|
Matilde |
|
COMENTARIOS |
|
|
|
|
31Si yo fuera testigo en causa propia, mi testimonio no sería válido. 32Otro es el testigo en mi causa, y me consta que es válido el testimonio que da sobre mí. 33Vosotros enviasteis
a interrogar a Juan, y él dejó testimonio en favor de la verdad
.34No es que yo acepte el testimonio de un hombre; lo digo, sin
embargo, para que os salvéis vosotros. 35É1 era la lámpara
encendida que brillaba, y vosotros quisisteis por un tiempo disfrutar de
su luz. 36Pero el testimonio en que yo me apoyo vale más
que el de Juan, pues las obras que el Padre me ha encargado llevar a
término, esas obras que estoy haciendo, me acreditan como enviado del
Padre; 37y así el Padre que me envió va dejando él mismo
un testimonio en mi favor. Nunca habéis
escuchado su voz ni visto su figura, 38y tampoco conserváis su
mensaje entre vosotros; la prueba es que no dais fe a su
enviado. Vosotros estudiáis
las Escrituras pensando encontrar en ellas vida definitiva; son ellas las
que dan testimonio en mi favor, 40y, sin embargo, no queréis
acercaros a mí para tener vida. 41Gloria humana, no
la acepto; 42pero sé muy bien que vosotros no tenéis el amor de
Dios. 43yo he venido en nombre de mi Padre, y no me aceptáis;
si otro viniese en su propio nombre, a ése lo aceptaríais.
44¿Cómo os va a ser posible creer a vosotros, que aceptáis
gloria unos de otros y no buscáis la gloria que se recibe de Dios
solo? 45No penséis que os voy a acusar yo ante el Padre; vuestro acusador es Moisés, en quien tenéis puesta vuestra esperanza. 46Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, dado que de mí escribió el. 47Pero si no dais fe a sus escritos, ¿cómo vais a dar fe a mis palabras?
|
La situación se concibe figuradamente como un litigio en que Jesús, frente a un adversario, tiene que probar la validez de su causa (v. 31). Jesús ha declarado que su actitud en favor del hombre es la única norma de conducta establecida por Dios, el único criterio para distinguir entre bien y mal. El adversario implícito es, pues, la Ley, que, según la opinión de todos, tenía a su favor el testimonio de Dios.
Toca, pues, a Jesús aducir testimonios que corroboren su pretensión. Como lo que se discute es quién goza de autoridad divina -Jesús o la Ley- sólo Dios mismo puede dirimir la cuestión; por eso Jesús no acepta testimonios humanos, ni siquiera el de Juan (32-34).
El argumento único y decisivo de su misión divina es su propia actividad; Jesús no emplea dialéctica, aduce obras (5,17). Dios da testimonio en favor de Jesús a través de las obras que éste realiza. Quien conciba a Dios como dador de vida (Padre) tiene que concluir que las obras de Jesús, que efectúan el bien concreto del hombre comunicándole vida, son de Dios (Is 1,17; 58,6s; 61,1; Jr 21,11s; 22,15s; Ex 34,2-4; Sal 72,4.12-14).
Jesús ataca a los dirigentes, pretendidos depositarios de la auténtica tradición, que se han endurecido desde antiguo ("nunca"): han desobedecido a Dios, no han conservado su alianza y han dejado perder el mensaje de justicia / amor que ésta pretendía comunicar y que había sido renovado por los profetas. Se encuentran aquí dos concepciones opuestas de Dios: el Padre, que ama al hombre y lo muestra dándole vida y libertad; el Dios de los dirigentes, el Soberano que impone un orden jurídico prescindiendo del bien concreto del hombre (vv. 37b-38).
El papel de la antigua Escritura, de la cual es parte la Ley que ellos han absolutizado, es ser promesa y anuncio de la realidad que se verifica en Jesús. Considerarlas como fuente de vida en sí mismas, suprimiendo su relación esencial al futuro, impide comprender su verdadero sentido (vv. 39-40).
Hay una segunda invectiva: los dirigentes buscan su riqueza y prestigio (gloria humana), y esto los hace explotadores; no buscan el amor (gloria que viene de Dios). Los que se dicen representantes de Dios carecen de la única credencial que les permitirá afirmarlo (vv. 41-42). Aceptarían a uno que fuese como ellos (v. 43). Quienes no conocen el amor al hombre no pueden dar la adhesión a Jesús (v. 44). Moisés, realizador del éxodo, adquiere su pleno significado como figura que anunciaba la actividad liberadora de Jesús (vv. 45-47).
¿Cuántas veces resuena la palabra "testimonio" en la lectura del evangelio de hoy? Diez veces en apenas 16 versículos. Jesús dice que El no da testimonio de sí misma porque, obviamente, un testimonio así no tendría ningún valor.
Luego enumera Jesús, como hemos oído, una serie creciente de testimonios a favor suyo; menciona finalmente el de las Escrituras que los judíos leen y escudriñan con ahínco. Termina Jesús evocando la figura de Moisés. El ya no intercederá por su pueblo: lo acusará ante Dios por no haber aceptado su testimonio, consignado en las Escrituras, a favor de Jesús.
¿Y nosotros, veinte siglos después? También escudriñamos las Escrituras y tal vez encontramos en ellas muchos mensajes, pero el que más importa, el testimonio fundamental que todos nos dan es que Jesús ha sido enviado por Dios para darnos la vida en plenitud. Que lo hemos de acoger y hemos de regir nuestra vida por su Evangelio. Que nos toca ahora a nosotros convertirnos en testigos de Jesús. Ya sabemos que la palabra "testigo" suena en griego como "mártir".
FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org