Martes 12
de marzo de 2002

Norma

 

COMENTARIOS

  1. Juan Mateos, Nuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid.
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Juan 5, 1-3. 5-16
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

5 1Algún tiempo después era fiesta de los Judíos y subió Jesús a Jerusalén.

2Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que en la lengua del país llaman El Foso, con cinco pórticos; 3en ellos yacía una muchedumbre, los enfermos: ciegos, tullidos, resecos.

5Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad. 6Viéndolo Jesús echado y notando que llevaba mucho tiempo, le dijo:

-¿Quieres ponerte sano?

7Le contestó el enfermo:

-Señor, no tengo un hombre que, cuando se agita el agua, me meta en la piscina; mientras yo llego, otro baja antes que yo.

8Le dice Jesús:

-Levántate, carga con tu camilla y echa a andar.

Inmediatamente se puso sano el hombre, cargó su camilla y echó a andar.

9bEra aquél un día de precepto. 10Dijeron, pues, los di­rigentes judíos al que había quedado curado:

-Es día de precepto y no te está permitido cargar con tu camilla.

11É1 replicó:

-El que me dio la salud fue quien me dijo: «Carga con tu camilla y echa a andar».

12Le preguntaron:

-¿Quién es el hombre que te dijo: «Cárgatela y echa a andar»?

13E1 que había sido curado no sabía quién era, pues, como había mucha gente en el lugar, Jesús se había esca­bullido.

14Algún tiempo después, Jesús fue a buscarlo en el templo y le dijo:

-Mira, has quedado sano. No peques más, no sea que te ocurra algo peor.

15E1 hombre notificó a los dirigentes judíos que era Jesús quien le había dado la salud.

16Precisamente por esto empezaron los dirigentes judíos a perseguir a Jesús, porque hacía aquellas cosas en día de precepto.                 

  

COMENTARIO 1


Jesús sube por segunda vez a Jerusalén, pero no al templo/ institu­ción, sino a encontrar al pueblo oprimido (representado en el inválido). El episodio muestra la fuerza que Jesús infunde y la libertad que da al hombre, ha­ciéndolo dueño de sus propias decisiones (8: levántate ... y echa a an­dar).

Aquí aparece de nuevo el tema de las ovejas (v.2: la Puerta de las Ovejas, que Jesús echó fuera del templo (éxodo)). La muchedumbre representa al pueblo, abandonado por los dirigentes. Los pórticos relacionan a este lugar con el templo, en cuyos pórticos se enseñaba la Ley. La fiesta oficial contrasta con la situación de los excluidos de ella (2 Sm 5,8). La muchedumbre (v.3) está ciega por obra de la tiniebla, la falsa ideología que le impide su desarrollo y plenitud humana; tullida, pri­vada de actividad, reducida a la impotencia; reseca, sin vida; es un pue­blo muerto (Ez 37,1-14).

El enfermo (v.5) representa a la entera muchedumbre. Llevaba treinta y ocho años enfermo, los mismos que la generación de israelitas que murió sin ver la tierra prometida (Dt 2,4); con esta cifra se indica que la muchedumbre va a morir sin encontrar salvación.

La enfermedad del inválido es suya (v. 1,5), es decir, el hombre es responsable de ella por haber acep­tado la ideología del sistema, que apaga la vida.

El inválido se imagina que Jesús lo va a meter en el agua: "Señor, no tengo un hombre que, cuando se agita el agua, me meta en la piscina; mientras yo llego, otro baja antes que yo". (v.7). Agitarse se usa en el NT sólo de personas y de multitudes; la agitación del agua representa las revueltas mesiánicas del tiempo, en las que el pueblo oprimido espe­raba vanamente encontrar remedio a sus males. Jesús responde de otro modo a la expectación del enfermo / pueblo: le da la capacidad de actuar por sí mismo, sin depender de otros, y lo incita a usar de su libertad (cargar con la camilla en día de fiesta, contra la prescripción legal) (8). Esta acción lo hace dueño de su pasado (camilla), para que pueda desecharlo.

La perícopa expone el modo como Jesús va liberando al pueblo. Su propósito es darle la posibilidad de abandonar la institución que lo oprime y le quita la vida. Jesús comunica una nueva vitalidad que permite a los hombres levantarse de su postración y buscar su propio camino.

Jesús no se ha preocupado de cumplir el precepto del descanso (v.9b); para él cuenta sólo el bien del hombre en cualquier circunstancia. Para los dirigentes judíos, por el contrario, cuenta sólo la observancia de la Ley (v.10). La observancia del precepto del descanso equivalía a la de toda la Ley; su violación lo era de la Ley entera. Interpretada y controlada por los diri­gentes, la Ley no tolera la libertad del hombre; por eso quieren quitarle la libertad que le ha dado Jesús; éste le ha dicho que viole el precepto, porque es la sumisión a la Ley, instrumento de opresión, la que causa la postración del pueblo.

A los dirigentes no les alegra que el hombre haya recobrado la salud; los alarma, en cambio, que alguien se atreva a dispensar de las obligaciones religiosas que ellos imponen. No les preo­cupa el pueblo, pero sí su propio poder.

El individuo está en el templo (v. 14), no ha echado a andar: sigue aceptando el dominio de la institución (2,14ss). Ése era el pecado que causaba su enfermedad, la de la muchedumbre (1,29: el pecado del mundo, la adhesión a ideologías / tiniebla que impiden la plenitud hu­mana).

El antes ciego, recibido el aviso de Jesús, se presenta ante los dirigentes: por boca de este hombre, el pueblo liberado atribuye su salvación a Jesús y da testimonio de ella ante sus antiguos opresores.  

 

COMENTARIO 2 


Este milagro es uno de la serie de siete que San Juan ha relatado en su evangelio. Ninguno de los cuales es exorcismo o expulsión de demonios, y a partir de los cuales surge la fe, sea en los beneficiarios del mi­lagro, sea en los testigos de los grandes "signos" de Jesús, los "semeia" -como se llaman en griego -, las más espectaculares de sus "obras". Y es que Juan tal vez quiso ilustrarnos acerca del verdadero significado de los milagros de Jesús: El no es un mago que deje boquiabiertas a las gentes con sus artes de prestidigi­tador. Sus milagros no son propiamente pruebas de su divinidad, ni actos de poder para imponer su doctrina como cierta. Son, por encima de todo, signos que nosotros los creyentes sabemos interpretar. Signos que nos hablan de la voluntad de Dios Padre que Jesús viene a revelarnos, de la "vida eterna" que Jesús vie­ne a otorgarnos en nombre de Dios.

El agua milagrosa de la piscina de Betesda no es nada sin la palabra liberadora de Jesús, que es la que cura definitivamente al paralítico. El agua de nuestro bautismo es el sello de nuestra fe en lo que Jesús anuncia: la Buena Noticia de que Dios Padre nos ama, más allá de las normas rituales del culto y de la religión. Renovados en el bautismo, curados de la parálisis de nuestros pecados, podemos salir al encuentro de nuestros hermanos para anunciarles las maravillas de Dios. Las que Él hace siempre a favor de los humil­des, los pequeños, los enfermos y los pobres.

 


 

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