Domingo 24
de marzo de 2002

DOMINGO DE RAMOS

Catalina de Suecia

Evangelio : Mateo 26, 14 - 27, 66 

Primera lectura: Isaías 50, 4,7
Salmo responsorial: 21, 8-9. 17-20. 23-24
Segunda lectura: Filipenses 2, 6-11

 

COMENTARIOS

  1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Seréis dichosos". Ciclo A. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. J. Mateos - F. Camacho, El Evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid.
  3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica). 

 


EVANGELIO
Mateo 26, 14 - 27, 66
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

14Entonces uno de los Doce, Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes 15y les propuso:

-¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata (Zac 11,12). 16Desde entonces andaba buscando ocasión propi­cia para entregarlo.

17El primer día de los Ázimos se acercaron los discí­pulos a Jesús y le preguntaron:

-¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pas­cua?

18-Él contestó:

-Id a la ciudad, a casa de Fulano, y dadle este recado: «El Maestro dice que su momento está cerca y que va a celebrar la Pascua en tu casa con sus discípulos».

19Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la cena de Pascua.

20Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce.

21Mientras comían, dijo:

-Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

22Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras otro:

-¿Acaso soy yo, Señor?

23Respondió él:

-Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar. 24El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.

25Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciéndole:

-¿Acaso soy yo, Rabbí?

Respondió:

-Tú lo has dicho.

26Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció una bendición y lo partió; luego lo dio a sus discípulos, di­ciendo:

-Tomad, comed: esto es mi cuerpo.

27Y cogiendo una copa, pronunció una acción de gra­cias y se la pasó, diciendo:

-Bebed todos de ella, 28pues esto es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos para el perdón de los pecados.

 

  COMENTARIO 1


Y POR ESO LO MATARON

Dios no es un sádico, sino un Padre. Por eso no podemos decir que la muerte de Jesús fue una exigencia de Dios para expiar los pecados de la humanidad. No fue Dios, sino la hu­manidad, la que exigió tal sacrificio: la torpeza de una huma­nidad que necesita ver morir a alguien para tomar conciencia de sus miserias, que necesitó ver morir al Hijo de Dios para descubrir el camino de su salvación.

 

DIOS NO ES UN SADICO

No. Dios no es un sádico a quien le guste el sufrimiento de los hombres. No. La pasión y muerte de Jesús no es la sa­tisfacción que Dios exige para conceder el perdón a la huma­nidad pecadora. La muerte de Jesús no es el castigo que se merecía la humanidad y que Jesús sufre en nombre de todos los hombres, sus hermanos. Dios no necesita ni exige que na­die sufra para perdonar. Dios perdona gratuitamente, no por­que nosotros nos lo merezcamos ni porque haya tenido que merecérnoslo nadie. Dios perdona porque es Padre, porque es amor, porque nos quiere y desea nuestra felicidad. Y eso sí que se manifiesta en la cruz de Jesús: el amor de Dios en el amor de Jesús, su hijo, quien, al enseñarnos a amar, se dejó la piel en el empeño.

 

Y POR ESO LO MATARON

«Es que sabía que se lo habían entregado por envidia».

 

¿Cuál fue, entonces, la causa de la muerte de Jesús?

Está claro, desde el principio del evangelio, que Jesús no se lleva bien con determinados grupos de la sociedad judía ni con los representantes de determinadas instituciones.

El gobierno autónomo judío estaba formado por tres gru­pos, con los que repetidamente había chocado Jesús: los sumos sacerdotes, responsables últimos del aparato religioso; los se­nadores, miembros de las grandes familias de terratenientes de Palestina, y los letrados, los teólogos oficiales del régimen, casi todos del partido fariseo.

Jesús se había enfrentado con todos estos grupos diciéndo­les cosas como éstas: que habían convertido -los sumos sacer­dotes- la religión en un negocio y que ellos eran unos bandi­dos (Mt 21,13); que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el reino de Dios (Mt 19,23-24); que eran -los fariseos- unos hipócritas que, con el pretexto de la religiosidad, se aprovechaban de la gente (Mt 23,1-36)... Y no se lo perdonaron.

 

«ESTE ES JESUS, EL REY DE LOS JUDÍOS»

En el juicio que le hicieron los dirigentes de su pueblo lo acusaron de delitos religiosos. Para ellos tenían más importan­cia y, además, en su predicación Jesús había arremetido con fuerza contra aquella religión opresora que se habían montado. Pero como ellos no podían matarlo -los que allí mandaban de verdad eran los romanos (Roma era la superpotencia de entonces), lo llevaron al tribunal del gobernador y allí lo acusaron de delitos políticos: que pretendía hacerse rey (lo que no era verdad) y que defendía que no se debían pagar impues­tos a los invasores (y en esto se quedaron cortos).

A Jesús lo mataron porque estorbaba: a los religiosos, que se habían apropiado de Dios, y Jesús se lo devolvió al pue­blo; a los ricos, que agradecían a Dios sus riquezas, cuando en realidad Dios, según Jesús, estaba de parte de los pobres, víc­timas de la injusticia de la riqueza; a los teólogos oficiales, que hablaban de un Dios amo/dueño, mientras que Jesús mostró que Dios es Padre y Liberador; a los poderosos, que también ellos ponían a Dios en el origen de su poder, y Jesús, en cam­bio, decía que era el demonio el que ofrecía todos los reinos y todo su esplendor...

Les estorbaba. Y por eso lo mataron.

 

Y POR ESO SE DEJO MATAR

Jesús sabía que, desde el principio, le tenían ganas todos los que hemos citado antes. Pero no se echó para atrás. El ha­bía asumido un compromiso de lealtad para con Dios y de so­lidaridad con la humanidad y estaba dispuesto a llevarlo hasta el final, hasta la muerte si era preciso.

Porque su enfrentamiento con los ricos y poderosos de este mundo no se debía a su deseo de conseguir él los puestos que ellos ocupaban, como casi siempre ocurre, sino, muy al contrario, a su propósito de ofrecer a los hombres un modo alternativo de vivir, un modo de organizar la sociedad humana en el que no cabe ni la injusticia, ni la explotación de los po­bres, ni la opresión de los humildes, ni la alienación (aliena­ción = comedura de coco) de los sencillos. El venía a revelar el verdadero rostro de Dios: dador de vida y amor, Padre que no puede soportar el sufrimiento de sus hijos y que quiere que los hombres sean verdaderamente libres, que sean dichosos y que construyan su felicidad compartiendo el amor y vi­viendo como hermanos.

Jesús tenía que enseñar a los hombres que lo que puede salvar al mundo de éstos no es ni el poder, ni el dinero, ni la violencia, ni la sabiduría que justifica todo esto; que lo único que puede salvar a la humanidad es el amor.

Y por eso se dejó matar: por amor. Para ser fiel a su com­promiso de amor y para enseñarnos cómo es posible amar has­ta la muerte.

 

«... Y EXHALO EL ESPIRITU»

Por eso, al exhalar su último suspiro, entregó su Espíritu -el Espíritu de Dios, que él poseía en plenitud-, como el último y definitivo acto de su compromiso de amor con sus hermanos los hombres. Era parte esencial de su misión: tenía que ofrecer el Espíritu a los hombres para que, con la fuerza de ese Espíritu, fueran capaces de amar a los demás más que a sí mismos, para que, amando de ese modo, fueran haciéndose hijos de Dios y hermanos unos de otros. Y así, de su amor, llevado hasta la exageración en la cruz, nace la posibilidad para cada hombre de llegar a ser hijo de Dios y de vivir como her­mano de los hombres.

Así, lo que parecía su derrota se convirtió en la manifesta­ción de su gloria: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».

COMENTARIO 2


Al contrario que en Mc, es Judas quien pide dinero por entre­gar a Jesús (v. 14). Judas es el hombre que no ha hecho la opción por la pobre­za (5,3), y el afán de dinero lo ha llevado a traicionar el mensaje (13,22). El precio que los sumos sacerdotes ponen a Jesús se en­cuentra en Zac 11,12 (LXX). Las treinta monedas de plata eran el precio de un esclavo (Ex 21,32).

La escena tiene lugar "el primer día de los Azimos" (fiesta de los panes sin levadura), la tarde de la víspera de Pas­cua. Son los discípulos los que recuerdan a Jesús que ha de ser preparada la cena. Jesús, consciente de que "su momento" -el de su muerte- está cerca, manda a todos los discípulos a dar el recado a un desconocido.

"Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce" (v. 20). "Los Doce" se identifican con "sus discípulos"; se ve el valor simbólico del número, que designa al grupo como el Israel mesiánico. Jesús anuncia la traición, provocando la tristeza y la inseguridad de ellos (v. 21); "mojar en la misma fuente" era gesto de amistad e intimidad.

Y añade: "El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido". Hay una clara oposición entre  "el Hijo del Hombre" y "ese hombre", es decir, entre el portador del Espíritu de Dios (3,16) y el que carece de él. Al entregar al Hijo del hombre a la muerte, Judas elimina de sí mismo todos los valores propios del Hijo del hombre y pretende acabar definitivamente con ellos. Renuncia para siem­pre a su plenitud humana. Prefiere el dinero a su propio ser. La vida del hombre es un camino hacia la plenitud; quien renuncia a ella se condena él mismo al fracaso; más le valdría no haber na­cido.

"Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, dicien­do: -¿Acaso soy yo, Rabbí? Jesús respondió: -Tú lo has dicho (v. 25). Jesús va estrechando el círculo de los posibles traidores (v. 21: «uno de vosotros»; v. 23: "Uno que ha mojado en la misma fuente que yo"). A la primera denuncia to­dos reaccionan, excepto Judas: "Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras otro: ¿Acaso soy yo, Señor?" (v. 22).

A la segunda, Jesús  se ve forzado a reac­cionar: "Tú lo has dicho" (v. 25).

Sin reproche alguno, Jesús identifica al traidor, aunque no ne­cesariamente a los oídos de todos. Es su último esfuerzo para que Judas tome conciencia de lo que va a hacer y recapacite.

“Cuerpo” significaba la persona en cuanto identificable y activa; “sangre” (símbolo de la muerte violenta) denotaba también a la persona en cuanto entregada a la muerte.

            El sentido inmediato del pan es el de alimento, y como tal indispensable para la vida. Al mismo tiempo, era símbolo de la Ley. Al identificar Jesús el pan con “su cuerpo” sustituye el código de la alianza antigua por el de la suya: la norma de vida para el discípulo es él mismo, su persona y su actividad. Invita a los discípulos a comer el pan, es decir, a asimilarse a su persona; es una expresión del seguimiento. La bendición que pronuncia Jesús pone este relato en relación con el primer episodio de los panes (14,19). La entrega de los discípulos a la gente, simbolizada por el reparto del pan, se hace posible por esta entrega de Jesús a ellos y la identificación de ellos con Jesús.

            Al darles este pan, simboliza Jesús su entrega a ellos por amor; ellos, a su vez, deberán entregarse a todos en el pan que repartan. Mt no constata que los discípulos comiesen el pan.

            La copa es símbolo de pasión y de muerte. La acción de gracias pone el relato en relación con el segundo episodio de los panes (15, 35s).

 

COMENTARIO 3


Luego de  la procesión inicial de Ramos que intenta hacer memoria de la entrada triunfal de Jerusalén, la liturgia nos coloca de lleno ante el misterio de  la Pasión y Muerte de Jesús. Nos presenta en la primera lectura y en el salmo interleccional dos textos que ayudaron a la comunidad primitiva -y al propio Jesús- a superar el escándalo de la muerte injusta y a asumir el sentido más profundo de los acontecimientos. Por su parte, la segunda lectura da la visión teológica del "anonadamiento" de Jesús el Mesías.

El relato evangélico transmite, en su forma más larga, la sucesión de los acontecimientos que van desde la traición de Judas hasta la sepultura de Jesús y, en su forma más breve, desde la actitud asumida por Je­sús ante el procurador hasta los acontecimientos   que siguen inmediatamente a su muerte. En ambos casos, con la repetición de los verbos "acontecer",  “entre­gar" y "crucificar" se presenta la realización de la vo­luntad de Dios que pone al descubierto las intencio­nes de los seres humanos. Mediante el primer  verbo, empleado varias veces en el discurso escatológico (Mt 24-25), Mateo une íntimamente la Pascua de Jesús con el fin del mundo, anunciado en los capítulos anteriores. El rey glorioso, que con­voca a sí a todas las naciones, asume aquí la forma del más pequeño de sus hermanos.

Dejando de lado los elementos propios del relato opcional largo, nos centramos en la explicación de los elementos más notables del pasaje más breve. En él se nos transmiten sucesivamente tres escenas: pre­sentación ante el procurador romano (vv.11-26) cru­cifixión (vv.27-44) y muerte de Jesús (vv.45-54).

En presencia del gobernador, Jesús guarda silencio y Mateo oportunamente nos recuerda la fiesta y la consiguiente amnistía para un condenado. En este contexto Mateo refiere dos acontecimientos que se encuentran en los otros sinópticos: la proclamación de la inocencia de Jesús por parte de la mujer de Pilatos y el gesto del gobernador romano que se lava las manos. Este último se acompaña con la asunción por parte del pueblo de la responsabilidad de la crucifixión.

El mundo pagano, par boca de la mujer de Pilatos, reconoce la inocencia de Jesús. Por el contrario, su propio pueblo, arrastrado por la mala voluntad de sus dirigentes, se hace cómplice de su condena. La autoridad imperial, aunque reconoce la inocencia de Jesús, no hace nada para dictar una sentencia justa. Entonces, Pilatos “entregó" a Jesús para ser crucificado.

Detrás de estas injusticias y violencias de las personas hay un nivel más profundo de significado. Po­niendo en boca de los sumos sacerdotes (v.43) una expresión del salmo 21, el evangelista reconoce en Jesús al justo sufriente que manifiesta la acción liberadora de Dios respecto al oprimido.

Esta liberación se realiza en la escena final de la muerte de Jesús (vv.45-54), relatada en das etapas: el doble gran "grito" (vv.46-50) y el "terremoto" que sigue a la muerte de Jesús (vv.51-54).

La escena del doble grito retoma diversos elemen­tos del Bautismo de Jesús. En ambos textos se con­signa el verbo "dejar". La doble gran voz hace eco a la voz del mensajero en Mt 3,3 y a la voz celeste del bautismo. De esta forma Mateo subraya que la muerte lleva a plenitud la escena inaugural del bautismo. Gra­cias a la muerte, el Mesías lleva a término la misión que el Padre le había asignado en el Bautismo.

El Hijo amado de Dios sólo puede mostrar plena­mente su confianza y obediencia filial al designio salvifico del Padre abandonándose totalmente a Él, aun en la dura realidad de la muerte.

La escena del terremoto (vv.51-54) constituye una verdadera teofanía. En Ez 37 se mencionaban la pre­sencia del Espíritu, de tumbas que se abren y de Yahveh que hace retornar a su pueblo para que este pueda reconocerla. También ahora ante Jesús que exhala "el espíritu", los "santos que habían muerto resucitaron" entrando no ya en Israel sino en la "ciudad santa". Y este hecho es manifestado a "muchos" (v.53).

De esa forma no es posible en adelante ocultar la presencia divina, "la cortina del santuario" se rasga y todo ser humano, incluso los paganos como el capi­tán y los soldados, pueden reconocer la aparición de­finitiva de Dios en la historia humana.

Ya estamos en la semana «mayor» del año. Un sentimiento de recogimiento, de atención, «con el alma de rodillas»... nos puede ayudar a vivir intensa­mente «estos sagrados misterios» que vamos a cele­brar, incluso aunque debamos compatilizarlos tal vez con las vacaciones, la atención a la familia, viajes...

Para esta semana: recogimiento, participación en las celebraciones, contemplación, amor y paz...


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