Tomado del libro de ALBERTO MAGGI, Galería de Personajes del Evangelio. Cómo leer el evangelio y no perder la fe, II. Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 51-57. www.elalmendro.org/obras/librob022.htm
Cuando Dios interviene en la historia evita cuidadosamente
los lugares sagrados y sus presuntos representantes, que se muestran siempre
como los más sordos y hostiles a su palabra.
El Señor escoge lugares y personas normales, como escribe con gran ironía
el evangelista Lucas, que inserta las elecciones de Dios en un escenario pretendidamente
redundante: "El año quince del gobierno de Tiberio César,
siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano
Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide y Lisanio tetrarca de Abilene,
bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, un mensaje divino le
llegó a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto". (Lc 3,1
2).
Después de haber presentado a los siete grandes de la tierra y haber
creado en el lector la expectativa de saber a cuál de estos poderosos
se dirigiría el Señor, el evangelista muestra que la palabra de
Dios no desciende a los palacios más o menos sagrados del poder, sino
al desierto, a Juan.
Hijo de un sacerdote, una vez llegado a la edad de veinte años, Juan
debería haber ido al sanedrín para que se verificase, mediante
un cuidadoso examen, que no tenía ninguno de los ciento cuarenta y dos
posibles defectos físicos enumerados en el libro del Levítico
y fuese consagrado sacerdote, perpetuando así el sacerdocio de su padre
Zacarías.
Pero Juan no será un hombre del culto como su padre. Consagrado por el
Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre, él es el profeta
que, en abierta contestación con el templo, irá a predicar al
desierto la necesidad de un cambio de vida para acoger el inminente reino de
Dios
El Espíritu santo, oculto en el templo, se manifiesta con fuerza en el
desierto, y el efecto de la predicación de Juan es tal que "acudía
en masa la gente de Jerusalén, de toda Judea y de la comarca del Jordán"
(Mt 3,5), respondiendo a su invitación "a un bautismo en señal
de enmienda, para el perdón de los pecados" (Mc 1,4).
Obviamente las autoridades se cuidan bien de creer al "enviado de Dios"
(Jn 1,6), cuya llamada a la conversión será, sin embargo, acogida
por la escoria de la sociedad: "los recaudadores y las prostitutas"
(Mt 21,32).
"Todos los habitantes de Jerusalén" (Mc 1,5) comprenden que
el perdón de los pecados no es concedido por un rito litúrgico
en el templo, sino por el cambio de comportamiento, como había anunciado
el profeta Isaías: "Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien...
Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve"
(Is 1, 17-18).
Y los habitantes de Jerusalén se alejan de su ciudad, centro de la institución
religiosa, para unirse a Juan en el desierto donde, con la inmersión
en el río Jordán, expresan públicamente el compromiso de
un cambio de vida que obtiene para ellos la cancelación de sus pecados.
El éxito popular de la predicación del Bautista será, sin
embargo, también la causa de su muerte.
Las autoridades religiosas ("el poder de las tinieblas", Lc 22,53),
siempre listas para percibir las luces del Espíritu y sofocarlas, están
alarmadas; desde Jerusalén, los jefes envían, junto con los sacerdotes,
a los levitas, que constituían la policía del Templo, para interrogar
torpemente a Juan: “Tú, ¿quién eres?” (Jn 1,19).
Tranquilizados porque Juan había respondido que no era el Mesías,
"algunos de los enviados del grupo fariseo" ponen en tela de juicio
entonces su actividad: "Entonces, ¿por qué bautizas, si no
eres tú el Mesías ni Elías ni el Profeta? (Jn 1,24-25).
Aunque no es el Mesías, Juan ha suscitado un movimiento popular considerado
un peligro para la institución religiosa, que provee a la eliminación
de este antagonista del Templo, luchando con las armas típicas del poder
religioso: el descrédito por parte de la gente y la denuncia a las autoridades
civiles.
La difamación del incómodo profeta ha sido posible también
porque la sintonía entre el Bautista y la gente ha durado poco tiempo
y, antes de que Herodes le quitase la cabeza, Juan había perdido ya la
reputación.
Pasado el entusiasmo por el profeta demasiado exigente, la gente considera ya
que Juan es un loco que "ni come ni bebe y dicen que tiene un demonio dentro"
(Mt 11,18).
Esta calumnia ha hecho pasar a la historia a Juan el Bautista como el gran asceta
que ni come ni bebe.
Los evangelistas afirman claramente que Juan comía, y que "se alimentaba
de saltamontes y miel silvestre" (Mt 3,4).
El Bautista comía lo que el desierto ofrecía, sin las preocupaciones
y los escrúpulos religiosos de Judas, el heroico jefe llamado el "Macabeo"
(apodo que significa "martillo"), que, retirado al desierto, se "alimentaba
solo de hierbas del campo, para no contaminarse" (2 Mac 5,27).
La alimentación de Juan no tiene ninguna connotación ascética
y mucho menos penitencial, pues representa el alimento habitual de los nómadas
palestinenses.
Alimentarse de saltamontes era hasta tal punto normal que se aconsejaba en la
Biblia: "Podéis comer los siguientes: la langosta en todas sus variedades...",
Lv 11,22), y entre las especialidades culinarias de la comunidad monástica
de Qumrán estaban también las langostas "puestas en el fuego
o en el agua, mientras todavía están vivas" (Doc. Dam. 12,15).
La miel de las abejas de la selva era, además, un alimento tan energético
que se había convertido en el signo del cuidado de Dios por su pueblo:
"Los alimentó con la cosecha de sus campos; los crió con
miel silvestre, con aceite de rocas de pedernal" (Dt 32,13).
Con relación al vestido, hecho "de pelo de camello, con una correa
de cuero a la cintura" (Mt 3,4), hay que decir que ésta era la indumentaria
clásica de los profetas que, para profetizar, se vestían "el
manto de pelo" (Zac 13,4): en particular, al profeta Elías se le
reconoce por el "cinturón de cuero que le ceñía la
cintura" (2 Re 1,8).
ISAÍAS CENSURADO
Según Flavio Josefo, la muerte de Juan a manos de Herodes
Antipas no fue causada, como aparece en los evangelios, por el hecho de que
el profeta se inmiscuyese en un asunto de cuernos entre hermanos (Mc 6,17-29),
sino más verosímilmente por el temor, por parte del tetrarca,
de una sublevación popular provocada por el Bautista.
De hecho, cuando el éxito de la predicación de Juan llegó
al ápice, "Herodes se alarmó. Su elocuencia tenía
sobre la gente efectos tan fuertes que podía llevar a cualquier clase
de sedición, porque parecía que la gente quería dejarse
guiar por Juan en todo lo que hiciesen. Por esto, Herodes decidió que
sería mucho mejor golpearlo anticipadamente, librándose de él
antes de que su actividad llevase a una sublevación, que esperar un levantamiento
y encontrarse en una situación tan difícil como para arrepentirse
de ella. Con ocasión de las sospechas de Herodes, (Juan) fue llevado
encadenado a Maqueronte, y allí fue asesinado" (Antigüedades
18, 118-119).
Y es precisamente en la cárcel donde explota la dramática crisis
del Bautista con relación a aquel Jesús al que, en el momento
del bautismo, había reconocido como "el cordero de Dios que quita
el pecado del mundo" (Jn 1,29).
El Dios que Jesús manifiesta con sus acciones y con su mensaje es de
hecho diferente al predicado por Juan. Éste, "más que un
profeta" (Mt 11,9), es el último de los grandes hombres de Dios
que cierran una era, la del Dios que ninguno había conocido en verdad,
ni siquiera Moisés el gran legislador, o Elías el máximo
profeta, porque "a Dios nadie lo ha visto nunca" (Jn 1,18).
El único que lo puede revelar plenamente es aquel Jesús de quien
el Bautista había dado testimonio públicamente como "el Hijo
de Dios" (Jn 1,34).
Prosiguiendo una tradición religiosa de la que es el último exponente,
Juan el Bautista había presentado al Mesías como aquél
que vendría a bautizar "con Espíritu Santo y fuego"
(Mt 3,11): "Espíritu" para comunicar vida a los justos, y "fuego"
para destruir, como paja, a los pecadores.
Heredero de una religiosidad que espera un pueblo formado en su totalidad por
santos ("En tu pueblo todos serán justos", Is 60,21), Juan
se queda desconcertado con el comportamiento de un Jesús que afirma "haber
venido a llamar más que justos a pecadores".
El Bautista había proclamado que "todo árbol que no dé
buen fruto será cortado y echado al fuego" (Lc 3,9).
Jesús, en clara referencia al celo destructor de Juan, le responde con
la parábola de la higuera estéril. Mientras aquél que ha
plantado la higuera le dice: "Córtala. ¿Para qué,
además, va a esquilmar la tierra? (Lc 13,7). Jesús, que no ha
venido a destruir, sino a vivificar, le devuelve la vida al árbol, considerado
ya completamente estéril ("tres años") y pide tener
paciencia: "Señor, déjala todavía este año;
entretanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol"
(Lc 13,8).
Con Juan se ha cerrado definitivamente una época ("Porque hasta
Juan los profetas todos y la Ley eran profecía", Mt 11,13) pues,
con Jesús, Dios no es ya una profecía, sino una realidad visible,
en la que no se encuentran actitudes de juicio o condena, sino sólo propuestas
de plenitud de vida y un amor extendido incluso hacia quien no lo merece.
En lugar de juzgar a los hombres por su conducta, Jesús anuncia que el
amor del Padre se extiende a todos, injustos incluidos, porque "no envió
Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para
que el mundo por él se salve" (Jn 3,17).
Pero Juan no consigue aceptar la novedad traída por Jesús y, desde
la cárcel, le envía un ultimátum que suena a excomunión:
"Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro? (Mt 11,3).
A la amenaza del Bautista, Jesús responde con los hechos, enumerando
las acciones positivas con las que ha devuelto la vida: "Id a contarle
a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Ciegos ven y cojos andan, leprosos
quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena noticia
(Mt 11,4-5).
En su réplica a Jesús cita dos textos conocidos de Isaías,
donde se anuncian las obras que deberá hacer el Mesías de Dios
a su llegada, pero censura los pasajes en los que el profeta anuncia la esperada
venganza de Dios sobre los paganos pecadores: "Mirad a vuestro Dios que
trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará; (Is
35,4; 61,2).
Y Jesús concluye su respuesta con un aviso para Juan, que es una invitación
a abrirse a la novedad de un Dios que ama a todos: "¡Y dichoso el
que no se escandalice de mí! (Mt 11,6). Solo así Juan, "el
más grande de los nacidos de mujer" (Mt 11,11) será grande
también en el reino de Dios.
Tomado del libro de ALBERTO MAGGI, Galería de Personajes del Evangelio. Cómo leer el evangelio y no perder la fe, II. Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 35-42. www.elalmendro.org/obras/librob022.htm
Ya en el siglo IV, algunos Padres de la Iglesia amonestaban
a los cristianos para que no se divinizase la figura de María porque
ella "era el templo de Dios, y no el Dios del templo" (San Ambrosio,
El Espíritu Santo, III, 78-80).
No obstante estas advertencias, los predicadores no tuvieron freno en el pasado
a la hora de alabar y exaltar a la virgen. Abusando de la expresión atribuida
a Bernardo de Claraval: "De María no se habla nunca demasiado",
a los predicadores les faltó el pudor de callar.
La muchacha de Nazaret, que había proclamado que el Señor "derriba
del trono a los poderosos" (Lc 1,52), ha llegado a ser repetidamente entronizada
y coronada como reina, con coronas de retórica que le han deformado la
figura. "La sierva del Señor" (Lc 1,38) ha sido llamada "Reina
del cielo", atribuyendo a la virgen por excelencia el título que
en la Biblia se le dio a la licensiosa Astarté (Ishtar), diosa del amor
y de la fertilidad (Jr 7,18).
Los innumerables títulos y privilegios, añadidos uno a otro durante
siglos, han terminado por sepultar a la madre de Jesús bajo un cúmulo
de detritos piadosos que ha impedido ver lo que María era, cuando todavía
no sabía que era la Virgen.
El Mesías castiga-locos
Los escasos apuntes sobre María contenidos en los evangelios ofrecen
el retrato de una mujer bien distinta de la mujer omnisciente que sabe ya lo
que debe decir y hacer, pues todo está escrito en el guión preparado
para ella por el Padre eterno.
En realidad en los evangelios se dice muchas veces que María no comprendía
lo que le estaba sucediendo, desorientada por la sacudida que había provocado
su hijo Jesús en su vida y en su fe.
María había acogido el mensaje de Dios anunciado por el ángel
en Nazaret y se había fiado de él ("Cúmplase en mí
lo que has dicho", Lc 1,38). Pero no imaginaba cuánto le iba a costar
y qué llevaría consigo creer en aquella palabra.
La primera sorpresa se la dan los pastores de Belén cuando nace Jesús.
Estos pastores eran considerados los rechazados de la sociedad y tratados como
pecadores por excelencia, porque, a fuerza de estar con las bestias, también
ellos se habían bestializado. Excluidos del reino de Dios, se creía
y se esperaba, que serían eliminados con la llegada del Mesías,
venido para destruir a los pecadores. Esta gentuza refiere a María y
a José "las palabras que le habían dicho acerca de aquel
niño", (Lc 2,17) cuando "un ángel del Señor"
(Lc 2,9) les anunció, los primeros, el nacimiento de Jesús.
En lugar de decir que había llegado el Mesías justiciero, con
la hoz en mano para abatir y quemar los árboles que no dan fruto, el
ángel animó a los pastores ("no temáis"), anunciándoles:
"Os ha nacido un salvador" (Lc 2,10-11).
Precisamente para ellos, los pecadores que esperaban el castigo de Dios, se
reserva una "gran alegría" (Lc 2,10), porque el Señor
ha venido a salvarlos.
La reacción a estas palabras es de gran desconcierto: "Todos los
que lo oyeron quedaron sorprendidos de lo que decían los pastores"
(Lc 2,18).
Hay algo que no cuadra.
Desde siempre la religión había enseñado que Dios premiaba
a los buenos y castigaba a los malos, sobre los que "haría llover
ascuas y azufre, y les tocaría en suerte viento huracanado" (Sal
11,6).
¿Qué es esta novedad de que el hijo de Dios sea anunciado como
"el salvador" precisamente de estos pecadores?
A María, el ángel le había asegurado que Dios daría
a Jesús "el trono de David su padre" (Lc 1,32), lo que significaba
que no solo reinaría, sino que se comportaría como David, el rey
enviado por Dios para "dar sentencia contra los pueblos, amontonar cadáveres
y quebrantar cráneos sobre la ancha tierra" (Sal 110,6).
¿Cómo, pues, los pastores aseguran, sin embargo, que "la
gloria del Señor los envolvió de claridad" (Lc 2,9)?
Todos, incluida María, se sorprendieron de esta novedad, que ella, sin
embargo, no rechaza: "María, por su parte, conservaba el recuerdo
de todo esto, meditándolo en su interior" (Lc 2,19).
Pero las sorpresas no han acabado.
Colisión en el Templo
A pesar de que el ángel había dicho a María que Jesús
"será llamado hijo de Dios" (Lc 1,35), ella y José piensan
que tienen que hacerlo hijo de Abrahán.
Por esto lo circuncidan y lo llevan a Jerusalén "tal como está
prescrito en la Ley del Señor" (Lc 2,23).
Y es precisamente en el templo donde tiene lugar un suceso, el primero entre
los muchos conflictos entre la Ley y el Espíritu que marcarán
la vida de Jesús.
María y José van al Templo para cumplir un rito que el Espíritu
intenta impedir por ser inútil: consagrar al Señor a quien era
ya el consagrado desde el momento de su concepción.
Así, "en el momento en que entraban los padres con el niño
Jesús para cumplir con él lo que era costumbre según la
Ley" (Lc 2,27), Simeón, impulsado por el Espíritu, va también
al Templo.
Era inevitable que entre el profeta "impulsado por el Espíritu"
(Lc 2,27) y los padres observantes que van a cumplir "todo lo que prescribía
la Ley del Señor" (Lc 2,39) se produjese una colisión: Simeón
quita el niño de los brazos de sus padres y pronuncia sobre él
palabras que dejan pasmados al padre y a la madre de Jesús que "estaban
sorprendidos por lo que se decía del niño" (Lc 2,33).
El motivo del estupor es que Simeón afirma que Jesús no ha venido
sólo para Israel, sino que será "luz para todas las naciones"
(Lc 2,23).
La luz, símbolo de vida, no se limita a iluminar un solo pueblo, sino
que se extiende a toda la humanidad, paganos incluidos.
Isaías había escrito en otro sentido.
Había dicho que la luz del Señor brillaría solamente sobre
Jerusalén y que los paganos serían sometidos sin ninguna alternativa,
porque "el pueblo y el rey que no se te sometan, perecerán; las
naciones serán arrasadas" (Is 60,12).
Ahora, sin embargo, Simeón afirma que no serán los paganos los
que serán arruinados, sino los hebreos, porque Jesús "está
puesto para que en Israel unos caigan y otros se levanten" (Lc 2,34).
María no comprende estas palabras pero no hay tiempo ni siquiera para
comprenderlas, pues Simeón le dice: "Y a ti, tus anhelos, te los
truncará una espada" (Lc 2,35).
La espada se usa con frecuencia en el Nuevo Testamento como imagen de la incisividad
de la palabra del Señor ("Tomad por casco la salvación y
por espada la del Espíritu", Ef 6,17; Ap 1,16), que se describe
como "viva y enérgica, más tajante que una espada de dos
filos, penetra hasta la unión de alma y espíritu, de órganos
y médula, juzga sentimientos y pensamientos", Heb 4,12).
Será la palabra de Jesús la espada que atravesará el alma
y la vida de María; no comprendida, su palabra le causará sufrimiento,
invitándola a hacer una elección radical. Y ya las primeras palabras
que Jesús pronunciará en el evangelio serán motivo de disgusto
e incomprensión para José y María, que comienza a darse
cuenta de que, tal vez, las expectativas puestas en este hijo se realizarán
de modo bien diferente a como ella pensaba. Cuando por primera vez en el evangelio
Jesús abre la boca, es para reprochar a la madre y a su esposo, tratándolos
de ignorantes.
Escribe Lucas que los padres de Jesús partieron de Jerusalén (adonde
habían ido para la Pascua) olvidando a su hijo: "Mientras ellos
se volvían, el joven Jesús se quedó en Jerusalén
sin que se enteraran sus padres" (Lc 2,43).
María no se describe como una madre-clueca, que no fomenta el crecimiento
de sus propios hijos, manteniéndolos bien pegados a su falda: tanto ella
como el marido parecen dejar al adolescente Jesús en libertad e independencia.
Pero cuando, finalmente preocupados por su ausencia, se ponen a buscarlo "a
los tres días lo encontraron en el templo sentado en medio de los maestros,
escuchándolos y haciéndoles preguntas" (Lc 2,46).
Si, al verlo, ambos "quedaron impresionados", es solamente la madre
la que pregunta a Jesús: "¿Por qué te has portado
así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos
tu padre y yo! (Lc 2,48).
Jesús no solo no acepta el tirón de orejas, sino que pasa a reprochar
a sus padres: "¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais
que yo tengo que estar en lo que es de mi Padre?".
Jesús reivindica la completa libertad de acción y recuerda a la
madre que si José es su marido, no por esto es su padre, como ella había
afirmado incautamente ("tu padre y yo", Lc 2,48).
Una vez más subraya el evangelista que "ellos no comprendieron lo
que les había dicho" (Lc 2,50), y la espada, profetizada por Simeón,
continúa atravesando el alma de María “para que queden al
descubierto las ideas de muchos" (Lc 2,35).
Las palabras de Jesús, aunque no comprendidas, no son rechazadas por
ella que "conservaba todo aquello en la memoria" (Lc 2,51). Pero estaba
todavía por llegar el momento en que la palabra de Jesús traspasaría
a la madre para convertirla en discípula.
LA CRUZ DE MARÍA
Todo el pueblo habla de ello: el hijo de María y de
José se ha vuelto loco.
Jesús en poco tiempo ha conseguido disgustar a todos ("De hecho,
tampoco su gente le daba su adhesión”, Jn 7,5) y a enemistarse
con todos.
Con su enseñanza, "el hijo del carpintero" (Mt 13,55) ha demolido
la teología de los escribas, que han denunciado rápidamente a
Jesús como un blasfemo y un hechicero "poseído por un espíritu
inmundo" (Mc 3,22) que "expulsa los demonios con el poder del jefe
de los demonios" (Mc 3,22).
Jesús, que ha llamado a su seguimiento a la escoria de la sociedad y
"come con recaudadores y descreídos" (Mc 2,16), ha conseguido,
al mismo tiempo, tanto escandalizar a los fariseos conservadores como alarmar
a los disolutos herodianos que ahora, aliados entre sí, se han puesto
de acuerdo "para acabar con él" (Mc 3,6).
Es demasiado para el clan familiar de Jesús, que viene de Nazaret con
un propósito bien determinado: "Al enterarse los suyos se pusieron
en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el
juicio" (Mc 3,21).
Cuando le dicen a Jesús: "Oye, tu madre y tus hermanos te buscan
ahí fuera" (Mc 3,32), su respuesta es como la espada de dos filos
que penetra hasta lo más profundo del corazón para discernir los
sentimientos: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando
la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, añadió:
Mirad a mi madre y a mis hermanos. Cualquiera que cumpla el designio de Dios,
ése es hermano mío y hermana y madre".
Y María debe elegir.
Comprende que ahora la intimidad con Jesús está garantizada no
tanto por el hecho de ser su madre ("¡Dichoso el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron!), sino por convertirse en su discípula ("Mejor:
¡dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!", Lc
11,27-28).
Y María inicia aquella transformación que la llevará de
ser madre de Jesús a convertirse en su discípula, siguiéndolo
hasta la cruz, donde el evangelista no presenta una madre que sufre por el hijo
crucificado, sino la discípula que acepta compartir la suerte del maestro:
"Estaba presente junto a la cruz de Jesús su madre..." (Jn
19,25).
Tomado del libro de ALBERTO MAGGI, Galería de Personajes del Evangelio. Cómo leer el evangelio y no perder la fe, II. Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 43-50. www.elalmendro.org/obras/librob022.htm
En el evangelio más antiguo, el de Marcos, José
no es nombrado; el evangelio más reciente, el de Juan, le dedica apenas
dos citas indirectas (“Jesús, hijo de José, el de Nazaret,
Jn 1,45; 6,42).
Los otros dos evangelistas no dicen ni una palabra de él y los predicadores
tienen de esta forma que exaltar con un caudal de palabras el silencio de José.
Este personaje del evangelio no es ni siquiera conocido con el único
título que los evangelistas le reconocen, el de ser el marido de María,
por cuanto muchos traductores insisten en traducir el término griego
equivalente a "marido" por "esposo", quizá porque
esposo da una idea algo más casta que marido y hace más segura
la pureza de la virgen María.
En lo que concierne a José como padre de Jesús, los teólogos
lo han privado también de esta función, atribuyéndole el
incomprensible término "putativo”, esto es, "aparente".
Contra José se han coaligado también los artistas que, por siglos,
se han empeñado en representarlo como un viejecito, cuyos ardores juveniles
son sólo un vago recuerdo, que mira en torno suyo con la semblanza de
quien no se encuentra en modo alguno en la situación que le ha preparado
el Padre eterno: es marido de una mujer que no es su mujer, y padre de un niño
que no es su hijo.
Rebajado a ser un esposo sin mujer y un padre sin hijo, José es devotamente
nombrado en último término en la frase con la cual se cita la
familia de Nazaret, siempre compuesta jerárquicamente, por orden de importancia,
por "Jesús, María y José".
TEOLOGÍA Y GINECOLOGÍA
Los evangelistas no parecen haberse preocupado mucho de este
personaje ni siquiera por los datos que podían fácilmente ser
inventariados: según Mateo, José resulta ser hijo de Jacob (Mt
1,16), mientras que, para Lucas, el padre se llama Elí (Lc 3,23).
En la lengua hebrea Yôseph (José) significa "Dios añada",
nombre de buen augurio con el que se desea que se añadan pronto a la
familia otros hijos varones.
De lo poco que se concluye de los evangelios, se sabe que José trabaja
como carpintero, oficio ejercido también por el hijo, Jesús, que
será conocido como "el carpintero" (Mc 6,3).
El nacimiento de Jesús se narra así por Mateo: "Así
nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada
con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo
por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18).
Para comprender lo escrito por Mateo, es necesario remontarse a las modalidades
de la celebración del matrimonio que, en Israel, tenía lugar en
dos etapas.
En la primera se celebraban los desposorios en casa de la mujer, al cumplir
doce años.
Esta ceremonia servía para establecer lo que la esposa debía llevar
como dote. Al final el esposo pronunciaba la fórmula: "Tú
eres mi mujer" y la mujer respondía: "Tú eres mi marido"
(Qid. B. 5b).
Incluso quedándose cada uno en casa de los padres, desde este momento
los dos eran ya marido y mujer. Un año después de los desposorios,
tenía lugar la segunda fase del matrimonio, la de las bodas, cuando la
mujer, dejada su familia, era conducida a casa del marido donde comenzaba su
vida en común. En este intervalo entre los desposorios y las bodas, María
"resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo"
(Mt 1,18).
La narración de Mateo pertenece a la teología y no a la ginecología.
El evangelista no ha metido la nariz entre las sábanas de los esposos,
sino que ha querido expresar una profunda verdad de fe.
Jesús es presentado como una nueva creación de la humanidad y,
la acción del Espíritu en María, se remonta a aquella otra
del "Espíritu de Dios que se cernía sobre la faz de las aguas"
(Gen 1,2) para producir la vida en la creación.
Para subrayar su intención teológica, Mateo inicia su evangelio
con la genealogía de Jesús partiendo de Abrahán, el cabeza
de estirpe del pueblo hebreo, recorriendo toda la historia de Israel en la que
destacan nombres de patriarcas como Isaac y Jacob, y de reyes como David y Salomón,
hasta llegar a José.
Aquí se interrumpe bruscamente la transmisión de todos aquellos
valores nacidos con Abrahán, que se han enriquecido, poco a poco, con
la historia y la espiritualidad a través de los siglos.
De hecho, después de haber presentado la generación de padre a
hijo ("Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a
Jacob, Jacob engendró a Judá... (Mt 1,2), la línea genealógica
se trunca llegados a José: "Jacob engendró a José"
(Mt 1,16).
Según el ritmo de la narración, en la que de manera monótona
el verbo "engendrar" se repite una treintena de veces, el lector esperaría
la cuadragésima: "José engendró a Jesús".
Sin embargo, llegado a José, el evangelista escribe: "José,
el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado el Mesías"
(Mt 1,16).
Mateo que, a diferencia de Lucas, evita nombrar a José como padre de
Jesús (Lc 2,33), interrumpiendo inesperadamente la línea genealógica
pretende excluir a José del nacimiento de Jesús.
Infringiendo la cultura hebrea según la cual es el padre quien engendra
al hijo, mientras la madre se limita a darlo a luz, el evangelista presenta
una mujer "de la que" fue engendrado el hijo, dando a entrever en
ella la acción creadora de parte de Dios.
La tradición del pueblo de Israel que, comenzando con Abrahán,
alcanzó su máximo esplendor con el rey David, se detiene definitivamente
en José y no se transmite a Jesús, cuyo padre será Dios
mismo: Jesús, incluso descendiendo de Abrahán y de David, no es
hijo de Abrahán ni de David, sino "el hijo del Dios vivo" (Mt
16,16).
EGIPTO, TIERRA DE LIBERTAD
Si en el evangelio de Lucas es María el personaje principal
de la anunciación y del nacimiento de Jesús, y la figura de José
se deja un tanto en la penumbra, en el evangelio de Mateo es José el
protagonista de estos acontecimientos.
Al hallar a la mujer encinta, José, su esposo, que era hombre justo y
no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto" (Mt 1,19).
José se presenta como "un justo", esto es, un fiel observante
de todas las prescripciones de la Ley, como Isabel y Zacarías que "eran
justos delante de Dios, pues procedían sin falta según todos los
mandamientos y preceptos del Señor" (Lc 1,6).
El drama de José nace del hecho de que, precisamente por "justo",
la fidelidad a la Ley le impone denunciar a su mujer infiel.
De hecho, la legislación divina decreta que, en caso de traición,
la adúltera "sea sacada a la puerta de la casa paterna y los hombres
de la ciudad la apedreen hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia
de prostituir la casa de su padre" (Dt 22,20 23).
José se debate entre la observancia de la Ley, que le impone denunciar
y hacer lapidar a la mujer infiel, y el amor hacia María, que lo impulsaría
a retenerla consigo, no obstante su infidelidad.
A José ni le parece bien sacrificar a María exponiéndola
a una muerte segura, ni es capaz de elegir la línea del amor, como había
hecho Oseas, el profeta que, de su experiencia de un amor más fuerte
que la infidelidad de su mujer, había comprendido que Dios quiere "la
lealtad, no los sacrificios" (Os 6,6)
Así escoge la vía intermedia: repudiar a la mujer en secreto.
El camino elegido por él se basa en la legislación del repudio,
que prescribía: "Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta,
porque descubre en ella algo vergonzoso, que le escriba el acta de divorcio,
se la entregue y la eche de casa” (Dt 24,1).
El leve resquebrajamiento en la observancia radical de la Ley, a favor de un
sentimiento de misericordia, es suficiente para que el Señor pueda hacer
irrupción en aquellas circunstancias: "Pero apenas tomó esta
resolución, se le apareció en sueños el ángel del
Señor, que le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en
llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su
seno viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás
de nombre Jesús" (Mt 1,20-21).
José renuncia a sus propósitos y, de hombre observante de la ley,
comienza a transformarse en hombre de fe.
Dando crédito a este increíble mensaje del ángel del Señor
"se llevó a su mujer a su casa; sin haber tenido relación
con él, María dio a luz un hijo y él le puso de nombre
Jesús” (Mt 1,24-25).
El niño no es llamado, según la costumbre judía, como el
padre o el abuelo, y ni siquiera como algún antepasado o pariente de
José, sino que, como le ha anunciado el ángel, su nombre será
"Jesús" que significa "Yahvé salva".
Con esta ruptura de la tradición, el evangelista quiere subrayar una
vez más que el hijo no continúa la línea de los padres,
iniciada con Abrahán y que llega hasta José, sino que en Jesús
se manifiesta una nueva creación.
Desde el momento en que José acoge la palabra del Señor, su existencia
se vuelve ajetreada.
Poco después del nacimiento de Jesús, de nuevo el ángel
del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
-Levántate, coge al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate
allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para
matarlo" (Mt 2,13).
De modo escandalosamente provocativo para los oídos de los judíos,
el evangelista presenta la paradoja de su historia: el pueblo de Israel había
huido a Egipto, tierra de esclavitud, donde el faraón había decretado
la muerte de los hijos de los hebreos y había buscado la libertad en
la "tierra prometida" (Bar 2,34). Ahora esta misma tierra se ha convertido
en lugar de opresión, de la que hay que huir para librarse de la muerte,
decretada por Herodes, de todos los niños de Belén, encontrando
refugio en Egipto.
En el exilio, la figura de José se consolida.
El "justo", a quien la observancia de la Ley le empujaba a elecciones
de muerte, una vez que ha acogido la palabra del Señor, se declara decididamente
a favor de la vida, arriesgando la propia vida.
Por esto, en su última aparición en el evangelio, el evangelista
Mateo lo equipara a Moisés, el salvador del pueblo.
Como "Yahvé dijo a Moisés en Madián: Anda, vuelve
a Egipto, que han muerto los que intentaban matarte" (Éx 4,19),
igualmente, "muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció
en sueños a José en Egipto y le dijo: -Levántate, coge
al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que
intentaban acabar con el niño" (Mt 2,20). Y como "Moisés
tomó a su mujer y a sus hijos, los montó en asnos y se encaminó
a Egipto" (Éx 4,20), así José “cogió
al niño y a su madre y entró en Israel” (Mt 2,21).