Domingo 31
de marzo de 2002

PRIMER DOMINGO DE PASCUA

Benjamín

Evangelio : Juan 20, 1-9 

Primera lectura: Hechos 10, 33a. 37-43
Salmo responsorial: 117, 1-2. 16-17. 22-23
Segunda lectura: Colosenses 3, 1-4 

 

COMENTARIOS

  1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Seréis dichosos". Ciclo A. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. Juan MateosNuevo Testamento (Notas a este evangelio). Ediciones Cristiandad 2ª Ed.,   Madrid.
  3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica). 

 


EVANGELIO
Juan 20, 1-9
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

20 1El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada. 2Fue entonces corriendo a ver a Simón Pe­dro y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo:

-Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

3Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. 4Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pe­dro, y llegó primero al sepulcro. 5Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró. 6Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, 7y el sudario, que había cubierto su ca­beza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar. 8Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó.

9Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la muerte.

 

  COMENTARIO 1


PERO DIOS LO RESUCITO

Si las tradiciones populares reflejan con fidelidad el modo de pensar de los pueblos, los cristianos andaluces deberíamos estar muy preocupados por nuestro modo de celebrar la Sema­na Santa. Aparte de otras muchas consideraciones que, desde el punto de vista de la fe, podríamos hacer, hay algo especial­mente grave en nuestro modo de recordar los momentos cul­minantes de la misión de Jesús de Nazaret: celebramos su muerte más, mucho más, que su resurrección; y celebramos la muerte desconectada de la resurrección.

 

TODAVÍA EN TINIEBLAS

«El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada».

 

No podía ser. Los discípulos no se lo podían creer. No en­traba dentro de las posibilidades que ellos manejaban. A pesar de que Jesús se lo había anunciado varias veces (Jn 10,17-18; 12,7.23-28; véase también Mc 8,31; 9,31; 10,33-34), no creían que Jesús pudiera resucitar. Por eso, aunque ya era de día, María Magdalena (que simboliza a la comunidad de Je­sús) estaba aún en tinieblas. Porque, muy a su pesar, pensaba que la tiniebla había vencido definitivamente a la luz, que la muerte había prevalecido sobre la vida, que el poder había vencido al amor. Ella estaba triste; pero seguro que había mu­chos que todavía estaban celebrando la que creían que era su victoria.

Todos se equivocaron. No había lugar para la tristeza de la Magdalena ni para la alegría de los que hicieron matar a Je­sús. Su misión no era cosa de sólo tejas abajo, que se pudiera destruir con sólo derramar su sangre. Su misión estaba respal­dada  y lo habrían visto, si hubieran tenido ojos para verlo, en la inmensidad del amor que se manifestó en la cruz  por el mismo Dios. Por eso, a pesar de que María Magdalena esta­ba todavía en tinieblas, aquel día amaneció.

 

EL PRIMER DÍA DE LA SEMANA

Y empezó una nueva época para la humanidad. El proyec­to que Dios había presentado a los hombres por medio de Jesús no se iba a ver interrumpido por la oposición del gober­nador de una lejana provincia del Imperio romano y por algu­nos jerarcas religiosos con delirios de grandeza. Al contrario: su actuación iba a tener el efecto contrario al que ellos desea­ban. Su mundo, el de ellos, y no el de Jesús, empezaba a des­aparecer con la nueva era que comenzaba aquel primer día de la semana.

Aquel domingo (pronto empezaría a llamarse así, «día del Señor») comenzaba de nuevo la cuenta de los días del hombre, del hombre nuevo y la nueva humanidad nacidos del costado abierto del Nazareno; comenzaba una nueva posibilidad para el hombre: un modo nuevo de ser hombre.

Era el principio de la primavera, y en aquel huerto/jardín (que recuerda el jardín del Edén, en donde sitúa el libro del Génesis la primera pareja humana: Gn 2,8ss) en el que estaba el sepulcro de Jesús se iba a manifestar la victoria de la vida sobre el poder homicida.

 

VIO Y CREYO

«Llegó también Simón Pedro, ... entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, y el sudario... Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó».

 

Cuando llegó María al sepulcro, no encontró allí al Señor. Y corrió, asustada, a avisar a los discípulos. El sepulcro estaba vacío y los lienzos con los que habían atado a Jesús después de su muerte estaban allí como testigos silenciosos del triunfo del amor y de la vida.

Ante el anuncio de María, reaccionan dos discípulos: Pe­dro, el que había negado a Jesús porque en el fondo creía que la muerte es más fuerte que el amor (Jn 18,16.25-27), y el que, siguiendo a Jesús, había entrado con él en la sala del jui­cio y lo había acompañado hasta la misma cruz (Jn 18,15; 19,26), dispuesto a dar la vida, por amor, con él. Y allí, al pie de la cruz, fue testigo de que, cuando la vida se entrega por amor, es fuente de más y más vida. Por eso sólo él supo inter­pretar los signos que tenían ante sí. Por eso, vio y creyó. Pedro aún tenía que decidirse a ser pastor al estilo de Jesús, dispuesto a dar la vida por las ovejas. En ese momento aceptaría que el triunfo está en la vida y no en la muerte, en el amor y no en el poder (Jn 21,15-19).

 

Y DIOS LO RESUCITO

Sí. Porque la misión de Jesús no era sólo cosa suya. Dios estaba con él. Y Dios lo resucitó.

Muchas veces, a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía, se ha querido presentar a Dios como el que justifica­ba los abusos homicidas del poder: en nombre de Dios conde­naron a Jesús de Nazaret y en nombre de Dios se sigue conde­nando a los verdaderos luchadores por la liberación de los pueblos. Pues a pesar de que los tiranos invoquen a Dios, y a pesar de que existan profesionales de la religión que dan la ra­zón a los tiranos, la resurrección de Jesús nos muestra de parte de quién está Dios. Y, además, la resurrección de Jesús de­muestra que -aunque no siempre sea necesaria la mayor prue­ba de amor, dar de una vez la vida por aquellos a quienes se quiere-  el amor es el único camino que conduce a la salva­ción de este mundo; que la entrega de la propia vida por amor es el único instrumento verdaderamente eficaz para construir un mundo en el que todos puedan vivir felices.

 

MUERTE Y RESURRECCION

Tenemos que tomar conciencia del significado de la resu­rrección de Jesús y preguntarnos por qué es tan poco impor­tante para nosotros. María Magdalena, Pedro y el otro discípulo, amigo de Jesús, seguían estando de parte de Jesús. Por supuesto que todos ellos consideraban que su muerte había sido una injusticia, un verdadero asesinato; pero les faltaba todavía la fe en la fuerza de la vida.

Como a nosotros los andaluces. Jesús crucificado, el dolor de María, su Madre, lo injusto de esos sufrimientos, nos con­mueven sinceramente; y así lo expresamos (allí donde lo que se haga sea una verdadera manifestación de fe). Pero conme­morar sólo la muerte de Jesús y olvidar su resurrección es o no querer comprometer nuestra propia vida en la lucha por la construcción de un mundo mejor, o presentar la muerte de Je­sús como un fracaso y, de esa manera, hacer el juego a los opresores de todos los tiempos, a quienes conviene que se siga creyendo que la muerte es más fuerte que el amor. La resurrec­ción de Jesús muestra lo contrario.

 

COMENTARIO 2


v. 1: El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada.

Comienza ahora el nuevo ciclo: el de la crea­ción nueva y la Pascua definitiva. Prescinde Juan del dato cronológico exacto, para subrayar que el tiempo mesiánico sigue inmediatamente a la muerte de Jesús. «El último día» de la cruz viene presentado ahora como el primer día (v.1), que abre el tiempo nuevo. Por la mañana tem­prano indica un momento en que ya hay luz (18,28); dato inconciliable con todavía en tinieblas; pero en Juan la tiniebla designa la ideología con­traria a la verdad de la vida (1,5; 3,19; 6,17; 12,35). María va al sepulcro creyendo que la muerte ha triunfado; espera encontrar el cadáver de Jesús, alusión a la esposa del  Cantar de los cantares (3,1): "lo busqué y no lo encon­tré". La losa puesta habría sido el sello de la muerte definitiva, pero la historia de Jesús no se ha cerrado.

 

v. 2: Fue entonces corriendo a ver a Simón Pe­dro y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo:

-Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

María se alarma y avisa a los dos discípulos por separado; la muerte de Jesús ha provocado la dispersión (16,32). Conclusión de lo que ha visto: se han llevado al Señor. No entiende lo que era señal de vida (el sepulcro abierto); para ella, el Señor, muerto, está a merced de lo que quieran hacer con él. El plural no sabemos muestra a la comuni­dad desorientada.

 

vv- 3-4: Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. 4Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pe­dro, y llegó primero al sepulcro. Igual reacción de ambos discípulos, ir al sepulcro (3-4).

Correr juntos indica la común adhesión a Jesús. Pero hay una diferencia entre los que corren: el amigo de Jesús se ade­lanta a Pedro. Las dos veces que hasta ahora Pedro y el discípulo predi­lecto han aparecido juntos (13,23-25; 18,l5ss), Juan ha dado la ventaja al segundo. Corre más de prisa el que ha sido testigo del fruto de la cruz (19,35). Pedro no concibe aún la muerte como muestra de amor y fuente de vida (12,24).

 

v. 5: Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró.

El discípulo ve puestos los lienzos, como sábanas en el lecho nupcial; ya no atan a Jesús (19,40). Distingue la señal de la vida, pero no la comprende. Deberían deducir que Jesús se ha marchado solo (cf. 11,44, de Lázaro: «Desatadlo y dejadlo que se marche»), pero no conci­ben que la vida pueda vencer a la muerte.

 

vv. 6-7: Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, 7y el sudario, que había cubierto su ca­beza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar.

El discípulo no entra en el sepulcro; va a ceder el paso a Pedro. Después de las negaciones de éste (18,15-17.25), es un gesto de aceptación y reconciliación. Pedro sigue al otro discípulo: el que es amigo de Jesús marca el camino. Ve también los lienzos puestos; descubre, además, el sudario, símbolo de muerte (11,44, de Lázaro), pero colocado aparte: envolviendo determinado lugar. La expresión es ex­traña, indicando un segundo sentido. «El lugar» denota en Juan el templo de Jerusalén (4,20; 5,13; 11,48) o, por contraste, el lugar donde se en­cuentra Jesús, nuevo santuario (6,10.23; 10,40, etc.). Aquí este «lugar», separado del que es propio de Jesús, designa el templo. Al matar a Jesús han intentado suprimir la presencia de Dios; con ello han condenado su propio templo a la destrucción (cf. 2,19). La muerte, vencida por Jesús, amenaza sin remedio a la institución que lo condenó. No hay reacción de Pedro ante los signos.

 

v. 8: Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó.

Insiste Juan en la deferencia del otro discípulo (v. 8: el que había llegado antes), que muestra una actitud de amor como la de Jesús. Al ver las se­ñales, comprende: la muerte no ha interrumpido la vida, simbolizada por el lecho nupcial preparado. Ahora cree y ve así la gloria / amor de Dios (11,40), que da vida definitiva. Nuevo contraste entre los dos discí­pulos: sólo cree el segundo.

 

v. 9: Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la muerte.

Juan se refiere al pasaje de Is 26,19-21 (9), al que aludía en 16,16: «Dentro de poco dejaréis de verme, pero un poco más tarde me veréis», y en el que decía el profeta: «Resucitarán los muertos ... el Señor va a salir de su morada». No sabían que se ha producido el nacimiento del Hombre (16,21).

 

COMENTARIO 3


Hoy conmemoramos la Pascua de Jesús, su paso de la muerte a la resurrección, paso al que fuimos asociados todos las creyentes al recibir el bautismo. Preside nuestra celebración el cirio pascual que ano­che, en la solemne vigilia de resurrección fue bendecido, incensado y cantado, como símbolo de la luz que es Jesucristo, de su Palabra y su vida. En muchos lugares a la largo y ancho del mundo, donde haya cristianos, los recién bautizados de anoche participan hay en la fiesta pascual de la comunidad cristiana. Y nosotros mismos conmemoramos y renovamos hoy nuestro bautismo.

En estos 50 días del tiempo pascual, que hoy se inaugura, leeremos el libro de las Hechos de los Após­toles, donde se narran los orígenes de la Iglesia cris­tiana, nacida de la muerte y de la resurrección de Je­sús y del don de su Espíritu Santo. Una muy antigua tradición que data del siglo II, lo atribuye a San Lucas, lo mismo que el tercer evangelio. Se trata, según la misma tradición, de un discípulo de Pablo, menciona­do en Flm 24; Col 4,14 y 2Tim 4,11. Él habría sido testigo de muchas de las cosas que narra, otras las habría conocido por la tradición de los apóstoles y de los primeros cristianos.

La 1ª lectura de hay está tomada del libro de los Hechos. Es uno de los muchos discursos que Lucas pone en boca de las apóstoles Pedro y Pablo y que conservan el recuerdo fidedigno de lo que los apóstoles predica­ban después de la resurrección de Jesús. Es el llamado "Kerygma" o proclamación solemne del núcleo de la fe cristiana, destinada a los judíos y a los paganos, invitándolos a creer en Jesucristo, a confiarse en El, a incorporarse a su Iglesia. No se trata de una ideolo­gía, ni de un código moral detallado. Se trata del anun­cio de los acontecimientos que acabamos de celebrar en la Semana Santa: La vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. A sus oyentes -y a nosotros hoy- Pedro exhorta a creer en Jesucristo para obtener la salvación.

Este es el contenido fundamental de nuestra fe, que todos debemos testimoniar gozosamente con nues­tra vida y con nuestras palabras. Porque son hechos salvadores, liberadores, por los cuales Dios se nos en­trega como Padre, perdonando nuestros pecados y dán­dole sentido a nuestra vida, a veces tan extraviada.

La 2ª lectura, muy breve, es un pasaje de la carta de Pablo a los colosenses. Afirma categóricamente el apóstol que hemos resucitado con Cristo. Este es el efecto de nuestro bautismo: nos hace morir al pecado para resurgir a la vida de la gracia divina en el nombre de Jesús.

El evangelio, tomado de Juan, narra el hallazgo de la tumba vacía de Jesús por parte de María Magda­lena. Es todo un signo de la victoria de Dios sobre la muerte. Los ojos del verdadero discípulo sabrán des­cifrar el significado de las vendas mortuorias tiradas por el suelo, del sudario que cubría el rostro del crucificado enrollado aparte de las vendas. Es que Jesús ha resucitado, ya no está aquí en la tumba, como dirán los ángeles en otros relatos. Más tarde se aparecerá a los suyos, se hará ver por sus discípulos, y los llenará con la alegría de su vida nueva y definitiva, la misma vida de Dios.

Es significativo que el primer testigo de la resu­rrección sea una mujer, María Magdalena, discípula y amiga de Jesús. Ahora misionera y apóstol. En esto son unánimes los evangelistas: en que los primeros testigos de la resurrección de Jesús fueron mujeres de su grupo que llevaron la alegre noticia a los apóstoles. Para irnos curando de machismos, y para que com­prendamos, por fin, que en la Iglesia de Jesucristo todos somos iguales.

También nosotros hemos de correr hacia la tum­ba vacía de Jesús, hemos de entrar en ella, para ver con los ojos de la fe, no con los de la carne, que Jesús ya no está allí, y para creer entonces en El, que vive para siempre. La resurrección de Jesús da sentido a nuestra vida de cristianos. Sin ella, como dijo san Pa­blo (ICor 15,14-15), «vana es nuestra fe», porque nos remitiríamos a una ilusión. Con ella cobra sentido todo: El compromiso en la lucha por hacer un mundo más justo y más humano, el servicio a los pobres y a los necesitados, el anuncio del Evangelio a todos los pue­blos, llevado con tantos esfuerzos y sacrificios, hasta enfrentar la muerte por él. Con Cristo resucitado rena­ce la esperanza en una vida nueva, donde no haya dolor ni sufrimiento, separación, muerte ni olvido, donde todos los seres humanos podamos ser felices como quiere Dios. Esto es lo que significan esa tumba vacía y esos lienzos y el sudario que vieron los discí­pulos.


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