Domingo 3
de marzo de 2002

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Emeterio - Celedonio - Marino

Evangelio : Juan 4, 5-42 

Primera lectura: Éxodo 17, 3-7
Salmo responsorial: 94, 1-2. 6-9
Segunda lectura: Romanos 5, 1-2. 5-8

 

COMENTARIOS

  1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Seréis dichosos". Ciclo A. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. J. Mateos, Nuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid.
  3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica). 

 


EVANGELIO
Juan 4, 5-42
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

5Llegó así a un pueblo de Samaría que se llamaba Sicar, cerca del terreno que dio Jacob a su hijo José; 6estaba allí el manantial de Jacob.

Jesús, fatigado del camino, se quedó, sin más, sentado en el manantial. Era alrededor de la hora sexta.

7Llegó una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:

-Dame de beber.

8(Sus discípulos se habían marchado al pueblo a com­prar provisiones.)

9Le dice entonces la mujer samaritana:

-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

10Jesús le contestó:

-Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y te daría agua viva.

Le dice la mujer:

-Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? 12¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del que bebió él, sus hijos y sus ganados?

13Le contestó Jesús:

-Todo el que bebe agua de ésta volverá a tener sed; 14en cambio, el que haya bebido el agua que yo voy a darle, nunca más tendrá sed; no, el agua que yo voy a darle se le convertirá dentro en un manantial de agua que salta dando vida definitiva.

15Le dice la mujer:

-Señor, dame agua de ésa; así no tendré más sed ni vendré aquí a sacarla.

16Él le dijo: 

-Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí.

17La mujer le contestó:

-No tengo marido.

Le dijo Jesús: 

-Has dicho muy bien que no tienes marido;  18porque maridos has tenido cinco, y el que tienes ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

19La mujer le dijo:

-Señor, veo que tú eres profeta. 20Nuestros padres ce­lebraron el culto en este monte; en cambio, vosotros decís que el lugar donde hay que celebrarlo está en Jerusalén.

21Jesús le dijo:

-Créeme, mujer: Se acerca la hora en que no daréis culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén. 22Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que co­nocemos; la prueba es que la salvación proviene de los ju­díos; 23pero se acerca la hora, o, mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto verdadero adorarán al Padre con espíritu y lealtad, pues el Padre busca hombres que lo adoren así. 24Dios es Espíritu, y los que lo adoran han de dar culto con espíritu y lealtad.

25Le dice la mujer:

-Sé que va a venir un Mesías (es decir, Ungido); cuando venga él, nos lo explicará todo.

26Le dice Jesús:

-Soy yo, el que hablo contigo.

27En esto llegaron sus discípulos y se quedaron extrañados de que hablase con una mujer, aunque ninguno le preguntó de qué discutía o de qué hablaba con ella.

28La mujer dejó su cántaro, se marchó al pueblo y le dijo a la gente:

29-Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste tal vez el Mesías?

30Salieron del pueblo y se dirigieron adonde estaba él.

31Mientras tanto sus discípulos le insistían:

-Maestro, come.

32Él les dijo:

-Yo tengo para comer un alimento que vosotros nos conocéis.

33Los discípulos comentaban:

-¿Le habrá traído alguien de comer?

34Jesús les dijo:

-Para mí es alimento realizar el designio del que me manda, dando remate a su obra. 35Vosotros decís que aún faltan cuatro meses para la siega, ¿verdad? Pues mirad lo que os digo: Levantad la vista y contemplad los campos: ya están dorados para la siega 36El segador cobra salario reuniendo fruto para una vida definitiva; así se alegran los dos, sembrador y segador. 37Con todo, en esto tiene razón el refrán, que uno siembra y otro siega: 38yo os he enviado a segar lo que no os ha costado fatiga; otros se han estado fatigando y vosotros os habéis encontrado con el fruto de su fatiga.

39Del pueblo aquel muchos de los samaritanos le die­ron su adhesión por lo que les decía la mujer, que decla­raba: "Me ha dicho todo lo que he hecho". 40Así, cuando llegaron los samaritanos adonde estaba él, le rogaron que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. 41Muchos más creyeron por lo que dijo él, 42y decían a la mujer:

-Ya no creemos por lo que tú cuentas; nosotros mismos lo hemos estado oyendo y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo.

 

  COMENTARIO 1


SAN ROMERO DE AMERICA

Este comentario se publicó al cumplirse siete años del martirio del anterior arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, San Romero de América, en expresión de un hermano suyo en el episcopado. Estaba presidiendo la celebración de la eucaristía y una bala asesina acabó con aquella celebración en la que culminaba el culto que él daba permanentemente al Padre: el ofrecimiento de su vida en favor de la vida del pue­blo; la entrega de su vida como expresión de su amor leal al Padre y a sus hijos.

LA SAMARITANA

Los judíos no se llevaban bien con los samaritanos. Los consideraban herejes y evitaban cualquier contacto con ellos, y el peor insulto que podía hacerse a un judío era decirle «sa­maritano ».

Los galileos, que se mantenían unidos a los judíos, cuando tenían que ir a Jerusalén procuraban dar un rodeo por las tierras del otro lado del Jordán para no pasar por la región de los herejes. Pero Jesús, dice el evangelio, «tenía que pasar por Samaría». Tenía que ofrecer también a. ellos su mensaje, su Espíritu, el agua viva que sacia definitivamente la sed de Dios que la persona humana siente. En un pueblo de Samaría, Jesús se encuentra con una mujer. Se trata de una mujer de vida alegre que ha sido esposa de cinco maridos y que ahora vive con alguien que no es su esposo.

Según el modo de contar las cosas que el evangelio tiene, esta mujer representa a Samaría, a todos los samaritanos. Ellos habían abandonado a Dios dando culto a cinco dioses falsos (cinco maridos), aunque desde hacia algún tiempo intentaban dar culto al Dios de los judíos. Jesús, enviado por Dios, que ha sido fiel a su pueblo a pesar de la infidelidad de éste, se acerca a Samaría para ofrecerle la definitiva reconciliación con Dios.

UN CULTO NUEVO...

Una de las causas de la división entre Judea y Samaría era la pretensión de los samaritanos de dar culto a Dios en su tie­rra, sin tener que ir al templo de Jerusalén. De hecho, en el año 128 antes de Cristo los judíos habían destruido un templo que los samaritanos tenían en el monte Garizín. Por eso es lógico que, cuando la samaritana toma conciencia de que el que le habla lo hace en nombre de Dios, le pregunte acerca de aquel problema que tantos enfrentamientos había provocado: ¿dónde debemos dar culto a Dios? ¿Aquí, en nuestra tierra, o en Jerusalén?

La respuesta de Jesús no da la razón a nadie. Es verdad, dice, que la salvación de Dios «proviene de los judíos» (la salvación es Jesús, judío de raza); pero eso va a dejar -ha dejado ya- de tener importancia, pues por medio de Jesús Dios ofrece su amistad -y algo más que su amistad- a todos los hombres, sin discriminación. Hasta ahora, el culto a Dios dividía a los hombres y a los pueblos porque estaba limitado por las paredes de un edificio situado en un lugar concreto adonde había que acudir, por unos mediadores con los que había que contar, por unas ceremonias que había que realizar. Pero llegan tiempos nuevos en los que todo eso no será nece­sario: «se acerca la hora, o, mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto verdadero adorarán al Padre con espíritu y lealtad, pues el Padre busca hombres que lo adoren así». Y de­jará de ser necesario porque Jesús va a revelar el verdadero ser de Dios: «Dios es Espíritu, y los que lo adoran han de dar culto con espíritu y lealtad».

CON ESPIRITU Y LEALTAD

Dios es Espíritu, es decir: Dios es amor. Dios es dinamis­mo, fuerza de amor que tiende a comunicarse en forma de vida y de amor. Por eso Dios se llamará en adelante Padre, el que, por amor, da la vida. No es un Dios distante al que hay que buscar en los lugares sagrados; ni un Dios terrible al que haya que estar adulando constantemente para conseguir aplacar su ira; ni un Dios lejano que necesite intermediarios para que los hombres se entiendan con él. Es el Padre (el único al que se debe llamar así: Mt 23,9) y se le encuentra cuando se acepta ser su hijo y comportarse como un hijo suyo. Y si, como dice el evangelio de Juan en otro lugar, el Padre «demostró su amor al mundo llegando a dar a su Hijo... para que el mundo por él se salve» (3,16-17), los que acepten ser hijos de Dios deberán corresponder a su amor contribuyendo a la felicidad de todos los hombres, que es lo que el Padre quiere. Ese es el culto que Dios quiere: la práctica del amor leal; amar con el mismo amor de Dios, con la fuerza de su Espíritu, a nuestros hermanos los hombres.

SAN ROMERO DE AMERICA

La república centroamericana de El Salvador vivía -vive aún- días terribles de represión. Junto a otros miembros del pueblo salvadoreño, muchos cristianos dieron su vida por amor a su pueblo. Entre ellos, Rutilio Grande, un cura muy cercano a Oscar Romero que, asesinado, murió amando, según dijo el mismo Oscar Romero en la homilía de su funeral. Toda esa sangre derramada hizo comprender al arzobispo lo que él sabía sólo en teoría: que el amor era la salvación para su pueblo. Y se dedicó a amar -defendiéndolo- a su pueblo. Y convir­tió su actividad de obispo, y en especial su predicación de los domingos, en servicio de amor para con su pueblo. El 23 de marzo de 1980, quinto domingo de Cuaresma, en la predica­ción de la misa, exigió a los soldados del ejército de El Salva­dor  (el presidente era entonces un demócrata-cristiano (!)) que dejaran de disparar contra los miembros de su pueblo. Al día siguiente, mientras celebraba la eucaristía, una bala de aquel ejército le partió el corazón. Así culminó su amor leal para con su pueblo. Y en su muerte se llenó de sentido la euca­ristía que estaba celebrando: a la vez, Jesús y él daban de nue­vo la vida, por amor, para la salvación del pueblo.

COMENTARIO 2


vv. 5-42. Contraste con el rechazo en Judea: la región infiel y despre­ciada por los judíos reconoce su situación y acepta al salvador. Tema central: en la nueva relación con Dios desaparece el culto localizado y ritual (templos); el culto verdadero es la práctica del amor, expresión del Espíritu.

Tierra que conserva los recuerdos de los orígenes de Israel Jacob, José; cf. Gn 33,19; 48,22; Jos 24,32), Sicar, la antigua Siquén (Gn 33,18-20; Jos 24,32; Os 6,9) (5).

El manantial de Jacob (6), más adelante llamado el pozo (11.12), que en la tradición judía se convierte en un elemento mítico, que sintetiza los pozos de los patriarcas y el manantial que Moisés abrió en la roca del desierto; cf. Gn 29,2-10; Nm 21,16-18. Es figura de la Ley, de la que brota el agua viva de la sabiduría.

La mujer (7-8) no tiene nombre propio; representa a Samaría, que pretende apagar su sed en su antigua tradición. Encuentro del Mesías con Samaría a solas (cf. Os 2,15s). Dame de beber: Jesús pide una muestra de solidaridad en el nivel humano elemental, que une a los hombres por encima de las culturas y de las barreras políticas y reli­giosas (9).

Jesús quiere superar la enemistad ofreciendo un don mayor que el que pide. El don de Dios es Jesús mismo (3,16). El agua viva (10) sim­boliza el Espíritu. Extrañeza de la mujer, como la de Nicodemo (3,5); no conoce más agua que la de la Ley (el pozo) y piensa que ha de ex­traerse con esfuerzo humano. No se imagina un don de Dios gratuito (11). Conoce el don de Jacob (nos dio), pero no el de Dios (12). Insufi­ciencia del don hecho por Jacob (13); la Ley no satisface al hombre (cf. Eclo 24,21-23); Jesús ofrece a todos su agua/Espíritu (Is 55), que puede satisfacer las aspiraciones más profundas del hombre (14); el Espíritu es un manantial interno, no externo como la Ley/pozo; el hombre recibe vida en su raíz misma (dentro); manantial perenne que da vida y fecun­didad, desarrollando a cada uno en su dimensión personal. La Ley, ex­terna y genérica, despersonaliza; el Espíritu personaliza y comunica una vida que supera la muerte (definitiva). La mujer, dispuesta a abandonar el pozo de la Ley/tradición, que no calma su sed.

Obstáculo para recibir el agua/Espíritu. Cinco maridos (16-18), tras­fondo del libro de Oseas, donde la prostituta (Os 1,2) y la adúltera (3,1) son símbolos del reino de Israel, que tenía a Samaría por capital. Prostitución y adulterio: la idolatría, haber abandonado al verdadero Dios (Os 2,4.7-9.15). Alusión a 2 Re 17,24-41, donde se narra el origen de la idolatría de los samaritanos y se mencionan cinco ermitas de dioses, además del culto a Yahvé (2 Re 17,29-32). A estas cifras aluden las palabras de Jesús.

Piensa que la relación con Dios es cultual (19-20). No se trata de elegir entre templos, ha terminado esa época; no hay lugar privilegiado (2,19-12). Mujer (21) significa esposa (cf. 2,4). En contraste con la madre de Jesús, que representaba al Israel fiel, la samaritana representa al Is­rael infiel. Nuevo nombre de Dios: el Padre (21), el dador de vida. Nueva relación, establecida por la comunidad de Espíritu entre Dios y el hombre; excluye todo particularismo (12: nuestro padre Jacob; 20: nuestros padres). Vínculo familiar y personal; el culto será también per­sonal, en el marco de la relación hijo-Padre.

Lo que no conocéis (22), alusión a la infidelidad/idolatría de los sa­maritanos (cf. Dt 13,7). La salvación que proviene de los judíos es Jesús mismo como Mesías (26), salvador de la humanidad entera (cf. 11,52).

El verdadero culto a Dios (23) suprimirá el culto samaritano y el ju­dío. No se dará a un Dios lejano, sino al Padre, unido al hombre por una relación personal. Se da culto, se honra al Padre siendo como él, colaborando en su obra creadora, actuando en favor del hombre. Los antiguos cultos y templos, sustituidos por el amor leal al hombre (cf. 1,14.17) (el culto con Espíritu y lealtad), que prolonga el del Padre. Ur­gencia del amor del Padre (el Padre busca). Dios es Espíritu (24), dina­mismo de vida/amor; el hombre/hijo ha de comportarse como su Pa­dre: sintonía que lleva a la semejanza. El culto antiguo subrayaba la dis­tancia, humillando al hombre ante Dios; el nuevo (la práctica del amor fiel) tiende a suprimirla, haciendo al hombre cada vez más semejante al Padre. Revelación del Mesías (25-26).

Los discípulos: inferioridad de la mujer (27). La respuesta de la sa­maritana (28-30) y la de los habitantes abre el horizonte de la cosecha inmediata.

Para mí es alimento (cf. Sal 119,103; Prov 9,5, de la Ley) (34): el designio de Padre es comunicar a los hombres el Espíritu; en otras pa­labras, terminar la creación del hombre comunicándole la capacidad de amar.

Realizar el designio del Padre se expresa ahora en términos de siem­bra y siega (36), que están en función del fruto. El salario, el fruto mismo.

Al ocupar la tierra prometida, Israel gozó de bienes que no había trabajado (Dt 6,10s; Jos 24,13). Así ocurrirá ahora a los discípulos, quienes gozarán de la vida en la comunidad mesiánica, nueva tierra prometida, sin esfuerzo propio (37-38), mientras Israel, que rechaza a Jesús, se verá privada de ella (Dt 28,30; Miq 6,15).

La noticia dada por la mujer (39-40) hace comprender a los samari­tanos que ha llegado para ellos la hora de la misericordia de Dios (Os 7,1). Dos días, cf. Os 6,2: En dos días nos hará revivir. La fe, fruto del contacto personal con Jesús (41-44). Salvador del mundo, cf. 1,29: el que quita el pecado del mundo; 3,16. El tema del profeta rechazado por los suyos se había hecho proverbio (Mt 13,57; Mc 6,4; Lc 4,24; Jr 12,6-9; cf. Jn 1,11).

 

COMENTARIO 3


Ya mediada la Cuaresma, la 1ª lectura, tomada del libro del Éxodo, nos propone una persona y un signo: la persona es Moisés, el signo es el agua. Acerca de Moisés no se trata de una figura entre otras de la his­toria sagrada, del AT. No es un profeta como los de­más profetas. No se le aplica un título ni se le atribu­ye un solo rango de prerrogativas. Moisés es, en la Biblia una figura sólo parangonable con la Jesús. Así como para nosotros los cristianos Jesús es el profeta definitivo, el enviado escatológico de Dios, el media­dor de la nueva alianza; así para los judíos Moisés es el caudillo liberador, el líder fundador de la nación, el garante de la ley, el mediador de la primera alianza.

El agua vivificante es como un don, un regalo de Dios, cuando ya el pueblo desesperaba de encontrarla y enfrentaba la muerte. Es un signo muy natural: to­dos captamos su significado, a lo largo del tiempo y a lo ancho del mundo. En las antiguas mitologías el agua era el origen de todas las cosas, el elemento funda­mental del que todas estaban hechas. En nuestro tiempo, comenzando el tercer milenio, llega a valer casi como el oro: se pronostican guerras por su posesión, se sueña con encontrarla en un planeta cercano a ver si se puede aprovechar. En el AT es una criatura de Dios, Él la tiene a su merced y la quita o la da según su voluntad. Puede convertirla en instrumento de castigo, como en el diluvio, o en don anhelado e inespe­rado, como en el pasaje que hoy leemos.

San Pablo, en el pasaje de su carta de hoy, define cual es ahora nuestra condición de cris­tianos: salvados por haber creído en Cristo, reconci­liados con Dios, llenos de sus dones, podemos gloriarnos como hijos de Dios. El mayor de los dones divinos es el Espíritu Santo que nos ha sido dado, don inme­recido e inesperado, como el agua de las fuentes de agua que brotaron del Horeb para saciar la sed del pueblo. Como el don que Cristo va a ofrecer a la mujer samaritana: no simplemente el agua del pozo, sin un surtidor que sube hasta el cielo que es precisamente el Espíritu divino.

La 2ª lectura está tomada de la carta de san Pablo a los romanos. Es uno de los más importantes escritos del NT, pues el apóstol nos presenta en ella una síntesis del Evangelio tal y como le fue revelado por Cristo.

El Evangelio de hoy, tomado de san Juan, es un texto de sobra conocido, todos podemos imaginarnos la escena casi idílica: a la vera del pozo en las afueras de una aldea de samaritanos, un hombre descansa y espera a sus amigos, que han ido a buscar alimentos. De pronto se presenta una samaritana orgullosa de su raza, del lugar de culto de su pueblo, en la cumbre del monte Garizim, tal vez también orgullosa de su vida conyugal y afectiva: ha tenido 5 maridos y ahora vive libremente con otro.

Como se niega a ofrecer de beber al viajero judío, este le ofrece un agua que quita la sed para siempre, el agua del Espíritu divino como un don, un regalo. Le anuncia el tiempo en que Dios ya no será adorado aquí o allá, por un pueblo o por otro, sino que será adorado en el corazón de cada ser humano reconciliado con todos los demás, abolidas las fronteras racia­les y sociales, los prejuicios religiosos y sexuales. La mujer termina deponiendo su orgullo y reconociendo en el extraño a un profeta, al Mesías esperado que le ha iluminado la existencia. Se convierte en misione­ra: va a contar a sus paisanos todo lo que este Jesús le ha dicho y provoca una pequeña revolución en la aldea: el odiado judío es invitado a quedarse unos días entre ellos, y termina siendo reconocido por los samaritanos como el Salvador del mundo.

Podríamos decir que esta es la "historia de un alma", la historia de cada uno de nosotros, los cris­tianos, cuando nos hemos abierto a la fe en Jesucris­to, nos hemos hecho consciente y activamente sus discípulos, hemos recibido el don de Dios, de Cristo, el Espíritu Santo. Si permanecemos en cambio al mar­gen de nuestra fe, sin querer comprometernos del todo, escudados en nuestros prejuicios sociales, nuestros intereses personales, somos como la samaritana que se negaba a dar a Jesús unos sorbos de agua. Sin saber que se estaba perdiendo la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna.

Preparándonos en esta Cuaresma para la celebra­ción de la pascua de muerte y resurrección de nuestro Señor, debemos renovar el don de nuestro bautismo, asumir activa y conscientemente nuestro compromiso de cristianos: con Jesús, con nuestros hermanos y con el mundo entero al que debemos testimoniar nuestra fe «con pasión y entusiasmo».


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