más, le dice que se lo pagará a la vuelta19.
La acción del samaritano se describe prolijamente y contrasta con la
sobriedad de léxico de la parábola. La mezcla de vino y aceite era medicina
común en la época. La misná dice: "Si el vino y el aceite no se han mezclado en
la víspera del sábado se deben usar por separado" (Shabb 19.2). El aceite sirve
para aliviar el dolor (Is 1,6); el vino -alcohol- desinfecta las heridas. El pan
necesario para un día costaba solamente 1/12 de denario.
La actuación del samaritano es hiperbólica y se presenta como una
formulación extrema de lo que debe ser la actitud de solidaridad hacia el
prójimo. Hay que hacer todo lo posible, hay que llegar hasta el extremo de lo
imaginable. El samaritano traspasa los límites de lo razonable. Hubiese sido
bastante con atender al malherido. Pero aquél no sólo se cuida del tiempo
presente, sino también de futuro:
“Al día siguiente sacó dos denarios de
plata y, dándoselos al posadero, le dijo: *Cuida de él, y lo que gastes de más te lo
pagaré a la vuelta”.
Lo realmente sorprendente de la parábola no es que un judío cuide de un
samaritano, pues hay historias en las que aparecen judíos compadeciéndose de
extranjeros, leprosos, e incluso romanos heridos20. Lo sorprendente
es que la parábola representa el mundo al revés: un samaritano que cuida y se
preocupa de un judío, medio muerto. Y esto resulta totalmente inaceptable para
un oyente judío que, al oír la parábola,
no tiene más remedio que identificarse con el malherido y aceptar que sea
precisamente un enemigo suyo tradicional quien lo salva, o rechazar la historia
por irreal. La parábola no solamente no confirma la jerarquía "sacerdote, levita y laico israelita" y
que la salvación viene de Israel, sino que hace saltar los esquemas: la
salvación viene de fuera de las fronteras de la ortodoxia; más aún, acaba con
las fronteras. En el reino de Dios no se separan los de dentro y los de fuera
por su categoría religiosa. En la parábola, el samaritano no es el enemigo, sino
el auxiliador y salvador, y el oyente no se identifica con el héroe, sino con la
víctima. La parábola pone el mundo boca abajo. El mundo con gente situada dentro
y fuera no es ya el modelo adecuado para anunciar un reino de Dios que no acepta
la existencia de barreras.
El oyente de la parábola, comenta E. Biser21, se ve envuelto
en un mundo doblemente distorsionado. Los dos transeúntes de los que era de esperar ayuda, no la
prestan; este hecho es especialmente chocante tratándose de dos conspicuos
representantes de la comunidad de fe a la que pertenecen tanto el viajero como
los oyentes del relato. Su actitud resulta escandalosa e inaudita. Pero más aún
resulta la del tercer transeúnte, por ser un samaritano el que practica ese acto
de amor. Aquél del que no se espera nada, del que un judío debe desconfiar a
priori, acude en su ayuda. Ambas reacciones contradicen las expectativas de
una audiencia judía. La escena parece grotesca. Todo hace pensar, según W.
Harnisch, que el relato pretende, con una exposición de lo inverosímil,
despertar una experiencia que todos tienen, pero que la vida cotidiana sofoca y
escamotea. El relato saca a la luz
de un modo hiperbólico lo que nadie quiere percibir. En el caso límite de una
negación de auxilio, se pone de manifiesto lo que la experiencia cotidiana
enmascara permanentemente: que no estamos en realidad a la altura de las
exigencias del amor. Para E.
Biser, la conducta del sacerdote y el levita no tiene nada de extraordinario: su
comportamiento inhumano es en realidad lo que hace todo el mundo. En esta perspectiva la reacción de los
servidores del templo, escenificada en forma tan incisiva, lleva el sello de lo
real. La incomprensible reacción a la extrema necesidad de un herido viene a
desenmascarar la traición cotidiana que se hace al amor. La indiferencia de los dos primeros
transeúntes revela lo que el oyente mismo tendría que reconocer: que su vida
está marcada por un fallo que proviene de la ausencia de un amor fuerte, o lo
que es igual que le falta el norte de su vida.
En la parábola, lo
"milagroso" se hace posible. Lo que hace el samaritano lo pueden hacer
los oyentes. Los oyentes pueden hacer que el amor solidario triunfe en la vida
cotidiana.
Para M. Bauman22, la parábola presenta una doble aspereza: los
que debían hacer la acción de auxiliar al malherido no la hacen y aquél de quien
no se esperaba nada, la hace. El samaritano que no respeta la ley, cumple lo que
está prescrito. El sacerdote y el levita que la respetan, no la cumplen. En la
parábola, la acción buena del
samaritano es solidaria de una perspectiva religiosa herética. El enfermo es
atendido, aunque por un camino totalmente sorprendente e inesperado. De los tres
personajes, ninguno ha cumplido con el cometido esperado, pero lo importante es
que el malherido ha recibido auxilio.
Conclusión
36 ¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en
manos de los bandidos?
El jurista había preguntado al principio: “Y ¿quién es mi prójimo?”. Pero
la parábola no da respuesta a esta pregunta, sino que plantea otra: “¿Cuál de
estos tres se hizo prójimo del hombre que había caido en manos de los
bandidos?”. Para Jesús no se trata
de saber quién es el prójimo, sino de hacerse prójimo. La pregunta de Jesús
pervierte las normas de la lógica narrativa. La cuestión no es identificar al
prójimo, sino encontrarse uno mismo como prójimo de los demás, aunque éstos sean
enemigos. Mientras el jurista pregunta por el objeto del amor “¿quién es mi
prójimo?”), Jesús pregunta por el sujeto
“¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los
bandidos?”23.
Mi prójimo puede ser tanto el que está cerca de mí como aquél cerca del
cual yo estoy. El sujeto al que debo amar es aquel que puede ser amado por
mí24. El prójimo no es el que sabe, como el jurista, sino el que sabe
actuar; no es el que sabe que hay que amar, sino el que sabiéndolo,
ama.
37El jurista respondió: El que tuvo compasión de él. Jesús
le dijo: pues anda y haz tu lo mismo.
El jurista evita poner en su boca la palabra odiosa "samaritano".
En la parábola Jesús hace dos invitaciones. Al principio: “haz eso y
vivirás” (v. 28); al final: “pues anda, haz tú lo mismo” (v. 29). La primera
(“haz eso...”) hace referencia a los términos de la Ley; la segunda (“pues anda,
haz tú lo mismo”), al comportamiento del samaritano que debe ser imitado por el
jurista. A éste le dice Jesús por dos veces que lo importante es la práctica y
no la teoría; o que la teoría sin la práctica no conduce a la vida
definitiva.
La parábola del buen samaritano encarna de modo magnífico la propuesta de
solidaridad de Jesús de Nazaret, presentada en su formulación extrema: "El amor
al prójimo como uno mismo debe llegar hasta el máximo, hasta lo excesivo, no
tiene límites: hasta el enemigo. Si el jurista quería resolver el
problema, el conflicto de a quién se debe amor, la respuesta de Jesús, que es la
parábola, se lo resuelve en la praxis. No hay límites. Por eso la pregunta por
el prójimo "diligendum" (al que hay que amar), según expresión clásica, no tiene
sentido, sino que todo está en encontrarse a uno mismo como prójimo "diligens"
(amante)25.
Si al principio se preguntaba por el mandamiento principal y se respondía
que había dos (Amarás al Señor tu Dios... y al prójimo como a ti mismo)
que se situaban al mismo nivel, sorprende que la parábola no trate nada más que
del segundo y que no aparezca en ella para nada el primero. Para Jesús, la religión judía (sacerdote/levita)
disocia el culto a Dios del amor al prójimo. Mensaje central de la parábola es
que el amor al prójimo -incluso si se trata de un enemigo- es condición y prueba
del amor a Dios. Dios se hace visible en el prójimo amado. Detrás del
samaritano, hereje y heterodoxo, se revela el comportamiento de un Dios que ama
más allá de lo soñado y que siempre se comporta como "prójimo" de todos los
hombres: es un Dios de vida que salva de la muerte y asegura el
futuro.
***
La propuesta de solidaridad de Jesús en el evangelio es más rica que la
expresada en la parábola del samaritano y dista mucho de la propuesta de Juan
Bautista (Lc 3,10-14). Juan Bautista había recomendado a las multitudes la
práctica del compartir: “el que
tenga dos túnicas, que las comparta con el que no tiene, y el que tenga que
comer, que haga lo mismo”; a los recaudadores no les pide que dejen su
profesión, sino que dejen de explotar al pueblo: “No exijáis más de lo que
tenéis establecido”; a los soldados, que eviten la injusticia:
Ano extorsionéis dinero a nadie con
amenazas; conformaos con vuestra paga”.
Jesús va más allá. La propuesta de Juan, el último de los profetas del
AT, sintetiza y lleva a su culmen la profecía del Antiguo Testamento: un orden
regido por la justicia; la de Jesús es una formulación extrema que se sitúa a
nivel de utopía hacia la que debemos tender. La de Juan es reformista: no
destruye los cimientos de la sociedad, sino que trata de reconducirla hacia la
justicia; la de Jesús conmueve los pilares sobre los que se asienta la sociedad
de todos los tiempos: el egoísmo y el dinero para sustituirlos por un nuevo
pilar que haga nacer no una sociedad reformada, sino una sociedad nueva,
totalmente nueva en la que hasta el enemigo se convierte en objeto de amor
y solidaridad.
La generosidad del discípulo de Jesús va más allá del compartir propuesto
por Juan. Jesús invita a dar y darse en el caso límite hasta quedarse sin nada.
Compartir es de estricta justicia, dada la igual condición de todos los hombres,
pero los que pertenecen al reino de Dios han superado aquellos viejos cánones y
han sustituido la justicia, como patrón del comportamiento humano, por el amor
al prójimo -incluso cuando es enemigo- como único y decisivo
mandamiento.
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***
NOTAS
1 Agapê es una palabra especificamente
bíblica; fuera de la Biblia aparece
una vez en un texto, dudoso por cierto, en el que se atribuye a la diosa Isis el
título de agapê (POxy, s. II d. C.). El verbo agapaô, derivado de
agapê, aparece 141 veces en
el NT, de las que 62 en los evangelios, e indica principalmente las relaciones
de amor entre Dios y el hombre o entre el hombre y su prójimo. Cuando el amor no se dirige a
Dios o al prójimo, sino hacia cosas, este verbo tiene en el NT un
significado negativo: “preferir (lit.: amar más) las tinieblas a la luz” (Jn
3,19), Apreferir la gloria humana a la gloria de
DiosA (Jn 12,43). En la literatura griega es muy
frecuente con el significado atenuado de "apreciar, honrar, contentarse, acoger
amistosamente".
2 J. Mateos- F.Camacho, El Hijo del hombre. Hacia la
plenitud humana, El Almendro, Córdoba 1995, 223.
3 Ibidem, 152.
4 Algunos autores afirman que no se trata de una parábola,
sino de una historia ejemplar. Otros mantienen que es una parábola de Jesús
convertida por el evangelista en historia ejemplar o sobre la que ha
construido un diálogo didáctico. Alguno, como H. Weder (Die Gleichnisse Jesu
als Metaphern. Traditions und redaktionsgeschichtliche Analysen und
Interpretationen, Vandenhoeck & Ruprecht, Gotinga 1978; trad. italiana,
Metafore del regno, Paideia 1991), no la incluye en su estudio sobre
las parábolas. Nosotros nos inclinamos por pensar que se trata de una parábola
procedente de la enseñanza de Jesús, que Lucas ha situado en un nuevo contexto.
Es verdad, sin embargo, que en el
nuevo contexto no se dice que sea una parábola ni esta parábola comienza como
otras: "el reino-reinado de Dios se parece a...".
5 Otros ejemplos sacados del Nuevo Testamento: Jesús
sufre tres tentaciones (Mt 4,1-11 y Lc 4,1-13: relatos que compendian toda
tentación); tres veces niega Pedro a Jesús indicando con eso su renuncia total a
ser discípulo (Mc 14,30); para reparar esta triple negación, Pedro hace tres
veces profesión de amistad con Jesús en el evangelio de Juan (Jn 21,15-17).
Jesús resucita al tercer día. Para el simbolismo de los números, véase J. Mateos-F. Camacho, Evangelio,
figuras y símbolos, El Almendro, Córdoba 1992, 82-91. También A. Lurker,
“Números” en Id., Diccionario de imágenes y símbolos de la Biblia, El
Almendro, Córdoba
21995.
6 El simbolismo del número siete se ve confirmado
por su uso en el Antiguo y Nuevo Testamento. Las fiestas duraban siete días
(fiesta de las chozas o tabernáculos Lv 23,24); la séptuple venganza es la
venganza completa (Gn 4,15: "El que mate a Caín lo pagará siete veces"); Dios lo
ve todo con siete ojos (Zac 4,10: AEsas siete lámparas representa los ojos del
Señor, que se pasean por toda la tierra"); la vida del hombre para el salmista
dura setenta años, múltiplo de siete (Sal 90,10); según la comunidad judía,
habitaba la tierra un total de setenta naciones (Gn 10: donde se enumeran
setenta pueblos; LXX: setenta y dos). En los evangelios cinco panes y dos peces
(=siete) indica la totalidad del alimento; en el segundo reparto se habla de
"siete panes" (Mc 8,5 par.), destinados a todos los pueblos; se recogen siete
espuertas llenas. Otros textos hablan de siete espíritus (Mt 12,45), siete
demonios (Lc 8,2), siete hermanos
(Mt 22,25); hay que perdonar al hermano no hasta siete, sino hasta setenta y
siete veces (Mt 18,21-22); setenta (y dos) son los discípulos que envía Jesús
(Lc 10,1), etc...
7 Grupo de Entrevernes,"Anda y haz tu otro tanto. Relato y
diálogo. Lc 10,25-37" en Idem, Signos y parábolas. Semiótica y texto
evangélico, Cristiandad, Madrid
1979, 53.
8 El
Shemac es la oración judía por antonomasia. Está
formada por tres pasajes: Dt 6,4-9; 11,13-21; Nm 15,37-41.
9 J. Mateos - L. A. Schökel, Nuevo Testamento,
Cristiandad, Madrid 1987, ad locum; J. Rius-Camps, El éxodo del hombre
libre. Catequesis sobre el evangelio de Lucas, El Almendro, Córdoba
1991, 205-208; 278-82.
10 Cf. J.
Jeremias, Las parábolas de Jesús, Verbo Divino, Estella (Navarra) 1970,
247.
11 Poner de telón de fondo de la lectura de esta
parábola a los hoy malheridos puede
servir para actualizarla: 1.000 millones de habitantes que padecen hambre
crónica; 40.000 muertos diarios por inanición. En nuestro mundo la gente se
muere de hambre y de enfermedades no porque no haya bienes para atenderlas [en tiempos de Jesús no había bienes
para todos], sino porque el sistema
de mercado declara de antemano muertos a quienes no poseen capacidad de compra y niega
ayudas en provecho de reducir impuestos
al capital. Apenas un 2% de la producción mundial de grano bastaría
para alimentar a los 1.000 millones
de personas que lo necesitan, pero sin un céntimo para adquirir un puñado de trigo o de maíz su
identidad es irrelevante. Las 358 familias más ricas del mundo tienen más
ingresos que los 2.500 millones de personas más pobres, que actualmente sólo
llegan a poseer el 1,4%. El 20% de los más ricos han pasado de retener del 70%
al 85% de las rentas. Las diferencias entre ricos y pobres han
creado un abismo cada vez más
dramático. Muertes por causa de la indigencia para millones en África, en los países del
Este de Europa, en los países árabes, en
áreas marginales de occidente. Pero muertes también por desesperación en
las calles céntricas de Nueva York,
de París, de Madrid o de Tokio... (Datos
tomados de Vicente Verdú, “El crimen capital”, Diario El País. 15
de Agosto de1996.). Este es el nuevo rostro del samaritano que espera que
alguien se sienta prójimo y remedie su mal.
12 Los casos en los que está permitido atender el cadáver
de alguien, familiar o no, cuando se va de viaje, por tratarse de un cadáver que
se puede considerar que no tiene quién lo entierre, son frecuentes en la
legislación judía (b.Nazir 43b).
13
Cf. B. Brandon Scott, Hear then the
Parable, Augsburg Fortress, Filadelfia 1989, 195-196.
14 Para más información, cf. J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de
Jesus, Madrid 1977, 363-69).
15 La Misná dice: “el sacerdote precede al
levita, el levita al israelita...” (Hor
3.8).
16 Algunos autores han considerado que el tercer personaje
era originariamente un israelita; en su primera formulación, se trataba de una
historia anticlerical, pero Lucas, dado que su audiencia no era judía, cambió
este personaje por un samaritano, considerado hereje y de otra región; cf. B.
Brandon Scott, Hear then the Parable, 199, nota 50, donde se rechaza este
planteamiento.
17 E. F. F. Bishop, Jesus of Palestine, Londres
1955, 172; cit. por J. Jeremias, Parábolas, 248 nota 468.
18 Los samaritanos tenían también sus grupos rigoristas
defensores de la religión yahvista, tal y como la entendían
ellos.
19Algo parecido
sucede en la parábola del Padre pródigo donde éste, al volver su hijo, da
también siete órdenes a los
criados: 1. Sacad en seguida el
mejor traje, 2. vestidlo, 3.
ponedle un anillo en el dedo 4. y
(ponedle) sandalias en los pies, 5.
traed el ternero cebado, 6.
matadlo y 7. celebremos un banquete... (Lc 15,
22-23).
20Studies in
Pharisaism and the Gospels, New York: Ktav 1967, 1,110; 2,39-40 cit. por B.
Brandon Scott, Hear then the Parable, 200, nota 60.
21 Cit. por Harnisch, Las parábolas de Jesús, 247,
notas 290 y 292.
22 Cf. M.
Baumann, "Les paraboles et le langage de changement", Études Théologiques et
Religieuses 68 (1993) 185-202.
23 J.
Jeremias, Las parábolas de Jesús, 248.
24 Cf. Miguel de Burgos, "Una religión de muerte y una
religión de vida. La parábola del samaritano (Lc 10,25-37)”, Communio 24
(1991) 333-354; 341.
25Ibidem, 342.