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31Los dirigentes cogieron de nuevo piedras para apedrearlo. 32Les replicó Jesús: -Muchas obras
excelentes os he hecho ver, que son obras del Padre; ¿por cuál de ellas me
apedreáis? 33Le contestaron los
dirigentes: -No te apedreamos
por ninguna obra excelente, sino por blasfemia; porque tú, siendo un
hombre, te haces Dios. 34Les replicó
Jesús: -¿No está escrito
en vuestra Ley: «Yo he dicho: Sois dioses»? 35Si llamó dioses a
aquellos a quienes Dios dirigió su palabra, y ese pasaje no se puede
suprimir, 36de mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo,
¿vosotros decís que blasfemo porque he dicho: «Soy hijo de Dios»?
37Si yo no realizo las obras de mi Padre, no me creáis;
38pero si las realizo, aunque no me creáis a mí, creed a las
obras; así sabréis de una vez que el Padre está identificado conmigo
y yo con el Padre. 39Otra vez intentaron
prenderlo, pero se les escapó de las manos. 40Se fue esta vez al
otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado bautizando al
principio, y se quedó allí. 41Acudieron a él muchos y
decían: -Juan no realizó
ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste era
verdad. 42Y allí muchos le dieron su adhesión. |
Dice el evangelista que "los dirigentes cogieron de nuevo piedras para apedrearlo". Jesús les replicó: "Muchas obras excelentes os he hecho ver, que son obras del Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?" Pero ellos no lo apedrean por sus obras, sino por blasfemia, porque, siendo un hombre, se hace Dios (vv.30-33).
Jesús se distancia de ellos y dice: "¿No está escrito en vuestra Ley: «Yo he dicho: Sois dioses»? Si llamó dioses a aquellos a quienes Dios dirigió su palabra, y ese pasaje no se puede suprimir, de mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿vosotros decís que blasfemo porque he dicho: «Soy hijo de Dios»? Si yo no realizo las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las realizo, aunque no me creáis a mí, creed a las obras; así sabréis de una vez que el Padre está identificado conmigo y yo con el Padre" (vv. 34-37).
Jesús no considera suya la ley, sino que la llama "vuestra Ley" (v. 34; cf. 7,19; 8,17; 15,25). Según esa ley, ellos son "dioses", apelativo que indica una particular semejanza con Dios; en el AT se aplicaba a los que reflejaban el poder de un Dios justiciero (los jefes en cuanto jueces); por eso Jesús se distancia del texto que cita (Sal 82,6) (vuestra Ley), pues la semejanza con Dios no está en el poder, sino en la actividad del amor (37-38).
Y continúa desafiándolos: "Si yo no realizo las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las realizo, aunque no me creáis a mí, creed a las obras; así sabréis de una vez que el Padre está identificado conmigo y yo con el Padre" (vv. 37-38a): la calidad del hombre se prueba por la de sus obras; él demuestra ser enviado e Hijo de Dios con las obras que realiza. Ellos, los embusteros y asesinos (8,44; 10,1.8.10), no pueden de ningún modo representar a Dios. Las credenciales jurídicas de que se glorían no cuentan; las únicas que atestiguan una misión divina no son siquiera las palabras (no me creáis), sino las obras. De ellas deben deducir la unidad entre Jesús y el Padre (v.38b); ambos tienen el mismo objetivo, dar vida al hombre.
Y como no tienen respuesta, intenta prenderlo (v. 39). Como de costumbre, apelan a la violencia (7,30; 8,20.59). Jesús sale definitivamente del templo.
Después de la ruptura definitiva con la institución, Jesús efectúa la segunda etapa de su éxodo, el paso del Jordán, que recuerda el de Josué con el pueblo israelita para entrar en la tierra prometida (Jos 3-4). A su comunidad, -nueva tierra prometida-, la sitúa fuera del país judío que lo rechaza (se quedó allí). Muchos lo siguen en su éxodo (v. 41), la nueva comunidad empieza a existir.
Ante el intento de apedrearlo por parte de sus contrincantes, Jesús les pregunta por cuál de las buenas obras que les ha hecho ver de parte del Padre lo van a ejecutar. La lapidación era el castigo por gravísimos pecados, entre otros el de blasfemia. La contrarréplica de Jesús es contundente, las obras que hace en nombre del Padre demuestran la validez de su pretensión: "el Padre está en mí y yo en el Padre”.
Esta es la gran diferencia entre la fe judía y la fe cristiana: que nosotros, los cristianos, afirmamos que en Jesús de Nazaret se hizo presente el mismo Dios en nuestro mundo, su bondad y su amor misericordioso, especialmente para con los pobres y los pequeños. En cambio los judíos no pueden aceptar el carácter divino de la persona de Jesús pues para ellos sería la negación de sus más profundas convicciones.
El evangelio de San Juan quiere explicar a sus lectores quién es realmente Jesús, en nombre de quién viene y actúa. También quiere explicarles por qué los judíos de su tiempo, sus autoridades más exactamente, llegaron a crucificarlo: porque no entendieron sus palabras ni interpretaron sus gestos y sus milagros.
Todo esto nos debe llevar a valorar nuestra fe cristiana y a testimoniaría como Jesús: con nuestras palabras de bondad y de perdón y con nuestras obras de amor para con los demás.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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