|
NOVENO DOMINGO
DE TIEMPO ORDINARIO Marcelino - Pedro Evangelio : Mateo 7, 21 - 27 Primera lectura: Deuteronomio 11, 18.26-28
|
|
COMENTARIOS
|
|
|
|
21No basta decirme: «¡Señor, Señor!», para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo. 22Aquel día muchos me dirán: «Señor, Señor, ¡si
hemos profetizado en tu nombre y echado demonios en tu nombre y hecho
muchos prodigios en tu nombre!» 23Y entonces yo les declararé:
«Nunca os he conocido. ¡Lejos de mí los que practicáis la
iniquidad!» 24En resumen: Todo aquel que escucha estas palabras
mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa
sobre roca. 25Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los
vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba
cimentada en la roca. 26Y todo aquel que escucha estas palabras mías pero
no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena.
27Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos,
embistieron contra la casa y se hundió. ¡Y qué hundimiento tan
grande! |
SI NOS CREYERAMOS LO QUE
DECIMOS...
La palabra es un elemento esencial de la naturaleza
humana, como lo son los gestos del amor; pero, como éstos, también la
palabra puede prostituirse. Y esto sucede cuando la palabra no está respaldada
por la vida y, en su máxima expresión, cuando ni nosotros mismos nos creemos lo
que decimos.
NO
BASTA
Jesús acaba de advertir a sus discípulos
contra los falsos profetas. Se acercarán, dice Jesús, camuflados de gente buena
y pacífica, pero...: «Cuidado con los profetas falsos, esos que se os acercan
con piel de oveja... » (Mt 7,15).
Son peligrosos los falsos profetas, los que
anuncian la salvación de Dios, pero, a la postre, sólo están interesados en
sacar bocado... («pero por dentro son lobos rapaces»), para llenar su bolsillo,
para satisfacer su orgullo, para afianzar su poder... Son peligrosos y pueden
hacer mucho daño a la gente sencilla; por eso Jesús quiere dar a sus discípulos
un criterio para distinguir a los verdaderos profetas de los falsos. Y el
criterio que les da es el de los frutos: «Un árbol sano no puede dar frutos
malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos... Total, que por sus frutos los
conoceréis» (7,18). Son los hechos lo que importa, es la vida la prueba de la
autenticidad de un profeta.
Y ese mismo criterio es el que cada uno de
los seguidores de Jesús debe aplicarse para juzgar por sí mismo si es fiel al
compromiso asumido con él: los hechos, la vida, no las palabras; ni
siquiera cuando las palabras tienen forma de oración: «No basta con decirme:
'¡Señor, Señor!', para entrar en el reino de Dios».
PALABRAS,
PALABRAS...
No es difícil decir cosas hermosas, hablar
de fraternidad, de derechos humanos, de justicia, de igualdad... No es difícil.
El problema está en la práctica. Una hermosa doctrina sobre la libertad de los
hombres se encuentra en cualquier sitio; nadie que tenga un poco de
vergüenza niega hoy día la necesidad de que se respeten los derechos humanos;
cualquier ideología, con excepción de los fanatismos extremos, acepta en teoría
la fraternidad universal como una meta, lejana, sí, pero a la que se debe
tender. Pero del dicho al hecho...
¿Los derechos humanos? La frase
-¡palabras!- «derechos humanos» se arroja contra los sistemas políticos
comunistas (en donde, de hecho, se violan muchos de estos derechos, no
lo vamos a negar, y se defienden también en teoría) al tiempo que se está
pisoteando desde el derecho a comer hasta el derecho a la soberanía de los
pueblos pequeños y pobres... Los derechos humanos los defienden todos, pero no
se respetan, de hecho, ni en la misma Iglesia.
¿Y la fraternidad, la hermandad? Todos
estamos de acuerdo en que la fe en Jesús nos hace hermanos, y que sólo Dios
es nuestro Padre, y sólo el Mesías «director» (Mt 23,8-12); ¡y cuántos hermanos
que se hacen llamar y que actúan como padres, patriarcas, directores,
inspectores, príncipes... en la Iglesia de Jesús!
¿Y el amor? ¿Hay alguna palabra, alguna
idea de la que se hable, se cante, se escriba más que del amor? Pues, si obras son amores, ¡qué escaso está el
amor en el mundo en que vivimos! ¿Y hay algo que sea más central en el
mensaje de Jesús que el amor? Pues la práctica de los cristianos, o de algunos
cristianos por lo menos, ha hecho que la palabra que debería servir para
referirse al amor cristiano, «caridad», esté totalmente desprestigiada y
sirva para indicar una determinada práctica que sirve sólo para tranquilizar las
conciencias de los injustos o de los cómplices de la
injusticia.
EL DESIGNIO DEL
PADRE
Para Jesús lo que vale no son las palabras
hermosas, ni los discursos emocionantes, ni siquiera las valientes denuncias, ni
las fervorosas oraciones, si se quedan en palabras, discursos, denuncias,
oraciones...: «No basta con decirme: '¡Señor, Señor!', para entrar en el
reino de Dios; no, hay que poner por obra
el designio de mi Padre del cielo».
Jesús está explicando, estamos todavía en
el sermón del monte, su programa, su
proyecto. El designio de Dios es que
los hombres sean felices, dichosos (5,1-12), y para ello, que sean libres,
solidarios, en lugar de ser ambiciosos, insaciables en la búsqueda de la
justicia, incansables en la construcción de la paz; que no se limiten al
cumplimiento de la ley, sino que en sus obras tengan como única norma el amor
(5,21-48); con un corazón grande
capaz de perdonar para restablecer la armonía entre los hermanos (6,12.14-15) y
que se mantienen fieles a ese proyecto de construir un mundo de
hermanos.
No se refiere Jesús, cuando habla de entrar en el reino de Dios, a un premio
futuro para recompensar nuestra obediencia o nuestras buenas acciones del tiempo
presente. No es ésa la cuestión. El reino de Dios consiste en los hombres que
viven de acuerdo con el designio del Padre; y es esa vida la que hace crecer el
reino de Dios. Esa es nuestra responsabilidad y nuestra tarea; ése es
nuestro trabajo. Pero ese trabajo se verá frustrado, como una casa mal
cimentada, si lo único que hacemos por el reino de Dios es
hablar.
Las palabras, los escritos, los discursos
son necesarios para transmitir este mensaje; pero el problema es otro: muchas
veces nuestra vida desmiente, oculta e incluso contradice el mensaje
que proclamamos a voces. Y los que lo escuchan, a la menor dificultad que se les
presenta, comparan nuestras palabras con nuestra vida y... todo se viene
abajo. «¡Y qué hundimiento tan grande! »
COMENTARIO 2
vv. 21-23. De nuevo, en otro sentido, el
primado de las obras sobre las palabras. No basta el devoto reconocimiento de
Jesús, hay que vivir cumpliendo el designio del Padre del cielo (cf. 12,50). La
adición «del cielo» y el término «designio» ponen este aviso en relación con la
primera parte del Padrenuestro (6,9s), que, a su vez, remite a la práctica de
las bienaventuranzas. Jesús no quiere discípulos que cultiven sólo la relación
con él, sino seguidores que, unidos a él, trabajen por cambiar la situación de
la humanidad.
Después de enunciar el principio afirma
Jesús que serán muchos los que «aquel día», el que nadie conoce (25,13), lo
llamarán «Señor, Señor», aduciendo sus obras para encontrar acogida. Las obras
que se citan: «haber profetizado», «haber expulsado demonios» y «haber
realizado milagros», fueron hechas «por/con su nombre», es decir, invocando la
autoridad de Jesús. Este, sin embargo, no las acepta; considera esas obras,
no solamente sin valor, sino como propias de malhechores. El término anomia, iniquidad, es el que Jesús
aplica a los letrados y fariseos hipócritas (23,28), y la frase de rechazo se
encuentra en Sal 6,9, donde los malhechores son los que oprimen al justo y
le procuran la muerte. Esta perícopa, en cuanto a su sentido, no está lejos de
la anterior (15-20). Estos que cumplen acciones extraordinarias y que llevan en
sus labios el nombre del Señor, tienen una actividad que, aunque aparentemente
laudable, es en realidad inicua, porque no nace del amor ni tiende a construir
la humanidad nueva según el designio del Padre (21). El semitismo «Nunca os he
conocido» es una fórmula de rechazo total; equivale a decir que esas
personas no significan nada para el que habla (cf.
25,12).
vv. 24-27. El discurso termina con una
parábola compuesta de dos miembros contrapuestos. Jesús habla de dos clases de
hombres que han oído el discurso precedente. La diferencia entre ellos se centra
en llevar o no llevar a la práctica la doctrina escuchada. «La casa» que
pertenece al hombre («su casa») representa al hombre mismo. El éxito de su
vida y la capacidad para mantenerse firme a través de los desastres, que pueden
identificarse con las persecuciones, depende de que su vida tenga por cimiento
una praxis acorde con el mensaje de Jesús, cuyo punto culminante han sido las
bienaventuranzas. Se descubre una alusión a los individuos retratados en la
perícopa anterior (21-23). Jesús ha hablado como maestro; su doctrina
expresa el designio del Padre sobre los hombres (7,21). Toca al hombre no sólo
entenderla, sino llevarla a la práctica. De ello depende el éxito o la
ruina de su propia vida.
Las multitudes que lo habían seguido antes de comenzar el discurso han escuchado la exposición de Jesús y su reacción es de asombro. Acostumbrados a la enseñanza de los letrados, que repetían la doctrina tradicional apoyándose en la autoridad de los antiguos doctores, notan en Jesús una autoridad diferente. No se apoya en la tradición; expone su doctrina interpretando, corrigiendo o anulando las antiguas prescripciones. La alusión a los letrados, mencionados en el discurso, es polémica. Ante la enseñanza de Jesús, la de los letrados ha perdido su autoridad. Lo que ellos proponían como tradición divina deja de aparecer tal a los ojos de las multitudes que han escuchado a Jesús. La doctrina oficial cae en el descrédito.
COMENTARIO 3
La
búsqueda de la determinación del sentido de la vida humana, su ubicación en el
marco de su relación con Dios y, por consiguiente, la diferenciación de la
verdadera y la falsa religiosidad es el objetivo fundamental de los textos de
esta liturgia dominical.
La
actuación humana se describe como “responsabilidad”, capacidad de dar una
respuesta adecuada a una palabra divina productora de vida, y al mismo tiempo,
como posibilidad de irresponsabilidad, de falta de respuesta a esa
iniciativa.
El
último discurso del libro de Deuteronomio recurre, en vistas a ese objetivo, a
la presencia de la bendición o de la maldición como opción de toda vida a partir
de la obediencia o desobediencia de los mandamientos (vv. 27-28), entendidos
como Palabra divina (v.18). La vida sólo puede realizarse en plenitud por medio
de la fidelidad a la Alianza divina. Según esto no se trata de un intercambio de
dones (cumplimiento de los mandamientos del ser humano y dones divinos de la
bendición) sino de la aceptación de la palabra divina para mantenerse en el
ámbito de su bendición.
Se
trata entonces de la realidad de gracia de Dios, propia de la Alianza, que crea
la posibilidad de una vida en plenitud. Fuera de ella sólo es posible encontrar
la presencia de la muerte en la existencia de los seres humanos. Esta gracia de
Dios se ha manifestado en Jesús el Cristo, que ha manifestado la justicia de
Dios testificada por la Ley y los profetas (1 Cor 3,21). En su acción y en su
proyecto encontramos la forma de realizar la vida en la comunión con Dios de
cuya gloria todos estábamos privados (1 Cor 3, 23).
El
evangelio quiere definir ese marco de la vida en comunión y señalar sus
características específicas frente a otras formas de realización de la
existencia. Por ello, después de señalar las exigencias de Jesús sobre la vida
que se examinan a lo largo de todo el sermón de la montaña, se tiene cuidado de
determinar el espacio en que puede darse la respuesta a esas exigencias. Por
ello, las palabras finales del primer discurso de Jesús presentan el engaño de
la falsa religiosidad (vv. 21-23) y la doble forma de edificación que puede
adoptar cada persona en la construcción de la propia vida (vv. 24-27). La
respuesta a Dios no se juega en el ámbito de las proclamaciones que el ser
humano hace por medio de sus palabras, ni siquiera por medio de acciones
religiosas extraordinarias que pueda realizar, sino en la aceptación práctica de
la voluntad divina manifestada en su Palabra. Sólo de esta manera se crea el
ámbito de comunión, y se hace posible la “entrada al Reino”(7,
21).
Para
ello el texto, primeramente, analiza el caso de un individuo que se proclama
públicamente seguidor de Jesús. Se trata de alguien que acepta con sus palabras
la soberanía de Dios y por ello se dirige a él con la doble invocación: “Señor,
Señor”.
Sin
embargo la invocación es insuficiente ya que el modo de entrar al Reino en que
Dios ejerce su soberanía no atañe al “decir” sino al “hacer”. La voluntad de
Dios sólo puede aceptarse mediante una práctica. El rechazo de Dios a quien no
ha sido capaz de una actuación conforme al querer divino se expresa, a
continuación, mediante un diálogo que tendrá lugar “en aquel día” del final de
los tiempos.
En
ese momento crucial para el propio destino definitivo muchos retomarán las
palabras de la confesión de fe “Señor, Señor” y recordarán que durante su
existencia han hecho recurso exitoso al Nombre divino en tres órdenes que pueden
ser considerados de fundamental importancia en la transmisión del mensaje
evangélico: la profecía, el exorcismo, el milagro. Los tres tipos de acciones
son recordados como prueba fehaciente de la actuación divina en aquellos que los
actuaron. Y sin embargo, la respuesta de Jesús pone de manifiesto la
insuficiencia de su actuación, que los hace merecedores de ser calificados de
“operadores de la iniquidad” y de ser excluidos de la comunión divina.
Esta
se construye desde la aceptación del querer divino por una vida realizada a
partir de las pautas señaladas por “la justicia” del Reino, y palabras y
acciones religiosas realizadas no pueden suplir ese punto de partida de toda
vida religiosa.
Seguidamente
se pasa a la contraposición entre dos casas, construidas de modo diferente. La
primera ha sido edificada sobre la roca, la segunda sobre la arena. Desde este
punto de partida nacen la firmeza o la debilidad de la construcción, puesta a
prueba por las lluvias, inundaciones y vientos.
Desde
el principio, antes de la descripción de cada uno de los dos edificios y de su
historia posterior, se determina que se trata de dos tipos de oyentes (vv. 24 y
26) de las palabras de Jesús. La diferencia de ambos reside en poner o no poner
en práctica esas palabras. Sólo en la obediencia a esas palabras la vida puede
adquirir solidez y permanencia.
En
este punto se decide si la vida es actuada en la sabiduría o en la estupidez. Se
trata, entonces, de una exhortación sapiencial a la realización de la existencia
en el ámbito del proyecto de Dios y de Jesús, en el ámbito de la palabra divina,
que es el único fundamento firme de la existencia.
Para
la revisión de vida
El tema de
hoy es el la prioridad del hacer sobre el decir. ¿Cómo está en mi vida? ¿Hay
disparidad entre lo que digo (pienso, expreso, predico a los demás…) y lo que
hago (mis hechos, mi conducta concreta y sus implicaciones)?
Para
la reunión de grupo
Martí
tiene una famosa frase que dice: “Hay ocasiones en las que la única forma de
decir es hacer”. Comentarla en el grupo. Compararla con el evangelio de hoy.
El
refrán popular dice: “Obras son amores, y no buenas razones”. Comentar y
comparar también con el Evangelio de hoy.
La
famosa “regla de oro” del evangelio (“haz a los demás lo que quieres que los
demás hagan para ti”) está expresada casi con las mismas palabras en todas las
religiones mayores de la humanidad. ¿Se podría pensar que, ese “hacer a los
demás”, esa práctica-del-amor-hacia-los-otros sería la plataforma común a todas
las religiones, sobre la que se podría entablar un “diálogo de vida” entre las
religiones?
La
filosofía y sociología moderna acuñó el concepto de “praxis” como algo más que
una simple práctica. La práctica del amor y de la solidaridad son esenciales al
cristiano, pero cabría entenderla de un modo corto, como si cupiera dentro de
los márgenes de la caridad individual, la asistencia o beneficencia… ¿Qué añade
el concepto de “praxis”? ¿Habría que decir que la palabra de Jesús en el
Evangelio exige no sólo la práctica sino la praxis?
Para
la oración de los fieles
Por
la humanidad, para que en todas sus religiones –y hasta en el ateísmo- encuentre
una plataforma común de práctica del amor, que todos y todas, en cualquiera que
sea nuestra religión, pongamos por delante esa práctica del amor como el camino
que nos llevará al encuentro con el verdadero Dios,
roguemos…
Por
todos nosotros, para que nuestra práctica respalde nuestras palabras, nuestro
hacer a nuestro decir, roguemos…
Por
todos los que no pueden “hacer” físicamente, por mil diferentes causas
(enfermedad, minusvalía, cualquier tipo de incapacidad…); para que descubran que
la práctica que nos salva está incluso más allá de nuestras imposibilidades
físicas, roguemos…
Por
esta comunidad eucarística, para que esta celebración semanal venga respaldada
por nuestro compromiso en la práctica de cada día, y nos dé fuerza para vivir la
semana en plena entrega a la práctica del amor, roguemos…
Oración
comunitaria
Oh Dios, misterio y fuerza hacia la que se vuelven todos los seres humanos cuando buscan, desde lo más íntimo de su corazón, dar respuesta a sus más profundos anhelos de verdad, de amor, de libertad y de paz; reconocemos que la práctica del amor y la praxis de transformación de la historia son las expresiones fundamentales del compromiso que Tú esperas de nosotros en primer lugar. Queremos seguir en esto el ejemplo y los pasos de tus grandes testigos en la historia, comenzando por Jesús de Nazaret. Amén.
FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org