JESÚS,
EL DINERO Y LA RIQUEZA
Fernando
Camacho Acosta
Profesor
del C.E.T. de Sevilla
Publicado
en Revista ISIDORIANUM (Sevilla) 6
(1997)393-415
Para
comprender el alcance del pensamiento y la radicalidad de Jesús sobre el dinero
y la riqueza, es conveniente, a mi juicio, enmarcar sus ideas y sus propuestas
sobre el tema en el contexto histórico en el que se desenvolvió la vida de Jesús
y la de sus primeros seguidores.
Hoy
día, al menos en teoría y no sólo en los círculos cristianos, es fácil
compartir la crítica que, según los evangelios, hace Jesús del dinero y la
riqueza, e incluso estar de acuerdo con las exigencias ético-sociales que
plantea su mensaje. Lo difícil es decir en su tiempo lo que Jesús dijo con
tanta lucidez y contundencia, y vivir en aquellas circunstancias, como él vivió,
de una forma tan coherente con lo que predicó.
Por
eso, voy a dividir mi trabajo en dos partes. La primera, estará dedicada a
exponer, a grandes rasgos, la situación socio-económica de la época de Jesús,
tanto del Imperio romano en general, como de Palestina en particular. La
segunda, tratará de lo que, según los evangelios , opina Jesús acerca del
dinero y la riqueza, y de las exigencias que plantea en relación a ellas.
1. LA SITUACIÓN SOCIO-ECONÓMICA DE LA ÉPOCA DE JESÚS
1. Los factores determinantes de la posición social
en el siglo I d.C.
En
las modernas sociedades industriales, el factor determinante de la posición
social de un individuo es el económico. Atendiendo a ese factor y, en concreto,
a la relación con los medios de producción, es como hablamos, a partir de Karl
Marx, de clases sociales. A las dos clases sociales, antagónicas e
irreconciliables, en que Marx había dividido a la humanidad: la proletaria u
obrera y la capitalista o burguesa, se añadió después la clase media, que,
como su nombre indica, denota una posición económica intermedia entre el
proletariado y la burguesía. Sin embargo, resulta un anacronismo proyectar las
catalogaciones sociales modernas a la Antigüedad, ya que éstas se basaban en
criterios diferentes a los nuestros.
En
la sociedad del Imperio romano la posición social que ocupaba una persona venía
determinada primordialmente, no por el factor económico, sino por la familia en
la que nace.2 De ahí que, cuando se habla de la estratificación
social del Imperio, en vez de la categoría clase,
se prefieran otras categorías: las de ordo,
status, estamento o nivel social.3
De
todos modos, a la hora de la catalogación de la sociedad greco-romana del siglo
primero, incluida Palestina, hay que evitar las simplificaciones. Aunque el
factor decisivo para determinar el nivel social de un individuo fuera la familia
a la que pertenece, existían también otros factores importantes a tener en
cuenta, tales como: la condición de libre, liberto o esclavo,4 el
origen étnico, la ciudadanía, el honor o la deshonra, la educación, el
trabajo, el sexo y los éxitos o fracasos.5 A éstos habría que añadir
el factor económico que, a partir del siglo I, jugó un papel cada vez más
influyente en la catalogación social de las personas.6
2. La estructura piramidal del Imperio romano: los
ricos y los pobres
Como ocurre normalmente en las sociedades humanas, también la sociedad
del Imperio era piramidal: en la cúspide se sitúa la aristocracia (patricios u
honestiores)7 y a partir de
ella, escalonadamente, el resto de la sociedad (plebeyos u humiltores),
según el grado de libertad (libres, libertos o esclavos), sus derechos
ciudadanos (ciudadanos romanos, ciudadanos de las capitales y ciudades de
provincias o campesinos), su procedencia étnica (romanos, ítalos, extranjeros
o bárbaros), sus posibilidades económicas (trabajadores o indigentes) o su
sexo (varones o hembras) .8
Las
características propias de los niveles superiores de esa pirámide social eran:
ser ricos, libres, honorables y tener acceso a los altos cargos públicos, es
decir, a las esferas de poder. En cambio, las características de la inmensa
mayoría situada en los niveles inferiores eran, por lo general: no poseer
riquezas, trabajar para vivir o depender de otros para la subsistencia, y no
poder ocupar ningún puesto de relieve en la administración estatal, regional,
provincial o municipal.9
La
sociedad del Imperio ha sido definida como una sociedad estratificada y estable,
en donde el tránsito de un nivel social a otro superior fue escaso y, por
consiguiente, en donde había pocas expectativas de cambio10. Sin
embargo, es innegable que hubo personas que lograron subir
en la escala social, aunque era tal el peso del status original, que hizo falta el transcurrir de generaciones para
que sus descendientes fueran aceptados como iguales por aquellos que pertenecían
al nivel social al que habían logrado ascender11.
Desde
el ángulo estrictamente económico, había en el Imperio dos categorías,
separadas por un abismo: los ricos y los pobres12. Los primeros (los
plousioi o dives), disponían de medios y recursos abundantes para vivir con la
mayor holgura sin necesidad de tener que trabajar; los segundos, comprendían
tanto a los que para poder vivir dependían de su trabajo (los penétes o pauperes), cuanto
a los que no podían sobrevivir sin mendigar (los ptókhoi, egentes o indigentes)13.
La
prolongada paz que reinó en el Imperio romano durante la época julio-claudia
propició el progreso económico en el mundo mediterráneo, permitió que
hubiera un contacto más estrecho entre sus diversas partes y facilitó la
movilidad social14. Esto hizo que el número de personas ricas se
incrementara bastante. Sin embargo, paradójicamente, la riqueza se fue
concentrado cada vez más en pocas manos, debido, sobre todo, a dos razones: 1ª)
a que los ricos extendieron sus, ya de por sí, grandes latifundios mediante la
adquisición de tierras de pequeños campesinos endeudados o en quiebra,
controlando de este modo los bienes de primera necesidad y no pocos negocios
derivados de los productos de la tierra; 2ª) a los matrimonios entre miembros
de familias acaudaladas, que acrecentaron el patrimonio de éstas.
El
porcentaje de pobres era elevadísimo. Si exceptuamos la ciudad de Roma, donde
el número de mendigos y menesterosos era inmenso y su situación infamante, en
la parte oriental del Imperio, a la que pertenecía Palestina, los pobres no sólo
estaban más empobrecidos que en la occidental, sino que, al parecer, eran más
numerosos que en ésta. Además, los pobres, en Oriente, no tenían los mismos
derechos ciudadanos que los ricos; mientras que, en Occidente, aunque fueran
considerados por la gente acomodada casi con tanto desprecio como a los
esclavos, si eran libres y gozaban de la condición de ciudadanos, tenían en
principio los mismos derechos ciudadanos que los ricos.
Por
su condición de indigentes, los pobres eran generalmente considerados por los
ricos como ociosos, embusteros, ladrones, codiciosos de los bienes de los
acaudalados, gente sin honor, empujados por su situación a toda clase de vicios
y no merecedores de confianza alguna. La pobreza se consideraba como algo
natural, se atribuía a la holgazanería de los pobres mismos o al designio de
los dioses, en especial, de la diosa Fortuna. Incluso en escritos sapienciales
del Antiguo Testamento se observa la influencia de esta mentalidad despectiva
respecto al pobre y la pobreza (cf Prov 6,11; 13,18; 24,34; 28,19; Eclo 25,2;
40,28ss; etc.)15.
En
este contexto, no tiene nada de extraño la ceguera y la insensibilidad de los
ricos respecto a los pobres ni el hecho de que nadie se preocupara de analizar
las causas reales de la pobreza. Las personas acomodadas estaban tan
acostumbrados a equiparar a los esclavos con los indigentes, que miraban y trataban a ambos con el mismo desprecio. La piedad o la compasión
hacia los sectores más desfavorecidos de la población brillaba por su
ausencia. Si, ocasionalmente, se hacía algo por ellos, era para evitar que su
situación desesperada los llevara a alterar el orden público, a motines o
sublevaciones.
En
el mundo greco-romano hacer el bien era incluso un deber cívico-patriótico,
pero ni el griego ni el romano extendían su benevolencia hacia los pobres. En
una época en donde, como lo atestiguan las inscripciones y textos literarios,
las donaciones se hacían de manera interesada, esperando siempre alguna
reciprocidad, los pobres, que no tenían nada que ofrecer a cambio, no podían
esperar ayuda alguna. La beneficencia se limitaba a los que eran de la misma
posición social, a los amigos y conocidos; no afectaba a los pobres. Este
desinterés por ellos se refleja en el hecho de que en la literatura profana del
tiempo ni siquiera se encuentra el concepto de limosna.
Como
consta en diferentes testimonios de la época, no sólo de inscripciones sino
también de escritores como Horacio, Tácito, Cicerón, Juvenal, Marcial, Séneca
o Plinio, la meta de la vida era ser rico.16
3. La administración imperial y los pobres17
Era
costumbre en Grecia y en el mundo helénico el ofrecimiento al pueblo, a precio
subvencionado o ínfimo, de trigo y cereales, y ocasionalmente también de
aceite e incluso de carne. Esta costumbre se implantó en el mundo romano a
finales del siglo II a.C., con Cayo Graco (las llamadas frumentationes).
Más tarde, Julio César hizo de ella política de Estado, pero limitando el
ofrecimiento de víveres a los empadronados en la ciudad de Roma. A partir de
Claudio, una vez al mes, se ofreció gratuitamente, a todos los ciudadanos
empadronados en Roma que quisieran, la entrega de una ración de alimento
equivalente a la que se consideraba necesaria para mantener vivo a un esclavo
(el frumentum). Aunque algunas otras
ciudades imitaron esta costumbre romana, hasta la época de Antonino Pío, a
mediados del siglo II, no consta con seguridad que se hubiera extendido por el
Imperio.
La
razón de esta medida era política. Se pretendía con ella evitar posibles
levantamientos del pueblo por causa del hambre y ganarse el favor y el
reconocimiento de la plebe. La prueba de que este reparto gratuito no era
expresión de la preocupación del Estado por la suerte de los pobres está no sólo
en el hecho de que no se beneficiaran de él más que los que gozaban de la
condición de ciudadanos, sino también en que los repartos eran aprovechados
igualmente por los ricos, que a menudo enviaban a sus familiares y esclavos a
recoger los alimentos. Hasta donde sabemos, los indigentes, a diferencia de los
huérfanos y las viudas, nunca fueron objeto en Roma de especial atención por
parte del Estado18.
Por
lo que respecta a las provincias del Imperio, y en particular a Asia Menor, el
emperador era considerado como benefactor del pueblo y, como tal, estaba
obligado moralmente a socorrerlo, sobre todo en caso de grandes penurias o catástrofes.
Por lo demás, las autoridades tenían como una de sus tareas prioritarias
asegurar la alimentación del pueblo, preocupándose, para ello, de que no
faltara el grano y de que se vendiera a un precio razonable. Aparte de eso, no
hay nada que evidencie la preocupación de esas autoridades por la situación de
los pobres. Los fondos municipales se destinaban a obras públicas,
celebraciones diversas y también al culto, pero no consta que se emplearan con
fines filantrópicos.
Tan
sólo eran socorridos por la administración imperial los huérfanos y las
viudas, cuyos padres u esposos hubieran fallecido en servicio militar.
4. La situación en Palestina19
La Palestina del tiempo de Jesús constituía una sociedad teocrática,
que giraba en torno a la Ley mosaica y al Templo de Jerusalén, fuertemente
jerarquizada y de tipo patriarcal, en donde el padre de familia estaba investido
de la autoridad suprema en el ámbito familiar. Dicha sociedad vivía de la
agricultura, la artesanía y el comercio, y estaba compuesta por tres estratos
sociales: superior, medio y bajo.
Al
estrato superior pertenecían los príncipes y miembros de la familia real de
Herodes, los altos dignatarios de la corte, la aristocracia sacerdotal o sumos
sacerdotes, y las familias de abolengo, junto con los grandes terratenientes,
comerciantes o negociantes.
El
estrato medio, bastante reducido y apreciable sobre todo en Jerusalén, en los círculos
cuyas fuentes de ingresos procedían del Templo y los peregrinos, estaba
integrado, fundamentalmente, por los pequeños comerciantes, los artesanos
propietarios de sus talleres, los dueños de las hospederías y los sacerdotes y
levitas que no eran miembros de las grandes familias sacerdotales.
Al
estrato bajo, formado por la inmensa mayoría de la población, pertenecían los
jornaleros, tanto obreros como campesinos, los pescadores, los innumerables
mendigos y, finalmente, los esclavos, Estos últimos, a diferencia de lo que
ocurría en el resto del Imperio, no desempeñaban ningún papel relevante en la
economía rural, ya que, fuera de la corte de Herodes, su número era muy
reducido y se encontraban sobre todo en las ciudades, al servicio de las
familias adineradas.
Dada
la naturaleza de su suelo y la densidad de su población20, Palestina
estuvo lejos de proporcionar a todos sus habitantes trabajo, alimento y medios
de vida suficiente. En tiempos de Jesús el paro era considerable y afectaba,
principalmente, a los campesinos y jornaleros21. Lo que ocasionó la
emigración de muchos judíos residentes en Palestina a otras partes del
Imperio, en busca de una existencia mejor22.
A
pesar del aparente esplendor del largo reinado de Herodes el Grande (37 aC-4 d.C),
durante el cual se crearon nuevas ciudades y fortalezas, se edificaron suntuosos
edificios, se inició la reconstrucción del Templo y se hicieron importantes
obras públicas, lo cierto es que la pobreza aumentó considerablemente en
Palestina y esta situación se mantuvo a lo largo de todo el siglo primero. A
ello contribuyó en gran medida la explotación abusiva del país por parte de
Herodes y de sus sucesores, y más tarde, cuando Roma fue poco a poco asumiendo
el control y la administración de Palestina, los impuestos que pesaban sobre el
pueblo y la mala gestión de los prefectos y procuradores romanos. El hambre y
la carestía que reinaban por doquier fueron el resultado de tal explotación23.
Esto
hizo que tanto en la época de Herodes, como después durante el breve reinado
de Agripa I (41-44 d.C), tuvieran que arbitrarse medidas extraordinarias para
paliar el hambre de la población. No sólo se estimuló la beneficencia
privada, sino que se sancionaban jurídicamente las aspiraciones de los pobres a
compartir la cosecha, reservándoseles una parte de las fincas, cuyos productos
podían recoger después de la recolección, y dejando para ellos las uvas caídas
durante la vendimia. La preocupación por los pobres era patente en grupos como
los fariseos, los esenios o los zelotas24.
A
diferencia de la insensibilidad que, como se ha visto, reinaba el Imperio
respecto al pobre y la pobreza, el judaísmo del siglo I, como lo atestiguan los
escritos de Qumrán, la literatura rabínica y los llamados escritos pseudo-epígrafos,
mantenía vigente la preocupación veterotestamentaria de ayudar al pobre, a
la viuda, al huérfano y al extranjero25.
Al
menos la teoría estaba clara y era repetida y conocida por todos: el rico no
debe explotar al pobre: el judío fiel a Dios ha de ser, como él,
misericordioso y justo; todos han de amar al prójimo. Otra cosa era la
realidad: de hecho, muchísimos judíos palestinos del tiempo de Jesús no tenían
otro medio de vida que la mendicidad26, eran explotados por los
poderosos y los ricos, y discriminados por los observantes religiosos. Por otra
parte, los maestros de la Ley discutían entre sí sobre el alcance del precepto
del amor al prójimo, sin llegar a un acuerdo acerca de si tal obligación debía
o no de hacerse extensiva a los paganos27.
2. EL PENSAMIENTO Y LAS EXIGENCIAS DE JESÚS ACERCA
DEL DINERO Y LA RIQUEZA
1. La opinión de Jesús, según los evangelios,
sobre el dinero y la riqueza
Son
muchísimos los textos y pasajes evangélicos que, directa o indirectamente,
tratan del dinero, la riqueza o la pobreza. Este dato es de por sí revelador:
muestra la importancia que estas cuestiones tenían para Jesús y para el
cristianismo primitivo28.
La
visión que sobre el dinero y la riqueza tienen los evangelios y, en particular,
los sinópticos, podría resumirse así: el dinero constituye una continua
fuente de preocupación para los seres humanos, impropia de los seguidores de
Jesús, cuya interés fundamental ha de ser que reine la justicia de Dios Padre
(Mt 6,25-34 par).
Con
dinero se llevan a cabo las operaciones de compra y venta (Mt 10,29: 13,44-46;
Lc 14,18-19 par: 17.28), y por su medio los hombres adquieren tanto lo necesario
para vivir (Mc 6,35-37 y pars.), como lo superfluo (1Cor 16,19).
También
con dinero se remunera el trabajo humano (Mt
19,30-20,16) y se obtienen los servicios que pueda necesitar una persona (Mc 5,25-26 pars; Lc 10,33-35); igualmente se pagan con él los
tributos y los impuestos, justos o abusivos que imponen al pueblo los
gobernantes, tanto políticos como religiosos (Mt 18,24-27; Mc
12, 13-17 pars.).
Con
el dinero se negocia: se presta con intención de recobrarlo con intereses (Lc
4 6,34) o se mete en el banco para que rente (Mt 25,24-26 par).
El
dinero puede emplearse en beneficio de los otros: para ganar amigos (Lc 16,9),
para dar limosnas o para ayudar a los necesitados (Mt 6,3-4; Mc 10,21 pars; Lc 8.3; 10,33-35; 12,23; cf Mc 14,5 pars.: Jn 13,29):
pero también puede utilizarse para adquirir fama de santidad o renombre a costa
de los pobres (Mt 6,2) y, bajo
pretexto religioso, puede degenerar en la ostentación, el orgullo o el
desprecio de los demás (Mc 12,41-44 par; Lc 18,9-14).
El
dinero proporciona a los seres humanos seguridad: con él se tienen las espaldas
cubiertas o se encara el futuro con desahogo (Lc 12,15-19; cf. Mc 6,7-9 pars; Lc
10,4). Sin embargo, Jesús advierte que se trata de una seguridad aparente: en
realidad, es efímera, falsa y engañosa (Mt 6,19-21:10,39 23,12 par; Mc 8,34-37
pars.; Lc 6,24-25:12,15.20-21; 16,19-31: cf. Lc 1,51-53:12,42-48: 22,35).
El
dinero constituye, además, uno de los elementos esenciales que hace posible el
esplendor de los reinos de este mundo (Mt 4,8-10 pars; cf Mc 13,1-2 pars.), y
está detrás del dominio y la opresión que se ejercen sobre los demás (Mc
10,42 pars.; cf Mc 10,35-41 par).
El
dinero es, sobre todo, fuente de injusticias (Lc 16,8-9): vuelve a los hombres
insensibles o ciegos ante la miseria humana (Lc 16,19- 21; cf. Mt 25,31-46); los
hace insolidarios (Lc 12,16-18) y frívolos (Lc 6,25b): proporciona poder,
comodidades, lujos y hartura (Mt 4,8 pars.: Lc 6,25a: 7,25 pars; 12,16-19;
15,13); confiere prestigio social y toda clase de privilegios (Lc 6,26:14,7-14;
cf Mt 23,5-8; Mc 12,38-40 pars.); sirve para ganarse el favor o el
reconocimiento de los otros y para obtener influencias (Lc 7,2-5; 16,1-8).
El
dinero se idolatra (Mt 4,8-10 par;
6,24 par), se codicia, se atesora y fomenta la ambición y el egoísmo (Mt
6.19-23 pars.; Mc 9,33b-37 pars.: 10,35-41 pars.; Lc 12,16-18); seduce a los hombres
y los vuelve hedonistas, ahogando en ellos el mensaje de Jesús y provocando
su esterilidad (Mc 4,18-19 pars.);
puede subyugar a las personas religiosas más observantes y, en apariencia,
intachables (Lc 16,14-15), y puede también convertir lo más sagrado en un
negocio y la religión en un instrumento de explotación del pueblo (Mc
11,15-19 pars.).
La
ambición de dinero lleva a la avaricia (Mt 6,19-21 pars.), la tacañería (Mt
6,22-23 pars.) y la envidia (Mc 10,41
pars.; cf 15,25-32). El dinero es motivo de ruptura de los vínculos familiares
(15, 11 -13) o de rencilla entre los propios hermanos (Lc 12,13-14). Por afán
de dinero se encarcela al deudor que no paga su deuda, aunque sea mínima (Mt
18,28-30).
Con
dinero se soborna (Mt 28,8-15). Por
dinero se pleitea (Mt 5,25-26 pars.),
se extorsiona (Lc 19,1-10; cf. 3.14), se roba (Jn 12,6), se traiciona (Mc
14,10-11 pars.) o se mata (Lc 10,30; cf. Mt
2,16).
El
apego a la riqueza constituye uno de los principales obstáculos para el
seguimiento de Jesús (Mc 10,21-22
pars.) y un impedimento para entrar en el reino de Dios (Mc 10,23-24 pars.), es decir, para participar en la construcción de
una sociedad nueva, basada en la solidaridad y la justicia. Por eso Jesús
proclama dichosos a los que optan por la pobreza (Mt
5,3a: Lc 6,20a), puesto que esa opción, que extirpa la raíz interior de la
injusticia, la ambición humana (cf. 1 Tim
6,9-10), permite el ejercicio del reinado de Dios (Mt 5,3b. 10b; Lc 6,20b),
impulsa la liberación de los hombres (Mt 5,4-6)
y hace posible unas relaciones humanas basadas en el amor activo (Mt
5,7-9)29.
Jesús
no se deja impresionar por el dinero. Para él vale mucho más el cuadrante (una moneda insignificante) que una pobre viuda echa en el
cepillo del Templo, privándose de lo que necesita para vivir, que todas las
monedas que echan en él los ricos, de lo que les sobra (Mc 12,41-44 pars.). Tampoco se deja impresionar por la grandiosidad y
magnificencia de los edificios que los hombres levantan a base de dinero y
esfuerzo humano; sabe que detrás de ellos se esconde la injusticia y que acabarán,
tarde o temprano, en la ruina ola destrucción (Mc 13,1-2 pars.).
En
la polémica que, según el Evangelio de Juan, se desarrolla entre Jesús y los
dirigentes judíos durante la fiesta de las Chozas o de los Tabernáculos
(7,1-8,59), el evangelista menciona en el centro de la controversia el Tesoro
del Templo (8,20), contraponiendo así a Jesús, el nuevo santuario de Dios (cf.
2,17; 7,37-39), con el Tesoro, el santuario del templo idolátrico, donde se
aloja el dios y padre de los dirigentes judíos: la acumulación explotadora (cf.
2,14- 16)30.
Para
Jesús, la liberación del hombre es mucho más importante que la estabilidad
económica. Por eso, no duda en sacrificar el potencial económico de toda una
región (la gran piara de cerdos que se precipita acantilado abajo en el mar: Mc
5,1-20 pars.), para obtener la liberación de un alienado (el endemoniado de
Gerasa).31 El bien del hombre está, para él, por encima de todo (Mc 3,1-6 pars.).
En
el conocido pasaje del juicio de las naciones (Mt 25,31-46), advierte Jesús de
las consecuencias irreparables de la insensibilidad humana. El que pase por la
vida indiferente a las necesidades más perentorias de los seres humanos, es
decir, sin mostrar el más mínimo gesto de amor, ése ha malogrado su
existencia.
En
las imprecaciones que añade Lc a las bienaventuranzas, Jesús arremete contra
los causantes de la injusticia que reina en la sociedad: los ricos, los que están
repletos de todo, los que viven frívolamente y los que gozan del reconocimiento
social; anunciándoles el cambio que va a traer consigo el reinado de Dios y que
comportará su ruina existencial (Lc 6,24-26).
Frente
al carácter restrictivo e interesado de la beneficencia en el mundo
greco-romano, en donde, como se ha visto, el bien se hace a los amigos, a la
gente de la misma posición social o a aquellos de los que se espera obtener algún
beneficio, Jesús propone todo lo contrario. Según Lucas, en una ocasión en
que había sido invitado a comer en casa de un fariseo, se dirigió a éste diciéndole:
"Cuando
des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus
parientes ni a vecinos ricos; no sea que te inviten ellos para corresponder y
quedes pagado. Al revés, cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados,
cojos y ciegos; y dichoso tú entonces, porque no pueden pagarte; te pagarán
cuando resuciten los justos» (Le 14,12-14).
Jesús,
que Identifica a Satanás con el ansia de poder y de gloria mundana (Mc
8,33; cf Mt 4,8-10 pars.), espera de sus seguidores que renuncien a la
acumulación de dinero, porque para ellos su verdadera riqueza ha de estar en
Dios (Mc 10,21 pars.). Al mismo
tiempo, les advierte que el ser humano se define por aquello que aprecia y que
todo el que haga del dinero un valor estimable se apegará a él y será el
dinero quien oriente su vida y marque su personalidad (Mt
6,19-21 pars.). Para Jesús, lo que da valor a la persona es la generosidad;
mientras que la tacañería, que cierra las puertas al amor, hace del hombre un
miserable (Mt 6,22-23 pars.).3
Por
eso, pedirá a los suyos que sean generosos, que no vuelvan la espalda a nadie,
que presten sin esperar nada a cambio, e incluso, que renuncien a reclamar lo
que, siendo de ellos, se lo apropian otros (Mt
5,42; Le 6,30.35.38). Para Jesús, no merece la pena pleitear por dinero ni
defender lo propio con uñas y con dientes.
A
pesar de sus advertencias y sus críticas, Jesús no es un asceta reticente a
usar y disfrutar de los bienes creados. Al contrario, su conducta en este
sentido es de tal normalidad que resulta escandalosa para sus adversarios, que
lo acusan de comilón y bebedor (Mt 11,18-19
pars.).33 Tampoco es un maniqueo que considera todo lo que tiene que
ver con el dinero como intrínsecamente malo. De sus palabras se deduce que,
para él, el dinero es moralmente ambiguo: puede servir para lo bueno, como para
lo malo; para ayudar a otros o para explotarlos; para compartirlo con los demás
o para codiciarlo. Depende de la utilidad que se le dé y de los resultados
que produzca.
Lo
que a Jesús le parece reprobable es el apego al dinero, por los efectos
negativos que entraña y porque acaba haciendo de éste el ídolo a cuyo
servicio se pone la vida humana (Mt 6,24
pars.). Pero, además, conoce bien la seducción que el dinero ejerce sobre los
hombres y la capacidad que tiene de envolverlos en sus redes y atraparlos (Mc
4,19 pars.). Por eso, es tan crítico con él y tan contundente en las
exigencias que, con relación al dinero, plantea a sus seguidores.
2. La incompatibilidad entre Dios y el Dinero 34
En el Sermón de la Montaña de Mt se
encuentra un conocido dicho de Jesús, que le coloca en un contexto diferente,
como colofón de las instrucciones que Jesús da a sus discípulos a raíz de la
parábola del mal administrador (Lc 16,13). El dicho dice así:
«Nadie
puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al
otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios
y a Mammón» (Mt 6,24).
En
este dicho establece Jesús la absoluta incompatibilidad entre el servicio o
dedicación a Dios y el servicio o dedicación a Mammón, dios del dinero y la
riqueza, que se presenta como el rival del verdadero Dios y que pretende
suplantarlo.35 Se trata de dos realidades totalizantes,
diametralmente opuestas, que se ofrecen al hombre como fundamento y determinante
de su ser y su quehacer.36
«Servir a Dios»,37 y no
a un dios cualquiera, sino al de Jesús, es poner la propia existencia al
servicio de los intereses de ese Dios, que Jesús concibe como Padre de todos,
como fuente de vida y amor cuya máxima preocupación es la felicidad y el pleno
desarrollo de sus hijos, y que se vuelca de forma preferente sobre aquellos que
no tienen acceso a los bienes de la creación, no cuentan socialmente o, por las
razones que sean, viven marginados (Mc 2,15-17 pars; Lc 15)38
Este
servicio, que hace al ser humano libre y liberador, se traduce en entrega
generosa, solidaridad y fraternidad. Se ejerce desde abajo, no desde arriba (Jn
13,2-15); se realiza por amor, no por obligación; no excluye a nadie, ni
siquiera al enemigo (Mt 5,43-48 pars.),
y va dirigido, prioritariamente, a los pobres, impedidos, marginados y
oprimidos.
En
cambio, «servir a Mammón», dios del
dinero y la riqueza, es poner la propia existencia al servicio de los intereses
de éstos; es caer en la idolatría del dinero (Mt
4,8-10 pars.), que lleva a la codicia, al egoísmo, al afán de dominar y
sobresalir, y a la competitividad.
Este
servicio, que aliena al ser humano y lo incita a alienar a los demás, se
traduce en la ambición de poseer, dominar
y subir, al precio que sea. Los
tres verbos malditos causantes de la infelicidad e injusticia que afligen a la
humanidad.
No
hay componendas posibles entre el Dios de Jesús y Mammón. Ambos encarnan
intereses contrapuestos, valores radicalmente distintos, objetivos completamente
diversos. Por eso, ante los dos rivales el hombre se ve necesariamente abocado a
tener que optar por uno de ellos; a fundamentar su vida en el uno o en el otro y
a orientarla en una u otra dirección.
Como
puede apreciarse, se trata de una opción fundamental que determina la
existencia humana. Si, como se ha visto, la meta de la vida que propone el mundo
greco-romano era ser rico (coincidente, por otra parte, con la que, de forma
mucho más insistente y sugestiva, se propone al hombre de hoy), Jesús ofrece
otra del todo diferente: invita a optar por lo que Dios representa y promueve,
en contra de lo que el dinero y la riqueza encarnan y promocionan. De esa opción
dependerá la felicidad o infelicidad propia y ajena, y el desarrollo o la
alienación individual y social.
3. La radicalidad de las exigencias de Jesús
Como es sabido, las condiciones que Jesús pone para seguirlo se
formulan en los evangelios con una gran radicalidad y afectan de manera
particular a la cuestión del dinero y la riqueza.
En
el pasaje del llamamiento a los primeros discípulos, éstos, por seguir a Jesús,
dejan sus medios de vida y abandonan, incluso, al propio padre (Mc 1,16-2 la pars.)35. Cuando, más tarde, Jesús
llama a Leví/Mateo, el recaudador de impuestos, ocurre otro tanto (Mc
2,14 pars.)40.
A
los candidatos al seguimiento, Jesús les propone la renuncia a toda estabilidad
y una total disponibilidad (Mt 8,19-20
pars.);41 así como, desentenderse del pasado (Mt 8,21-22 pars.)42 y romper con todo particularismo (Lc
9,6l-62).43 A sus propios discípulos los invita a que vendan sus
bienes y lo den en limosna (Le 12,33a).
Entre
las instrucciones que da Jesús al enviar a los Doce (Mc 6,7-13 pars.) y también,
según Le, a los Setenta (Le 10,1-12), se encuentra la de que vayan desprovistos
de dinero y de cualquier otro medio que pueda proporcionarles seguridad. Los
deja, pues, a merced por completo de la generosidad de los demás, para que así
aprendan a confiar en la gente. Mt añadirá
a estas instrucciones la recomendación de Jesús de que por el camino ayuden a
todos desinteresadamente (Mt 10, 8b).
Según
Lc, a las multitudes que acompañan a Jesús camino de Jerusalén, éste les
hace ver, sin ambages de ningún tipo, lo que implica ser discípulo suyo:
«Si
uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer
y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo
mío. Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mi, no puede ser discípulo
mío» (Le 14,25-27).
A
continuación, los invita a reflexionar seriamente antes de comprometerse al
seguimiento (vv. 28-32); para concluir con unas palabras de una radicalidad
extrema: Esto supuesto, todo aquel de
vosotros que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío
(v. 33).
Esta
misma renuncia es la que propone Jesús al rico que se acerca a preguntarle qué
tiene que hacer para heredar vida definitiva (Mc
10,17 pars.). Después de responderle y de comprobar su honestidad, lo
invita al seguimiento poniéndole como condición previa que venda todo lo que
tiene y se lo dé a los pobres. para que así su única riqueza sea Dios. Ante
semejante propuesta, el rico, por apgo a sus posesiones, renuncia a seguirlo
(Mc 10,17-22 pars.); puede más en él
la seguridad del dinero que la de Dios. Jesús aprovechará la ocasión para
hacer ver a sus discípulos que aquellos que confían en la riqueza no son aptos
para la sociedad nueva o reino de Dios (Mc
10,23-27 pars.).
Tras
el primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección, y la tentativa de
Pedro, como representante de los demás discípulos, de desviar a Jesús de su
camino (Mc 8,31-32 pars.), éste
reitera una vez más a todos los suyos las condiciones para el seguimiento: Si uno quiere seguir detrás
de mí, reniegue de sí mismo y cargue con su cruz; entonces, que me siga (Mc
8,34 pars.).
Cuando
sus seguidores discuten sobre grandezas o primacías. van buscando la gloria
humana, el poder o el dominio, y se dejan llevar de actitudes autoritarias o
violentas, Jesús es tajante con ellos: les recuerda que el que quiera ser
primero ha de ser último de todos y servidor de todos (Mc
9,33-37 pars.); que el seguidor ha de estar dispuesto a asumir, como él, el
fracaso, el descrédito y hasta la muerte a manos de los hombres (Mc
10,35-41): que entre ellos, a semejanza suya, no ha de haber otra grandeza
que la del servicio ni otra disposición que la de la entrega sin regateo a los
demás (Mc 10,42-45 pars; cf. Jn
13,1-17); y que deben desechar toda actitud autoritaria (Mc
9,38-41 pars.) o violenta (Le 9,51-56).
Cuando
públicamente denuncia el comportamiento de letrados y fariseos, acusándolos de
buscar el reconocimiento social, de vestir con ostentación, de que les encantan
los puestos de honor, que les hagan reverencias por la calle o que los llamen
maestros (Mt 23.5-7 pars.), Jesús
advertirá a los suyos que han de comportarse de un modo diametralmente opuesto:
«Vosotros,
en cambio, no os dejéis llamar «Maestro" (lit. Rabbí), pues vuestro
maestro es uno solo y todos vosotros sois hermanos; y no os llamaréis «padre"
unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo; tampoco
dejaréis que os llamen «directores«, porque vuestro director es uno solo, el
Mesías. El más grande de vosotros será servidor vuestro; pero al que se
encumbre, lo abajarán, y al que se abaje, lo encumbrarán» (Mt
23,8-12).
Como
puede apreciarse, las exigencias que Jesús plantea al que quiera seguirlo son
de tal calibre que espantan. Sobre todo, las que atañen a la cuestión económica;
y más, en un mundo como el nuestro en donde el dinero constituye el valor
supremo, al que se subordina todo.
Cabría,
hipotéticamente, pensar que en una sociedad predominantemente campesina, como
la de Palestina en tiempos de Jesús, donde la mayoría de la gente apenas si
tenía nada, su propuesta pudiera encontrar una acogida más o menos
favorable. Pero en nuestro mundo occidental, tan complejo y tecnificado, en el
que prevalece una cultura de tipo urbano y en donde la mayor parte de la gente
tiene un nivel de vida más o menos aceptable, la propuesta de Jesús, tomada al
pie de la letra, resulta prácticamente inviable. Con sinceridad no creo que
haya muchos dispuestos a renunciar a todo y
a quedarse sin nada. Ni siquiera estoy
seguro de que una renuncia de ese tipo sirva para algo.
¿Estará,
entonces, reservado el seguimiento de Jesús a una minoría de personas
selectas, forjadas en un yunque especial y dispuestas a llevar una vida donde no
se tiene ni se posee absolutamente nada? ¿Será verdad aquella interpretación
eclesiástica que considera estos textos tan radicales como un consejo
que da Jesús sólo a algunos de
sus seguidores?44
Nada
en los evangelios sugiere que las condiciones que Jesús establece para el
seguimiento estén dirigidas a una elite. Al contrario, si algo caracteriza al
mensaje de Jesús es su universalidad. Su buena noticia va dirigida a la
humanidad entera, sin exclusión de nadie; y lo mismo ocurre con su invitación
al seguimiento. Otra cosa será la respuesta que esa buena noticia y esa
invitación obtengan entre los hombres, que puede ser minoritaria.
Si
el mensaje de Jesús y su invitación a seguirlo se dirigen potencialmente a
todos, entonces las condiciones que él exige para el seguimiento no pueden ir
destinadas a unos pocos. Por tanto, hay que descartar de sus palabras, por
radicales que sean, toda interpretación elitista.
¿Qué
hacemos, pues, con esos textos que, tomados literalmente, plantean unas
condiciones que de suyo en nuestra sociedad resultan impracticables?, ¿guardarlos
en el baúl de los recuerdos?, ¿rebajar la radicalidad de su contenido para
hacerlo más asumible?, ¿o, simplemente, pasar de ellos y no hacerles caso? Sin
embargo, esos textos son para los evangelistas tan importantes que olvidarlos,
descafeinarlos o prescindir de ellos sería tanto como reconocer que la adhesión
y el seguimiento de Jesús son inviables y que su propuesta de cambio radical es
tan descabellada que ni siquiera merece que se la tenga en cuenta.
A
mi modo de ver, los textos en cuestión contienen formulaciones
extremas, muy frecuentes en la Biblia, que no podemos tomar al pie de la
letra.
A
nadie se le ocurre, por ejemplo, interpretar literalmente los textos sinópticos
en los que Jesús manda a sus seguidores que se corten la mano o el pie, o que
se saquen el ojo, cuando cualquiera de esos miembros u órganos ponga en peligro
la fidelidad al mensaje (Mc 9,43-48
pars; cf. Mt 5.29-30). Tampoco toma
nadie a la letra el texto antes citado de Le 14,26 que, traducido literalmente,
dice así:
"Si
uno quiere venirse conmigo y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus
hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo
mío".
Y
lo mismo podría decirse de otros muchos textos.45
Pues
bien, los textos evangélicos que establecen las condiciones del seguimiento de
Jesús entran dentro de la categoría de formulaciones
extremas y, como tal, no hay que interpretarlos literalmente.
Una
formulación extrema es aquella que propone una opción radical mediante una
situación límite. Esa situación es sólo el recurso literario para expresar
la radicalidad de la opción, pero ni puede generalizarse ni se propone como
meta a alcanzar. Constituye un recordatorio, a la hora de tomar la opción, de
las condiciones de vida denigrante a que se ven forzados muchos seres humanos y
sirve para impedir que nadie se eche atrás ante las exigencias de la realidad
por duras que sean ni aduzca pretextos para no tomar la opción propuesta.46
Aplicando
estos principios a las durísimas condiciones que Jesús establece para el
seguimiento, relacionadas siempre con el dinero, tendríamos que lo que se
pretende con ellas es invitarnos a que optemos decididamente por una forma de
vida que no esté movida ni regida por el dinero, sino que esté animada y
orientada por Dios. Lo que se nos quiere proponer con esas condiciones es que
nunca nos consideremos propietarios exclusivos
de nada y que pongamos a disposición de los demás todo lo que somos y tenemos,
prioritariamente de los pobres, porque son ellos los más imperiosamente
necesitados de la generosidad humana. Si somos capaces de compartir lo nuestro
con los que nada tienen, seremos también capaces de compartirlo con
cualquiera.
Dicho
de otro modo, con estas formulaciones radicales se nos invita a que optemos por ser,
no por tener; por la generosidad y el compartir, no por la ambición, la
codicia o la tacañería; por el servicio y la solidaridad, no por el dominio
de los otros, el egoísmo y la desigualdad; por situarnos al lado de lo pobres y
ofrecerles lo que esté a nuestro alcance, no al lado de los poderosos; por la
verdadera seguridad y riqueza, que se encuentra en Dios y no en el dinero.
En
definitiva, como en otros pasajes evangélicos, se trata en estas formulaciones
extremas de optar por todo aquello que contribuye al auténtico desarrollo de
los seres humanos y hace posible una sociedad entrañable y justa.47
4. La alternativa que propone Jesús 45
De todo lo dicho, se deduce que el mensaje de Jesús plantea una
alternativa al poder que en este mundo ejerce la riqueza y el dinero. Allí
donde éstos se erigen en valores supremos, todo queda supeditado a ellos: el
rasero por el que se miden los seres humanos es su capacidad adquisitiva, no su
propia dignidad; lo que cuenta es el lucro y la ganancia, no el bien del hombre;
el summum de la felicidad está en
poseer sin freno ni medida, alcanzar el máximo poder y subir socialmente lo más
alto posible; y las relaciones humanas se tornan opresivas y competitivas.
Donde reina el dinero y la riqueza, reina la inhumanidad y la injusticia.
En
cambio, donde se asume y se vive el mensaje de Jesús, se produce el efecto
contrario: el valor supremo es el hombre, a cuyo bien se supedita todo; lo que
cuenta es la dignidad humana, no el dinero o los bienes materiales que se
poseen; lo que hace feliz es el amor, que se traduce en generosidad, solidaridad
y entrega; y las relaciones humanas se vuelven cordiales, respetuosas, justas y
fraternas. Donde reina el mensaje de Jesús, reina Dios, y con él la libertad,
la justicia y la paz.
Frente
a la sociedad injusta, asentada en el dinero y la riqueza, Jesús propone un
modo de vida distinto y alternativo, cimentado sobre los valores que Dios
encarna y promueve, y que los evangelios llaman reino o reinado de Dios. Teológicamente
hablando ese modo de vida es el propio de los que sintonizan con el Dios de Jesús
y están movidos por su Espíritu, la fuerza del amor y de la vida. En lenguaje
secular, es el modo de vida de los hombres que apuestan por la austeridad
solidaria, la generosidad y la justicia, procuran ser coherentes con esos
principios y se afanan porque los individuos y la sociedad se vayan
transformando de acuerdo con ellos. Esos hombres, creyentes o no, son los únicos
capaces de ir abriendo caminos nuevos en la historia de la humanidad y de ir
creando una nueva sociedad.
NOTAS
1
Sobre esta cuestión. véase el estudio de M. I. FINLEY, The
Ancient Economy = Sather Classical Lectures 43 (Berkeley 1973). Más en
concreto: E. ARENS. Asta Menor en tiempos
de Pablo. Lucas y Juan. Aspectos sociales y económicos para la comprensión del
Nuevo Testamento (Córdoba 1995) 49s: W. A. MEEKS, Los primeros cristianos urbanos. El mundo social del apóstol Pablo (Salamanca
1988) 40.96ss; y la introducción de J. Muga a la edición castellana de la obra de K. KAUTSKY. Der Ursprung des Christentums = Orígenes y fundamentos del cristianismo
(Salamanca 19741). Sin embargo. los autores marxistas y socialistas, en
general, suelen proyectar en sus estudios
del mundo antiguo los criterios de
catalogación social moderna: cf, aparte de la clásica obra de K. Kautsky,
antes citada, las más modernas de A.
ROBERTSON, Origins of Christianity (Londres
1954), J. GAGE, Les classes sociales dans l'Empire. Romain (Paris 1964) o G.E.M. de
Ste CROIX, The Class Struggle in the
Ancient Greek World from the Archaic Age top the Arab Conquest (Nueva York
1981). Con todo, no faltan neomarxistas, como E.
Bloch, G. Lukács o M. Machovec,
que reaccionan contra el reduccionismo que supone analizar la sociedad
atendiendo fundamentalmente al factor económico.
2
Cf E. ARENS. Asta Menor o. c., 49-51:
B. J. MALINA, El mundo del Nuevo Testamento.
Perspectivas desde la antropología cultural (Estella 19953 45-81.
3
Véanse por ejemplo: O. ALFÖLDY, Römische
Sozialgeschichte 1 (Wiesbaden3 1984) 124: E. ARENS, Asia
Menor, o. c., 49-56: M. I. FINLEY, The
Ancient Economy, o. c., 35-61; S.
M. LIPSET, Social Class, en International Encyclopedia of the Social Sciences XV (1968) 296-316
(296-301): R. MACMULLEN, Roman Social
Relations 50 B.B. to AD. 284 (New
Haven / Londres 1974) 88-91: A. MEEKS, Los
primeros cristianos, o. c., 96-100.
4
Se estima que sólo en Italia, a] final de la República, habría unos dos
millones de esclavos, es decir, aproximadamente el 35% de la población: cf J.
RICHES, El mundo de Jesus. El judaísmo
del siglo I en crisis (Córdoba 1966) 30. W. A. MEEKS, Los primeros cristianos, o. c.,
41ss, destaca la importancia de la distinción entre libres, libertos y
esclavos. Sobre la esclavitud en la antigüedad.
son clásicos los estudios, entre otros, de: R. H. BARROW, Slavery in the Roman Empire (Nueva York2 1964): F.
BÖMER, Untersuchungen uber die Religion der Sklaven in Griechenland und Rom, 4
vols (Mainz 1957-1963); W. W. BUCKLAND, The
Roman Law Slavery: The Condition of the Slave in Private law from Augustus to
Justian (Cambridge 1908): W. L. WESTERMANN, Slave Systems of Greek and Roman Antiquity = Memoria of the American
Philosophical Soclety 40 (Filadelfia 1955). Bibliografía sobre el tema en J.
VOGT, Bibliographie zur antiken Sklaverei (Bochum
1971).
5
Cf E. ARENS, Asia Menor o. c., 51 ss.
Para B. J. MALINA, El mundo del Nuevo
Testamento, o. c., 45-81, el honor y
la vergüenza constituyen los valores
centrales del mundo mediterráneo del siglo primero. Para J. RICHES, El
mundo de Jesús o. c., 29s. la condición de libre
o de esclavo marca la distinción
decisiva en la sociedad antigua. Por su parte, W. A. MEEKS, Los primeros cristianos..., o. c., 96-100 sostiene que el status
o posición social es la categoría más útil para trazar un esquema de la
estratificación existente en las ciudades grecorromanas.
6
Cf. E. ARENS, Asia Menor, o. c., 49.
7
La aristocracia constituía menos del 2% de la población global del Imperio: cf
E. ARENS, Asia Menor, o. c., 53: G.
ALFÖLDY. Römische Sozialgeschichte... o.
c. 124 y R. MACMULLEN, Roman Social
Relations, 88-91, entre otros, calcularon que la cúspide de la pirámide
social del Imperio no representaba siquiera el 1% del total de la población: A.
MEEKS, Los primeros cristianos…, o.
c., 97 da por válida esta cifra. Sin embargo, como señala Arens, los
autores que establecieron este cálculo no tuvieron en cuenta a las familias
nobles de las ciudades de provincias.
8
Situar, sin más, como hace E. ARENS. Asia
Menor, o. c. 53. en la cúspide de la pirámide a la aristocracia y en la
ancha base de ésta al resto de la sociedad, resulta demasiado simple, porque,
evidentemente, no todos los que no pertenecían a la aristocracia estaban
situados en el mismo nivel social.
9
Así sintetiza G. ALFÖLDY, Römische
Sozialgeschichte, II (Wiesbaden 1984) 94, los dos niveles: superior e
inferior que caracterizan a la sociedad del Imperio. Cf también E. ARENS, Asia Menor, o. c., 54ss,
que sigue la sintetización de ALFÖLDY y R. MACMULLEN, Roman Social Retations, o. c.,
88ss.
10
Cf A. H. M. JONES, "The Caste System in the Later Roman", en Eirene 8 (1970) 79-96 (89); sobre la movilidad social en el Imperio
pueden verse. además: M. I. FINLEY, The
Ancient Economy, o. c., 35-61; K. HOPKINS, Elite mobility in the Roman Empire
en M.I. FINLEY (ed.), Studies in
Ancient Society (Londres/Boston 1974) 103-121: R. MACMULLEN. Roman
Social Relations, o. c., 97-120;
W. A. MEEKS, Los primeros cristianos, o.
c., 40s: y P. R. C. WEAVER, Social
Mobility in the Early Roman Empire, en M. I. FINLEY (ed.) Studies in Ancient, o. c., 121-140
11
Cf.E. ARENS. Asia Menor, o. c., 56-58,
quien sostiene que "de hecho, con cierta frecuencia, algunas personas
ambiciosas y alejadas de cualquier idea fatalista lograron subir en la escala social". G. THEISSEN, Estudios de sociología del cristianismo primitivo (Salamanca 1995)
221s, señala que, en los menos de cien años que transcurren desde la refundación
de Corinto por César y la creación allí por Pablo de una comunidad cristiana
"muchas familias habían experimentado una fuerte ascensión social".
12
La descripción que sigue está tomada fundamentalmente de E. ARENS, Asia Menor, o. c.,
145-159.
13
Con el tiempo, los términos pênes y ptôkhos
vinieron a designar lo mismo, cf E. ARENS. Asia
Menor, o. c., 149s; F. HAUCK-E. BAMMEL, Ptôkhos,
en Theologische Wörterbuch zum Neuen Testament VI, dirigido por G. KITTEL y
G. FRIEDRICH, (Stuttgart 1956) 866-915(885-915).
14
Cf Sh. BEN-AMI, Palestina en el primer siglo de la era común, en A. PIÑERO (eds.),
Orígenes del cristianismo. Antecedentes
y primeros pasos (Córdoba 19911 15-35 (21s).
15
No hay que olvidar que en el Antiguo Testamento, donde la indigencia es
considerada a menudo consecuencia del castigo divino por los pecados del pueblo,
arraigó la idea de que el justo es bendito por Dios con la riqueza, mientras
que el pecador es maldito con la pobreza. Véase, por ejemplo, S. A PANIMOLLE. Pobreza,
en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, dirigido por P. ROSSANO. G.
RAVASI y A. GIRLANDA (Madrid 1990)1484-1500 (1486s).
16
Cf R. MACMULLEN, Roman Social Relations,
o. c., 104-120.
17
Lo que sigue es fundamentalmente un resumen de E. ARENS, Asia Menor, o. c.
159-163. Puede verse sobre la cuestión, entre otros, la clásica obra de H.
BOLKESTEIN, Wohltätigkeit und Armenpflege
im Vorchristlichen Altertum (Utrech 1939), y la más reciente de A. R. HANDS,
Charities and Social Aid in Greece and
Rome (Londres 1968).
18
Como constatan por ejemplo M. 1. FINLEY, The
Ancient Economy, o. c.. 40 y A. R. HANDS, Charities
and Social, o. c., 89.
19
Sobre este tema existe abundante bibliografía. Véase, en particular: Sh. BEN-AMI,
Palestina en el primer siglo, o.
c., 20-25: J. JEREMÍAS, Jerusalén en
tiempos de Jesús (Madrid 1977) 105-138: J. LEIPOLDT-W. GRUNDMANN, El
mundo del Nuevo Testamento. I (Madrid
1973) 189-210: E. LOHSE. Le milieu du
Nouveau Testament (París 1973) 185s; J. MATEOS-F. CAMACHQ, El
horizonte humano. La propuesta de Jesús
(Córdoba71995) 24s: J. RICHES. El
mundo de Jesús, o. c., 29-45.
20
No existen estadísticas fidedignas sobre la población de Palestina en esta época
pero se acepta por todos que el país
está densamente poblado, cf SH. BEN AMI, Palestina,
o. c., 20s; J LEIPOLDT- W. GRUNDMANN, El
mundo del Nuevo Testamento, o. c.,
200, señala que Palestina tenía alrededor de un millón de habitantes. En
cambio J. GAGÉ, Les classes sociales, o.
c., 153, estima que en tiempos de Trajano la población era de dos millones
cifra que se considera exagerada; cf. E. ARENS, Asia
Menor, o. c., 177. Sobre la población de Palestina durante los períodos
griego y romano, puede verse: E. SCHÜRER,
Historia del pueblo judío en
tiempos de Jesús, II (Madrid 1985) 19-43.
21
Cf J. RICHES, El mundo de Jesús, o. c., 37-41.
22
Sh. BEN-AMI, Palestina, o. c., 22, señala
cómo, en medio del progreso económico que experimentó el mundo mediterráneo
durante la época julio-claudia, Palestina fue en ciertos aspectos una excepción,
porque estuvo durante una considerable parte de ese período envuelta en los
disturbios y choques que estallaban tanto entre las autoridades romanas y los
judíos como entre las poblaciones judía y gentil dentro del país. La agitación
perturbaba la vida económica y estorbaba considerablemente el desarrollo del
comercio. El idílico cuadro de Palestina que presenta Flavio Josefo (Bellum 3,4ss), de un próspero país agrícola que provee de
sustento digno a todos sus habitantes, está lejos de la realidad.
23
Cf Sh. BEN-AMI, Palestina, o. c... 22s;
J. LEIPOLDT- W. GRUNDMANN, El mundo del
Nuevo Testamento, o. c., 203s.
24
Cf J. LEIPOLDT-W. GRUNDMANN, El mundo del
Nuevo Testamento, o. c., 204.
25
Cf. A. GELIN, Les Pauvres de Yahvé =
Témoins de Dieu 14 (Paris 1953);A. GEORGE, Pauvre, en Dictionnaire
de la Bible. Supplément VII (París
1966) 387-406; L J. HOPPE, Being Poor: A
Biblical Study (Wilmington 1987); N. LOHFINK, Option for the Poor (Berkeley 1987); J. L. SICRE, Con
los pobres de la tierra. La justicia social en los profetas de Israel (Madrid
1984).
26
Como botón de muestra, cf J. JEREMIAS, Jerusalén
en tiempos de Jesús, o. c..
136-138, donde describe la situación de Jerusalén, en la época de Jesús,
como centro de mendicidad y la picaresca de los mendigos.
27
Cf E. ARENS, Asia Menor o. c.,
170-174: J. JEREMIAS, Jerusalén en
tiempos de Jesús, o. c., 145-153.
28
Aunque sin enmarcarla en el contexto socio-económico de la época, la cuestión
ha sido magistralmente tratada por J. VIVES, Jesús
y el cristianismo primitivo
ante las estructuras económicas de su tiempo en Dios o el Dinero, X Congreso de Teología. 12-26 Septiembre 1990
(Madrid 1991) 79-95,
29
Sobre las bienaventuranzas evangélicas y, en particular, las de Mt,
véase. F CAMACHO, La proclama del
Reino Análisis semántico y comentario exegético de las Bienaventuranzas de Mt
5,3.10 (Madrid 1986); IDEM, Ética,
utopía y Bienaventuranzas, en Ética
universal y cristianismo = XIII
Congreso de Teología 8-12, Septiembre 1993 (Madrid 1994) 117-136; J. MATEOS -
F. CAMACHO El horizonte humano, o. c.,
68-72.
30
Cf J. MATEOS-J. BARRETO, El Evangelio de
Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético (Madrid3 1992)
424s.
31
Para la interpretación del pasaje, véase J. MATEOS-F. CAMACHO, El Evangelio de Marcos. Análisis lingüístico y comentario exegético 1
(Córdoba 1993) 429-456.
32
Para la traducción e interpretación de este texto, cf J. MATEOS-F. CAMACHO, .
El Evangelio de Mateo. Lectura
comentada (Córdoba 1981) 71ss.
33
Cf, J. MATEOS-F. CAMACHO. El Hijo del
hombre. Hacia la plenitud humana (Córdoba 1995) 61-63.
34
Para lo que sigue, cf F. CAMACHO. La
proclama del Reino, o. c., 114ss.; J. VIVES, Jesus
y el cristianismo, o. c., 85-90.
35
En los Profetas se encuentra ya la idea de que el dinero es uno de los ídolos
que pretenden ocupar el puesto de Yahvé, cf J. L. SICRE, Los dioses olvidados. Poder
y riqueza en los profetas pre-exílicos (Madrid 1979).
36
Cf F. CAMACHO, La proclama del Reino, o. c.,
120; J. MATEOS-F. CAMACHO, El Evangelio de
Mateo, o. c., 73.
37
Se trata de una formulación arcaica que tiene sus raíces en el Antiguo
Testamento, cf. MATEOS-CAMACHO, El
horizonte humano, o. c., 120-124.
38 Ibídem, 94-120,
donde se expone la novedad del Dios de Jesús.
39
Dejaron la barca... Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los asalariados (Mc
1,18.20: cf Mt 4. 19.21); dejándolo
todo (Lc 5.11).
40 Se levantó (del mostrador de los Impuestos)
y lo siguió (Mt 9,9; Mc 2.14); Él,
abandonándolo todo. se levantó y empezó a seguido (Lc 5,28); Mc
designa al personaje con el nombre de Mateo: Mc
lo llama Leví de Alfeo; Lc, Leví,
a secas.
41
Cf. J. MATEOS-F. CAMACHO, EI Hijo del
hombre, o. c., 58-61.
42
Cf. J. MATEOS-F. CAMACHO, El Evangelio de
Mateo..,. o. c., 87s.
43
Cf. J. RIUS-CAMPS. El éxodo del hombre
libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas
(Córdoba 1991) 195.
44
J. VIVES, Jesús y el cristianismo, o. c.,
98s., plantea y resuelve muy bien esta cuestión.
45
Cf. J. MATEOS-F. CAMACHO. El horizonte
humano, o. c., 120-124, que recoge un buen número de textos evangélicos
que son hiperbólicos o que constituyen formulaciones extremas.
46
He tratado de las formulaciones extremas, con relación a las bienaventuranzas
evangélicas en Ética, utopía y bienaventuranzas, o. c., 130-132.
47
No hay necesidad, por tanto, para explicar estas formulaciones categóricas de
recurrir a unos supuestos misioneros itinerantes que conservaron y transmitieron
el radicalismo ético de Jesús, como sostiene O. THEISSEN. Estudios de sociología... o. c., 11-40.
48
Para lo que sigue, cf F. CAMACHO, La
proclama del Reino, o. c., 174s: IDEM Etica,
utopía y bienaventuranzas, o. c.,
132ss. Puede verse además: J. M. CASTILLO, La
alternativa cristiana. Hacia
una Iglesia del pueblo (Salamanca 1978) 11-25.41-46.