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Alejandra |
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31Dijo entonces Jesús a los judíos que le habían dado crédito: -Vosotros, para ser de verdad mis discípulos, tenéis que
ateneros a ese mensaje mío; 32conoceréis la verdad y la verdad
os hará libres. 33Reaccionaron
contra él: -Somos linaje
de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie: ¿cómo dices tú:
«Llegaréis a ser libres»? 34Les
replicó Jesús: -Pues sí, os aseguro que todo el que practica el
pecado es esclavo. 35Ahora bien, el esclavo no se queda en
la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. 36Por
tanto, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente
libres. 37Ya
se que sois linaje de Abrahán, y, sin embargo, tratáis de matarme a
mí, porque ese mensaje mío no os cabe en la cabeza. 38Yo
propongo lo que he visto personalmente junto al Padre, y también
vosotros hacéis lo que habéis aprendido de vuestro
padre. 39Le
repusieron: -Nuestro padre es Abrahán. Les respondió Jesús: -Si fuerais hijos de Abrahán, realizaríais las obras de
Abrahán; 40en cambio, tratáis de matarme a mí, hombre que os he
estado proponiendo la verdad que aprendí de Dios. Eso no lo hizo Abrahán.
41Vosotros realizáis las obras de vuestro
padre. Le replicaron entonces: -Nosotros no hemos nacido de prostitución; un solo padre
tenemos, Dios. 42Les
replicó Jesús: -Si Dios fuera vuestro padre, me querríais a mí, porque yo estoy aquí procedente de Dios; y tampoco he venido por decisión propia, fue él quien me envió. |
A los judíos que le han dado su fe-adhesión, Jesús los invita a practicar su mensaje; no bastan adhesiones de principio; hay que atenerse a su mensaje (v. 31); no es posible dar crédito a Jesús sin sacar las consecuencias. La práctica del mensaje / amor, rompiendo con el orden injusto, les dará la libertad (v. 32), pues comunica el Espíritu / vida (3,34), dando la experiencia de la vida / verdad: en ella el hombre percibe a Dios como Padre y a sí mismo como hijo. Esta nueva relación hace libres. Así se constituye el verdadero discípulo.
La libertad que comunica Jesús sobrepasa la mera posibilidad de opción; sitúa al hombre en su verdadero rango: lo hace partícipe de la libertad del Padre; como él, es señor de sí mismo. Quien no tiene experiencia del Padre es esclavo, porque concibe a Dios como un Soberano que somete al hombre, legitimando con eso toda tiranía.
Los judíos reaccionan con indignación contra Jesús: "Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie: ¿cómo dices tú: «Llegaréis a ser libres»?". Orgullo de raza (v.33); según ellos, basta pertenecer al linaje de Abrahán para ser libre. Pero el linaje no garantiza la libertad, pues no impide que cometan el pecado, dando su adhesión a un sistema esclavizador.
No basta, por tanto, la descendencia para ser hijo (v. 37), hay que demostrarlo con el modo de obrar. Al quererlo matar a él se oponen al Padre, el Dios que ama al hombre (v. 38). Jesús les insinúa que tienen otro padre que no es Abrahán ni tampoco Dios. Pero ellos reaccionan afirmando su ascendencia: "Nuestro padre es Abrahán" (v. 39).
Jesús les responde: "Si fuerais hijos de Abrahán, realizaríais las obras de Abrahán; en cambio, tratáis de matarme a mí, hombre que os he estado proponiendo la verdad que aprendí de Dios. Eso no lo hizo Abrahán. Vosotros realizáis las obras de vuestro padre" (vv. 39-40). Ellos no tienen por padre a Abrahán, pues no se portan como él.
Al fin, cuando comprenden que los acusa de idolatría (v. 41: no hemos nacido de prostitución), se profesan fieles al único Dios, pero tampoco son hijos de Dios, porque no quieren a Jesús.
El que ama como Jesús, es libre, por más que otros pretendan dominarlo. Así nos hace libres el hijo con su propia libertad, capaz de llevarlo hasta entregarse a la muerte por nuestra salvación. Los interlocutores de Jesús insisten en su dignidad de hijos, descendientes del patriarca Abrahán pertenecientes a un pueblo que ha reivindicado siempre sus privilegios ante las poderosos del mundo. Pero Jesús les muestra que no basta con esta descendencia carnal, genética. La verdadera descendencia es la del corazón. Sólo es verdadero hijo de Abrahán el que hace la voluntad de Dios, escucha su Palabra y obedece, como hizo el patriarca hace tantos siglos, como hizo el mismo Jesús. Ellos insisten diciéndose entonces hijos de Dios, pero Jesús les rebate mostrándoles su incapacidad para recibir al enviado de Dios. Pero no son propiamente los judíos los destinatarios de este tenso diálogo de Jesús con sus contrincantes. Somos nosotros los que hemos de aprender a valorar la verdad del amor y el compromiso, a defender nuestra libertad de hijos de Dios, no sometidos a esclavitud de ningún ídolo del mundo, por poderoso o brillante que éste sea, orgullosos no de nuestra nacionalidad o de nuestra raza, lengua o cultura, sino de nuestra simple humanidad, don de Dios que compartimos con todos los seres humanos.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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