Ana Manzanares Ruiz

Querid@s amig@s:

Hoy es 22 de diciembre, día de Santa Lotería y del solsticio de invierno. No sé si el primer aspecto del día os habrá traido fortuna, pero espero que el invierno sí os traiga una lluvia de alegrías y sonrisas.

Ya nos quedan sólo un par de días para la Nochebuena.

En la antigua Roma en estas fechas se celebraban las fiestas llamadas "Saturnales" (o Saturnalia) pues eran fiestas en honor al dios Saturno. Empezaban en torno al día 17 o 18 y terminaban el 23 o 24 de diciembre.

En las Saturnales romanas la ciudad (Roma) estaba como el Corte Inglés en estos días. Eran días de alegría desmesurada. Se suspendían las sesiones del Senado, se cerraban los tribunales, había vacaciones en las escuelas, se celebraban banquetes públicos y se daban regalos unos a otros. Pero es que además: se hacían sorteos de lotería !! cómo lo oís: lotería en Roma, sólo que entonces no había niños de San Ildefonso. En estas fechas se permitían los juegos de azar que el resto del año estaban prohibidos.

Antes que eso, en Grecia se celebraban, también por estas fechas, las "Dionisias rurales", fiestas en honor de Dionisio que tenían la finalidad de contentar al dios para que en primavera los campos fueran más fértiles. Por estas fechas los griegos se ponían ciegos de vino (menos mal que no existía el alcolímetro ni las campañas de tráfico: si bebes no conduzcas). Organizaban procesiones, hacían bailes y tenían unas canciones típicas con letras "picantillas", sarcásticas y hasta obscenas.

En fin, que cuando los cristianos implantaron la festividad de la Navidad en estas fechas no estaban nada más que insertándose en una tradición ancestral y pagana. Nada se crea sino que se transforma.

Esta es la prueba.

Las fiestas de la antigüedad estaban vinculadas a la naturaleza, a los ciclos de la vida: estaban dedicadas a Dionisio (llamado por los romanos Baco), que era el dios de las cosechas y de la fertilidad de la tierra, y a Saturno (quien dicho sea de paso, dió también nombre a un dia de la semana, el sábado, "satur-day" en inglés ¿no?), que era el dios también de la agricultura y de las cosechas. Además Saturno era el nombre que le pusieron los romanos, pero los griegos lo llamaban Cronos (=Tiempo) y era hijo de Gea (= la Tierra) y Urano (= el Cielo).Quizá todo este rollo pueda parecer aburrido, pero a mí me parece fascinante este culto por cosas tan vitales como el tiempo, la tierra, el cielo y los ciclos de la vida y me gusta recordar todo esto para vincularlo a nuestra fiesta de Navidad.

Me parece que el sentido profundo y, por otra parte, el más válido para mí de los que se le puedan dar a estas fiestas, es precisamente ese de "renacimiento", de volver a "nacer", renovación de un ciclo.

No sé si esto sonará un poco "herético", porque la doctrina convencional dice que lo que celebramos es el nacimiento de Jesús.

Utilizaré entonces este argumento a mi favor y, llevando mis reflexiones un poco más allá, propongo otra "herejía": si ancestralmente lo que se celebraba en estas fechas era la renovación del ciclo de la vida y los primeros cristianos adoptaron esa misma festividad para celebrar el nacimiento, la natividad, de Jesús, es que esa natividad es una metáfora del nacimiento de la vida.

Bueno, me voy a dejar ya de reflexiones porque si no voy a acabar escribiendo "el evangelio según Ana" y no sé si estarían muy de acuerdo en la Conferencia Episcopal. Pero me gustaría mucho escuchar/leer vuestras opiniones al respecto.

Esa es mi primera propuesta de reflexión, pero ahí no se acaba la cosa, "no se vayan todavía, aún hay más".

Quiero proponeros ahora una cuestión que hace unos días me planteaba un amigo mío, que es un hombre sabio y de pensamiento inquieto, y a la que aún no he dado respuesta. A ver si vosotros me ayudáis. Su pregunta fue esta: "Si abres la puerta del Corte Inglés seguro que se nota que es Navidad, eso es seguro, pero si abres la puerta de ti mism@ ¿en qué se nota que es navidad?"

Ahí queda eso, que no es moco de pavo.

Por lo pronto y por dar una respuesta aún poco meditada, yo diría que en realidad el corazón y los sentimientos no funcionan "a golpe de decreto". Quiero decir que el calendario no puede obligarnos porque sí, por que es 25 de diciembre, a ser felices, ni comprensivos, ni solidarios, ni a amarnos más los unos a los otros. Creo que esos sentimientos que parecen ser "obligatorios" en estas fechas pueden anidar o no en nuestros corazones, ya sea 25 de diciembre (fun, fun, fun) o ya sea 7 de agosto. Eso me lleva a pensar que quizá cada uno a lo largo del año tiene su propia "natividad" (una o varias). Esos momentos en los que se siente "renacer", "florecer", y ese renacer le hace sentirse mejor consigo mismo y por lo tanto con los demás; se quiere más a sí mismo y esto le lleva a ser también más solidario, empático, comprensivo... con los demás, aunque no sea ni día 25 ni diciembre.

Esto no quita otro aspecto: que a veces en estas fechas uno se reencuentra con personas, con sitios o con situaciones que le evocan recuerdos felices. Eso le hace sentirse bien y sintiéndose bien se siente "en Navidad", pero no porque lo mande el calendario ni el Corte Inglés ni "1880 el turrón más caro del mundo". Y eso me pasa a mí a veces y cuando me pasa "me noto" la Navidad.

No sé si he dado respuesta a la reflexión de mi amigo, pero quería lanzar todas estas ideas a este mar cibernético. Ahora quedo en la orilla en espera de que una ola de ADSL me lance a mis pies una botellita con un mensaje dentro. Por favor no me dejéis con los pies fríos, remojados en el agua de este proceloso oceano de las nuevas tecnologías: ESPERO VUESTRAS RESPUESTAS, REFLEXIONES, IDEAS, etc.

Ya sólo me queda deciros que bebáis (con moderación), que gocéis (sin moderación) y que "os renazcáis", por Jesús, por Dionisio, por Saturno o por la madre que os p... (¡cuanta blasfemia en estas fechas, cielo santo! vuestros castos oidos andarán escandalizados)

Muchos besitos,

Ana. 

P.D. No quiero aburriros más con mis rollos de filóloga clásica, pero se me ocurre otra reflexión sobre el sentido de estas fiestas en la Antigüedad:

Con estas fiestas las gentes se detenían para tomar conciencia de que el invierno era una especie de "muerte" de la tierra para que en primavera pudiera renacer más fructífera y fértil, pero el invierno no era la "muerte" en el sentido de destrucción, sino en el sentido de quedar recogido (reflexivo, podría decirse) y engendrar dentro de sí las condiciones necesarias para el estallido de vida de la primavera.

Por lo tanto sin el invierno ("reflexivo") no hay una primavera fructífera. ¿Podríamos aplicar esto a nuestro propio proceso de crecimiento personal? Ya me diréis.