Viernes 15
de marzo de 2002

Luisa de Marillac

 

COMENTARIOS

  1. Juan Mateos, Nuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid.
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Juan 7, 1-2. 10. 25-30
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

7 1Después de esto andaba Jesús por Galilea; no quería andar por Judea porque los dirigentes judíos trataban de matarlo. 2Se acercaba la gran fiesta de los judíos, la de las chozas.

10Después que subió su gente a la fiesta, entonces subió él también, no de modo manifiesto, sino clandestinamente.

25Unos vecinos de Jerusalén comentaban:

-¿No es éste al que tratan de matar? 26Pues miradlo, habla públicamente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es éste el Mesías? 27Pero éste sabemos de dónde procede, mientras, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde procede.

28Gritó entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo:

-¿Conque sabéis quién soy y sabéis de dónde procedo? Y, sin embargo, no he venido por decisión propia, sino que hay realmente uno que me ha enviado, aunque vosotros no sabéis quién es. 29Yo sí sé quién es, porque procedo de él y él me ha enviado.

30Intentaron entonces prenderlo, pero nadie le puso la mano encima, porque todavía no había llegado su hora.                          

  

COMENTARIO 1


Los dirigentes de Judea siguen considerando a Jesús un peli­gro para su sociedad y se proponen matarlo (v.1), idea que habían concebido a raíz de la curación del inválido (5,18). La situación en torno a Jesús es de crisis, escepticismo y persecución.

"Después que subió su gente a la fiesta, entonces subió Jesús también, no de modo manifiesto, sino clandestinamente", dice el evangelista Juan. Los vecinos de Jerusalén se extrañan ante la pasividad de las autoridades: "¿No es éste al que tratan de matar? Pues miradlo, habla públicamente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es éste el Mesías? Pero éste sabemos de dónde procede, mientras, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde procede". (vv. 25-26). Pero desechan la posibilidad de que Jesús sea el Mesías (v. 27), pues éste, siendo de la casa de David, nacería en Belén, aparecería por sorpresa y nadie lo conocería antes de su manifestación triunfante.

Jesús reacciona enérgicamente: "Gritó entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo: -¿Conque sabéis quién soy y sabéis de dónde procedo? Y, sin embargo, no he venido por decisión propia, sino que hay realmente uno que me ha enviado, aunque vosotros no sabéis quién es. Yo sí sé quién es, porque procedo de él y él me ha enviado".

El grito recuerda el de la Sabiduría (Prov 1,21s); Juan presenta a Jesús como la Sabiduría que enseña. El ver­dadero Mesías no ha de ser reconocido por su lugar de procedencia, como ellos piensan; su autenticidad depende solamente de que sea enviado por Dios (no he venido por decisión propia), como lo ha demos­trado Jesús con sus obras (5,36). Si ellos no lo reconocen es por haber subordinado el plan y la acción de Dios a sus propios prejuicios. Ellos no conocen a Dios, se lo impide la ideología religiosa (2,6; 5,38); Jesús lo conoce (29), y ése es el fundamento de su misión y actividad (6,57).

Jesús ha invalidado el modo corriente de concebir al Mesías y ha acusado a los que lo profesan de no conocer a Dios. Una parte de los oyentes no toleran que sus convicciones sean puestas en tela de juicio: "Intentaron entonces prenderlo, pero nadie le puso la mano encima, porque todavía no había llegado su hora" (v. 30).       

 

COMENTARIO 2 


Jesús no puede subir abiertamente a Jerusalén, sino que lo hace inicialmente de incógnito; y no se presenta en la ciudad santa sino cuando ya la multi­tud de peregrinos, con motivo de la fiesta de las Tien­das o de los tabernáculos, le sirve de escudo protec­tor. Al identificarlo, la gente se pregunta si no será             que al fin han reconocido que Él es el Mesías.

Esa es la gran cuestión: ¿quién es Jesús? ¿De dón­de viene? Los judíos esperaban ansiosos al Mesías, al ungido de Dios, al nuevo rey de Israel que como David o Salomón les devolviera la libertad perdida, expul­sando a los paganos invasores, a los romanos, y res­taurando el prestigio y el honor del pueblo elegido.

Al final del pasaje que hemos leído hoy, Jesús pro­clama solemnemente, en pleno templo, que Él viene de Dios, del verdadero Dios a quien los judíos no co­nocen porque se han olvidado de sus favores, de su bondad y han abandonado sus mandatos por seguir mandatos puramente humanos.

Pero ante Jesús también es interpelada nuestra fe: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a testimo­niar el amor de Dios en el mundo? ¿Seremos capaces de enfrentar las dificultades y el rechazo por hacer el bien? ¿Estamos a la altura de los mártires que no vacilaron en dar la vida por el evangelio, la buena noticia del amor preferencial de Dios para con los pobres, los pequeños y los pecadores?


 

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