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Justino |
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27Llegaron de nuevo a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores 28y le preguntaron: -¿Con qué autoridad actúas así?, o sea, ¿quién te
ha dado la autoridad para actuar así? 29Jesús les contestó: -Os voy a hacer una pregunta; contestádmela y os
diré con qué autoridad actúo así. 30El bautismo aquel de Juan,
¿era cosa de Dios o cosa humana? Contestadme. 31Ellos razonaban, diciéndose unos a
otros: -Si decimos «de Dios», dirá: «Y, entonces, ¿por
qué no le creísteis?»; 32pero si decimos «cosa
humana»... (Tenían miedo del pueblo, porque todo el mundo
pensaba que Juan había sido realmente un
profeta.) 33Y respondieron a Jesús: No lo sabemos. Jesús les replicó: -Pues tampoco yo os digo con qué autoridad actúo así. |
v. 27 a Y llegaron de nuevo a
Jerusalén
Llegada a Jerusalén, donde se prevén
reacciones a la denuncia del templo hecha el día antes por
Jesús.
v. 27b Mientras él paseaba por el templo, se le
acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los
senadores...
Aunque los dirigentes traman su muerte
(11,18), Jesús se pasea solo por el templo, sin que se mencionen sus discípulos.
Mientras que los dirigentes tienen miedo de él (11,18), él no lo tiene de
ellos.
Se le acercan los tres grupos que componían
el Sanedrín o Gran Consejo, exponentes de los tres poderes: el
religioso-político (los sumos sacerdotes, aristocracia sacerdotal), el
intelectual (los letrados, teólogos y juristas) y el económico (los
senadores, aristocracia civil). La presencia de los tres grupos, el Consejo
en pleno, indica la gravedad de la situación.
v. 28 ... y le preguntaron: «¿Con qué autoridad
actúas así?, o sea, ¿quién te ha dado la autoridad para actuar
así?»
Le hacen dos preguntas: la primera quiere
saber qué clase de autoridad se atribuye Jesús para hacer lo que hace, la
segunda, quién se la ha dado. A su entrada en Jerusalén Jesús ha sido aclamado
como Mesías, y la expulsión de los mercaderes era fácil de interpretar como un
gesto mesiánico. Los dirigentes no consideran por un momento si la actuación de
Jesús estaba justificada, si su denuncia correspondía a un abuso real. Pero,
como representantes y custodios de la institución, afirman tener autoridad
legftima, procedente en último término de Dios, y tienen derecho a saber de
labios de Jesús qué títulos ostenta que justifiquen su actuación. Intentan
llevarlo al terreno jurídico.
vv. 29-31 Jesús les contestó: «Os voy a hacer una
pregunta; contestádmela y os diré con qué autoridad actúo así. El bautismo aquel
de Juan, ¿era cosa de Dios o cosa humana? Contestadme». Ellos razonaban,
diciéndose unos a otros: «Si decimos "de Dios", dirá: "Y entonces, ¿por qué no
le creísteis?"»
Jesús quiere desenmascarar la mala voluntad
de los dirigentes, que impide toda posibilidad de diálogo. Hace su pregunta,
aunque prevé que no van a contestarla (contestádmela y os diré), porque
cualquier respuesta los comprometería. Los dirigentes quieren juzgar sobre
la procedencia del mesianismo de Jesús, pero no pueden hacerlo sin
definirse antes sobre la procedencia del bautismo de Juan, precursor de Jesús.
Les pide una opinión sobre la actividad de Juan Bautista, que tampoco tenía
credenciales jurídicas. La pregunta que les hace: ¿era cosa de Dios o cosa
humana?, es la misma que puede hacerse sobre su pretensión mesiánica. Y está
claro que ellos, los administradores de la «cueva de bandidos», no han hecho
caso de la exhortación de Juan a la enmienda.
vv. 31-32 ... pero si decimos «cosa humana» ...
(Tenían miedo del pueblo, porque todo el mundo pensaba que Juan había sido
realmente un profeta.)
Los dirigentes se muestran inseguros,
ponderando los pros y los contras de cada alternativa. Querrían decir que el
bautismo de Juan era cosa humana, pero no se atreven, tienen miedo al pueblo si
contradicen una persuasión arraigada (que había sido un profeta). En cualquier
caso ven amenazado su poder.
v. 33
Y respondieron a Jesús: «No lo
sabemos». Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad
actúo así».
Optan por no pronunciarse, mostrando su
mala fe. Sus motivaciones nada tienen que ver con Dios, cuya invitación han
rechazado en la persona de Juan: buscan conservar su poder y salvaguardar
sus intereses. Para ello, lo más conveniente es mantener una postura ambigua que
no los comprometa. Con ello, sin embargo, no podrán condenar el mesianismo de
Jesús ni desautorizarlo. Tendrán que tolerar su enseñanza y, más tarde,
prenderlo a traición.
Jesús no responde a la mala
fe.
Esta
vez se acercan a Jesús representantes de los tres poderes: el religioso (sumos
sacerdotes), el ideológico (letrados) y el económico (senadores, por lo común,
saduceos que conformaban la aristocracia civil). Lo que van a preguntarle debe
tener gran importancia, pues afecta a todos por igual. Están preocupados
seriamente por saber con qué autoridad actúa Jesús y de quién proviene su
autoridad, pues su modo de hablar y de actuar de Jesús cuestiona el de ellos y
su autoridad.
Jesús,
consciente de la mala voluntad de quienes le preguntan, les responde con una
pregunta que desenmascara su manera de proceder ambigua: El bautismo de Juan,
les pregunta, ¿era cosa de Dios o cosa humana? Contéstenme. Pero ellos no
responden, porque si dicen que era cosa de Dios, serían responsables de no
haberse convertido, y si cosa humana, la gente se les echaría encima porque
consideraban a Juan un profeta.
Por
eso, a quien se niega a dialogar dando la callada por respuesta, Jesús no dará
respuesta alguna. Él sabe de sobra que lo único que les interesa es conservar su
poder y continuar aprovechándose del pueblo. Y ellos intuyen que Jesús los
conoce. Así que por el momento tendrán que seguir tolerando la enseñanza de
Jesús hasta que encuentren el momento de entregarlo a traición y consigan
condenarlo a muerte embaucando y engañando al pueblo. El poder tiene siempre una
estrategia de ambigüedad pretendida con la única finalidad de perpetuarse a
cualquier precio. ¿Somos conscientes de ello?
FUNDACIÓN ÉPSILON
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