Jesús de Nazaret: la invitación a la felicidad de un hombre feliz
Mercedes
Navarro Puerto
Biblista
y psicóloga. UP Salamanca
(Tomado de la revista IGLESIA
VIVA, Nº 210, Abril-Junio, 2002, con los debidos permisos)
Todas y
todos queremos ser felices. El cristianismo sigue ofreciendo felicidad a los
humanos. Parece, sin embargo, como si la felicidad y el cristianismo no se
llevaran bien, como si hablar de felicidad en cristiano estuviera impregnado de
la naftalina de lo anticuado y en desuso. Suena al más allá, todavía, cuando
llevamos desde el Vaticano II hablando del ya-pero todavía no. Suena a negación
de lo nuevo y creativo, a moralina y a un concepto de santidad que no atrae más
que a los/as muy conservadores/as. Suena a la anteposición de la condena cuando
se vislumbra algo que a la larga o a la corta puede comportar un bien. Da toda la impresión de que el cristianismo ha
perdido el tren de la idea de felicidad que pulula en el ambiente y pretende
mostrarse crítica, estar de vuelta, cuando todavía no ha ido. Y
así, si hoy la felicidad la unimos al placer, el cristianismo se aleja receloso.
Si la relacionamos con la novedad, el cristianismo sospecha y, en el mejor de
los casos, se calla... Si la vinculamos al bienestar el cristianismo sigue
predicando la ascesis. Si tiene que ver con el acceso de las mujeres a lo
público, el cristianismo no para de poner pegas.Ya sé que cuando hablo de
cristianismo lo reduzco a lo eclesiástico, pero lo cierto es que en este país
las cosas suenan de este modo, como se han ocupado de mostrar algunos estudios
en los últimos años (Tornos/Aparicio, Madrid 1995; Elzo y alt., Madrid
1999...)
El año
pasado encontré una puerta de salida a esta especie de encerrona. Una compañera
me pidió que preparara una conferencia sobre algún tema religioso de apenas 30
minutos para la graduación de chicas y chicos de COU de un colegio de Madrid. Me
advirtió de lo pasotas que eran y de que posiblemente se durmieran o pusieran
cara de fastidio durante la charla. Cuando me puse a pensar sobre un tema que
nos les aburriera y suscitara su interés, se me ocurrió presentarles el perfil
de un Jesús feliz. Para mi satisfacción pude comprobar con qué interés me
seguían y cómo algunas cosas hacían diana en ellos/as. Intuía que si hablaba
sobre la felicidad les iba a sonar a sermón, pero que si lograba presentarles a
un Jesús feliz se sentirían tocados/as. A un año de distancia sigo pensando que
Jesús, el personaje, en su faceta de felicidad, puede resultar verdaderamente
atractivo, propuesta eficaz y alternativa a la aspiración universal a ser
felices.
Presentaré
en lo que sigue un panorama sobre la felicidad en nuestro entorno de cultura
occidental del bienestar. En un segundo momento analizaré rasgos de la
figura de un Jesús feliz rastreando los evangelios y terminaré con una breve
conclusión que recoja las posibles propuestas alternativas.
1.
¿Quién
da más? La gran subasta de la felicidad
El
interés por un perfil feliz de Jesús puede apoyarse en la búsqueda universal de
la felicidad. No es difícil seguir esta pista a lo largo de la historia en las
culturas conocidas. Su contenido y los modos de llevarla a cabo pueden variar
mucho, pero es innegable que se trata de una constante propia de la condición
humana. En nuestro mundo globalizado la demanda de felicidad, aunque se dice de
muchas maneras, es reconocida como anhelo legítimo y universal. Interesa a todas
las personas del planeta.
El
inmenso y complejo mercado en el que nos hemos convertido negocia con la
felicidad, la subasta a veces a la baja y a veces a la alta. La felicidad se ha
convertido en un preciadísimo producto que, según de quien venga y los intereses
en juego, puede ser tratada de forma democratizada y al (supuesto) alcance de
cualquiera, o bien puede ser envidiada como un lujo al que sólo unos cuantos
privilegiados pueden acceder. Para una parte de la población, bajo la influencia
del sacrosanto voluntarismo anglosajón USA, la felicidad es algo disponible, a
merced de la propia voluntad. Si hay personas que no son felices es porque no
quieren, pues para conseguirla basta con empeñarse. Abundan hasta aburrir los
títulos de libros de autoayuda que proporcionan las supuestas claves de éxito.
Para otra parte de la población, bajo la influencia de una creciente credulidad
pasiva, la felicidad se encuentra en las manos imprevisibles del azar que sólo
determinada gente con dones especiales puede desentrañar e interpretar, dando
así una primera posibilidad de control sobre el caprichoso destino (magos,
brujos, echadoras de cartas...) Pero antes de seguir conviene que nos
preguntemos a qué nos referimos cuando nombramos la felicidad.
El
producto
Etimológicamente
felicidad procede del latín foelix que en sus orígenes se refería
a la fertilidad. Su contenido semántico actual, aunque conserva el sentido latino
de prosperidad, evoca los términos griegos eudaimonia y makários,
puesto que asociamos felicidad con suerte, fortuna, placer... Ahora, como
en la antigüedad, no es sencillo ponerse de acuerdo sobre lo que significa ser
feliz. Ya Aristóteles reconocía esta dificultad para lograr un consenso, pues
en su Ética a Nicómaco dice que sobre la naturaleza de la felicidad no
existe unanimidad ni acuerdo, ya sea por parte de los sabios o por parte de
la gente[1]. Hoy seguimos asumiendo con Aristóteles
que no es sólo un estado emocional, un placer puntual, una habilidad técnica
o un bienestar pasajero. Afecta a la totalidad. Al considerar la naturaleza
ética de la felicidad, tanto Aristóteles como Platón distinguen una dimensión
subjetiva, relativa a vivir bien y una dimensión objetiva relacionada con el
buen comportamiento. Así, la felicidad no es ajena a la voluntad y esfuerzo
humanos de forma que virtud y felicidad no pueden separarse.
El
concepto popular de felicidad aparece actualmente más cerca de ese equilibrio
psicológico propio de la tendencia epicúrea, que busca los términos medios: ni
demasiado dolor ni demasiado placer. La divulgación en Occidente de cierta
corriente budista parece ir en esta dirección. Pero tampoco podemos dejar atrás
cierta relación con el concepto de Maslow que identifica felicidad con
autorrealización, acercándose a la idea aristotélica y tomista de perfección.
Los
mercados
Resulta
innegable la estrecha relación entre la comprensión de la felicidad y el
contexto, la época y la cultura. Para desentrañar sus diferentes significados
debemos ocuparnos igualmente de quién/quiénes definen lo que se entiende
mayoritariamente por felicidad y los criterios desde donde se define.
Cosciente
del riesgo de simplificación, agrupo en tres los grandes mercados actuales de la
felicidad: a) las religiones; b) la psicología; c) las culturas, la política y
la economía.
a)
Las
religiones siguen hoy ofreciendo felicidad, la mayor parte de las veces
pospuesta a un futuro que se va preparando ya en este mundo. El budismo predica
su Nirvana y el confucionismo su Tao, como el Islam y el cristianismo proponen
su paraíso y su cielo. Cada uno de estos lugares dice algo de la idea de
felicidad y muchos millones de personas la siguen aceptando al pie de la letra.
b)
La psicología
mal divulgada (pseudopsicología) se ha convertido también en un mercado de maneras
diversas de obtener felicidad. Unas, de corte esencialista, la reducen a un
estado afectivo, emocional y subjetivo de distinta índole[2], puntual o duradero. En estas ofertas encontramos
el complejo mercado del sexo, significante de significados menos patentes. Otras,
como ya apuntábamos, la vinculan a un voluntarismo a veces muy arrogante y dependiente
de ciertas habilidades, del tipo consígalo en dos meses.
c)
Las
culturas, política y economía, mutuamente reforzadas, ofrecen felicidad mediante
la adquisición de ciertos medios que ellas proporcionan y sin los cuales el
acceso a la dicha resulta imposible. La felicidad, en este mercado, tiene
jerarquías y grados. Se establece sobre el deseo humano, insatisfecho e
insaciable, motor ciego en busca de su objeto. Son ofertas aliadas con el dinero
y el poder a los que convierten en significantes de significados desplazados.
Al
margen (supuestamente) de estos grandes mercados se encuentra el escepticismo de
una minoría.
Para el
mercado pseudopsicológico la felicidad se confunde con el sentimiento de
felicidad que a su vez es confundido con el mero bienestar o un estado
prolongado de placer. Para el mercado cultural y, sobre todo económico político,
la felicidad se identifica con los elementos que supuestamente rodean y permiten
la felicidad. Felicidad subjetiva y felicidad objetiva se venden por separado,
como si fuera posible... ¿Podrían las religiones poner en relación las dos
dimensiones de la felicidad?
Lo más
interesante, si miramos los resultados, es la estrategia de venta, pues estos
mercados se insinúan a través de ejemplos concretos. La felicidad, en efecto,
se sigue estimulando a través de modelos de carne y hueso que cada uno utiliza
para sus propósitos. No siempre tales ejemplares son los agentes de su propia
felicidad, sino que más a menudo son propuestos como resultado paradigmático
del producto en venta. Sea como sea, lo cierto es que parecen eficaces y, desde
luego, enganchan... Las grandes ideas y utopías,
los ideales y los conceptos de felicidad se venden a partir de sujetos que los
encarnan y garantizan su viabilidad. Las culturas que convivimos en Occidente,
en este país en concreto, proponen a personajes, denigran a sujetos, concretan
una idea en personas con nombre y apellidos... Se leen con fruición las biografías,
las entrevistas, las noticias... se buscan, se miran en la TV o el cine... La
moda, el éxito, la felicidad, el bienestar... se venden en estos nuestros mercados
bajo el soporte de un ser humano[3]. Esto significa que el cristianismo podrá
mostrar su oferta de felicidad más eficazmente si en lugar de vender la idea
o el mensaje de felicidad que se encuentra en los evangelios, muestra a Jesús,
su protagonista, como un hombre feliz. Sin olvidar, desde luego, los riesgos
de utilización que comporta.
Pudiera
parecer que la somera descripción de los grandes mercados de la felicidad son
realidades separadas que compiten entre sí. La verdad es que no es así. El
quién da más de la subasta de la felicidad lleva a los distintos
mercados a aliarse y utilizarse mutuamente. Las religiones se alían con
la economía, la política, las culturas... éstas utilizan frecuentemente a
aquéllas y todas buscan estrategias en el mercado de la psicología... pues cada
uno se encuentra sosteniendo este sistema patriarcal, intrínsecamente excluyente
y jerárquico, que parece tragarse planetariamente la casi totalidad de las otras
muchas diferencias, aguantando hasta límites insospechados las tensiones
producidas.
El
mercado cristiano de la felicidad.
Nos
toca pararnos en el cristianismo, teniendo en cuenta especialmente este país,
católico y peculiar dentro de Europa. El mercado de la felicidad que detenta es
visible a través de la institución eclesiástica y se encuentra mediatizada por
algunos postulados sospechosos para numerosas personas. La primera sospecha es
la del término mismo, felicidad, que cuando se asocia con el bienestar subjetivo
y, particularmente, con el placer, sigue despertando recelos. El postulado
escondido en los pliegues de dicha sospecha es el sacrificio ascético y, en
estrecha cercanía, la negación del cuerpo, de lo sensorial, sensual y
placentero. No acabamos de superar el dualismo de fondo cuerpo-espíritu,
pues todavía la felicidad se asocia, casi exclusivamente, a los bienes del
espíritu. El bienestar del cuerpo se toma en cuenta en la medida en que
beneficie al alma. Estos beneficios se colocan generalmente en el ámbito de la
moral de forma que seguimos sin integrar adcuadamente la dimensión corporal.
El
cristianismo eclesiástico subestima y desestima el papel que juega el placer en
la consecución de la felicidad, quizás porque en el placer late un principio de
libertad que escapa a todo control y es percibido por el sistema como una
amenaza. La relación placer-felicidad y a la inversa suele romper
encasillamientos, por muy controlados que parezcan. Para ilustrarlo basta con
referirse a las experiencias de las y los místicos tanto del catolicismo como de
otras religiones. El estado de felicidad que alcanzan algunas/os místicas/os
punteados de intensos momentos placenteros es vivido a través de los sentidos
corporales y de una fina sensualidad (Navarro 1993) Su desbordamiento e
imprevisibilidad impiden su control que se estrella contra los muros colocados
al respecto. Por eso mismo, por su propia dinámica de libertad, por la amenaza
con que es percibido, ha sido objeto de sospecha y de sucesivos y a veces
crueles intentos descalificadores. La condición efímera de ciertos placeres
experimentados corporalmente ha sido utilizada contra el concepto y el anhelo de
felicidad que se ha intentado relacionar más con el equilibrio y la serenidad.
De este modo se nos ha olvidado que el cristianismo, a diferencia por ejemplo
del budismo, tiene un componente de pasión que a duras penas se compagina con
ese punto medio de la virtud griega. A los/as místicos/as les invade la pasión
que libera el mundo rico y desbordante del inconsciente y lo pone al servicio
del eje religioso de la persona.
Los que
deciden sobre la felicidad.
La idea
y el contenido de la felicidad, como puede deducirse, no deja de ser una
construcción de la humanidad condicionada por cuanto venimos exponiendo. Pero
decir humanidad en abstracto es no decir nada. Tras la idea de felicidad siempre
existe una ideología, un colectivo, y, sobre todo, se encuentran unos intereses
más o menos explícitos.
Dificultades
y pegas a la felicidad.
La
felicidad parece ser algo más que una cuestión subjetiva e individual: si no hay
condiciones para ser feliz no puede hablarse de felicidad. Todo ello apunta a su
dimensión social y política, pues tiene que ver con la adquisición y
distribución de los medios para adquirirla y disfrutarla.
Cierto
que son necesarias unas condiciones sociopolíticas para la felicidad, incluso
para la búsqueda individual de la felicidad entendida ésta como una situación,
un resultado. Este marco imprescindible es el que llamamos justicia. Pero es
igualmente cierto que ningún marco sociopolítico, ningún marco de justicia, por
perfecta que ella sea, garantizan la felicidad individual. Una sociedad
feliz es aquella en la que cada uno de sus miembros no sólo puede ser feliz,
sino que de hecho lo es... Pero puestos/as a pensar en la construcción de la
felicidad, lo único que podemos hacer es crear las posibilidades de acceso.
Surge, de nuevo, una disyuntiva: ¿hay que construir un marco que posibilite la
felicidad, o debemos centrarnos en la felicidad personal? Claro que no se
entiende por qué debemos hacer planteamientos disyuntivos, como si no fuera
posible lo uno y lo otro...
Cada
una de las ofertas de felicidad se realizan comenzando por uno u otro lugar: el
marco o el individuo. No es indiferente. Lo políticamente correcto sería decir
que debemos comenzar por la construcción del marco de justicia en el que se
posibilite la búsqueda y la realización de la felicidad. Sin embargo la historia
nos advierte de los enormes riesgos que encierra tal propuesta, mientras que nos
alienta a comenzar por la otra punta, la personal e individual a pesar de ir
contracorriente y parecer egoístas e incluso individualistas.
Coincido
con Marina (Marina, Barcelona 2000,191) cuando dice que la mejor manera de conseguir la justicia es afirmando,
reconociendo y defendiendo derechos individuales previos a la ley y a la organización
social. El individualismo y la ausencia
de solidaridad, sigue diciendo, no se deben a la anteposición de los derechos individuales,
sino a una mala pedagogía del sistema de derechos. Cada quién al nacer
aporta ya sus derechos a la sociedad por el hecho de ser un humano. No los recibe
de ella, pues si así fuera colocaríamos un poder por encima. La historia atestigua
las consecuencias nefastas para los individuos[4]. Los derechos humanos se apoyan directamente
en la dignidad, un valor igualitario porque no depende de ningún otro, ni siquiera
del bien o mal comportamiento[5]. Ese valor debe de ser protegido. Dignidad,
dice Marina, es poseer derechos y reconocérselos a todos los seres humanos.
Nada hay más universal que esto. Si admitimos que sobre la base de la dignidad
personal todo ser humano tiene derechos, estamos afirmando el axioma práctico
que hace posible la construcción de una ciudad feliz (Marina, Barcelona 2001,
268-269)[6]
En
esta misma línea parece incidir el psicólogo social E. Fromm (Fromm,
México 1977)
para quien la felicidad se constituye en el criterio de excelencia en el arte de
vivir. Lo opuesto a la felicidad, dice él, no es el dolor, el pesar o el
sufrimiento, sino la depresión que resulta de la esterilidad interior. La
felicidad es para él un resultado, una experiencia a posteriori, la prueba del
éxito parcial o total obtenido en el arte del vivir. Se advierte, dice este
autor, cuando alguien experimenta un aumento de la vitalidad, la intensidad del
sentimiento, el pensamiento y el comportamiento. Y, por el contrario, la
infelicidad se nota cuando estas capacidades psíquicas disminuyen. En este caso
puede decirse que la felicidad aumenta las capacidades psíquicas (físicas
también) y la calidad de las relaciones. De aquí se deduce que la felicidad ha
de estar en permanente dialéctica con la infelicidad: si no hay conciencia de
infelicidad, tampoco puede haberla de felicidad. No hay mayor represión de la
infelicidad que donde no hay en absoluto conciencia de la misma.
Aun
siendo una vivencia subjetiva es el resultado de una acción recíproca con condiciones
objetivas de las que depende. Marina, siguiendo en parte a Aristóteles, distingue
entre una felicidad subjetiva, que se identifica con un sentimiento, y una felicidad
objetiva entendida como una situación vinculada a ciertas actividades. Como
para From también para él se trata de algo derivado, una consecuencia, un producto
que acompaña a determinadas actividades, no algo que pueda buscarse directamente.
En este sentido, dice él, se encuentra más cerca de la alegría que del placer,
aunque ambos pueden llegar a coincidir. La felicidad no debe confundirse con
los momentos puntuales en los que alguien toma conciencia de lo feliz que es
o lo feliz que le hacen ni con momentos de euforia en los que predomina la sensación
de bienestar y llega a perderse, incluso, el sentido de los límites temporales.
La felicidad en sí misma es esquiva, se reconoce a posteriori aunque sea experimentada
en un determinado momento más o menos duradero[7].
La
felicidad no puede quedar restringida al a priori ético de la bondad, la
voluntad y la responsabilidad sino que implica, también, la gratuidad y el don:
los demás pueden hacernos felices porque sí, gratuitamente y sin pedirnos un
alto nivel de moralidad. Podemos ser felices y hacer felices sin que ello
implique contenidos éticos. Pero la felicidad tampoco es ajena a la virtud, la
bondad, la honestidad, la rectitud de vida, la coherencia y realización de un
proyecto, la voluntad y las responsabilidades.
¿Condiciones
para ser feliz?
Parece
obvio que la sociedad ha de proponer las condiciones de posibilidad para que los
sujetos, sean quienes sean, puedan lograr la felicidad. En este sentido hablar
de condiciones es de justicia y hablar de justicia es referirse a los derechos
humanos universales y la necesidad de que sean respetados. Pero también podemos
hablar de las condiciones de la felicidad en un sentido distinto, no
necesariamente positivo. Aunque no lo formulamos de este modo lo cierto es que
se encuentra en el trasfondo de nuestra manera de pensar y de juzgar, subjetiva
y objetivamente. Podemos estar de acuerdo en que la dignidad del ser humano es
un valor apriorístico y que sobre ella se funda su derecho a ser feliz, pero en
el momento en que este principio se concreta comenzamos a tener problemas. Nos
molesta profundamente, sin ir más lejos, que alguien que haya cometido una
atrocidad sea tratado con dignidad y le proporcionemos condiciones que puedan
llevarle a la felicidad. Dicho de otro modo, ponemos condiciones morales a la
felicidad. Y, aunque, repito, es cierto que se relacionan, la felicidad rebasa
la ética y se encuentra más cerca de lo que hemos llamado dignidad humana que de
los comportamientos.
En
este sentido nuestra sociedad tiene una conciencia de la felicidad que acusa
algunos de los más graves problemas que padecemos. Así, el racismo y el sexismo,
la exclusión por las diferencias éticas y a veces políticas, marcan
poderosamente nuestro concepto práctico de felicidad si se trata de los demás.
Curiosamente se libra la clase, tal vez porque dejamos que entre con más fiuerza
el valor de la compasión y, a través de él, la empatía. Vamos a examinarlo.
Nuestras
discriminaciones sobre el derecho universal a la felicidad.
En
la práctica nuestro concepto de felicidad no es universal, sino moralista,
etnocéntrico, sexista y racista. Que es racista se nota en la manera en que
discriminamos en nuestro territorio a ciertos inmigrantes a los que consideramos
más otros (en los que percibimos más diferencia que semejanza con
nosotros mismos/as) escondiéndonos en juicios éticos. Eso quiere decir que
permitimos mejor la felicidad de los inmigrantes del Este, que la de los negros,
moros o gitanos.
Es
un concepto sexista porque distinguimos entre los contenidos de lo que
consideramos la felicidad de las mujeres y los varones y nos sentimos
incómodos/as cuando la realidad no se ajusta a los estereotipos. Nos incomoda
que una mujer, por ejemplo, experimente su felicidad más vinculada a la
realización de una determinada actividad rentable que a las relaciones y armonía
doméstica. Nos resulta difícil aceptar que es mucho más feliz mientras realiza
su trabajo que cuando tiene que estar cuidando de sus hijos/as. Y si además de
vivirlo lo reconoce explícitamente y sin culpa lo llevamos peor.
Es
un concepto etnocéntrico porque queremos que las personas de otras culturas,
ideologías, costumbres... sean felices de la manera en que concebimos la
felicidad. No hay más que examinar el disgusto con que miramos a tantos grupos
de jóvenes que entienden la felicidad y el placer, el bienestar y la alegría de
una manera muy distinta a como la entendemos los/as de otras generaciones. Lo
mismo podríamos decir cuando percibimos en ciertos grupos unas actividades muy
diferentes a las nuestras que les proporcionan felicidad.
Es
un concepto moralista por todas las razones que ya quedan expuestas arriba, es
decir, por las condiciones morales que exigimos de quienes son felices, por la
incomodidad y el rechazo que sentimos ante quienes habiendo cometido el mal y
habiendo conducido a otras personas a la desgracia buscan y procuran su propia
felicidad.
Soy
consciente, no obstante, de que poniendo de relieve nuestras condiciones
a la felicidad de los demás, he planteado numerosos interrogantes. Es
verdad que no hay un contenido exclusivo ni predominante de la felicidad, pero
¿podemos permitir cualquier felicidad? ¿no se presta este pretendido
universalismo a engaños, manipulaciones, trampas...? ¿acaso no hay un tipo de
felicidad unido a ciertas deficiencias psíquicas, a ciertos estados alterados
que luego se cobran la factura, a ciertas actividades egoístas y dañinas? No
tengo inconveniente alguno en reconocerlo y para una reflexión larga y
sistemática sobre ello remito al lector a la obra de Marina y de la
Válgoma (Barcelona, 2001) y que, en resumen, sería la búsqueda de los derechos
humanos individuales que garanticen la dignidad de las personas y hagan posible
la felicidad de la polis.
En este
contexto proponemos la figura de un Jesús feliz, como reivindicación de una
cristología más holística, y como descubrimiento en una época sensible a cierto
modo de entender la felicidad. Lo hacemos a sabiendas de que corremos el riesgo
de introducirnos en el mercado, por una parte, y de pretender arrogantemente
realizar la oferta en sus afueras, por otro, con las enormes desventajas que
ello acarrea. Con todas estas cautelas nos volvemos hacia el personaje Jesús que
nos presentan los evangelios. Un personaje cuya
felicidad se extiende hacia otros seres y grupos humanos, cuya influencia
todavía hoy se deja sentir y se convierte en inspiración para la felicidad de
cada individuo de este mundo.
2.
Un
Jesús feliz promotor de felicidad
Una
extraña cristología
Éste es
un tema cristológico sin duda ninguna. Cuando hablamos de Jesús y la felicidad
solemos referirnos a un Jesús que busca, predica, procura la felicidad de los/as
destinatarios de su misión según los evangelios. Nos referimos, sobre todo, al
discurso programático de las bienaventuranzas que, en el mejor de los casos,
aplicamos al mismo Jesús. Pocas personas se han
parado a pensar en la extrañeza de no referir la felicidad al sujeto que la
predica, procura o busca para los demás. Puede que, sencillamente, nunca
se nos haya pasado por la cabeza, acostumbrados/as como estamos a verle como un
personaje siempre a nuestro servicio, que nos fascina por todo lo que nos llega
de él, estimula o mueve por dentro, personal o socialmente. Hacemos del
evangelio un elemento funcional y, casi diría, utilitario. Sin embargo la fe
cristiana siempre se ha realizado a través de la propuesta del seguimiento de
Jesús y por la vía privilegiada y problematizada del testimonio. No cuentan las
ideas en cuanto tales, sino en la medida en que se encarnan en sujetos
determinados.
Claro
que esto dice mucho de nosotros y nosotras. Especialmente esto dice mucho de la
misma cristología ya sea bíblica o dogmática. Es como si la pregunta por la felicidad de Jesús nada
tuviera que ver con su identidad (humana y divina) Cuanto más lo pienso
más extraño lo encuentro. Ciertamente, el término griego que hoy traduce
felicidad, eudaimonía, que significa literalmente buen
demonio, no se encuentra en los evangelios. En ellos, en cambio, está
presente makários (en hebreo 'eser) que se refiere también a la
felicidad o dicha, poniendo el acento en lo gratuito más que en lo
azaroso. En la BH a Yahveh nunca se le llama makários. Para Filón,
en cambio, es Dios el único del que se puede decir propiamente que es feliz. Hoy
la búsqueda y la oferta de felicidad pasan en buena medida por personajes a
través de los cuales se hace viable. La oferta de felicidad, desde mi punto de
vista, ha de cuestionarse, revisarse y proponerse desde el mismo personaje de
Jesús y, a causa de él, a partir de sus testigos. Esto no significa que no
considere importante la idea (las ideologías, los contenidos) de la felicidad y
en ello vamos a insistir, sino que la propuesta de un Jesús feliz es ahora
urgente, inaplazable, en la sed que atormenta nuestro mundo.
Podemos
hacernos una pregunta desde su revés: ¿pueden los testigos y los autores de
los evangelios presentar una propuesta de felicidad que provenga de un sujeto
infeliz? La respuesta negativa resulta obvia, pero insuficiente[8]. Habría que dar el paso siguiente y plantear
el tema desde su otra cara (en positivo): ¿entra la felicidad en la identidad
humana y divina de Jesús? Y si es así ¿qué significa eso, de qué hablamos, hasta
qué punto nos interesa y conecta con la sensibilidad actual?
Voy a
referirme a Jesús considerando la felicidad un integrante de su identidad, pero
también en cuanto agente de ella misma. Aunque antes de acercarme a los
evangelios es necesario explicitar el contexto desde el que adquiere importancia
el rostro de un Jesús feliz.
Si
los contenidos sobre la felicidad tienen tanto que ver con la cultura no podemos
menos que preguntarnos por ellos al explorar esta dimensión en la figura
evangélica de Jesús. La segunda cuestión, no menos importante, se refiere a los
destinatarios a quienes queremos presentar a un Jesús feliz, pues si se trata de
nuestros contemporáneos, si lo que pretendemos es examinar las posibilidades
alternativas de una propuesta evangélica de felicidad ¿cómo puede servirnos un
concepto anticuado y lejano de la felicidad por más emblemático y ejemplar que
sea el personaje?
Al
primer planteamiento queremos responder, si bien sumariamente, desde la
comprensión del personaje en su contexto. Sin ella no podemos volver nuestros
ojos hacia la felicidad tal y como la entendemos aquí y ahora, iluminada por la
figura de un Jesús feliz.
La
felicidad en el mundo de Jesús
No
tenemos acceso directo al concepto bíblico de felicidad, desde luego no desde
los parámetros desde donde lo concebimos en nuestro contexto occidental y
moderno. Lo más cercano se remonta al concepto de los griegos y latinos según
nos indican los términos a los que ya hemos aludido (foleix, beatitudo,
makarios...) y filósofos como Aristóteles, Epicuro y otros. Para
aproximarnos nos resultaría útil estudiar las bienaventuranzas utilizando las
categorías que nos brindan algunas ciencias humanas. Pero, puesto que no voy a
presentar al Jesús de Mateo ni de Lucas, sino al de Marcos y Juan en cuyos
evangelios no encontramos el término, dejaré de lado las bienaventuranzas.
Realizaré una aproximación indirecta al personaje según el evangelio de Mc y
analizaré un relato del cuarto evangelio teniendo en cuenta que el mundo hebreo,
aunque influido por el helenismo, tenía su propia concepción de la dicha.
Si
lo vemos desde su revés, los desgraciados e infelices son aquellos que
carecen de posibilidades para alcanzar la felicidad, según el modelo prescrito
culturalmente. La experiencia de felicidad
subjetiva y objetiva en Israel debía de estar vinculada, sobre todo, a la idea
del honor, en la que se basaban la dignidad y realización de la persona.
Esta realización se cumplía en el entramado de relaciones, no de manera
individualista. A partir de aquí podemos entender que puede causar más
infelicidad la exclusión social derivada de ciertas enfermedades que el hecho
mismo de estar enfermo. Según los códigos culturales de la época, podía llegar a
ser más desgraciado quien ha perdido el honor que a quien le han amputado un
miembro de su cuerpo, o quien ha perdido una persona querida. El aislamiento social, el rechazo, el deshonor, la
desvergüenza... podían llegar a producir más infelicidad personal y familiar que
otro tipo de desgracias que a nosotros/as nos impiden ser felices.
Leídos
en positivo, estos códigos indican que la felicidad depende en buena medida
de la aceptación del entorno y del cumplimiento de las expectativas sociales
relativas al género, la edad, el estatus y la moral[9].
Expectativas
sociales sobre la felicidad de Jesús, varón israelita
En
función de las expectativas culturales, sociales y religiosas Jesús cumpliría el
perfil de un hombre feliz en la medida en que conservara (y aumentara) el honor
de su familia de nacimiento (honor dependiente del pasado) y de su familia
propia (honor dependiente del futuro) Según su edad, en torno a los 30 años,
este honor supone su condición de casado con una mujer de su mismo estatus, y
una prole, de varones especialmente, que lo respetasen. Debía gozar de salud
física pues ésta se interpretaba como bendición de Dios y garantía de
integración normalizada dentro de su entorno. Jesús tendría un oficio que le
permitiría vivir con el mínimo de dignidad él y su familia; acudiría
regularmente a la sinagoga, respetaría las tradiciones de sus mayores y
observaría la Torah oral y escrita. Las alteraciones de estos patrones pondrían
en peligro la estabilidad y armonía social y no garantizarían el perfil de
felicidad correspondiente.
Visto
en la perspectiva de tal estereotipo podemos afirmar que Jesús se acomoda poco a
las convenciones culturales de su tiempo en lo relativo a la felicidad. Más bien
rompe con rasgos del modelo judío y se acerca a ciertos criterios grecorromanos.
Pero esto tampoco responde del todo a su perfil pues Jesús, según la figura
evangélica, inventa criterios de felicidad en torno a la idea original y en gran
medida contracultural, del Reinado o Proyecto de Dios.
Condiciones
transculturales de felicidad
Junto
a los rasgos típicos de la cultura existen otros, básicos, afirmados por el
derecho universal (la carta de derechos humanos) y la psicología moderna, que
se encuentran presentes en todas las épocas y culturas aunque contengan pequeñas
variaciones. Así, encontramos los relativos a la seguridad. El sentimiento de
seguridad (confianza básica) permite que el cuidado y los apegos primarios modelen
los afectos y ciertas condiciones físicas y sociopsicológicas sin los cuales
el ser humano, desprotegido como se encuentra al nacer, no puede desarrollarse
armónicamente ni tener acceso a la felicidad sean cuales sean los contenidos
dictados por su cultura. Lógicamente es de tener en cuenta la relación con la/s
persona/s cuidadora/s, según la relevancia cultural y social otorgada a cada
una de estas figuras. En Israel (también en el ámbito cultural helenista) esta
importancia recaía en la figura del padre al que toca reconocer al hijo varón,
social y jurídicamente. La conciencia de la dignidad individual y social del
hijo depende de este reconocimiento y éste, a su vez, depende mucho del entorno.
Esta dignidad afecta y queda afectada por la cuestión del honor. Todo
lo deshonroso afecta a la propia conciencia de dignidad (al nombre) Por
tanto para que un varón cuente con las condiciones de acceso a la felicidad
precisa de un padre que le reconozca y le transmita el honor y la dignidad requeridas,
pues todo ello da estabilidad emocional y social, permitiendo que se desarrollen
los rasgos y potencialidades individuales. La dependencia de la madre,
aunque importante, se desarrolla en otro nivel y siempre en relación con los
mencionados códigos de honor. Los hijos reciben de ella su estructura emocional
y afectiva dentro del marco cultural. Separarse de ella a una determinada edad
es una condición, si bien algo contradictoria, para la felicidad del hijo varón.
Éste podrá recuperar a la madre de adulto de distintas maneras[10].
Hay
acciones que procuran felicidad al ser humano aunque en cada cultura éstas sean
distintas. Esta felicidad consecuencia de la acción conlleva un alto grado de
gratificación y depende en gran medida de la respuesta de otras personas, no
necesariamente vinculadas por lazos biológicos y afectivos primarios. Este tipo
de acciones está estrechamente ligado, también, a ciertos valores y normas
éticas que en nuestra cultura llamamos amor, beneficencia, altruismo,
solidaridad... y que, transculturalmente, siempre hace alusión a los otros en
cuanto otros. Así, prestar ayuda y cuidado, enseñar o impulsar el crecimiento,
por ejemplo, son acciones que pueden convertirse en fuente de verdadera
felicidad, incluso si ello contraviene convenciones y tradiciones o si comportan
a la par sufrimiento o exclusión.
Se
considera que la felicidad va unida al sentimiento (la conciencia) del propio
poder, es decir, de la realización creadora de las propias potencialidades. En
este sentido la primera parte del evangelio da buena cuenta del desarrollo
creador de las potencialidades personales de Jesús, aunque quedaría por explicar
la relación de su fracaso final con un sentido global de una vida realizada y
feliz. Por último, parece que el sentimiento o la consciencia de plenitud ante
situaciones o acciones determinadas están universalmente relacionadas con
la felicidad.
Creemos
que al analizar la figura de Jesús debemos contar tanto con los códigos
culturales de su tiempo acerca de la felicidad, como con los rasgos universales,
transculturales, que parecen describir lo que ella produce.
El
perfil feliz y controvertido de Jesús
La
figura de Jesús presentada por el relato de Marcos, muestra un rostro feliz a
pesar de que no parece acomodarse a muchas de las premisas compartidas por la
sociedad y cultura de su tiempo. Citemos algunas. Jesús no aparece referido a
ningún padre terreno del que haya recibido el reconocimiento y la propia
dignidad. Más bien parece que en sus orígenes hubiera algo poco normalizado que
lleva a sus paisanos a recelar de él apelando a su familia cuando dicen
despectivamente ¿no es el hijo de María? (Mc 6,3) omitiendo el nombre del
padre que se supone hacía honorable dicho origen. Sus relaciones con la propia
madre muestran una distancia y un conflicto que más bien apunta a problemas
antiguos relacionados justamente con la propia cultura (cf Mc 3,31-35) Tampoco
es presentado como un hombre observante de todas las tradiciones, sino, por el
contrario, contestado por las autoridades que las legitiman (cf Mc 3, 21-30).
Según lo presenta el narrador Jesús no parece haber formado familia propia con
lazos biológicos y jurídicos a través de la cual él mismo, su pueblo y sus
tradiciones podrían perpetuarse... Sus acciones, especialmente sus
transgresiones, le acarrean una creciente hostilidad por parte de los poderes
políticos y religiosos que, a la postre, acabará con su vida.
Cualquier
varón de su tiempo, lugar y edad que estuviera en sus condiciones no presentaría
un perfil de felicidad y mucho menos podría proponerse como modelo y ejemplo de
la misma. Y sin embargo el perfil que va
trazando el evangelio muestra a Jesús como alguien feliz que persigue sus
objetivos y los va realizando en compañía de otra gente que tampoco responde a
lo esperado convencionalmente.
Pues
bien, con todo esto de fondo, ¿en qué podemos reconocer, siempre indirectamente,
la felicidad de Jesús dentro de su contexto y teniendo en cuenta los efectos en
el personaje y en quienes se relacionan con él? ¿cómo es posible que Jesús sea
feliz contraviniendo las expectativas de su entorno sobre sí y sobre su
proyecto, dado el grado de dependencia del sujeto respecto a su
entorno?
Desde
mi punto de vista creo que pueden destacarse algunos elementos que posibilitan
esta felicidad: a) el papel de Dios como aquel que reconoce, valora e impulsa la
realización humano-religiosa de Jesús. Se trata de su experiencia de confianza
básica b) Su capacidad para percibir y disfrutar de los gozos de la vida y su
libertad unida a la victoria sobre el miedo. c) Su concepto y experiencia del
Reino de Dios.
a)
El Padre Dios de Jesús. El
evangelio de Mc hace arrancar a su personaje de un momento cumbre de reconocimiento
paterno. Jesús tiene una experiencia iniciática religiosa que cambia el rumbo
de su vida. La palabra de Dios reconoce a Jesús
en toda regla, tanto en sentido jurídico (filiación) como afectivo (el amado),
en un plano evaluativo y valorativo preético y religioso (en ti me complazco)
Afecta de modo inmediato a quién es Jesús que nace de nuevo, confirmando lo
anunciado por el narrador en el título del libro: principio del evangelio
de Jesucristo hijo de Dios (1,1) y presentando, indirectamente, la nueva
identidad de Jesús que, viniendo de Nazaret (origen geográfico y social) y haciéndose
bautizar por Juan (una determinada tradición religiosa de su pueblo) va a orientar
su vida como consecuencia de esta palabra fundante. El relato del bautismo
no incluye más público que el mismo Jesús y el lector/a. Nada se cuenta sobre
los sentimientos que acompañan esta experiencia, pero cuanto tiene lugar a continuación
muestra los efectos de alguien que disfruta de una sencilla felicidad, la de
ser ser reconocido y valorado por el propio padre (Padre) como hijo varón[11].
Esta
experiencia, sin embargo, no puede separarse de la escena del desierto. Su
identidad, con toda la carga de autoridad que conlleva e incluso partiendo de
esta experiencia cumbre, es una identidad tentada. Jesús desarrolla esta conciencia
personal lanzándose a predicar creativamente lo que él llama el Reino o Proyecto
de Dios[12].
Este Dios
Padre se hace presente en dos momentos fundamentales del itinerario de Jesús,
éste del comienzo y en la transfiguración, pero se oculta cuando al final de su
vida Jesús le invoca en medio de la angustia ante el presentido e inminente
final (cf Mc 14,33-42 y 15,34) Hasta ese momento ha sido Dios el que se ha
pronunciado. Jesús aceptaba en silencio la gratuidad, el reconocimiento y la
confianza valorativa. En el momento de su angustia quien habla es Jesús y Dios
calla. Jesús muestra su condición de hijo acudiendo a su Padre ante la necesidad
y la tentación, ratificando su confianza a pesar del realismo con que percibe su
final (no se haga... sino lo que quieras tú; Padre, por qué...) En esta
escena Jesús devuelve a Dios la confianza que éste había depositado en él. La
gratuidad de esta fe estriba en la fuerza de las evidencias empíricas, con ello
Jesús comienza a arrebatar a la muerte su poder definitivo.
b)
El gozo y disfrute de la vida.
Nada más comenzar el evangelio Jesús rompe con la tradición ascética del
bautista. El lector espera que saliendo de las filas de Juan Jesús permanezca en
su línea, ascética en el vivir, pesimista ante un mundo ya acabado, de
conversión y confesión de los pecados a la vista de la ruina de un mundo que se
desmorona. El tono catastrofista del Bautista
cambia radicalmente en el anuncio de Jesús de la Buena Noticia de Dios. La
conversión (metanoia) implica el perdón gratuito e incondicional de Dios y un
proyecto de mundo y de vida que llama Reino. Esta predicación aparece luminosa,
optimista y vitalizante, propia de alguien que, feliz, contagia felicidad
como se traduce inmediatamente en sus acciones liberadoras de las trabas
que, sobre todo socialmente, impedía a la gente más tirada alcanzar la felicidad
(la integración, la dignidad...)
En
contraste con el Bautista, pero en consonancia con su experiencia de un Dios
gratuito y confiado, Jesús aparece en seguida como alguien que come, bebe y
disfruta de la compañía de personajes mal vistos en el entorno (cf Mc 2,13-17)
Es un personaje que libera sus emociones más profundas (se le removieron las
entrañas) impulsoras de salud y restauradoras de la dignidad (cf Mc 1,41)
Jesús, como hacían los sanadores populares, se vale de su cuerpo físico para
tramsitir la salud: toca, utliliza la saliva, se deja tocar, mira, escucha,
habla... Los sucesivos relatos de la historia van dando cuenta de un personaje
al que le gusta la compañía de gente diversa con la que come y habla, que patea
los caminos, se encuentra con la gente más humilde y se enfrenta con las
autoridades que cuestionan la fuente de su poder.
Este
Jesús, coherente con la experiencia fundante de su identidad, no rehúye el
cuestionamiento de su identidad biológica, social y religiosa. Su punto de
partida y su Proyecto le llevan a criticar la servidumbre de la identidad dada
para convertir el don en fundamento de opciones libres, para proponer otro modo
de vinculación, de acuerdo con la identidad personal descubierta en su madurez
(cf Mc 3,20.31-35) Jesús no tira el niño con el agua, sino que recupera
cuanto de valioso reconoce en las vinculaciones primarias recolocadas, eso sí,
en el marco de la fe que es un marco de libertad. De esa manera pone su
experiencia fundante a disposición de los demás, compartiendo lo más valioso que
posee y reciclando los materiales básicos con los que él se reconoce
persona.
Justamente
cuando las cosas se ponen difíciles no sólo para sí sino también para los
discípulos que están cada vez más embotados, Jesús, por iniciativa de Dios,
comparte con tres de ellos el reconocimiento divino de su condición de hijo. Es
el momento de la transfiguración (Mc
9,2-13) Anticipa el verdadero final de su historia, glorioso y feliz. Dios
vuelve otra vez a dejarse sentir y escuchar, pero ya no se dirige a Jesús sino a
los discípulos presentándoles oficialmente a Jesús: éste es mi hijo,
el amado; escuchadle.
La
victoria sobre el miedo de quien es feliz.
Uno de los rasgos que llaman la atención en el evangelio de Mc, como han
advertido ya muchos autores y autoras, es la experiencia del miedo transversal a
todo el
evangelio. Expesan miedo Herodes, la hemorroísa, el Sumo Sacerdote, Pilato, los
ancianos, las mujeres en el sepulcro, el mismo Jesús... El miedo es, según
Jesús, fuente de alteraciones opresivas para los humanos, fuente continua de
infelicidad, una actitud que se opone a la fe y a la libertad, de las que, en
cambio, brota la felicidad porque restauran la dignidad. Jesús desafía las
fronteras creadas y preservadas por el miedo presentándolo en su cara perversa y
destructiva. El miedo crea y controla la distancia entre persona y persona,
entre lo humano y la divinidad. Como proyección de las ansiedades más profundas
el miedo recuerda a los humanos su condición fugitiva y los hace conscientes de
su alteridad en las relaciones con el cosmos (cf Mc 4,35-41) la sociedad en la
que habitan (Mc 5,1-20), su familia (Mc 3,31-35) y, sobre todo, su propia
conciencia.
Jesús
ientifica la victoria del miedo con la eliminación de la alteridad, de la
conciencia humana de la diferencia. Presenta en sí mismo el antídoto para estos
miedos y sus deseos: en lugar de alimentarlo, alimenta la confianza y la fe. La
experiencia de Jesús crítica al miedo que provoca el deseo de poder sobre otros
pueblos, política y socioculturalmente (Sumo Sacerdote, Pilato, Herodes,...); el
miedo que se coloca por encima de la tradición (escribas y fariseos), sobre la
vida y la muerte (discípulos, Jairo) y sobre el propio querer (Judas, Pedro, las
mujeres en la tumba...) El miedo en Mc define el dentro/fuera y enfrenta a unos
contra otros (seguidores contra traidores y oponentes contra los íntimos);
provoca el asesinato de Juan Bautista y también el de Jesús (cf Mc 6,20;
11,17.18.32; 12,12)
En el
evangelio de Mc la actividad de Jesús disipa y desenmascara el miedo en las
instituciones, en los tabúes y convenciones, señalando, a partir de su propia
experiencia, la posibilidad de superar el trasfondo de miedo que impide
reconocer a los demás como seres no amenazantes. Jesús une la cercanía del
evangelio (reinado de Dios) a la confianza, a la fe. En Mc, en efecto, la
confianza se opone al miedo como condición ontológica capaz de vencer su poder
sobre las vidas humanas. En este evangelio, así como también en otros, la
conducta de Jesús se define por el exceso y el miedo es incompatible con el
desbordamiento y la gratuidad (Navarro, Estella 1999)
El
Jesús de Marcos, contestación subversiva de una manera de ser
feliz
El
Jesús de Mc rebosa felicidad en muchos momentos, pero tal como es presentado por
el narrador, esta faceta del personaje no responde a muchos de los contenidos
del estereotipo cultural sobre la felicidad de un varón israelita. El Jesús feliz de Mc pone en cuestión contenidos
concretos de dicho estereotipo. Repasemos algunos sumariamente. Jesús
para ser feliz no necesita obtener el reconocimiento de las autoridades
socipolíticas y religiosas (los padres de Israel), en particular cuando
ponen en entredicho su identidad y autoridad. En cambio disfruta con el
reconocimiento de la multitud que despierta en él fuerza y vitalidad. Tampoco le
es imprescindible para ser feliz someterse
ciegamente a las normas tradicionales, éticas y rituales de su pueblo y
religión, pues prefiere la salud, la integración, el bienestar, la liberación de
otras personas que implica la recuperación de una dignidad injustamente
arrebatada. Jesús parece ser feliz cuando puede hacer felices a otros. En esta
actividad desarrolla sus potencialidades y va realizando sus objetivos
existenciales y religiosos.
Pero
no sólo. El perfil de un Jesús feliz en Mc incluye sus relaciones, ciertamente,
pero contiene rasgos transgresores acerca de lo individual y social. Contesta la dependencia del grupo, especialmente de
la familia, tanto de origen como de destino y parece acentuar, contra la mentalidad
de su cultura, elementos de autonomía personal imprescindibles para ejercer
la libertad que implica la fe. Esto crea una fractura en ciertos supuestos.
El narrador lo muestra, además, en consonancia con la mentalidad mediterránea,
como un vividor capaz de disfrutar de la vida en el sentido que nosotros/as[13]. Lo mismo podría decirse en relación con
las compañías que elige y con las que decide compartir la mesa. Rompe tabúes,
vence las raíces del miedo, se muestra libre... Este acento en lo personal individual
libera a la figura de Jesús de diversos peligros que asoman cuando hablamos
de la felicidad en relación con las actividades benéficas hacia los otros. Por
una parte evita utilizar a los demás como objetos a través de los cuales poder
realizarse. Evita, por tanto, el uso de la justicia para propio beneficio (psicológico
y social) Y, por otra parte, evita los riesgos compensatorios colocando la felicidad
de la parte de la gratuidad, el exceso y el desbordamiento. De esta manera los
beneficios derivados de la propia felicidad no se transmiten de arriba abajo,
sino que capacitan para la empatía y la conciencia de igualdad humana.
Este
Jesús, no excento de dificultades, afrentas, conflictos, luchas... pone de
relieve las limitaciones sociales y religiosas del modelo de felicidad dominante
en su cultura y su tiempo. Como hombre feliz es
un crítico del sistema y de la precariedad de las condiciones de felicidad para
la mayoría de sus contemporáneos. El modelo de su tiempo no brinda felicidad.
Las corrientes religiosas contemporáneas no son Buena Noticia para la mayoría.
Su propia experiencia personal de Dios le lleva a proclamar e inventar ese Reino
para todos y todas que crea nuevas condiciones de posibilidad para la felicidad
de una mayoría.
La
felicidad, el exceso y el placer (Jn 12, 1-8)[14]
La historia
es muy breve. Jesús está, al parecer, en la casa de sus amigas/o Marta, María y
Lázaro (aunque el lugar queda ambiguo) donde dan un banquete en su honor. Entra
María y sin mediar palabra derrama perfume de nardo sobre los pies de Jesús y
los seca con sus cabellos. La casa, dice el narrador, se llenó del aroma del
perfume. Judas protesta diciendo: ¿por qué no se ha vendido este perfume por
treinta denarios y se ha dado a los pobres? Y el narrador añade que no es
que le importaran los pobres, sino que como era ladrón, robaba de la bolsa común
del dinero. Jesús sale en defensa de María. Dice a Judas que la deje en paz
porque ella se ha adelantado a ungir su cuerpo para la sepultura. Y añade:
porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre
me tendréis.
El personaje
de María lleva a cabo una acción insólita: toma perfume de nardo puro
carísimo, baña con él los pies de Jesús y los seca con sus cabellos. Jesús se
deja hacer. El narrador, antes de que intervenga Judas, indica que y la casa
se llenó del aroma del perfume. No era un gesto necesario ni
pertenece al nivel de las necesidades. Es una acción que está en otro plano, un
derroche de placer provocador y compartido que puede ser recuperado por Jesús
como signo y evocación anticipada de un estado de gozo permanente, como
es la Pascua definitiva.
Judas hace
un comentario tramposo introduciendo a los pobres, las necesidades inmediatas.
Orienta la interpretación del gesto de la mujer al cálculo económico y lo cierra
a otras interpretaciones. Utiliza el nivel de la ética y la obligación solidaria
con los pobres para enmascarar sus oscuros y escondidos propósitos. Sentencia
como si el placer, la gratuidad y los pobres estuvieran reñidos. Como si Lázaro
(la pura debilidad dependiente) y Marta (el servicio y las tradiciones
israelitas) no fueran personajes marcados por las necesidades, la
enfermedad, la muerte, y la solidaridad. Como si Jesús no fuera él mismo
un pobre a punto de ser asesinado injustamente. Jesús, que sabe de sus medias
verdades y su condición de ladrón, le responde defendiendo a María y subrayando
la importancia de su gesto, pues se ha adelantado a su sepultura. Le ha hecho
gozar de antemano su fe en la resurrección, le ha adelantado el gozo de la vida
en el signo del placer intenso del perfume de nardo, de forma que en su camino
hacia la muerte Jesús puede disfrutar de un breve y significativo paréntesis de
placer gracias al gesto de María. En esta escena se habla de dinero (de su
significado) en relación con María y Judas. Cada uno de ellos lo utiliza de
diversa forma. María lo derrocha sin cálculo y por amor, de forma que el dinero
se convierte en signo de la persona, de su relación y de su solidaridad.
Utiliza su riqueza para dar y para darse. Judas, en cambio, lo ambiciona y lo
roba. Utiliza ideológicamente la relación ética de necesidad introduciendo a los
pobres para su provecho egoísta.
No era
habitual que una familia que acababa de enterrar a un familiar, dispusiera de
tanto perfume para derrocharlo gratuitamente como hace María en 12,3.
Ni siquiera en el supuesto de que se tratara de una familia rica poseedora de
una tumba propia. Si entendemos el episodio de Lázaro estrechamente conectado
con el de la unción, cabría otra respuesta a la pregunta sobre el material utilizado
por María: Cuando Marta dice a Jesús Señor, ya huele porque lleva cuatro
días (11,39) da qué pensar al lector, sabiendo que era costumbre ungir los
cadáveres para que se preservaran unos días en la tumba mientras duraban los
ritos iniciales del duelo. Marta piensa que el cadáver va a oler mal porque
no ha sido untado con los perfumes habituales. Si avanzamos a 12,3, aceptando
una intención en el gesto de María, y escuchamos la interpretación de Jesús,
la hipótesis se vuelve más verosímil: el perfume de María es el que debía haber
sido utilizado en el embalsamamiento de su hermano. María lo ha guardado
para Jesús. Eso mostraría que para ella, que tan impactada estaba por la muerte
de Lázaro, Jesús es más significativo, importante y amado que su mismo hermano.
María mostraría en la unción que Jesús es para ella la persona más importante
y la más amada[15].
María
unge a Jesús y queda ungida ella misma cuando le seca los pies. Une dos
elementos antagónicos: los pies, símbolo de la humanidad necesitada y mortal
(corrupta y maloliente) y el nardo, símbolo de la vida, el amor, la fiesta y
el lujo que parece ignorar la necesidad. Impregna de vida y de amor lo humano
y mortal. María misma aparece desbordada por su gesto. Al secar los pies de
Jesús, queda perfumada (ungida) en su cabeza. Desde las palabras de Jesús,
el lector puede percibirla como ungida profetisa, ungida predicadora
pascual, participante-testigo de la muerte anticipada de Jesús. Si Él, ungido
en los pies, aparece en su faceta más vulnerable simbolizando lo radical humano
(la muerte), ella, ungida en la cabeza, simboliza las posibilidades insospechadas
de lo humano[16].La generosidad beneficia a la misma persona
generosa. El amor y la fe redundan en quien ama y cree. El desbordamiento sin
cálculos deja desbordado al propio agente. De esta forma, el narrador comunica
a su lector, junto con la teología pascual, una antropología optimista. La
casa, impregnada del aroma del perfume de los pies de Jesús y cabellos de María,
se vuelve lugar de anuncio de la plenitud humana de la Pascua. El relato presenta
a María como una nueva perspectiva de lo humano. Presenta una modalidad nueva
en las vías de acceso a la felicidad.
La
acción de María y la recepción de Jesús tienen lugar desde y en la corporalidad.
El cuerpo, pies y cabellos, son medio y lugar del signo anticipatorio de muerte
y de vida. El narrador simboliza en estas zonas corporales la experiencia
anticipada de la Pascua. Si es en el cuerpo donde se experimenta la enfermedad
(cf 11, 4), la muerte y el signo de la muerte que es el olor de la corrupción
(cf 11, 39), por coherencia debe ser en el cuerpo donde se experimenten los
signos que anuncian la vida en plenitud, la felicidad colmada.
De las
dos zonas corporales, además, se toman dos elementos de alto contenido erótico
para cada género en una interesante inversión. El símbolo eufemístico de lo
varonil (los pies), lo masculino sexuado, es ahora lugar simbólico de la
corporalidad humana masculina, frágil y mortal, de Jesús. Y el símbolo
eufemístico de la feminidad sexuada corporal (los cabellos) es ahora lugar
simbólico de la fuerza, la autoridad y la misión expansiva de la Pascua. De este
modo el placer sensual y sensorial y la felicidad que desprende afecta a todas
las dimensiones de lo humano, a su fragilidad y a su fuerza. Todo queda asumido
y con posibilidad de ser transformado. La Pascua no fija estereotipos, sino que
los supera y desborda. Lo humano, así, queda transformado ya dentro de la
historia.
En la
escena se dan ya unas transformaciones cuyo ámbito es un banquete, cuyos
personajes se encuentran gozando de la vida y cuyas consecuencias tienen un
largo alcance de cara a una cristología de la felicidad:
Lázaro, es la
persona transformada por el efecto de la Pascua anticipada en el signo de la
Vida que es Jesús. Él es signo (universal) de los pobres y necesitados, primeros
en alcanzar los efectos pascuales. Lázaro no tiene más mérito que el de ser
alguien amado por Jesús. Todo le es dado. En la casa (pascual) donde se celebra
a Jesús como Vida y Resurrección tienen un puesto de honor quienes, como Lázaro,
sin tener que hacer nada (sin méritos) testimonian el amor de Jesús, la
preocupación de los demás (sus hermanas) y los efectos anticipados de una nueva
forma de Vida donada por Jesús. Lázaro es alguien liberado de la muerte,
rescatado en su dignidad. Cuando Jesús responde a Judas sobre los pobres, es
preciso incluir entre ellos a Lázaro y a quienes él simboliza, pues forma parte
del banquete en representación de lo humano necesitado y pobre. No sabemos si
era el anfitrión. No aparece como pater familias. Representa una forma
nueva, pascual, de ser humano y relacional. Nada sabemos de sus relaciones
familiares y sociales, exceptuando los lazos de hermandad con las dos mujeres.
Es el primer agraciado y nunca mejor dicho, una forma de exceso y lujo
pascual paradójico. Siendo el muerto es el vivo.
Marta, por
su parte, muestra en la casa y en el banquete el aspecto activo y dinámico.
Tampoco tiene palabra explícita. Su servicio en el banquete, por tanto, debe ser
entendido en relación con lo que Lázaro simboliza (está en medio de dos
menciones de Lázaro) Con ello, lo que podría parecer un servicio útil, queda
enmarcado en un contexto gratuito y testimonial. Ya no es, sin más, eco de las
necesidades de su hermano ante Jesús. Si Lázaro muestra la vertiente más
gratuita en la pasividad, ella muestra la vertiente más dinámica de esa
gratuidad. Sirve en ámbito de Vida, a la Vida (Jesús, su hermano, los otros
comensales...) Marta desvela para el lector la vertiente pascual, gratuita,
paradójicamente in-útil del discipulado diaconal.
María. La
unción propia de banquetes y homenajes, se hacía sobre la cabeza del huésped u
homenajeado. María unge los pies, en vez de la cabeza. Los pies, que debían ser
lavados como servicio al huésped, son ungidos. María realiza un
servicio a Jesús contraviniendo las expectativas pues su gesto adquiere talante
profético y subversivo. Utiliza para ello unos medios y materiales que tampoco
se adecúan a las expectativas. El gesto de María ilumina el servicio de Marta y
éste no se puede desligar del gesto de María.
María
unge a Jesús con perfume de nardo carísimo. El nardo se podía utilizar en las
bodas, como símbolo del exceso y de la felicidad. Está al servicio de la vida.
En ámbitos más cortesanos era símbolo también del juego erótico y del amor
cuando éste acompañaba a la pareja de amantes o a los cónyuges en el matrimonio.
En ámbito funerario el perfume (también a veces de nardo) era símbolo del afecto
a la persona muerta, símbolo también de pervivencia en la memoria más allá de
los signos de pérdida y muerte (olor de corrupción) y, por último, se constituía
en una lucha contra el tiempo, a fin de retrasar los efectos de la muerte. Puede
entenderse, en este caso, como una cierta negación de la condición mortal del
ser humano. Perfume para la vida y perfume en la muerte contra la mortalidad.
Placer para la vida y contra la muerte. Ambos aspectos están presentes en el
banquete de Betania, pero resituados por el Jesús pascual. De este modo parece
completarse el amplio espectro diaconal expresado en los tres personajes. Con
ellos el banquete, comida pascual, queda connotado de una manera determinada.
Donde la mención de la sepultura de Jesús parecería apuntar a una especie de
banquete funerario, encontramos una comida gratuita, viva, marcada por el
placer. El perfume en ámbito pascual no niega la muerte ni la necesidad ni la
pobreza. Los pobres se recuperan en ella, la fragilidad también, permitiéndole
convertirse en fortaleza, como indicará toda la pasión. La necesidad se recupera
en ámbito pascual como capacidad para el don y el servicio. Jesús, por estar
muerto, es pobre, sometido al proceso humano de corrupción. La Pascua es
paradójica riqueza.
Podríamos
hablar de gozo. Debemos hablar de placer, sin embargo, porque el gesto de María
y la receptividad de Jesús se encuentran en el plano de los sentidos tanto como
en el del espíritu, según la antropología unitaria semita. Así,
de la
escena de la unción de Betania de desprenden algunos rasgos del placer que es
conveniente enumerar.
a)
Placer
como experiencia de sobreabundancia. María toma la iniciativa del gesto
de ungir desde la sobreabundancia del tener, no desde la carencia, la
ascesis o la necesidad. Así lo indica que se trate de un perfume tan caro y
genuino.
b)
Placer
como experiencia de encuentro sensorial y sensual. El material que
utiliza María, un perfume, y la sensualidad a la que apela, el sentido del
olfato; el gesto de bañar los pies (símbolo erótico masculino) y el de secar el
perfume con los cabellos (símbolo erótico femenino) implican unas relaciones
placenteras y sensuales. Los sentidos de la vista, el olfato (perfume intenso),
el gusto (la comida) y el tacto (manos, pies y cabellos) forman parte de la
experiencia de encuentro de María y de Jesús. La presencia de la corporalidad es
muy fuerte. El placer se experimenta, primaria e inmediatamente, en el
cuerpo.
c)
Placer
como experiencia de libertad. María hace lo que quiere hacer y no da
explicaciones. Su gesto es libre y provocador. La ausencia de palabras
deja el gesto abierto a diferentes interpretaciones. El placer, de este modo,
queda relacionado con la evocación, la provocación y la interpretación libre de
quienes lo ven o lo perciben, incluyendo el mismo Jesús que lo interpreta
verbalmente vinculando el gesto al efecto anticipado de la Pascua.
d)
Placer
como experiencia de gratuidad y relación igualitaria. Por la irrupción
sorpresiva de María, por su doble gesto con Jesús de lavar y secar, rompe el
orden de la ética/necesidad, como indica certeramente Judas. María se coloca a
sí misma y a toda la escena en el orden de la gratuidad que suscita
reciprocidad igualitaria. El placer aparece, por tanto, estrechamente
vinculado al orden no sólo de lo ético y de lo estético, sino de lo gratuito,
rompiendo el nivel de las obligaciones y derechos.
e)
Placer
como experiencia individual y solidaria. El gesto de María es, por una
parte, un gesto individual. Contraviene la norma de la orientación de la persona
al grupo. Ella experimenta el placer como individuo. Jesús, también. Pero, por
otro lado, María realiza un gesto público y ante un público. Utiliza un material
que puede ser compartido: el perfume, a cuyo placer no es fácil sustraerse,
mucho menos si es tan intenso. Con ello, el placer queda vinculado a un tipo de
generosidad, de compartir, de comunicación solidaria y de relación que,
sin embargo, no impone su significado. La primera
que disfruta de aquello que hace con Jesús es la misma María, cuyos cabellos
quedan empapados del perfume ¡de los pies de Jesús!, de forma que ese perfume no
es el perfume del frasco, sino el perfume del nardo y de la piel de los pies de
Jesús. Está personalizado, lo recibe de la persona a la que ama. Y el perfume no
queda reducido y aprisionado, sino que se expande no sólo a la sala del banquete
sino a toda la casa. Todo el mundo puede disfrutar de él. Todos menos
Judas, que se resiste a tal placer y quiere estorbárselo a los demás.
f)
Placer
como experiencia paradójica de vida y de muerte. El gesto de María, según
dice la palabra de Jesús, está relacionado con la paradoja de vida y de
muerte. Es el adelanto del homenaje que se le hace a un cadáver y que estaba
considerado como una expresión de afecto y reconocimiento al muerto. Jesús no
quiere esperar a estar muerto para recibir este homenaje. Interpreta que vive
ese momento por adelantado. La paradoja está en que anticipando este gesto de
muertos a su condición de vivo, da más fuerza a la vida que precede a la muerte
y está sobre ella. De alguna manera la resurrección queda ya vinculada al
placer. Dicho de otro modo, el placer puede convertirse en una anticipación de
la resurrección, un signo de la misma. Pero, a la par, queda relacionado con el
símbolo y la materialidad del perfume, que es efímero y es, o puede ser,
intenso. Produce una experiencia que no es fácil de racionalizar y, a veces, ni
siquiera de explicar o de narrar. Lo efímero evoca la limitación, la finitud, la
muerte. La intensidad desea prolongarse eternamente, pero es breve por
definición. La intensidad puede ser signo condensado de la Pascua. El placer,
además, nace del seno mismo de lo humano, de su condición frágil y vulnerable;
altera esa fragilidad, la lleva hasta dimensiones nuevas. El placer implica un
momento de fuerte abandono físico y psicológico que sólo quienes se saben
débiles y vulnerables, quienes no niegan sus posibilidades de ser afectados y
tranformados, puede experimentar.
Sobreabundancia
y gratuidad, sensualidad y corporalidad, provocación y evocación, libertad e
interpretación, solidaridad y generosidad, reciprocidad igualitaria y
comunicación; amor y vitalidad, fuerza y vulnerabilidad; pobreza y riqueza....
son, a mi modo de ver, las notas sobre el placer que se desprenden de la
historia de la unción de Betania. Todo ello, es indudable, debió suponer una
forma de conocimiento diferente, más amplia en su conciencia y de consecuencias
imprevisibles para la libertad. Este relato
debió ser verdaderamente importante, tanto como para explicar su presencia en
los cuatro evangelios. Y, del mismo modo, debió de ser lo suficientemente
peligroso como para, sin perderlo, no haberlo recuperado en ninguno de sus
planos (ni litúrgico ni teológico ni moral ni dogmático) y, mucho menos,
permitir que pudieran sacarse de él todas sus consecuencias.
Pues bien,
este placer anticipado, junto con el marco del banquete y de la fiesta, la
presencia-testimonio de Lázaro y la actitud de servir de Marta, forman la mejor
anticipación de la felicidad compartida que supone la Pascua. Y Jesús disfruta
de ella por adelantado, de forma que eso le ayuda a asumir la muerte y le ayuda
a que ésta sea todavía más libre y voluntaria.
La
escena no está en el orden de la ética, pero ética y obligación están incluidos
en el orden gratuito que inaugura la Pascua. Los pobres se encuentran allí donde
un ser humano pueda vivir un determinado placer de la vida y de las relaciones,
porque la posibilidad del placer y del gozo son posibilidades universales. Y
allí donde se disfrute habrá un signo de anticipación pascual.
En la escena
de Betania se encuentran la muerte y la vida. En un contexto de complot contra
Jesús se recorta el amor de una mujer que anima, hace disfrutar y colorea
placenteramente un ambiente festivo. Por amor se sufre, es verdad, pero también
es cierto que por amor se goza, se disfruta y se comparte el placer. Son las dos
caras de la pascua.
3.
Jesús,
una invitación a la felicidad
Hemos
contemplado el perfil de un Jesús feliz desde dos ángulos, más activo y dinámico
en el caso de Marcos y más pasivo, receptivo y paradójico en el de la escena
joánica de Betania. Desde este paseo evangélico podemos volver a nuestro mundo y
sus anhelos de felicidad para extraer algunas conclusiones.
1.
De
cara a la oferta cristiana de la felicidad, no deberíamos olvidar dos cosas: a)
que las primeras comunidades y los evangelistas, cuando quisieron ofrecer los
contenidos cristianos, escribieron narraciones protagonizadas por Jesús y b) que
los y las cristianas seguimos a Jesús. Según todo ello, la oferta cristiana de felicidad pasa hoy por la
presentación de la felicidad del personaje evangélico de Jesús que, sobre la base de su humanidad, comparte nuestros más
hondos anhelos de felicidad. La presentación de la felicidad a través del
personaje refuerza la libertad de la invitación cristiana, el reconocimiento y
respeto de la capacidad humana para optar.
2.
Necesitamos
una cristología que integre esta dimensión de la figura de Jesús. Cada evangelio
proporciona un ángulo rico y diferenciado que requiere explorar y presentar
explícitamente los rasgos de la felicidad de Jesús según cada uno de los relatos.
Obviamente necesitamos también una catequesis más centrada en el personaje,
que destaque esta faceta con sus posibilidades para integrar la cara más dura
de la vida. El Jesús de Mc muestra rasgos acerca de la felicidad consonantes
con la sensibilidad actual acerca de este anhelo. Por ejemplo, destaca el papel
de los referentes personales simbólicos religiosos (Dios Padre) en la experiencia
de confianza básica sobre la que se puede construir e interpretar la felicidad.
No deberíamos menospreciar la búsqueda religiosa, simbólica, de nuestros/as
contemporáneos/as percibida como una posibilidad de conseguir la felicidad.
A mi modo de ver es interesante la presentación de Mc de la experiencia de seguridad,
reconocimiento, confianza y valoración básicas de Jesús en su adultez, pues
con ello se presenta un ser humano abierto (no determinado, por ejemplo, por
sus experiencias infantiles), capaz de reorientar su vida incluso en plena edad
madura. Posiblemente este dato puede alentar los intentos de tanta gente de
nuestro tiempo que sobre la base de experiencias nuevas, cambios circunstanciales,
descubrimientos imprevistos, golpes de la vida... reorienta su vida a contrapelo
de lo esperado o socialmente conveniente[17]
3.
La
identidad de Jesús aparece en el evangelio de Mc como despliegue, pero también
como realización, interpretando y reinterpretando la propia conciencia de sí a
partir de lo que va viviendo. La felicidad aparece vinculada en buena medida a
estas dos dimensiones, que en parte se ajustan a las expectativas culturales y
en mayor medida chocan con ellas. La felicidad de Jesús se construye en una
danza de ajustes y desajustes psicoculturales, como nos ocurre a muchas personas
actualmente. Dicha construcción y hermenéutica, como hemos visto, va ligada a la
dignidad, a la consciencia de la propia y de la ajena dignidad, a su
restauración cuando es amenazada o cuando parece destruida. Esta conciencia
aparece vinculada en Mc a la victoria sobre el miedo. Huelga decir lo importante
que se ha vuelto este aspecto para la felicidad de mayoría de nuestros
contemporáneos, tan atenazados por el miedo y la inseguridad, tan tentados/as
por las seguridades, tan dispuestos/as a sacrificar la libertad y las libertades
que tanto han costado labrar en los últimos siglos...
4.
Todo
lo dicho pone de relieve que a los/as cristianos/as no nos vale cualquier oferta
de felicidad. Brindamos, desde el personaje de Jesús, una construcción de la
felicidad con materiales que, en numerosas ocasiones, como sucedión con él, son
contestación del modelo hegemónico de felicidad. Una persona cristiana feliz no
deja de ser, en cierto modo, extraña. Su modo de encarnar la felicidad y
de buscar las condiciones para que una mayoría pueda alcanzarla y disfrutarla,
posiblemente encierra un fuerte componente crítico de denuncia, a la par que se
convierte en publicidad (anuncio) viva de una alternativa que tiene mucho
de normalidad (inculturada) y una buena dosis de anormalidad (contracultural)
La felicidad, así, no puede ser cualquier felicidad, sino una felicidad
humana y humanizadora, libre y liberadora, solidaria y justa, personal y
política
5.
El
relato de Betania del cuarto evangelio ha puesto de relieve las relaciones entre
placer y felicidad, cuerpo y sentidos, exceso y plenitud en un momento clave de
la vida de Jesús. La felicidad incluye para él un anhelo de plenitud, en un
contexto que, como el nuestro, parece atrapado en la muerte (complot), el
materialismo (Judas) y la corrupción. La escena de Betania con sus personajes y
sus relaciones se convierte en invitación a la plenitud de la felicidad vivida
ya y aquí. La anticipación de la pascua es transformadora (perfume en la
casa) no sólo en el nivel del compromiso ético (los pobres), sino también
en el del gozo y lo gratuito, que no puede medirse ni calcularse.
Mercedes
Navarro Puerto