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CUARTO DOMINGO DE CUARESMA Macario Evangelio : Juan 9, 1-41 Primera lectura: 1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10. 13a
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COMENTARIOS
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91Al pasar vio Jesús un hombre ciego de nacimiento. 2Le preguntaron sus discípulos: -Maestro, ¿quién había pecado, él o
sus padres, para que naciera ciego? 3Contestó
Jesús: -Ni había pecado él
ni tampoco sus padres, pero así se manifestarán en él las obras de Dios.
4Mientras es de día, nosotros tenemos que trabajar realizando
las obras del que me envió. Se acerca la noche, cuando nadie puede
trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy luz del
mundo. 6Dicho esto, escupió
en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos
7y le dijo: -Ve a lavarte a la
piscina de Siloé (que significa "Enviado"). Fue, se lavó y
volvió con vista. 8Los vecinos y los que antes solían verlo,
porque era mendigo, preguntaban: -¿No es éste el que
estaba sentado y mendigaba? 9Unos
decían: -El mismo.
Otros, en
cambio: -No, pero se le
parece. Él
afirmaba: -Soy
yo. 10Le preguntaron
entonces: -¿Cómo se te han
abierto los ojos? 11Contestó
él: -Ese hombre que se
llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo: "Ve a Siloé y
lávate". Fui entonces, y al lavarme empecé a
ver. 12Le
preguntaron: -¿Dónde está
él? Respondió: -No
sé. 13Llevaron a los
fariseos al que había sido ciego. 14El día en que Jesús hizo el
barro y le abrió los ojos era día de precepto. 15Los fariseos, a su
vez, le preguntaron también cómo había llegado a ver. Él les
respondió: -Me puso barro en
los ojos, me lavé y veo. 16Algunos de los
fariseos comentaban: -Ese hombre no
viene de parte de Dios, porque no guarda el
precepto. Otros, en cambio,
decían: -¿Cómo puede un
hombre, siendo pecador, realizar semejantes
señales? Y estaban
divididos. 17Le preguntaron otra
vez al ciego: -A ti te ha abierto
los ojos, ¿qué piensas tú de él? Él
respondió: -Es un
profeta. 18Los dirigentes
judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver
hasta que no llamaron a los padres del que había conseguido la vista
19y les preguntaron: -¿Es éste vuestro
hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora
ve? 20Respondieron sus
padres. -Sabemos que éste
es nuestro hijo y que nació ciego. 21Ahora bien, cómo es que ve
ahora, no lo sabemos, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo
sabemos. Preguntádselo a él, ya es mayor de edad; él dará razón de sí
mismo. 22Sus padres
respondieron así por miedo a los dirigentes judíos, porque los
dirigentes tenían ya convenido que fuera excluido de la sinagoga quien lo
reconociese por Mesías. 23Por eso dijeron sus padres: "Ya
es mayor de edad, preguntadle a él". 24Llamaron entonces
por segunda vez al hombre que había sido ciego y le
dijeron: -Reconócelo tú
ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un
pecador. 25Replicó entonces
él: -Si es pecador o
no, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego y ahora
veo. 26Insistieron: -¿Qué te hizo?
¿Como te abrió los ojos? 27Les
replicó: -Ya os lo he dicho
y no me habéis hecho caso. ¿Para
qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que queréis haceros discípulos
suyos también vosotros? 28Ellos lo llenaron
de improperios y le dijeron: -Discípulo de ése
lo serás tú, nosotros somos discípulos de Moisés. 29A nosotros
nos consta que a Moisés le habló Dios; ése, en cambio, no sabemos de dónde
procede. 30Les replicó el
hombre: -Pues eso es lo
raro, que vosotros no sepáis de dónde procede cuando me ha abierto los
ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que
al que lo respeta y realiza su designio a ése lo escucha.
32Jamás se ha oído decir que nadie haya abierto los ojos a uno
que nació ciego; 33si éste no viniera de parte de Dios, no
podría hacer nada. 34Le
replicaron: -Empecatado naciste
tú de arriba abajo, ¡y vas tú a darnos lecciones a
nosotros! Y lo echaron
fuera. 35Se enteró Jesús de
que lo habían echado fuera, fue a buscarlo y le
dijo: -¿Das tu adhesión
al Hijo del hombre? 36Contestó
él: -Y ¿quién es,
Señor, para dársela? 37Le contestó
Jesús: -Ya lo has visto;
el que habla contigo, ése es. 38Él
declaró: -Te doy mi
adhesión, Señor. Y se postró ante
él. 39Añadió
Jesús: -Yo he venido a
abrir un proceso contra el orden este; así, los que no ven, verán, y los
que ven, quedarán ciegos. 40Se enteraron de
esto aquellos fariseos que habían estado con él, y le
preguntaron: -¿Es que también
nosotros somos ciegos? 41Les contestó
Jesús: -Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste. |
Y LA VISTA A LOS CIEGOS
El Espíritu del Señor
está sobre mi,
porque él me ha ungido
para que dé la buena
noticia a los pobres.
Me ha enviado para
anunciar la libertad a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para poner en libertad a
los oprimidos,
para proclamar el año de
gracia del Señor.
(Is 61,1-2; Lc 4,18-19)
CIEGOS DE NACIMIENTO
«Al pasar vio Jesús un hombre, ciego de nacimiento».
Hay en nuestro mundo muchos que nunca, desde que nacieron, han podido experimentar lo que significa ser persona; muchos a los que jamás les ha sido permitido que conozcan su dignidad de seres humanos. Ellos - ciegos de nacimiento, que malviven al margen de la sociedad, mendigando, sentados al borde del camino- están representados por el personaje del ciego de nacimiento que protagoniza el relato del evangelio de este domingo.
Lo que nos cuenta este evangelio no es un milagro aislado de Jesús, sino una lección que él da a sus seguidores para enseñarles en qué consiste su actividad, la que ya está desarrollando Jesús y que habrán de continuar sus discípulos: «Mientras es de día, nosotros debemos trabajar realizando las obras del que me mandó». Esa tarea consiste en ofrecer al hombre la posibilidad de tomar conciencia de cuál es su auténtica condición y, por tanto, de saber cuáles son sus verdaderas posibilidades.
Toda la narración es simbólica, y así hay que interpretar los gestos que en ella se describen.
CONCIENCIACION
Un hombre ciego de nacimiento, al borde del camino. Un marginado. Y la pregunta de los discípulos, que da por descontado que la ceguera es un castigo de Dios por los pecados de alguien: «Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego? » Era la ideología dominante. Los males de la sociedad no se podían achacar directamente a Dios, pero se le atribuían indirectamente: alguien que había pecado individualmente había provocado contra sí mismo o contra sus descendientes la ira divina. Así no había que preocuparse demasiado por los sufrimientos de los demás: siempre se debía a algún oscuro pecado. No, las cosas no son así. Aquel hombre debía su ceguera no a Dios, sino a una sociedad que, diciendo que hablaba en nombre de Dios, le había impedido conocer a Dios y conocer su proyecto sobre el hombre.
«[Jesús] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos y le dijo:
Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa 'Enviado')».
Hecha de su propio barro, Jesús pone en los ojos del ciego la imagen del hombre nuevo. Y lo manda a lavarse en la piscina del Enviado. Esto es, le ofrece un proyecto de hombre, el hombre que vive preocupándose, por amor, de la felicidad de los demás; ese proyecto es Jesús mismo -su saliva, su barro-, que es la luz del mundo. Se lo pone en los ojos y lo invita a descubrirlo y a aceptarlo libremente. Sin adoctrinarlo, sino facilitándole una experiencia.
Y el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce: «Fue, se lavó, y volvió con vista. Los vecinos... preguntaban: ¿No es ése el que estaba sentado y mendigaba?... El afirmaba: Soy yo». Ya no va a dejar que la tiniebla le venza de nuevo, aunque la tiniebla lo va a intentar.
CONFLICTO
La tiniebla, que se había disfrazado de luz, no tardó en atacar.
Los fariseos, los ideólogos religiosos de aquel tiempo, los que se sentían responsables de conservar la fe y las tradiciones recibidas, empezaron a cavilar: ¿Cómo es posible que un hombre que no cumple las leyes religiosas actúe en nombre de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos, tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías?
El problema era la idea de Dios que tenían estos fariseos: un Dios que exige sometimiento y obediencia sin que le importen la libertad y la felicidad del ser humano. A pesar de que los hechos de su propia historia de pueblo lo demostraban, no les cabía en la cabeza un Dios liberador del hombre.
Por eso atacan. Y el ataque es violento: primero intentan negar el hecho, a pesar de estar clarísimo: «Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver...»; después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia de los hechos, que el que lo había curado era un pecador y, por tanto, no actuaba en nombre de Dios: «Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: Reconócelo tú ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador». Y como el hombre se resiste, lo excomulgan, lo declaran fuera del pueblo de Dios: «Empecatado naciste tú de arriba abajo... Y lo echaron fuera». Al no someterse, lo marginan.
COMPROMISO
Cuando el hombre aquel ha asumido su nueva realidad con firmeza, después de haber sido expulsado de su religión y haberse mantenido firme, Jesús sale a su encuentro y se da a conocer. Sólo entonces le propone que le dé su adhesión, que acepte su fe: «Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo, y le dijo: ¿Das tu adhesión al Hombre? » Fe que le exigiría ponerse, manos a la obra, a devolver la vista a todos los ciegos de nacimiento que encuentre en su camino. Y el que había sido ciego, ahora que ve claro, acepta: «Te doy mi adhesión, Señor».
HOY
Hoy se vuelve a repetir este conflicto dentro de las Iglesias
cristianas. También hoy resulta difícil a muchos aceptar que Dios, el Dios de
Jesús, el Dios de los cristianos, es un Dios liberador. Y les resulta peligroso
que se afirme que creer en Dios exige trabajar por la igualdad, la justicia y la
liberación del pueblo. Y se vuelve a utilizar la coacción moral y la
amenaza de expulsión contra los que afirman que la ciencia de Dios tiene que ser ciencia de la
liberación.
Bien. No se trata de juzgar a nadie. Pidamos al Dios de Jesús que nos abra definitivamente los ojos.
vv. 1-12. Jesús explica su declaración anterior: Yo soy la luz del mundo (8,12), dando vista a un ciego de nacimiento. El ciego, que no conoce la luz (1,4), es figura de los que nunca han podido saber lo que puede y debe ser el hombre. En paralelo con los enfermos de la piscina (5,3), representa a un sector del pueblo oprimido.
Fuera del templo (1: Al
pasar). Pregunta de los discípulos (2): en el judaísmo se pensaba que la
desgracia era efecto del pecado, que Dios castigaba en proporción a la gravedad
de la culpa; los defectos corporales congénitos se atribuían a las faltas
de los padres. Jesús rechaza esa concepción (3). Sentido simbólico de la ceguera
(cf. 9,40s; Is 6,95): este hombre representa a los que desde siempre (ni él ni sus padres) han vivido
sometidos a tal opresión, que nunca han siquiera vislumbrado lo que significa
ser hombre ni, por tanto, lo han deseado. Son otros los culpables de su ceguera.
No es un castigo ni Dios es indiferente ante el mal (se manifestarán en él las obras de
Dios).
Los discípulos han de asociarse a la actividad de Jesús (tenemos que trabajar), librando al hombre de su impotencia y dándole capacidad de acción. Las situaciones de injusticia son una llamada a colaborar con la acción de Dios. Urgencia (4: mientras es de día): aprovechar la oportunidad. Luz del mundo (cf. 8,12): misión liberadora (Is 42,6ss; 49,6ss).
Jesús pasa a la acción (6). Va a ponerle ante los ojos el proyecto de Dios sobre el hombre. La decisión de obtener la vista quedará en sus manos. El barro alude a la creación del hombre (Gn 2,7; Job 10,9; Is 64,7); se pensaba que la saliva transmitía la propia fuerza o energía vital; Jesús crea el hombre nuevo, compuesto de tierra/carne y saliva/Espíritu de Jesús; le untó su barro en los ojos, le pone ante los ojos su propia humanidad, la del Hombre-Dios, proyecto divino realizado; untar/ungir, en relación con Mesías (Ungido); lo invita a ser hombre acabado, ungido e hijo de Dios por el Espíritu.
Toca al ciego aceptar la luz y optar libremente por ella (7). Segunda piscina, ésta fuera de la ciudad (5,2: dentro de la ciudad), la del agua mansa (cf. Is 8,6s; cf. Jn 5,7: agitación del agua). El ciego ha alcanzado su integridad humana (volvió con vista); ha visto la luz, no a través de una enseñanza, sino gracias a su opción. Ha percibido lo que es el Hombre; la vista adquirida le permitirá distinguir los verdaderos valores de los falsos. Dar vista a los ciegos, símbolo de la liberación de la opresión (Is 29,18ss; 35,5.10; 42,6s).
Perplejidad en la gente (8). Era un mendigo: inmóvil (sentado), impotente, dependiente de los demás. Jesús le ha dado la movilidad y la independencia. La duda sobre la identidad del ciego refleja la novedad que produce el Espíritu; siendo el mismo, es otro (9). Soy yo, palabras que usa Jesús para identificarse él mismo (4,25s; 6,20; 8,24.28.58): nueva identidad del hombre acabado por el Espíritu. Interés por el hecho (10). Se repite el relato de la curación, mostrando su importancia (11); un hombre como él (cf. 9,1). Interés por la persona de Jesús (12): se ha suscitado una esperanza.
vv. 13-34. Los fariseos, enemigos de Jesús (7,47; 8,13) (13). Para Jesús no cuentan los preceptos de la Ley (14). Interrogatorio (15): a los fariseos no les interesa el hecho ni se alegran por él, quieren saber el cómo, para ver si ha habido infracción de la Ley. División de opiniones (16): un grupo toma como criterio de juicio la observancia de la Ley (no guarda el precepto); otro parte de los hechos y descubre en ellos el poder de Dios (señales). Opinión del hombre (es un profeta) (17): no ha descubierto toda la realidad de Jesús, pero afirma que su actividad es de Dios (cf. 4,19).
Ahora los dirigentes, que incluyen a los fariseos (18). Ante el insoluble problema se refugian en la incredulidad. No quieren ver el hecho, que derriba los fundamentos de su sistema teológico. Doble pregunta a los padres (19): si su hijo nació ciego y, en caso afirmativo, cómo ha recobrado la vista; oculta esperanza de que el hecho sea falso. Los padres afirman el hecho que saben (20); los padres tienen miedo, el hijo no va a tenerlo (21); mayor de edad (21.23), capaz de hablar con libertad: la madurez dada por el Espíritu (cf. 6,10: “hombres adultos”). Presión de los dirigentes sobre el pueblo para evitar la adhesión a Jesús (22-23).
Ante la imposibilidad de negar el hecho, recurren a su autoridad
doctrinal (24) y definen que la acción de Jesús es contraria a Dios (pecador). Quieren evitar el
testimonio del hombre en favor de Jesús, que desprestigiaría a su institución.
Intentan que reniegue de Jesús, pero él, con la nueva vida que experimenta, se
niega a someterse. El hombre no se mete en cuestiones teológicas; opone el hecho
a la teoría (25). Intranquilidad de los dirigentes (26). Réplica (cf. Is
42,8: “Sordos, escuchad y oid”). Pregunta irónica (¿queréis haceros discípulos
suyos?).
La violenta reacción (28) muestra que la pregunta ha tocado en lo vivo. Están intentando rechazar la evidencia. Se refugian en el pasado (Moisés); optan por la Ley sin amor y en contra del amor fiel (1,17). No quieren leer directamente la realidad, donde se manifiesta el amor de Dios; la miran a través de una ideología rígida que la deforma. Quieren denigrar la persona de Jesús (no sabemos de dónde procede) (29). Los que exaltan la liberación antigua (Moisés) se oponen a la nueva. El hombre ridiculiza el argumento de los dirigentes (30-33). Su dicho es irrebatible; los dirigentes, acorralados, pasan al insulto (cf. 7,52) (34); soberbia (a nosotros). El hombre debería cegarse de nuevo para darles la razón. Sigue la violencia (y lo echaron fuera); el hombre que ha tenido la experiencia de vida es un obstáculo para su dominio.
vv. 35-38. Jesús no abandona al que ha sido fiel a la nueva visión de sí mismo y del mundo (35). Con su pregunta va a acabar la labor de iluminación que había comenzado. El hombre se identifica con el modelo de hombre que Jesús le puso ante los ojos con su barro, la imagen de su misma persona, que descubría al ciego una nueva condición humana que antes desconocía. Jesús le pregunta si mantiene su adhesión al ideal que ha visto. El hombre no sabía que ese ideal estuviera realizado (36) y desea identificar al que lo realiza. Jesús se revela a él (37). Adhesión personal (38); se postró: expulsado de la institución judía, encuentra en Jesús el nuevo santuario, donde brilla la gloria/amor del Padre; es un adorador de los que el Padre busca.
vv. 39-41. No es misión de Jesús juzgar a la humanidad (3,17; 12,47), pero su presencia y actividad denuncian el modo de obrar del orden opresor (7,7; 8,23) y abren un proceso contra él (39): quienes estén por la liberación y la vida se pondrán de parte de Jesús. Se van a trastornar las situaciones establecidas (los que no ven, verán, etc.): los que nunca han podido conocer, como el ciego, experimentarán la acción/amor de Dios, y conocerán. Los que podían conocer, pero engañaban con una falsa doctrina, al consumar su rechazo de Jesús perderán para siempre la luz de la vida.
Los fariseos (40), jueces del ciego (9,13); pregunta irónica, con incredulidad y autosuficiencia: los que poseen el conocimiento basado en la Ley tienen la luz y nunca podrán perderla. Jesús los coge con su misma afirmación (41): no es pecado ser ciego (cf. 9,3), sino serlo voluntariamente, rechazar la evidencia, como han hecho ellos (9,16.24). Además, imponen su mentira como verdad (cf. Is 5,20). Doble mala fe. Ejercen la opresión con plena conciencia de lo que hacen. Se obstinan en su mentira (vuestro pecado persiste; cf. 8,23).
COMENTARIO 3
En la 1ª lectura, tomada del 2º libro de Samuel, escuchamos una de las tradiciones acerca del ascenso de David, un jovencito de familia de pastores oriunda de Belén, que llegará a ser el 2º rey de las 12 tribus de Israel, reemplazando a Saúl, caído en desgracia ante Dios. El profeta Samuel es el mediador de esta elección divina cuyo signo visible nos es familiar a los cristianos: la unción con aceite derramado sobre la cabeza, unción que consagra a la persona para un ministerio o una vocación especiales. Lo curioso de la lectura es que nos revela algo del mirar de Dios: Él no se fija en las apariencias, dice el texto, como nosotros los seres humanos. Dios ve hasta lo profundo del corazón, conoce las intenciones secretas, no lo engañan los signos externos de grandeza, el solo aspecto físico, la manera de vestir, ni las prerrogativas sociales. En este caso no elige Dios al mayor de los hijos de Jesé, ni a ningún otro de los 7 hermanos. Dios se fija en el menor, el más pequeño, el que ni siquiera había sido llamado a la reunión y estaba cuidando el rebaño; siendo tan joven no sería el elegido por Dios, pensaba su padre.
Así nos ha pasado a cada uno de nosotros los cristianos: Dios nos ha elegido para ser sus hijos por amor, sin mérito alguno de nuestra parte, sin que le importaran nuestra apariencia física o nuestras cualidades de cualquier tipo. Incluso conociendo nuestras debilidades y pecados Dios se ha dignado llamarnos a la comunidad cristiana, a la Iglesia, y a través de los sacramentos nos ha dado su gracia y su amor.
Ahora podemos preguntarnos cómo juzgamos nosotros a las demás personas. Seguramente que nos dejamos llevar por las apariencias, que somos como ciegos al verdadero valor de las personas. Preferimos a los que van elegantes y bien vestidos, limpios y perfumados, a los que hablan bien y aparentan saber muchas cosas y tener mucha fuerza e influencia. Y olvidamos que Dios siempre prefiere a los humildes, se complace en los pobres, acoge a los pecadores.
La 2ª lectura, tomada de la carta a los Efesios, viene como a completar el mensaje de la 1a y a anticipar el del Evangelio: se trata de la conocida imagen bipolar de la luz y las tinieblas. Eramos tinieblas antes de que nos llamara el Señor, antes de que Cristo nos saliera al encuentro y nos llamara en su seguimiento, ahora somos luz y debemos actuar como quienes tienen la luz, como quienes son luz.
Ya sabemos que este tiempo de Cuaresma es preparación para celebrar dignamente la Pascua, la conmemoración anual de la muerte y resurrección del Señor, conmemoración anual también de nuestro bautismo, por el cual quedamos incorporados a Cristo. Ser bautizado es como pasar de las tinieblas a la luz, de la ceguera a la visión. Por eso hoy se nos propone el episodio de la curación del ciego de nacimiento.
Un simple hombre como Jesús no les parece, a las autoridades judías, digno de ser capaz de obrar tales maravillas. Menos aún habiéndolas realizado en sábado, el día sagrado de descanso que los fariseos se empeñaban en guardar de manera tan escrupulosa. Y menos aún, también, tratándose de un pobretón que pedía limosna al pie de una de las puertas de la ciudad. Al pobre ciego que ahora ve, todos lo interrogan: los vecinos, los fariseos, los jefes del templo. Hasta Jesús lo interroga al enterarse de que el pobre hombre ha sido expulsado de la sinagoga judía. Y ante la pregunta de Jesús el ciego llega a ver plenamente, a reconocer en Jesús al enviado definitivo de Dios, el Hijo del hombre escatológico, el Señor digno de ser adorado.
La composición literaria del texto, bellísima (que recomendamos lea el lector en toda su extensión en el Evangelio) muestra con evidencia aquello que el refrán castellano después acuñó: «no hay peor ciego que el que no quiere ver». Muchas cegueras o «puntos ciegos» en nuestros ojos, no son simplemente limitaciones nuestras, sino fruto de nuestras decisiones conscientes o inconscientes. Examinémonos con toda sinceridad.
Las palabras finales de Jesús nos ponen también a nosotros ante la necesidad de hacer una opción. Si vemos en Él al Hijo de Dios, enviado para revelarnos la voluntad amorosa y salvadora del Padre. Si estamos dispuestos a adorarle, es decir, a seguirle, a vivir conforme a su evangelio. Si estamos dispuestos a reconocer en Él a quien tiene poder de revelarnos con su luz el verdadero valor de las personas y de las cosas; de hacernos pasar de las tinieblas del egoísmo, la soberbia y la corrupción, a ver la luz hermosa del amor de Dios que Jesús nos manifiesta.
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