|
Maximiliano |
|
COMENTARIOS |
|
|
|
|
12 1Entonces se puso a hablarles en parábolas: -Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca,
cavó un lagar, construyó una torre para el guarda, la arrendó a unos
labradores y se marchó de su país. 2A su tiempo envió a los labradores un siervo, para
percibir de ellos su tanto de la cosecha de la viña. 3Ellos lo
agarraron, lo apalearon y lo despidieron de vacío. 4Entonces
les envió otro siervo; a éste lo descalabraron y lo trataron con
desprecio. 5Envió a otro y a éste lo mataron; y a otros muchos,
a unos los apalearon, a otros los mataron. 6Uno le quedaba
todavía, un hijo amado, y se lo envió el último, diciéndose: «A mi hijo lo
respetarán». 7Pero los labradores aquellos se dijeron: «Este es
el heredero; venga, lo matamos y será nuestra la herencia». 8y,
agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la
viña. 9¿Qué hará el dueño de la viña? Irá a acabar con
esos labradores y dará la viña a otros. 10¿No habéis leído siquiera este
pasaje?: La piedra que desecharon los constructores
se ha convertido en piedra
angular. "Es el Señor quien lo ha
hecho: ¡qué maravilla para los que lo
vemos! (Sal 118,22-23) 12Estaban deseando echarle mano, porque se dieron cuenta de que la parábola iba por ellos; pero tuvieron miedo de la multitud y, dejándolo, se marcharon. |
v. 1. Entonces se puso a hablarles en parábolas:
“Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó
una torre para el guarda, la arrendó a
unos labradores y se marchó de su país”
Sin interrupción, y tomando pie del
conocido pasaje de Is 5,1-7, comienza Jesús la parábola. Distingue entre la viña
(símbolo del pueblo elegido, cf. Sal 80,9ss ) y los labradores (los dirigentes),
que no son propietarios de la viña, sino meros arrendatarios (y la arrendó
a unos labradores), aunque plenamente responsables de su cultivo (y se marchó de
su país).
v. 2-5
«A su tiempo envió a los
labradores un siervo, para percibir de ellos su tanto de la cosecha de la viña.
Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron de vacío. Entonces les envió
otro siervo; a éste lo descalabraron y lo trataron con desprecio. Envió a otro y
a éste lo mataron; y a otros muchos, a unos los apalearon, a otros los
mataron».
El dueño, figura de Dios, no se desentiende
de la viña, espera sus frutos. Pero los labradores se han apoderado de ella y el
dueño tiene que enviar siervos, figura de los profetas, a pedir el fruto que
espera, la justicia y el derecho (Is 5,7). Los dirigentes/labradores han sido
infieles a Dios a lo largo de la historia de Israel (cf. Jr 7,25s: «les envié a
mis siervos los profetas un día y otro día, pero no me escucharon»); el amor de
Dios no ha cesado nunca, pero ellos maltrataron y mataron a los profetas. Esa
infidelidad continúa, el ejemplo de los dirigentes inficiona a todo el
pueblo, y se crea una sociedad injusta. Hay un paralelo con la higuera
estéril (11,13): la institución que debía producir fruto, no lo ha
hecho.
v. 6-8
« Uno le quedaba todavía, un hijo
amado, y se lo envió el último, diciéndose: «A mi hijo lo respetarán». Pero los
labradores aquellos se dijeron:
«Este es el heredero; venga, lo matamos y será
nuestra la herencia». Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la
viña».
Dios no responde con violencia a la
violencia de ellos; siempre espera algo del hombre, no lo considera
definitivamente endurecido. El último esfuerzo de su amor es el envío final
y decisivo del Hijo amado (cf. 1,11; 9,7), el Mesías, que no viene a tomar
venganza, sino a ofrecer la última oportunidad de salvación. Ellos muestran su
mala fe, porque saben quién es (Este es el heredero), pero se proponen matarlo
para excluir toda alternativa, destruir toda esperanza de liberación del pueblo
y perpetuar su explotación (y será nuestra la
herencia).
El asesinato del Hijo es un intento de
eliminar a Dios mismo. Renuncian a ser el pueblo de Dios. Al amor han
respondido con odio. No solamente matan al Hijo, sino que lo echan fuera de
su sociedad y de su recuerdo (y lo arrojaron fuera de la
viña).
v. 9
«¿Qué hará el dueño de la viña?
Irá a acabar con esos labradores y dará la viña a
otros».
El dueño 1 Dios se opone a la pretensión de
ellos de hacerse señores de la viña e intervendrá para salvarla; quiere que
continúe y dé fruto. Los dirigentes provocarán la destrucción de Israel como
nación y de sus instituciones; el reinado de Dios pasará a los pueblos
paganos.
vv. 10-11 «¿No habéis leído siquiera este pasaje?: La
piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho: ¡qué maravilla para los que lo
vemos!»
Confirma Jesús lo anterior con la cita del
Sal 118,22s, que utiliza la metáfora de la construcción: los dirigentes
pretenden construir su edificio / institución prescindiendo de la piedra
angular (el Mesías) que Dios había designado. La piedra que desecharon
corresponde al «lo arrojaron fuera» de la parábola (8); los constructores, a
«los labradores». Pero, al rechazar ellos al Mesías, Dios se formará un nuevo
pueblo; la muerte del Hijo no significará el fin de su misión. Del rechazo
saldrá una nueva muestra del amor de Dios. Esta es la gran
maravilla.
v. 12
Estaban deseando echarle mano,
porque se dieron cuenta de que la parábola iba por ellos; pero tuvieron miedo de
la multitud y, dejándolo, se marcharon.
Los dirigentes han comprendido el sentido
de la parábola y la denuncia que de ellos ha hecho Jesús, pero eso no los hace
reflexionar, sino que los incita a usar la violencia. Querrían prender a Jesús,
pero no se atreven, porque la multitud está en favor de él. Actúan en función de
su propia seguridad; nunca es el bien del pueblo su criterio de
acción.
¿Se
puede mostrar de una forma más bella y al mismo tiempo más sencilla la historia
de los dirigentes del pueblo? Jesús lo hace con una parábola dirigida a los
jerarcas de Israel que habían cuestionado su autoridad: los sumos sacerdotes,
los letrados y los senadores, que componían el sanedrín o consejo supremo
judío.
En
esta parábola los labradores, a quienes se les ha encomendado el cuidado de la
viña-pueblo, representan a las autoridades. El dueño-Dios es el propietario que
se ausenta dejando su viña-pueblo en manos de estos labradores-autoridades. Pero
la ausencia del dueño no es señal de desinterés por la viña, pues éste envía a
su tiempo a sus siervos para percibir de los labradores su tanto de la cosecha
de uva.
La
reacción de los labradores es sorprendente: éstos desatan una espiral de
violencia creciente para con los siervos-los profetas enviados por el
dueño-Dios: a uno “ lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos
vacías; a otro lo descalabraron y lo insultaron; al tercero lo mataron; y a
otros muchos o los apalearon o los mataron.
Pero
Dios no responde con violencia a la violencia, sino que, esperando su
conversión, llega hasta el colmo de enviarles a su hijo, creyendo que a éste al
menos lo respetarían. Los dirigentes de Israel ven en este gesto de generosidad
del dueño de la viña la ocasión propicia para acabar no sólo con el heredero
-Jesús-, sino para quedarse con la herencia-pueblo, arrojando fuera de la viña
al hijo asesinado.
Esto
es lo que sucedería con Jesús. No sabían, sin embargo, las autoridades de Israel
que el edificio del pueblo no se puede construir prescindiendo de la piedra
angular, Jesús. Querían ignorar que solamente hay una manera de ejercer la
autoridad: la de quien entrega la vida para dar vida y liberar al pueblo de
tanto señor que no lo deja vivir.
Al
final de la historia de Israel, las autoridades provocarán la destrucción de
Israel como nación y de sus instituciones; pero la viña será a partir de
entonces la tierra entera, los pueblos paganos. Y Jesús y su estilo de vida
seguirá siendo la única piedra angular sobre la que construir el edificio de la
comunidad.
FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org