Domingo 17
de marzo de 2002

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Patricio

Evangelio : Juan 11, 1-45 

Primera lectura: Ezequiel 37, 12-14
Salmo responsorial: 129, 1-6
Segunda lectura: Romanos 8, 8-11 

 

COMENTARIOS

  1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Seréis dichosos". Ciclo A. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. Juan MateosNuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed.,   Madrid.
  3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica). 

 


EVANGELIO
Juan 11, 1-45
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

11 1Había cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de María y de Marta su hermana. 2(María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con el pelo, y su hermano Lázaro estaba enfermo.)

3Las hermanas le enviaron recado:

-Señor, mira que tu amigo está enfermo.

4Al oírlo, dijo Jesús:

-Esta enfermedad no es para muerte, sino para la glo­ria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios.

5Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6Al enterarse de que estaba enfermo, se quedó, aun así, dos días en el lugar donde estaba.

7Luego, después de esto, dijo a los discípulos:

-Vamos otra vez a Judea.

8Los discípulos le dijeron:

-Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?

9Replicó Jesús:

-¿No hay doce horas de día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10en cambio, si uno camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.

11Esto dijo, y a continuación añadió:

-Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo.

12Le dijeron los discípulos:

-Señor, si se ha dormido, se salvará.

13(Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos pensa­ron que hablaba del sueño natural.) 14Entonces Jesús les dijo abiertamente:

-Lázaro ha muerto, 15y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que lleguéis a creer. Ea, vamos a verlo.

16Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compa­ñeros:

-Vamos también nosotros a morir con él.

17A1 llegar Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cua­tro días en el sepulcro.

18Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, 19y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a Ma­ría para darles el pésame por el hermano.

20Al enterarse Marta de que llegaba Jesús, le salió al encuentro (María estaba sentada en la casa).

21Dijo Marta a Jesús:               

-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; 22pero, incluso ahora, sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará.

23Jesús le dijo: 

-Tu hermano resucitará.

24Respondió Marta:               

-Ya sé que resucitará en la resurrección del último día.

25Le dijo Jesús:

-Yo soy la resurrección y la vida; el que el me presta adhesión, aunque muera vivirá, 26pues todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?

27Ella le contestó:    

-Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

28Dicho esto, se marchó y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto:

-El Maestro está ahí y te llama.

29Ella, al oírlo, se levantó deprisa y se dirigió adonde estaba él. 30Jesús no había entrado todavía en la aldea, es­taba aún en el lugar adonde había ido Marta a encontrarlo.

31Los judíos que estaban con María en la casa dándole el pésame, al ver que se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.

32Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se le echó a los pies, diciéndole:

-Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

33Jesús entonces, al ver que lloraba ella y que lloraban los judíos que la acompañaban, se reprimió con una sacu­dida 34y preguntó:

-¿Dónde lo habéis puesto?

Le contestaron:

-Ven a verlo, Señor.

35A Jesús se le saltaron las lágrimas. 36Los judíos co­mentaban:

-¡Mirad cuánto lo quería!

37En cambio, algunos de ellos dijeron:

-¿Y éste, que le abrió los ojos al ciego, no podía ha­cer también que este otro no muriese?

38aJesús entonces, reprimiéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro.

38bEra una cueva y una losa estaba puesta en la en­trada. 39Dijo Jesús:

-Quitad la losa.

Le dijo Marta, la hermana del difunto:

-Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.

40Le contestó Jesús:

-¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

41Entonces quitaron la losa.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo:

-Gracias, Padre, por haberme escuchado. 42Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo digo por la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.

43Dicho esto, gritó muy fuerte:

-¡Lázaro, ven fuera!

44Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas; su cara estaba envuelta en un sudario. Les dijo Jesús:

-Desatadlo y dejadlo que se marche.

45Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían presenciado lo que hizo, le dieron su adhesión.

 

  COMENTARIO 1


LA MUERTE ES SUEÑO

La bolsa o la vida. Son los dos grandes miedos del hom­bre de todos los tiempos: el miedo a perder la bolsa y el mie­do a perder la vida. El miedo a la miseria y el miedo a la muer­te. El temor a estas dos realidades puede llegar a conseguir que nos hagamos esclavos de quien nos amenace con ellas. Jesús nos libera de ambos miedos. Del miedo a la miseria, invitán­donos a construir un mundo en el que reine la justicia de Dios, y del miedo a la muerte, el último de nuestros enemigos, di­ciéndonos que, no la vida, la muerte es sueño.

 

EL MIEDO

¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Este sentimiento lo experimentamos todos los seres humanos, en todas partes, en todos los tiempos. Por eso muchos usan el miedo para do­minar a los hombres: al votante, en vez de informarle para que pueda votar sabiendo lo que hace, se le mete el miedo en el cuerpo para que, asustado, no arriesgue demasiado al elegir (¿verdad que recuerdan todavía el referéndum contra- acer­ca de-en favor de la OTAN que nos montaron?); al traba­jador para que acepte condiciones injustas de trabajo (sueldos bajos, sin seguro, horas extraordinarias...), y para que rompa la solidaridad con los suyos se le atemoriza con el paro; al es­tudiante, con el suspenso; al niño, con la oscuridad; al rico -al que lo es o al que busca serlo-, con la miseria..., y a todos, pero especialmente a quienes están dispuestos a luchar para construir un mundo más justo -y ésta es el arma más usada por los sistemas opresores-, se nos amenaza con la muerte, la única desgracia verdaderamente irreparable.

 

EL ULTIMO ENEMIGO

El hombre no quiere sufrir e intenta evitar, como sea, el dolor, la desgracia y la destrucción de su persona. Por eso el miedo, hábilmente manejado por quienes pueden provocar aquello que el hombre teme, hace dóciles a los hombres y los convierte en esclavos. Pero ¿no es ya sufrimiento, desgracia y destrucción de la persona humana el miedo mismo y la escla­vitud a que el miedo lleva?

Dios, que no quiere que el hombre sufra (¿nos convence­remos alguna vez de que a Dios no le agrada que los hombres sufran?), nos envió a su Hijo para librarnos de todas nuestras esclavitudes, y nos ofrece por medio de él su propia vida, que nos hará superar la misma muerte -«el último enemigo», en palabras del apóstol Pablo (1 Cor 15,26) y, por tanto, el miedo a ella.

 

YA NO HAY RAZON PARA EL MIEDO

«Había un cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de María y de Marta su hermana... Las hermanas le enviaron recado:

-Señor, mira, que tu amigo está enfermo.

Se quedó dos días en el lugar donde estaba. Luego dijo a los dis­cípulos:

-Vamos otra vez a Judea.

Los discípulos le dijeron:

Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?»

 

Los discípulos de Jesús tenían miedo a la muerte y no se atrevían a ir a visitar a un miembro de una comunidad de se­guidores de Jesús que estaba enfermo, porque estaba en terri­torio hostil. El miedo, el miedo a la muerte, les impedía la práctica del amor y la solidaridad.

Jesús va a aprovechar la ocasión de esa enfermedad para mostrar a sus discípulos cuál es la calidad de la vida que él les está ofreciendo: una vida que vence a la muerte: «Esta enfer­medad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios».

Las doctrinas fariseas hablaban ya de la resurrección de los muertos, y los discípulos de Jesús, como Marta y María, compartían esa esperanza. Pero la esperanza en una vida que, después de perdida, se recupera al final de los tiempos -¡que vaya usted a saber cuándo llegará!- casi nunca ha consola­do de veras a nadie: es dejarlo para muy tarde.

Marta y María sentían la ausencia de Lázaro, ausencia que creían definitiva, pues aunque habían dado su adhesión a Je­sús, todavía no comprendían cuál era la calidad de la vida que Jesús les había hecho compartir. Y seguían pensando que sólo un milagro podía devolverles a su hermano. Jesús, que tam­bién sufre por la muerte física de su amigo, les muestra a ellas y a todos los allí presentes (la mayoría partidarios de quienes habían intentado ya matar a Jesús) que Lázaro, el muerto, está vivo y que su muerte física sólo era una apariencia de muerte.

 

«YO SOY LA RESURRECCION Y LA VIDA»

«Dijo Marta a Jesús:

-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano... Jesús le dijo:

-Tu hermano resucitará.

Respondió Marta:

-Ya sé que resucitará en la resurrección del ultimo día.

Le dijo Jesús:

-Yo soy la resurrección y la vida; el que me presta su adhesión, aunque muera, vivirá, pues todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?»

 

La Buena Noticia que nos da Jesús es que la vida no se pierde y que, por tanto, no hay que esperar para recuperarla a la resurrección de los últimos tiempos, porque él es ya la resurrección y la vida. Y a todos los que le den su adhesión, esto es, a todos los que se pongan de su parte, los hará partí­cipes de esa vida, ya resucitada, que es la vida del mismo Dios y que, por tanto, es indestructible. Vida que él ofrece a cada hombre y que, una vez aceptada y recibida, convierte la vida humana en vida definitiva.

En el evangelio de Juan a Lázaro se le sigue llamando «el muerto» (12,1), pero todos saben ya que está vivo y que está con ellos. Y es que Jesús no va a eliminar el hecho de la muer­te física. Pero va a mostrar una realidad que cambiará radical­mente la experiencia del hombre ante este hecho ineludible. La realidad que Jesús descubre es que la muerte no es inven­cible, puesto que todo el que dé su adhesión a Jesús y practi­que el amor y la solidaridad según su estilo, todo el que esté dispuesto a jugarse la vida para que en este mundo se implante la justicia de Dios, aunque muera, no morirá.

¿Un acertijo? ¿Una paradoja?

No. Es sólo que el amor es más fuerte que la muerte (Cant 8,6).

 

COMENTARIO 2


vv. 1-17. Lázaro y sus hermanas representan una comunidad de discí­pulos. Son de Betania, lugar figurado de la comunidad de Jesús (1,28; 10,40). La enfermedad de Lázaro representa la amenaza de la muerte fí­sica, de la cual no está exento el discípulo.

Es María la que ungirá a Jesús (12,1-3) (2). No hay petición explí­cita (3), sólo información: confianza en el amor de Jesús. Afecto y amistad, vínculo de Jesús con los suyos (tu amigo). La enfermedad de un discípulo no tiene por término la muerte (4), pues la vida comuni­cada con el Espíritu es definitiva; al ser percibida manifestará la glo­ria/amor de Dios y la de su Hijo (cf. 2,11), que es su presencia entre los hombres. Se insiste sobre el amor de Jesús (5). Sin embargo, él se retrasa deliberadamente, dejando que Lázaro muera. No es misión suya liberar al hombre de la muerte física, sino dar a ésta un nuevo sentido.

Judea (7) evoca la oposición a Jesús (4,1-3.47.54; 7,1; 10,22-39). Los discípulos tienen miedo por él (10,31.39) (8); para ellos, su muerte sería el final de todo y ha de ser evitada. Jesús responde a ese miedo (9-10); doce horas de día, duración de su actividad (el día sexto, cf. 2,1), que va a terminar con la resurrección de Lázaro y la decisión de matar a Jesús por parte de las autoridades; la luz, la posibilidad de trabajar; la noche, la cesación de su actividad. Para los discípulos, Jesús será la luz (8,12; 9,5) que les permita trabajar sin miedo.

Quitados los motivos de temor, expone la razón para ir a Judea (11). Lenguaje ambiguo (se ha dormido), aunque conocido (1 Cor 7,39; 11,30; 15,6.18; 1 Tes 4,13); no es un mero eufemismo, porque la muerte no es definitiva. Como “hermano” (1.2), amigo era un modo de llamarse los cristianos en las comunidades joaneas (3 Jn 15). Jesús no puede abandonar al amigo. Los discípulos, en su temor, encuentran pretexto para disuadirlo de su propósito (12-13). Para ellos, salvarse significa evitar la muerte física; para Jesús, tener una vida que supera la muerte (3,16). No han comprendido la calidad de vida que comunica Jesús, siguen aferrados a la antigua concepción de la muerte. Jesús les aclara el sentido de sus palabras (14-15); no han alcanzado una fe plena. La resurrección de Lázaro, que anticipa la de Jesús, va a mostrarles el entero fundamento de la fe: percibirán todo el alcance del amor de Dios, viendo que la vida vence la muerte.

La traducción del nombre de Tomás (16) muestra la importancia de su significado. Éste se deduce de la frase de Tomás, que está dispuesto a morir “con Jesús” (no como Pedro, que estará dispuesto a morir “por Jesús”, 13,37); el que está dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte es el doble (mellizo) de Jesús. Tomás piensa que la muerte es inminente y, además, su horizonte acaba en ella. Llega al máximo de la adhesión dentro de la perspectiva humana, y ahí se detendrá (cf. 20,25) hasta que palpe la victoria de la vida sobre la muerte (20,27ss).

Se pensaba que la muerte era definitiva a partir del tercer día. Cuando llega Jesús, nadie puede dudar de que Lázaro está muerto (17). Pero además, la cifra cuatro indica la totalidad del tiempo; el sepulcro, la ausencia de vida (por eso Jesús sacará a Lázaro del sepulcro). Éste ha sido el destino de la humanidad desde el principio. La muerte de Lá­zaro ha sido asimilada por los suyos a la muerte de siempre, sin espe­ranza.

 

vv. 18-27. Betania es el lugar figurado de la comunidad de Jesús y se ha colocado hasta ahora más allá del Jordán (1,28; 10,40); esta otra Betania, sin embargo, está muy cerca de Jerusalén (18); la comunidad re­presentada por los tres hermanos se encuentra dentro del territorio de Israel, es decir, aunque ha dado la adhesión a Jesús, no ha roto con la institución y modo de pensar judíos; de ahí nacen las falsas concep­ciones sobre la muerte y la resurrección y sobre la obra el Mesías.

Los judíos presentes en Betania (19) pertenecen a la institución ene­miga de Jesús; sin embargo, dan muestras de amistad a esta comunidad de discípulos; no han visto en ellos una ruptura semejante a la de su Maestro.

El movimiento de Marta, cuyas creencias representan a las de la co­munidad, responde al acercamiento de Jesús (20) que llega, aunque él no entra en la casa donde se expresa la solidaridad con la muerte. La frase de Marta (21) insinúa un reproche; ella cree que la muerte de su hermano ha interrumpido su vida. Esperaba una curación, sin darse cuenta de que la vida que Jesús les ha comunicado ha curado ya el mal radical del hombre: su esclavitud a la muerte. Primera de las cosas que sabe Marta (22; cf. 24), ambas por debajo del nivel de fe propio del dis­cípulo: ve en Jesús un mediador infalible ante Dios, no comprende que Jesús y el Padre son uno (10,30) y que las obras de Jesús son las del Pa­dre (10, 32.37). Espera una intervención taumatúrgica de Jesús, como la del profeta Eliseo (2 Re 4,8ss).

Jesús responde restituyendo la esperanza (23): la muerte de Lázaro no es definitiva; no atribuye la resurrección a una nueva acción suya personal, pues significa la persistencia de la vida comunicada con el Es­píritu que efundirá en su muerte (6,39s). Marta interpreta las palabras de Jesús según la creencia farisea (24). Las palabras de Marta delatan una decepción (ya sé); ha oído lo mismo muchas veces. Para ella, como para los judíos, el último día está lejos; no comprende la novedad de Jesús.

Jesús no viene a suprimir o retrasar indefinidamente la muerte física, sino a comunicar la vida que él mismo posee y de la que dispone (5,26), su mismo Espíritu. En la frase de Jesús (25: yo soy la resurrección y la vida) el primer término depende del segundo: es la resurrección por ser la vida (14,6). La vida que él comunica, al encontrarse con la muerte, la supera; a esto se llama resurrección; no está relegada a un futuro, por­que Jesús, que es la vida, está presente.

Para que la realidad de vida invencible que es Jesús llegue al hombre se requiere la adhesión, a la que él responde con el don del Espíritu, nuevo nacimiento a una vida nueva y permanente (3,3s; cf. 5,24). Ex­pone Jesús (26) el principio que funda la afirmación anterior (cf. 8,51): para el discípulo, la muerte física no tiene realidad de muerte: la muerte, de hecho, no existe. Esta es la fe que Jesús espera de Marta (¿Crees esto?). Marta responde con la perfecta profesión de fe cristiana (20,31); ya no es el Profeta (6,14), sino el Hijo de Dios, igual al Padre.

 

vv. 28-38a.  El recado a María en voz baja (28) delata la hostilidad que reinaba contra Jesús en los ambientes judíos. El Maestro, de cuyos la­bios va a oír María lo mismo que Marta. María, que representa a la co­munidad apenada por la muerte, reconoce la llamada de Jesús (10,3s) (29-30). Los visitantes interpretan su salida como un nuevo impulso de dolor, como si el sepulcro la llamase (31); lo único que conciben es el llanto. Sin esperárselo, van a encontrarse con Jesús.

El dolor de María es más expresivo que el de Marta (32: se le echó a los pies). Palabras casi idénticas a las de su hermana: nuevo reproche implícito. La repetición subraya no ser misión de Jesús preservar a los suyos de la muerte natural. Jesús no le responde; el dolor de esta muerte no puede encontrar más consuelo que la vida misma.

María y los visitantes lloran desconsolados, por la inevitabilidad y definitividad de una muerte sin esperanza. Jesús se reprime; no quiere participar en esta clase de dolor. Diferencia entre el dolor desesperan­zado de María, igual al de los judíos que no creen en Jesús, y el dolor sereno de Jesús mismo (35). Jesús va al sepulcro (38a) para manifestar la gloria/amor de Dios, que salva al hombre de una muerte irreparable.

 

vv. 38b-46. Sepulcro-cueva (38b), de los patriarcas (Gn 49,29-32; 50,13), ligado a los orígenes del pueblo. Es el antiguo sepulcro, el de la muerte, donde todos han sido puestos, en oposición al sepulcro nuevo de Jesús, el de la vida, donde nadie había sido puesto todavía (19,41). Lázaro ha sido enterrado a la manera y según la concepción judía, «para reunirse con sus padres» (Gn 15,15). La losa, que cierra el paso, simboliza la definitividad de la muerte.

Jesús pide a la comunidad que se despoje de esa creencia (Quitad la losa) (39) que relega la resurrección al final de los tiempos, separando a los vivos de los muertos. Marta no ve diferencia entre la muerte de un discípulo y la que ha sufrido la humanidad desde siempre (cuatro días, cf. 11,17). Su fe (11,27) vacila ante la cruda realidad (ya huele mal). Jesús le reprocha su incredulidad (40); la vida que vence la muerte ma­nifiesta la gloria/amor de Dios. Ante el reproche, la comunidad se de­cide a dejar su idea de la muerte (41: quitaron la losa).

El gesto de Jesús (41: levantó los ojos) muestra su comunicación con la esfera de Dios. Jesús no ora ni pide nada al Padre, le da gracias, por­que el Padre se lo ha dado todo (3,35). Tiene conciencia permanente (siempre) de su relación con el Padre (42). El agradecimiento, expresión del amor. La fe de los presentes será efecto de la manifestación. Con su orden (43), saca a Lázaro del lugar de la muerte, que no le corresponde, pues el creyente sigue viviendo (11,25; 19,41). Como el hedor (39), también las vendas y el sudario (44) subrayan la realidad de la muerte física. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad. Paradoja: el que sale está muerto, pero sale él mismo, porque está vivo. La exhortación a quitarle las vendas invita a la comunidad a traducir en la práctica la nueva convicción de que el discí­pulo no está sometido al poder de la muerte.

Jesús no devuelve a Lázaro a la comunidad, lo deja marcharse, pero ya libre. El camino de Lázaro lleva al Padre, con quien está vivo. La narración escenifica el cambio de mentalidad frente a la muerte que Jesús les pide; son ellos los que lo han atado y a ellos les toca desatarlo. Como la losa encerraba al muerto en el pasado, en el sepulcro de Abra­hán, las vendas le impedían llegar a la casa del Padre. Se describe dra­máticamente la concepción judía del destino del hombre, que impedía a la comunidad comprender el amor de Dios manifestado en Jesús. No es que Lázaro tenga aún que irse con el Padre, son ellos los que tienen que dejarlo ir, comprendiendo que Lázaro está vivo en la esfera de Dios, en vez de retenerlo en su mente como un difunto sin vida.

Al desatar a Lázaro «muerto» son ellos los que se desatan del miedo a la muerte que los paralizaba. Se liberan todos de la esclavitud a la muerte. Sólo ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, po­drá la comunidad entregar su vida como Jesús, para recobrarla (10,18).

Reacción natural, la adhesión a Jesús (45); mientras tenía miedo a la muerte, la comunidad no interpelaba ni se veía diferencia alguna entre los judíos y los discípulos de Jesús. Ahora, la comunidad es un testimonio del amor de Dios que libra al hombre del temor más profundo, raíz de todas las esclavitudes.

 

COMENTARIO 3


Muchos pueblos se han visto forzados a abandonar su tierra. Para un desplazado no hay peor desgracia que morir en el destierro. Cuando Israel estaba en el destierro, la voz del profeta se convierte en consuelo: Dios mismo sacará de las tumbas a su Pueblo, abrirá sus sepulcros y los hará volver a la amada tierra de Israel. Conocerá su pueblo que Dios es el Señor cuando Él derrame en abundancia su Espíritu sobre los sobrevivientes.

En el AT no aparece claramente una expectativa de vida eterna, de vida más allá de la muerte; los israelitas esperaban las bendiciones divinas para este tiempo de la vida terrena: larga vida, numerosa descendencia, habitar en la tierra que Dios donó a su pueblo, riquezas suficientes para vivir holgadamente. Más allá de la muerte sólo quedaba acostarse y dormir con los padres, con los antepasados. Las almas de los muertos habitaban en el "sheal", el abismo sub­terráneo en donde ni si gozaba, ni se sufría.

Sólo en los últimos libros del AT (par ejemplo Da­niel, Sabiduría, Macabeos), encontramos textos que hablan más o menos claramente de una esperanza de vida más allá de la muerte, de una posibilidad de volver a vivir por voluntad de Dios, de resucitar.

Esta esperanza tímida surge en el contexto de la pregunta por la retribución y el ejercicio de la justicia divina: ¿Cuándo premiará Dios al justo, al mártir le la fe, por ejemplo, o castigará al impío perseguidor de su pueblo, si la muerte se los ha llevado? ¿Cuándo realizará Dios plenamente las promesas a favor de su pueblo elegido?

Algunas corrientes del judaísmo contemporáneo de Jesús, como el fariseísmo, creían firmemente en la resurrección de los muertos como un acontecimiento escatológico, de los últimos tiempos, un acontecimiento que haría brillar la insobornable justicia de Dios sobre justos y pecadores. Los saduceos por el contrario, se atenían a la doctrina tradicional: les bastaba esta vida de privilegios para los de su casta, y consideraban cumplida la justicia divina en el "statu” que ellos defendían: el mundo estaba bien como estaba, en manos de los dominadores romanos que  respe­taban su poder religioso y sacerdotal sobre el pueblo.

La 2ª lectura, tomada de la carta de Pablo a los romanos, la que es considerada como su testamento espiritual, retoma el tema del profeta Ezequiel:  los cristianos hemos recibido el Espíritu que el Señor prometía en los ya lejanos tiempos del exilio; no estamos ya en la "carne" es decir, en el lenguaje de Pablo: no estamos ya en el pecado, en el egoísmo estéril, en la codicia desenfrenada. Estamos en el Espíritu, es de­cir, en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio, como Cristo, que posee plenamente el Espíritu para dárnoslo sin medida.

El pasaje evangélico que leemos hoy en Juan, la resurrección de Lázaro, lleva a su plenitud las dos lec­turas anteriores. Se trata del séptimo, el último y el más espectacular de los "signos", las "obras" que hace Jesús según este evangelio. El que ha dado luz a los ojos del ciego y ha hecho caminar al paralítico, podrá tam­bién volver a la vida a los muertos, máxime tratándo­se de un amigo querido. Y quien hace estas cosas merece plenamente nuestra adhesión y nuestra fe porque ha sido enviado por Dios. Antes de enfrentarse a la muerte Jesús se manifiesta como Señor de la vida, declara solemnemente en público que Él es la resu­rrección y la vida, que los muertos por la fe en Él no morirán para siempre.

En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro a Jesús lo rodea todo un coro de personajes: desde los discípulos que no entienden por qué sea necesario ir tan lejos a despertar a alguien que se ha dormido, pasando por Tomás que exhorta a sus compañeros a acompañar a Jesús para morir con Él; así como las hermanas de Lázaro, amigas de Jesús en una época en la que no existía la amistad personal entre hombres y mujeres. Están además "los judíos" -como generaliza casi siempre Juan-, que piadosamente acompañan a las hermanas dolientes, que se admiran de ver a Jesús llorando por su amigo Lázaro y que creen, o no creen, cuando Jesús lo llama de la muerte.

En vísperas de la Semana Santa la iglesia quiere que contemplemos a Jesús, "el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Por Él, Dios comen­zará a realizar las promesas cuando lo levante de en­tre los muertos y le transmita su poder y su gloria. Él resucitará verdadera y definitivamente, no como Lázaro que resucitó temporalmente para hacer que se manifestara la gloria de Jesús. Por Él podremos estar cier­tos de que el Reino de Dios viene, de que su voluntad es la salvación de los seres humanos. «En Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección».


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