Jueves 2
de mayo de 2002

Atanasio

 

COMENTARIOS

  1. Juan Mateos El evangelio de Juan. Texto y comentario . Ediciones El almendro, Córdoba 2002 (en prensa).
  2. Diario Bíblico . Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Juan 15, 9-11
(trad. Juan Mateos , Nuevo Testamento , Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

9 Igual que el Padre me demostró su amor, os he de­mostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. 10 Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Pa­dre y me mantengo en su amor. 11 Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.

                                                                                                                              

  

COMENTARIO 1


v. 9: Igual que el Padre me demostró su amor, os he de­mostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío.

El Padre de­mostró su amor a Jesús comunicándole la plenitud de su Espíritu (1,32s), que era la comunicación de su gloria o amor fiel (1,14). Jesús demuestra su amor a los discípulos de la misma manera, comunicán­doles el Espíritu que está en él (1,16; 7,39); la unión a Jesús-vid (15,1ss) se expresa ahora en términos de amor. Los discípulos deben vivir en el ámbito de ese amor (cf. 15,4).

v. 10: Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Pa­dre y me mantengo en su amor.

Jesús pone en paralelo la relación de los discípulos con él y la suya con el Padre (10,15); la fidelidad del amor se expresa en ambos casos por la respuesta a las necesidades de los hombres (cumplir los mandamientos del Padre/de Jesús). La praxis asegura la unión con él. No existe amor a Jesús sin compromiso con los demás. Los mandamientos o encargos del Padre a Jesús se identifican con su misión de salvar a la humanidad. El criterio objetivo de la relación con él y con el Padre es el amor de obra (cf. 1 Jn 3,14); éste demuestra la autenticidad de la experiencia interior.

v. 11: Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.

La alegría es «objetiva», por el fruto que nace (15,8), y «subje­tiva», porque el amor practicado produce la experiencia del amor; los discípulos viven circundados del amor de Jesús. Pero además, Jesús comparte con ellos su propia alegría, la que procede del fruto de su muerte y de su experiencia del Padre.  

COMENTARIO 2 


El capítulo 15 del libro de los Hechos, que hoy hemos leído casi todo, narra un acontecimiento que fue trascendental en la vida de la iglesia naciente: la llamada “Asamblea Apostólica” o “Concilio Apostólico” de Jerusalén. El tema no podía ser más importante. Ya varios evangelizadores, entre otros Pedro y Pablo y sus compañeros, había experimentado la misericordia que Dios otorgaba a los paganos, concediéndoles creer en Jesucristo, dándoles su Espíritu y convocándolos en comunidades como las que acababan de fundar Pablo y Bernabé, según el relato de Hechos, en la meseta de Anatolia (hoy Turquía). Ahora se trataba de resolver la cuestión planteada por los judíos más observantes convertidos al cristianismo: Los paganos recién convertidos ¿debían hacerse circuncidar, o no? ¿Debían cumplir las normas rituales de la Ley de Moisés? Para ellos esto era evidente y por eso habían ido representantes suyos a Antioquia, a exigir a los hermanos de origen pagano el atenerse a esta norma; pero otros, entre ellos Pablo, el más aguerrido, defendían la libertad de los paganos convertidos al cristianismo frente a las instituciones judías: circuncisión, normas rituales, etc.

A una distancia de veinte siglos no alcanzamos a captar la trascendencia del acontecimiento, porque vivimos un cristianismo completamente liberado de las antiguas normas judías, aunque conservamos estrechos vínculos espirituales y afectivos con la religión de Moisés. Para la iglesia naciente se trataba en cambio de una cuestión de vida o muerte. ¿Se convertiría el cristianismo en una secta más del judaísmo, como la de los esenios? ¿O se emanciparía reclamando originalidad y autonomía? Estas fueron las cuestiones tratadas en la asamblea cuyo relato acabamos de escuchar. Se nos dice que Pedro y Santiago por su parte aceptaron que se respetara la libertad de los cristianos venidos de la gentilidad frente a las normas judías, mientras que Santiago, el hermano de Jesús, aceptando básicamente la opinión de los otros, propuso que se les escribiera exigiéndoles atenerse a un mínimum: abstenerse de la idolatría y de la fornicación, exigencias obvias para un cristiano que había sido pagano, y abstenerse igualmente de la sangre y de la carne de animales muertos por extrangulamiento, pues para los judíos la sangre era la sede de la vida, y pertenecía exclusivamente a Dios (cfr Gn 9,1-7). Es el contenido del llamado “Decreto apostólico”, cuyas circunstancias de envío leeremos pasado mañana.

La trascendencia de la Asamblea Apostólica queda de manifiesto en el hecho de que tenemos una segunda versión, algo diferente, del acontecimiento: el mismo Pablo nos la da en la carta a los Gálatas (2,1-10). Por ambos relatos deducimos que la cuestión de la circuncisión y de otras normas judías fue crucial para los primeros cristianos. Según san Pablo se trataba de comprender y aceptar el alcance redentor de la cruz de Jesucristo. Imponer o mantener las normas judías era como negar que Dios nos había ofrecido a todos, judíos y paganos sin distinción, su misericordia y su amor salvador.

¿Y nosotros hoy? ¿No confiamos más en los ritos y en prácticas externas que en el mismo Jesucristo? ¿No creemos que Dios nos debe mucho por nuestras buenas obras, como los antiguos fariseos, negando hipócritamente nuestra condición de pecadores y haciendo entonces inútil la cruz de Jesucristo? La lectura de Hechos nos debe hacer volver a la actitud agradecida de los primeros cristianos que estaban convencidos que la salvación por Jesucristo es solo gracia de Dios. Que no hemos hecho, ni podremos hacer nada, por merecerla.

De la brevísima lectura del evangelio de San Juan, apenas tres versículos, debemos destacar dos realidades: el amor y la alegría. El amor que nos aquí un sentimiento o una pasión humanos, sino divinos. Es Dios quien ama a Jesucristo, es Jesucristo quien nos ama a nosotros y está dispuesto a entregar su vida para nuestra salvación; somos nosotros, invitados a permanecer en el amor de Cristo. Este amor de Dios, no es como nuestros frágiles amores humanos; es eterno, irrevocable, inextinguible. Podemos nosotros dejar de amar a Dios porque nos extraviemos yéndonos detrás de cualquier ídolo, pero Dios no dejará de amarnos jamás. Su amor es tan irrevocable como la cruz de Cristo, como su sangre derramada injustamente, precisamente para demostrarnos este amor de Dios. Muchos seres humanos, hermanos nuestros, podrán dolerse de no haber sido nunca amados, de no haber recibido en la vida sino dolores y sufrimientos. A nosotros corresponde testimoniarles el amor de Dios, el amor de Cristo, hacérselo presente. Así guardamos o cumplimos los mandamientos de Cristo.

Este amor es causa de alegría, es fundamento de felicidad. Y Cristo quiere que esta felicidad llegue en nosotros a la plenitud. Mucho se nos ha acusado a los cristianos de vivir una fe triste, pesimista. Así pensaba el gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que decía que no se nos veía cara de ser felices. Y así han pensado muchos otros. Sin embargo la mayoría de los santos cristianos han manifestado poseer una gran alegría, ser completamente felices, aún en las dificultades, persecuciones y tormentos a que se han visto sometidos. Porque el verdadero amor es la fuente de la felicidad, como lo habremos experimentado muchos de nosotros cuando hemos amado de verdad a alguien. Pues con mayor razón la experiencia del amor de Dios y de su Hijo Jesucristo debe ser en nosotros fuente de felicidad para compartir con los demás. Con los que se sienten solos, fracasados, abandonados. Con los enfermos y los desahuciados, los que han sido rechazados por la sociedad, los encarcelados, los pobres... Tantos y tantos seres humanos que merecen ser algún día felices, experimentar el amor liberador de Dios.


 

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