¿ CUAL FUE LA ULTIMA TENTACION DE CRISTO?

P. Ariel Alvarez Valdés

Publicado en la Revista Tierra Santa, n. 740, págs. 247-251

  

Divergencia de opiniones

Que Jesús tuvo muchas tentaciones en su vida lo sabemos por dos motivos. Porque la Biblia dice que él era semejante a los demás hombres en todo (Hb 2,17), inclusive en las tentaciones (Hb 4,15). Y porque Jesús lo afirmó al despedirse de sus apóstoles: "Vosotros me habéis acompañado a lo largo de todas mis tentaciones" (Lc 22,28).

Sin embargo los Evangelios mencio­nan sólo tres, que le sucedieron antes de su vida pública. Es que, como lo dijimos en otra oportunidad, estas tres tentaciones en realidad simbolizan todas aquellas tenta­ciones por las cuales Jesús pasó a lo largo de su vida.

Ahora bien, ¿cuál fue la última ten­tación que sufrió Jesús? La cuestión viene al caso, porque Mateo y Lucas, los dos únicos evangelistas que las cuentan, traen un orden diferente. Sí están de acuerdo sobre la primera tentación. Ambos afirman que tuvo lugar en el desierto, donde el dia­blo se le presentó luego de un ayuno de cuarenta días, y lo incitó a convertir las piedras en pan para calmar su hambre (Mt 4,1-4; y Lc 4, 1-4).

  

El mensaje a los lectores

Pero sobre la última, la más impor­tante ya que en ella Satanás quedó defini­tivamente derrotado y dejó en paz a Jesús, ya no hay acuerdo. Según Mateo fue sobre una montaña (4,8). Según Lucas fue en Jerusalén, en la parte más alta del Templo (4,9).

Es decir que en Mateo el escenario de las tentaciones es: a) desierto, b) templo, c) montaña. En cambio en Lucas es: a) desier­to, b) montaña, c) templo.

Si los dos escritores cuentan el mis­mo relato y con los mismos detalles, ¿por qué al llegar al final cambian y dan una versión diferente de la tercera tentación?

La respuesta está en lo que se llama "la teología del autor". Es decir, si bien los evangelistas narran los hechos históricos de la vida de Jesús, cada uno retoca los detalles para transmitir a los lector un "mensaje" especial de parte de Dios lo cual sería la "teología".

Sobre la base de esto, adelantemos ahora la respuesta. Mateo ubicó la última tentación de Cristo sobre una montaña, porque en su Evangelio la montaña tiene un significado particular. En cambio Lucas la ubica en Jerusalén, porque es esta ciu­dad lo que tiene un sentido especial en el tercer Evangelio.

Para decirlo con palabras más técni­cas, en Mateo nos encontramos con la "teología del monte". En Lucas, con la "teología de Jerusalén".

 

I. EL EVANGELIO DE MATEO Y LA TEOLOGÍA DEL MONTE

 

¿En qué consiste la "teología del monte"? Resulta curioso que Mateo, un escritor que casi no muestra interés por ubicar geográficamente los episodios que cuenta, sin embargo encuadre cuantas ve­ces puede sus escenas en alguna montaña. La menciona tantas veces, y en momentos tan dispares, que los estudiosos concluyen que no se trata sólo de un detalle geográfi­co, sino que por detrás hay un interés espe­cial.

¿Pero cuál? El secreto está en el significado que la montaña tenía en la antigüedad. A los judíos siempre les impre­sionaron los lugares altos. En la Biblia son el símbolo de la estabilidad, de lo que no tiembla, de lo más firme que existe sobre la tierra. Por ejemplo, para hablar del amor de Dios se dice: "Las montañas podrán moverse y las colinas correrse; pero mi amor no se apartará de tu lado" (Is 54,1 0).

Las montañas son consideradas las primeras criaturas de Dios, lo más antiguo del mundo. Cuando Job, por ejemplo, pre­tende cuestionar la sabiduría de Dios, un amigo le reprocha: "¿Acaso tú has nacido antes que las montañas?" (Jb 15,7). Y cuando se habla de la eternidad de Dios, los Salmos exclaman: "Antes de que los montes fueran creados, desde siempre tú eres Dios" (90,2).

  

Dios y el monte

 Esta atracción misteriosa que provo­caban las montañas, hizo pensar a los ju­díos que en ellas habitaba la divinidad, y que desde allí hablaba con los hombres. Por eso uno de los títulos más antiguos de Yahvé era "El Shadday", que significa "Dios de las montañas". Y de ahí la creen­cia de que para encontrarse con Dios ha­bía que subir a las montañas.

Eso explica que muchos de los episo­dios importantes del Antiguo Testamento sucedieran en las montañas.

Por ejemplo, fue en un monte (el Sinaí) donde Yahvé habló con Moisés y le dio los diez mandamientos. En un monte (el Moria) Abraham intentó sacrificar a su hijo Isaac y Dios se lo prohibió. Desde otra montaña (el Tabor) Dios hizo ganar a los judíos la batalla contra los cananeos, en tiempos de los jueces. También fue en un monte (el Carmelo) donde Elías, el más grande de los profetas, hizo llover fuego del cielo y derrotó a los falsos profetas de los dioses paganos (1 Re 18,20-48). Y en un monte (el Sión) se construyó el único y grandioso Templo de Jerusalén, la morada permanente de Yahvé con su pueblo.

El futuro del monte

Pero no solamente los hechos pasados, sino también los futuros se esperaban sobre las montañas. Así, según una tradi­ción, cuando venga el Mesías juzgará a to­das las naciones desde una montaña (Za 14,4). Según otra tradición, al final de los tiempos Dios ofrecerá sobre una montaña un gran banquete con suculentos manjares y vinos de solera, y allí destruirá la muerte y traerá la salvación (Is 25, 1-9). También la cons­trucción del templo futuro era esperada sobre una montaña (Ez 40,2).

En el Antiguo Testamento, entonces, la montaña era el lugar desde donde Dios se comunicaba con el hombre y le otorga­ba la salvación.

Ahora bien, Mateo, un escritor judío que escribía para los judíos, participaba de esta mentalidad. Por eso en su Evangelio la figura de la montaña no es un "lugar geográfico" sino un "lugar teológico", es decir, una imagen con un mensaje. Esto ex­plica su interés de mostrar a Jesús frecuen­temente ligado a un monte.

Por ejemplo, el primer sermón que pronunció,  con  sus  famosas  Biena­venturanzas, según Lucas fue "en un lugar llano" (6,17); en cambio para Mateo, "en una montaña" (5,1). Lógicamente si Dios en el Antiguo Testamento había dado sus leyes desde una montaña (el Sinaí), también ahora Jesús, para dar en nombre de Dios las nuevas leyes a sus seguidores, y según la mentalidad de Mateo, tenía que "subirse a una montaña".

 

Jesús y el monte

La transfiguración de Jesús aparece, igualmente, ubicada en una montaña (Mt 17,l).Era la manera de decir que en esa transformación que sufrió Jesús, podía verse nada menos que a Dios mismo, ese Dios grandioso y resplandeciente que des­de las montañas se manifestaba al pueblo de Israel en la antigüedad.

También el último discurso de Jesús, llamado discurso escatológico, aparece pronunciado en una montaña (Mt 24,3), porque en él Jesús hace a sus apóstoles las últimas revelaciones, como la destrucción de Jerusalén, el fin del mundo y su segun­da venida. Tremendos misterios que sólo Dios conoce y domina. Y por eso los anun­cia subido a una montaña.

Después de la resurrección, sólo Mateo cuenta que Jesús se apareció a sus discípu­los en una montaña de Galilea (28,16). Porque desde allí promulgó el solemne mandato a sus apóstoles de predicar por todo el mundo su Evangelio. Pronunciado desde una montaña, adquiría la fuerza y la autoridad del propio Dios.

 

Influyó en sus enseñanzas

No solamente la vida de Jesús apare­ce ligada a las montañas en Mateo. Tam­bién modificó algunas de sus frases con tal de mencionarlas. Por ejemplo, en la ense­ñanza sobre la fe Lucas pone: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a este árbol que se arranque y se plante en el mar, y él les obedecería" (17,6). En cam­bio la frase en Mateo es: "Si tienen fe como un grano de mostaza, le dirán a esta montaña que se mueva de aquí hacia allá, y ella se desplazará" (17,20).

Al hablar sobre las buenas obras, Lucas escribe: "porque no se puede escon­der una lámpara encendida bajo la cama" (Mc 4,21;Lc 8,16). Mateo, en cambio, la transforma: "No se puede esconder una ciudad construida sobre una montaña" (5,14).

Otro tanto tenemos en la parábola de la oveja perdida. Mientras Lucas dice que para buscarla el pastor deja a las otras no­venta y nueve ovejas "en el desierto" (15,4), Mateo precisa que las deja "en las montañas" (18,2), es decir, no en cualquier parte como si no le importaran, sino en un lugar seguro, marcado por la presencia de Dios.

 

Incómodas curaciones

El interés de Mateo por la figura de la montaña llega a tanto, que cuenta (sólo él lo cuenta) que un día Jesús se subió a una montaña para curar a la gente; y allí se di­rigieron todos llevando a los lisiados, conjos y ciegos (15,29-31). Realmente Je­sús no podía haber elegido peor lugar para hacer sus curaciones. Imaginemos la inco­modidad de esta pobre gente discapacitada, que difícilmente podía haber llegado hasta la cima en busca de salud.

Es que la escena de Jesús sanando en un monte expresaba claramente que no se trataba de cualquier sanación, sino de aquéllas que venían de Dios, y que traían la salvación incluida. De este modo, el mensaje del Evangelio se enriquecía nota­blemente con este simple detalle.

Ahora bien, después de ver la importan­cia que Mateo le otorga a la montaña, se aclara súbitamente el porqué de su tercera tentación.

Tenía que contar el triunfo final del Señor sobre Satanás, sobre las fuerzas ma­lignas. Y qué mejor lugar que ubicarlo en una montaña, el lugar que caracteriza a los grandes acontecimientos de Dios con los hombres. La victoria de Jesús sobre el Dia­blo en una montaña, era la victoria defini­tiva de Dios sobre el mal. Por eso es la ter­cera y última tentación.

 

II. LUCAS Y LA TEOLOGÍA DE JERUSALÉN

 

En cambio en Lucas, la figura que aparece destacada es Jerusalén. Al igual que la montaña en Mateo, esta ciudad en Lucas no es un simple "lugar geográfi­co", sino también "teológico".

Para darnos cuenta de su importancia, basta con contar las veces que aparece mencionada en la obra de Lucas, es decir, en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles: ¡90 veces!, sin tener en cuenta las referencias indirectas que a ella hace.

¿Qué sentido tiene Jerusalén en Lucas? Aquí no se trata sólo de la capital del país. Es el lugar que Dios eligió para mostrarse a su pueblo, y desde donde man­da la salvación a toda la humanidad. Por eso será la ciudad donde se cumplirán los hechos más grandiosos de la historia de la salvación.

Es tan grande la veneración de esta ciudad en Lucas, que es el único de los cuatro Evangelios que empieza y termina en Jerusalén. En efecto, la primera escena de Lc se desarrolla en el Templo de Jeru­salén (1,9), cuando el sacerdote Zacarías se entera de que va a tener un hijo. Y la últi­ma escena es el regreso de los apóstoles al Templo de Jerusalén, donde "estaban siem­pre bendiciendo a Dios (24,53).

  

Desde pequeño

 No sólo el evangelio está encuadrado en Jerusalén. Los grandes acontecimientos de la vida de Jesús suceden en relación con ella.

Ya desde recién nacido, sólo Lucas cuenta que al primer lugar donde llevan a Jesús es a Jerusalén, para presentarlo en el Templo (2,22). Esto muestra la estrecha relación que había entre el niño y la ciu­dad.

A los 12 años, sólo Lucas refiere que el niño se perdió también en Jerusalén, y que lo encontraron en el templo tres días después, sentado entre los maestros de la Ley (2,49). Un exclusivo apego por la ciu­dad que demostró desde pequeño.

Cuando empezó a predicar, y depsués de unas cuantas enseñanzas en Galilea y en Samaria, sólo Lucas cuenta que Jesús "tomó la firme decisión de ir a Jerusalén" (9,51). Y ya nunca más lo apartará de ella. Comenzará, así, un largo viaje hacia allá, que le llevará todo el resto de su vida, y en donde Jesús aparece seguido por una gran multitud que lo acompaña. Para quien en­tiende este mensaje de Lucas, no se trata de seguidores ocasionales sino de la gente que quiere ir "al lugar de salvación".

  

Un viaje interminable

 Será a lo largo del viaje a Jerusalén, donde Lucas pone en labios de Jesús sus mejores enseñanzas, sus más bellas pará­bolas, sus más hermosos diálogos que para los demás evangelistas aparecen pronun­ciados en otros momentos de la vida de Jesús. Y a cada instante Lucas nos recor­dará que "Jesús sigue de viaje a Jerusalén", como para que los lectores no pierdan de vista que  todas  estas  enseñanzas  y predicaciones del Maestro, pueden condu­cirnos también a nosotros a Jerusalén, es decir, al encuentro del Dios de la salva­ción.

Y al final del viaje, sólo Lucas des­cribe su entrada en la ciudad como una ma­jestuosa procesión real. En efecto, es el único en contar que la gente lo aclamaba a Jesús como "rey" (19,38). Lo convierte nada menos que en rey de Jerusalén.

Para completarlo, sólo Lucas trae la orden de Jesús de predicar a todo el mun­do pero "comenzando por Jerusalén" (24,47).

  

La razón de los dos

 Después de ver esta insistente pre­ocupación de Lucas por presentarlo a Jesús en Jerusalén realizando sus acciones más grandes, no cabe duda de que el orden de su tercera tentación se debe a su especial interés por esta ciudad.

Para Lucas, Jesús se libera de Satanás precisamente en la ciudad donde va a libe­rar a los hombres de todo mal, en el mis­mo lugar de donde brota toda la fuerza de salvación.

¿Quién tiene pues razón sobre la ter­cera tentación de Jesús: Mateo o Lucas?

Los dos. No existe ninguna contradicción entre ellos. Cada uno, desde su propia teo­logía, dice lo mismo. Para los dos, el clí­max de la confrontación entre Satanás y Jesús sucede precisamente en el lugar don­de Dios despliega su máximo poder para salvar a los hombres: la montaña en Mateo, Jerusalén en Lucas.

 

Afirmarse bien 

El mensaje que nos dejan ambos evangelistas con las tentaciones es el mis­mo, independientemente del orden en que cada uno las trae. Cuando el hombre está plenamente cimentado en Dios, no a me­dias, ni ocasionalmente, siempre vencerá al mal.

Para explicar eso, Mateo hace su­bir a Jesús a una montaña, y Lucas lo lle­va volando en un instante a Jerusalén. Es la manera teológica de mostrarlo firme­mente apoyado donde sabe que se encuen­tra Dios.

Mucha gente no puede vencer sus tentaciones. Quizás porque no está afirma­da totalmente en Dios. Porque a veces le cree a él, y a veces a otros consejeros. Por­que acepta algunas cosas de la Palabra de Dios, y otras las deja de lado. Porque a veces confía en Dios, y otras se fabrica fal­sos ídolos que le prometen vanamente fe­licidad. Porque no termina de decidirse to­talmente por el único Señor.

Jesús venció acabadamente al mal cuando subió a la montaña (según Mateo) o cuando subió a Jerusalén (según Lucas), es decir, cuando fue a don­de estaba seguro de encontrarse con Dios. Quien así lo haga, también acabará venciendo.