Miércoles 13
de marzo de 2002

Rodrigo

 

COMENTARIOS

  1. Juan Mateos, Nuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid.
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Juan 5, 17-30
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

17Jesús les replicó:

-Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también trabajo.

18Más aún, en vista de esto, los dirigentes judíos trata­ban de matarlo, ya que no sólo suprimía el descanso de precepto, sino también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose él mismo igual a Dios.

19Reaccionó Jesús diciéndoles:

-Pues sí, os lo aseguro: Un hijo no puede hacer nada de por sí, tiene que vérselo hacer al padre. Así, cualquier cosa que éste haga, también el hijo la hace igual, 20porque el padre quiere al hijo y le enseña todo lo que él hace. Y le enseñará obras mayores que éstas, para vuestro asombro.

21Así, igual que el Padre levanta a los muertos dándoles vida, también el Hijo da vida a los que quiere; 22de hecho ni siquiera da el Padre sentencia contra nadie, sino que la sentencia la ha delegado toda en el Hijo, 23para que todos honren al Hijo como lo honran a él. Negarse a honrar al Hijo significa negarse a honrar al Padre que lo envió.

24Sí, os aseguro que quien escuche mi mensaje, y así da fe al que me envió, posee vida definitiva y no está sujeto a juicio: ya ha pasado de la muerte a la vida.

25Sí, os aseguro que se acerca la hora, o, mejor dicho, ha llegado, en que los muertos van a oír la voz del Hijo de Dios, y los que la escuchen tendrán vida. 26Porque lo mismo que el Padre dispone de la vida, así también ha con­cedido al Hijo disponer de la vida 27y, además, le ha dado autoridad para pronunciar sentencia, porque es hombre.

28No os asombre esto, porque se acerca la hora en que van a oír su voz los que están en el sepulcro, 29y saldrán: los que practicaron el bien, para comparecer y tener vida; los que obraron con bajeza, para comparecer y recibir sen­tencia.

30Yo no puedo hacer nada de por mí; doy sentencia según lo que aprendo, y esa sentencia es justa, porque no persigo un designio mío, sino el designio del que me envió.                    

  

COMENTARIO 1


Ante la oposición de los diri­gentes judíos, que invocan la Ley como expresión de la voluntad divina, Jesús expone el fundamento de su actividad liberadora. Su obra se iden­tifica con la de Dios creador, que continúa trabajando para llevar al hombre a la plenitud de vida (v. 17); el amor del Padre está siempre ac­tivo. Esto significa que Dios no ha establecido en el mundo un orden cerrado, sino que sigue abierta la tarea de la creación del mundo y del hombre. No se puede someter a los hombres a una organización social que se considera definitiva, hay que estar en perpetuo trabajo de elimi­nación de todo obstáculo que en esa sociedad impida la plenitud hu­mana. Mientras haya oprimidos y hombres privados de libertad, no está realizado el designio creador. La actividad de Jesús -la del amor leal (1,14) es la misma de Dios y encarna su voluntad y su designio. Esta concepción hace derrumbarse por su base el sistema cerrado, creado por la Ley absolutizada, es decir, considerada como la manifestación defini­tiva e irreformable de la voluntad divina.

Al llamar Jesús a Dios su propio Padre, afirma que Dios está con él y en contra de ellos, que se le oponen; en consecuencia, la institución regida por ellos, que se arroga autoridad divina, es ilegítima. Entran en conflicto dos intereses: uno, el bien del hombre; el otro, el prestigio de la institución. Los dirigentes no dudan: deciden matar a Jesús, cuya acción se identifica con la del Padre (v. 20). Pero no todo está di­cho ni hecho, pues en la creación abierta hay que esperar novedad.

Jesús acaba de levantar a un inválido (5,8); está dando vida a un pueblo muerto (v. 21); se dibuja un horizonte de vida para la humanidad; Jesús da vida "a los que quiere", pero esta expresión no indica discriminación, sino libertad para obrar; nadie puede impedir su actividad.

"Ni siquiera da el Padre sentencia contra nadie, sino que la sentencia la ha delegado toda en el Hijo, para que todos honren al Hijo como lo honran a él. Negarse a honrar al Hijo significa negarse a honrar al Padre que lo envió" (vv.22-23).

Dar sentencia (22) es una actividad que el Padre delega en Jesús (al contra­rio que en Dn 7,9-12, donde Dios mismo juzga); no se trata de un jui­cio más allá de la historia; el juicio se está celebrando ya (3,18), la sen­tencia se la da el hombre mismo. La expresión dar sentencia indica la separación que la presencia de Jesús provoca entre los que están a favor o en contra del hombre.

No existen otros principios o códigos de moralidad o de conducta -ni siquiera la Ley mosaica- que puedan pretender autoridad divina; no se puede apelar contra Jesús en nombre de la Ley. Estar con Jesús es estar con Dios; estar contra él es estar contra Dios (v. 23). Jesús mismo, expresión plena y total del proyecto de Dios, es el criterio: su persona y actividad disciernen entre bien y mal. Imposible recurrir a Dios para oponerse a Jesús (v. 24); ha pasado de la muerte a la vida, ha realizado ya el éxodo de Jesús, saliendo del dominio de la tiniebla.

Su propósito es invitar a la plenitud a los que son muertos en vida (v. 25), a los que viven en la zona de la tiniebla / muerte; su voz es su su men­saje (v. 24). Como el Padre, Jesús posee la vida y dispone libremente de ella (vv. 26-27). La comunicación de vida supone una opción personal; Jesús la provoca. Para elegir entre muerte y vida se necesitaba un punto de referencia, y éste es Jesús, precisamente por ser hombre. Es decir, la actitud ante el hombre va a decidir la suerte de los hombres; no hay si­tuación ante Dios que no dependa de la opción frente al hombre. La norma que sustituye a la Ley es el hombre; el juicio es la confrontación con el hombre.

Este criterio vale también para el pasado (vv. 28-29); es la opción en fa­vor o en contra del hombre la que juzga a los hombres de toda época. Practicar el bien equivale a  practicar la lealtad / amor fiel (3,21). La vida que Dios da al que opta por ella no está limitada por la muerte, es vida para siempre; obrar con bajeza es actuar en contra del hombre; a la vida para siempre se opone la no vida para siempre, que es la sentencia o derrota (Dn 12,2), frustrando el proyecto de Dios. La sentencia de Jesús es necesariamente justa, pues no busca su propio interés; su único criterio es el bien objetivo del hombre (v. 30).  

 

COMENTARIO 2 


Todos los milagros de Jesús significan la vida ver­dadera, plena, eterna, que Dios nos quiere comunicar a través de su Hijo. Por eso ahora habla Jesús de jui­cio y de resurrección. Así como el Padre ha puesto en manos del Hijo el juzgar a todos los seres humanos, también le ha concedido hacerlos participes de su re­surrección.

Los primeros cristianos, los miembros de las comunidades joánicas, proyectaban su fe en el Señor resucitado a los acontecimientos anteriores a la pas­cua. Aquel que había sido levantado de la muerte, dotado de la vida misma de Dios, no podía ser otro que el Hijo mismo de Dios, el Mesías anunciado por los profetas y esperado a lo largo de los siglos por los israelitas, el Hijo del Hombre misterioso del que ha­blara el libro apocalíptico escatológico de Daniel.

Según las palabras de Jesús, las milagros son anticipos del juicio final y de la resurrección escatoló­gica de todos los seres humanos. Se trata de participar de la misma vida plena, eterna, de Dios, siempre y cuando hayamos sido capaces de sobreponemos a nues­tro egoísmo, y hayamos sido capaces de amar a los hermanos, a los cercanos y a los lejanos, como nos enseñó Jesús.

Entonces habremos pasado de la muerte a la vida verdadera.


 

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