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José
Oriol |
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45Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían presenciado lo que hizo, le dieron su adhesión. 46Algunos de ellos, sin embargo, fueron a ver a los fariseos y les refirieron lo que había hecho Jesús. 47Los sumos
sacerdotes y los fariseos reunieron entonces una sesión del Consejo y
decían: -¿Qué hacemos?,
porque ese hombre realiza muchas señales. 48Si lo dejamos
seguir así, todos van a darle su adhesión y vendrán los romanos y
quitarán de en medio nuestro lugar sagrado e incluso nuestra
nación. 49Pero uno de ellos,
Caifás, que era sumo sacerdote el año aquel, les
dijo: -Vosotros no tenéis
idea; 50ni siquiera calculáis que os conviene que un solo
hombre muera por el pueblo antes que perezca la nación
entera. 51Esto no lo dijo por
cuenta propia; siendo sumo sacerdote el año aquel, profetizó que
Jesús iba a morir por la nación; 52y no sólo por la nación,
sino también para reunir en uno a los hijos de Dios
dispersos. 53Así aquel día
acordaron matarlo. 54Por eso Jesús dejó
de andar en público entre los judíos y se fue de allí a la región
cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y allí se quedó con los
discípulos. 55Estaba cerca la
Pascua de los Judíos, y subieron muchos del campo a Jerusalén, antes
de la Pascua, para lavar su impureza. 56Buscaban a Jesús y
comentaban entre ellos, sin moverse del templo: -¿Qué os parece?,
¿que no vendrá a las fiestas? 57Por su parte, los sumos sacerdotes y los fariseos tenían dada la orden de que si alguien se enteraba de dónde estaba, que avisara, para prenderlo. |
Tras la reanimación del cadáver de Lázaro, muchos de los judíos dieron "su adhesión a Jesús" (v. 45). La comunidad, mientras tenía miedo a la muerte, ni interpelaba ni se veía diferencia alguna entre los judíos y los discípulos de Jesús. Ahora, la comunidad es un testimonio del amor de Dios que libra al hombre del temor más profundo, raíz de todas las esclavitudes. En cambio, los incondicionales del orden injusto (v. 46) dan la noticia de la resurrección de Lázaro a los fariseos, que controlan la situación (9,13). Que el hombre tenga vida y sea libre es para ellos motivo de inquietud.
Por eso, los sumos sacerdotes y los fariseos se reúnen para deliberar sobre su modo de proceder: "¿Qué hacemos?, porque ese hombre realiza muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos van a darle su adhesión y vendrán los romanos y quitarán de en medio nuestro lugar sagrado e incluso nuestra nación" (vv. 47-48).
Jesús realizaba "muchas señales", esto es, hechos que apuntan a una realidad superior, que ellos se niegan a reconocer; son señales liberadoras y ellos, los opresores, las ven como un peligro para su hegemonía (v. 48). Que los hombres pierdan el miedo a la muerte alarma al sistema de poder. Sus adversarios buscan en el terreno político (los romanos) un motivo que justifique su oposición a Jesús: un alboroto mesiánico habría provocado la intervención romana. No se preguntan si Jesús es verdaderamente el Mesías; Dios no entra en sus cálculos.
Caifás (v 49), el que actúa como jefe del pueblo, ejerce su función, proponiendo una salida: sacrificar a un hombre en beneficio del pueblo. Habla con rudeza, sin respeto al Consejo (no tenéis idea), pero apela al interés corporativo (os conviene) (v. 50).
En Israel, el sumo sacerdote había sido instituido para ser intermediario entre Dios y el pueblo y, como tal, Dios habla ahora por su medio anunciando que "Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos" (vv. 51-52). Este es el designio de Dios. Los sacerdotes usan la injusticia para defender el templo y la nación; quieren derramar sangre inocente. Queda sellado de este modo el rechazo de Jesús: "los suyos no lo acogieron" (1,11). Las palabras de Caifás son profecía: "el pueblo" a que él se ha referido abarcará hombres de otras razas y pueblos. Su distintivo no será la consanguinidad con Abrahán (8,33.37.39), sino la consanguinidad con Dios (los hijos de Dios), por haber nacido de él (1,13) mediante el Espíritu (3,6).
Reunir en uno, «lo uno», «la unidad» son la expresión de Juan para designar el reino de Dios. La muerte de Jesús por el pueblo universal será la del pastor que da la vida para defender a sus ovejas, para darles vida (10,10).
El discurso de Caifás tiene éxito (53) y la sentencia es unánime: "así aquel día acordaron matarlo" (v. 53). Tienen por padre al Enemigo, homicida desde el principio (8,44).
Y ante el rechazo definitivo de la institución judía, Jesús va a Efraín, otro nombre de Samaría, el pueblo que lo recibió (4,30.39), y primicia de los pueblos que lo aceptarán. Es fuera del mundo judío donde Jesús tendrá su ciudad. Donde está él, se asienta su comunidad.
Por tercera vez se nombra ahora la pascua de los judíos (vv.55-57). Recogiendo las dos anteriores, la Pascua y el templo antiguos van a quedar definitivamente sustituidos por la nueva Pascua y el nuevo santuario (2,19), de donde brotará el agua del Espíritu (7,39; 19,34). La gente sube a purificarse, (2 Cr 30,15-20); gracias a la muerte de Jesús va a existir la posibilidad de verdadera purificación (Zac 13,1; 14,8). Pero Jesús no irá a esta fiesta, que, según la narración evangélica, nunca será celebrada. El va a celebrar su propia Pascua. Mientras tanto, "los sumos sacerdotes y los fariseos tenían dada la orden de que si alguien se enteraba de dónde estaba, que avisara, para prenderlo (v. 57)”.
¿Previó Jesús su muerte? ¿Qué sentido le dio? Él sabía a qué riesgos se exponía al asumir su tarea y estaba dispuesto a afrontarlos, por graves que fueran, en obediencia a Aquel de quien se consideraba enviado. Cuando habló de estas cosas con sus discípulos les enseñó que uno debe estar dispuesto a todo, hasta a morir dolorosa y violentamente, con tal de anunciar la buena noticia del amor de Dios a todos los humanos, especialmente a los pobres, a las víctimas de la injusticia de la historia.
¿Quién fue responsable de la muerte de Jesús? Las respuestas han sido muchas. Desde Dios mismo hasta el propio Jesús, pasando por los judíos en su totalidad, los romanos, hasta por sus discípulos y terminando por implicarnos a todos.
Nuevamente tenemos que volver a los evangelios. Para encontrar no una sino varias respuestas desde diversos puntos de vista. Históricamente, la responsabilidad parece recaer sobre las supremas autoridades religiosas de los judíos. Al representante del poder romano de ocupación, a Poncio Pilato, también cabe responsabilidad, pues terminó por ratificar una condena a muerte completamente injusta.
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