Martes 26
de marzo de 2002

MARTES SANTO

  Braulio - Eugenia

 

 

COMENTARIOS

  1. Juan Mateos, Nuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid.
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Juan 13, 21-33. 36-38
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

21Dicho esto, Jesús, estremeciéndose, declaró:

-Sí, os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

22Los discípulos se miraban unos a otros sin poderse explicar por quién lo decía.

23Uno de sus discípulos estaba reclinado inmediato a Jesús; era el predilecto de Jesús. 24Simón Pedro le hizo señas de que averiguase por quién podría decirlo. 25Reclinándose entonces sin más sobre el pecho de Jesús, le pre­gunto:

-Señor, ¿quién es?

26Jesús contestó:

-Es aquel para quien yo voy a mojar el trozo y a quien se lo voy a dar.

Mojando, pues, el trozo se lo dio a Judas de Simón Is­cariote. 27Y en cuanto recibió el trozo, entró en él Satanás. Por eso le dijo Jesús:

-Lo que vas a hacer, hazlo pronto.

28Ninguno de los comensales se dio cuenta de por qué le decía esto. 29Algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: «Compra lo que necesitamos para la fiesta», o que diese algo a los pobres.

30E1 tomó el trozo y salió en seguida; era de noche.

31Cuando salió, dijo Jesús:

-Acaba de manifestarse la gloria del Hombre y, por su medio, la de Dios; 32y, por su medio, Dios va a mani­festar su gloria y va a manifestarla muy pronto.

            33Hijos míos, ya me queda poco que estar con vosotros. Me buscaréis, pero aquello que dije a los judíos: "Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir", os lo digo también a vosotros ahora.

 

            36Le preguntó Simón Pedro:

            -Señor, ¿adónde vas?

            Le repuso Jesús:

            -Adonde me voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me seguirás.

            37Le dice Pedro:

            -Señor, ¿por qué no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti.

            38Replicó Jesús:

            -¿Que vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces.                                                           

  

COMENTARIO 1


Jesús pone el acento en quien lo va a entregar: "Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar" (v. 21; cf. 6,70.71; 12,4). Al ver que, a pesar de su amor, uno de los suyos va a la ruina y a la muerte, Jesús se estremece y los discípulos se quedan sorprendidos "sin poderse explicar por quién lo decía" (v. 22).

Se menciona ahora por primera vez al discípulo predilecto (v. 23). Su figura se contrapone a la de Simón Pedro, pues aquél acepta el amor de Jesús y responde a él con su cercanía ("estaba reclinado inmediato a Jesús"). Este discípulo es la figura mas­culina de la nueva comunidad bajo los rasgos del amigo íntimo, identifi­cado con Jesús (la figura femenina, en papel de "esposa", estará repre­sentada por María Magdalena, cf. 20,13-16).

El discípulo puede permitirse un gesto de total intimidad ("reclinán­dose ... le preguntó", vv. 24-25). Pedro, sin embargo, no está inmediato a Jesús, no com­prende su amor ni acepta ser amado (13,8).

La respuesta de Jesús no revela el nombre del traidor ni lo señala; Jesús no rompe con el que va a traicionarlo aunque lo señala como "aquél para quien yo voy a mojar el trozo y a quien se lo voy a dar" (v. 26). Jesús no ha venido a juzgar, sino a salvar (12,47). Ofrecer a un comensal un trozo de alimento era señal de deferencia. Aquí no se específica de qué es el trozo: Juan juega con la ambi­güedad pan / carne; tampoco dice en qué lo moja Jesús, creando otra ambigüedad, la de salsa / sangre. Lo que Jesús ofrece a Judas es su misma persona dispuesta a aceptar la muerte. Lo invita a rectificar y ser de los suyos, a comer su carne y sangre y unirse a él (6,56). Jesús responde al odio con amor, poniendo su vida en manos de su enemigo. Toca a Judas ha­cer su última opción.

Juan evita decir que Judas comió el trozo (v. 27), lo que habría signifi­cado la voluntad de asimilarse a Jesús. Más adelante se explicará lo que hace con él: "tomó el trozo y salió en seguida"(v.30). El gesto de amistad de Jesús no encuentra en Judas una respuesta positiva, antes al contrario, aumenta su antagonismo. Judas se identifica con los principios y valores del sistema. Así interioriza (entró en él) a Satanás, el dinero-poder, que lo hace agente suyo y homicida (8,44). Jesús ha mostrado a Judas su amor hasta el fin, pero no intenta forzarlo; le ha dejado plena libertad de opción, aun a costa de su propia vida, y Judas se ha dado su propia sentencia; es inútil prolongar la si­tuación ("hazlo pronto") (v. 28).

Judas administraba los fondos del grupo (cf 12,6): "Algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: «Compra lo que necesitamos para la fiesta», o que diese algo a los pobres" (v. 29). Se dan aquí dos interpreta­ciones de las palabras de Jesús, que muestran la falta de comprensión del mensaje por parte de los discípulos. Comprar significa dependencia del sistema económico explotador (prueba de Jesús a Felipe, 6,5s). Dar a los pobres fue la propuesta de Judas para el precio del perfume.

Judas sale llevándose el trozo (V. 30), la vida de Jesús, para entregarla y entra en la tiniebla ("era de noche"), en el ámbito de los enemigos de Jesús, llevándose la luz, para extinguirla (1,5).

Jesús interpreta la salida de Judas, como había interpretado el lavado de los pies (13,12). Jesús ha puesto libremente su vida en manos de sus enemigos, por amor al hombre, para salvarlo. Así manifiesta al máximo su gloria / amor, y el amor manifestado es el de Dios mismo, tan grande que, traducido por Jesús en términos humanos, llega al don de la propia vida por los hombres.

"Cuando salió, dijo Jesús: Acaba de manifestarse la gloria del Hombre y, por su medio, la de Dios; y, por su medio, Dios va a mani­festar su gloria y va a manifestarla muy pronto" (vv. 31-32). En la primera parte (v. 31) ocupa el primer plano la manifestación de la gloria / amor de Dios a través del de Jesús; en la segunda (v. 32) se trata de la comunicación a los hombres de ese amor / gloria de Dios, el Espíritu, a través de Jesús. La gloria / amor de Jesús se manifiesta en dar su vida y expresa el amor de Dios al hom­bre. La de Dios se manifiesta en el don del Espíritu, que se hace por medio de Jesús.

De las palabras anteriores, Pedro ha retenido solamente las que anunciaban la marcha de Jesús (cf 13,33): "Adonde me voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me seguirás" (v. 36). Pedro no se fija en lo que le toca como discípulo. Jesús le repite lo que ha dicho antes, pero indicán­dole que en el futuro llegará a seguirlo, pero Pedro no se conforma cuando le dice: "Señor, ¿por qué no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti" (v. 37). Se declara dispuesto a dar la vida por Jesús, pero no se da por enterado del mandamiento del amor a los demás; se vincula solamente a su Señor. Vuelve a singularizarse entre sus compañeros, queriendo mostrar a Jesús una adhesión mayor que la de ellos; cree que Jesús no lo conoce suficientemente. No entiende que no se trata de morir por Jesús, sino de dar la vida, con y como Jesús, por el bien de los hom­bres. Su generosidad manifiesta su profunda incomprensión: nadie puede sustituir a Jesús en su función liberadora y manifestadora del amor del Padre. Siguiendo a Jesús, el hombre no se sacrifica a Dios, sino que se hace don suyo a los demás hombres, así como Dios mismo, por el Espíritu, se hace don para el hombre.

"Replicó Jesús: ¿Que vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces" (v. 38). Ironía de Jesús. Pedro ha mostrado su arrogancia y su ignorancia. Jesús no necesita sacrificios por él ni los acepta. Dios no absorbe al hombre, sino que lo empuja a amar. Pedro pretende vincularse sola­mente a Jesús, sin comprender que éste es inseparable del grupo.

Pedro, que se ofrece a morir por su Señor, al ver derrumbarse su falsa idea de Mesías, acabará negándolo. Su relación con Jesús no es tanto la adhesión a su persona (amor) cuanto al papel mesiánico que le atribuye. Sus negaciones serán indicio de una profunda decepción.

           

 

COMENTARIO 2 


Ayer, a propósito de la lectura evangélica, nos pre­guntábamos por la responsabilidad de la condena a muerte de Jesús. Hablábamos de las autoridades reli­giosas judías de esa época, del representante del po­der imperial romano. Hoy nos preguntarnos por nues­tra propia responsabilidad. Resulta fácil juzgar a los demás, espantarnos por el pavoroso destino de Judas que vendió a su maestro, por la cobardía de Pedro que lo negó ante soldados y sirvientes; sin caer en cuenta de nuestras múltiples traiciones y negaciones cuando no somos capaces de asumir consecuentemente las exigencias de nuestro compromiso cristiano.

Hagamos hoy como el discípulo amado, ese mis­terioso discípulo que se recuesta con íntima familia­ridad sobre el pecho de Jesús, que lo acompaña hasta la cruz y recibe en su casa a la madre desamparada, que corre al sepulcro para llegar el primero a la fe en la resurrección de su maestro.

¿Quién era este discípulo? La exégesis actual piensa en un discípulo anónimo, tal vez oriundo de Jerusa­lén, distinto del apóstol Juan. Podría ser un persona­je influyente hasta el punto de poder hacer entrar a Pedro en el patio del palacio del sumo sacerdote. Po­dría ser, también, el dueño de la casa donde se cele­bró la cena. Se trataría, en todo caso, de un amigo de Jesús, de un auténtico discípulo suyo, incapaz de trai­cionarlo, incapaz de negarlo. Un cristiano a carta ca­bal, «como Dios manda». Un modelo para los cristia­nos de todos los tiempos.

 


 

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