Sábado 9 de marzo de 2002

Francisca Romana

 

COMENTARIOS

  1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Lucas 18, 9-14
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

9Refiriéndose a algunos que estaban plenamente con­vencidos de estar a bien con Dios y despreciaban a los demás, añadió esta parábola:

10-Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro recaudador. 11E1 fariseo se plantó y se puso a orar para sus adentros: «Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás: ladrón, injusto o adúltero; ni tam­poco como ese recaudador. 12Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que gano». 13E1 recaudador, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía ni a levan­tar los ojos al cielo; se daba golpes de pecho diciendo:

«¡Dios mío, ten piedad de este pecador!»

14Os digo que éste bajó a su casa a bien con Dios y aquél no. Porque a todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán.

 

   COMENTARIO 1


LA ORACION DEL RECAUDADOR

SE CORRESPONDE CON LA DE JESUS

Esta escena de Lucas contrapone la oración arrogante del fariseo a la sencilla y confiada del recaudador de impuestos. Jesús se dirige a los discípulos, algunos de los cuales comparten la mentalidad farisai­ca (cf. 16,15). El fariseo, satisfecho de su condición de hombre pretendidamente «justo», no pide nada a Dios. Su acción de gracias está vacía de contenido, es un monólogo de autocompla­cencia. Es Dios quien le tendría que estar agradecido por su fidelidad de hombre observante. Forma una casta aparte (18,11: «no soy como los demás hombres») y juzga severamente el com­portamiento del recaudador. Cumple con sus obligaciones reli­giosas (18,12), sin ninguna clase de compromiso con el prójimo. Su figura contrasta con la figura del recaudador: su oración es una peti­ción, reconociendo su condición de pecador (18,13). Su petición confiada obtendrá la misericordia de Dios, mientras que la acción de gracias arrogante del fariseo, que cree que se lo merece todo por sus obras, será rechazada (18,14). Lucas contrasta la figura del creyente seguro de sí mismo con la del marginado religiosa­mente hablando que confía en el amor/misericordia de Dios. En medio hay un amplio abanico de opciones. ¿Hacia qué polo nos orientamos?

 

  COMENTARIO 2 


¡Ay de los seguros y satisfechos! Nuestras formas religiosas siempre tienden a ritualizar nuestra manera de relacionarnos con Dios, y el peligro que tenemos es el de quedarnos en el rito, pensando que porque ya lo cumplimos, tenemos a Dios de nuestro lado. Qué equivocados estamos. Estamos equivocados porque el mensaje y el actuar de Jesús van por otro lado.

La predilección de Dios, según Jesús, son los mar­ginados de la ley o por la ley. Esta enseñanza de Jesús provocó contantemente una repulsa y una actitud de animadversión hacia El y hacia el Dios que era capaz de esto: preferir a los sinvergüenzas y granujas, publicanos y pecadores, en vez de los cumplidores y piadosos, fariseos y maestros.

No hay nada que aleje más al ser humano de Dios que la seguridad de tenerlo comprado con ritos y en­salmos, con rosarios y rituales, con guetos de buenos y asociaciones de piadosos, que pretenden alejarse de los malos, cuando lo que en realidad hacen es ale­jarse de Dios. Porque en la enseñanza de Jesús se justifica el que pide perdón; y quien pide perdón es el pecador, y Dios perdona siempre.

En todo caso la humildad es siempre la mejor base para la oración; humildad que no es complejo de infe­rioridad ni masoquismo, sino «andar en verdad», como dijera Santa Teresa.

 

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