Martes 4
de junio de 2002

Clotilde - Frida

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho, Marcos. Texto y Comentario. Ediciones El Almendro. Córdoba
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Marcos 12, 13-17
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba)

13Entonces le enviaron unos fariseos y herodianos para cazarlo con una pregunta. 14Llegaron y le dijeron:

-Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie, porque tú no miras lo que la gente sea. No, tú enseñas e camino de Dios de verdad. ¿Está permitido pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?

15Jesús, consciente de su hipocresía, les repuso:

-¡Cómo!, ¿queréis tentarme? Traedme una moneda que, yo la vea.

Se la llevaron, y él les preguntó:

-¿De quién son esta efigie y esta leyenda?

Le contestaron:

-Del César.

17Jesús les dijo:

-Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios.

Y se quedaron de una pieza.

  

COMENTARIO 1


 

           

V. 13  Entonces le enviaron unos fariseos y herodianos para cazarlo con una pregunta.

Los dirigentes se sirven de un grupo compuesto por fariseos (obser­vantes de la Ley) y partidarios de Herodes (3,6; 8,15; cf. 6,21). Llevan el encargo de proponer a Jesús una pregunta que, responda lo que respon­da, lo pondrá en una situación difícil. Los fariseos son antirromanos; los herodianos, en cambio, que aceptan un tetrarca/rey aliado de Roma, son colaboracionistas. Aunque hace tiempo que ambos grupos habían deci­dido acabar con Jesús (3,6), ahora simulan un desacuerdo.

 

v. 14  Llegaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie, porque tú no miras lo que la gente sea. No, tú enseñas el cami­no de Dios de verdad. ¿Es ti permitido pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?»

Para preparar el terreno, empiezan adulando a Jesús. No sólo lo lla­man respetuosamente «Maestro», sino que alaban su independencia y su sinceridad, que expone fielmente el camino de Dios sin dejarse intimidar por la posición social de las personas (tú no miras lo que la gente sea). Pre­tenden que un maestro tan insigne y tan valiente les dé una respuesta inequívoca que dirima el desacuerdo entre ambos grupos.

Le proponen entonces la pregunta comprometedora, presentada como un deseo de fidelidad a la Ley divina. Enuncian primero la cues­tión de principio, si es conforme a la Ley el pago del tributo (¿Es ti permi­tido?); lo presentan luego como un problema de conciencia que les afecta personalmente (¿pagamos o no pagamos?) y sobre cuya solución no están de acuerdo.

La cuestión gira, por tanto, en torno a la fidelidad a Dios, formulada así en el primer mandamiento: «El Señor nuestro Dios es el único Señor» (Dt 6,4); pagar el tributo significaba, en cambio, reconocer como Señor al César. La pregunta que hacen implica la siguiente: Los israelitas ¿no somos infieles a Dios si reconocemos por señor al César pagándole el tri­buto?

Pagar el tributo implicaba al mismo tiempo la renuncia a la propia independencia y libertad nacional. Precisamente, cuando Roma nom­bró el primer gobernador en Judea e impuso el tributo, se originó, en nombre de la fidelidad a Dios, la rebelión armada de Judas Galileo (año 6 d.C.).

Si Jesús diera una respuesta afirmativa (acatamiento al César, posi­ción de los herodianos) se acarrearía el descrédito ante el pueblo, contra­rio al régimen romano; si la respuesta fuera negativa (declaración de rebeldía, ideología farisea y zelota) sería detenido por la autoridad romana. De un modo o de otro, estaría acabado.

 

v. 15 Jesús, consciente de su hipocresia, les repuso: «¡Cómo!, ¿queréis ten­tarme? Traedme una moneda que yo la vea».

Jesús sabe que el escrúpulo que fingen es una hipocresía: aparentan una fidelidad a Dios que no corresponde a la realidad de su vida, pues los dirigentes que envían a estos emisarios son explotadores del pueblo (11,17), que no han hecho caso del mensaje de Juan Bautista (11,30-33).

Los acusa de querer tentarlo (1,13); de hecho le están insinuando que, si quiere conservar su prestigio ante el pueblo (11,18; 12,12), tiene que dar respuesta negativa, dispuesto a acaudillar un movimiento antirro­mano (cf. 1,24.34; 11,9s).

Les pide una moneda. Como la moneda del tributo era la acuñada por el emperador pagano, no la llevan consigo, tienen que ir a buscarla a un cambista.

 

v. 16  Se la llevaron, y él les preguntó: «¿De quién son esta efigie y esta leyenda?» Le contestaron: «Del César».

Jesús la examina y les pregunta; ellos tienen que admitir que tanto la efigie como la leyenda indican que la moneda pertenece al César: el dominio político está basado en la dependencia económica; aceptar el dinero del César significa reconocer su soberanía.

 

v. 17 Jesús les dijo: «Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios». Y se quedaron de una pieza.

Respuesta de Jesús: ellos han hablado de «pagar» (14), como si ese dinero fuese suyo; Jesús los corrige y habla de devolver, indicándoles que el dinero no es suyo, sino del César (lo que es del César, devolvédselo al César). Ahora ellos, bajo pretexto de fidelidad a Dios, dicen querer recha­zar el dominio del César, pero quedándose con su dinero. Pero, mientras usen ese dinero, símbolo e instrumento del poder del César, estarán mostrando su sumisión a Roma; sólo renunciando a él dejarán de reco­nocer al César como señor.

En cuanto a la fidelidad a Dios que decían preocuparles, si quieren serle fieles de verdad tienen que devolverle el pueblo del que se han apoderado (y lo que es de Dios, ¡devolvédselo a Dios! y renunciar a explo­tarlo en beneficio propio (11,17).

El objetivo de los dirigentes es su propio lucro: pretenden rebelarse contra el dominio del César despojándolo de su dinero, como se han rebelado contra Dios despojándolo de su pueblo (12,2ss). Se aprovechan del César, protestando de su dominio, y roban a Dios, alardeando de fidelidad a él.

Sorpresa ante la respuesta. Jesús ha renovado la denuncia de infideli­dad a Dios que había hecho con la parábola, y es ilusorio todo intento de emanciparse del César si no hacen caso a Dios. Al fin y al cabo, lo que hacen los romanos con la nación judía no es diferente de lo que hacen ellos, los dirigentes judíos, con el pueblo. Pero por su amor al dinero siguen siendo infieles a Dios y siguen sometidos al César.

 

 

COMENTARIO 2 


Esta es la segunda vez que los fariseos y los partidarios de Herodes actúan de mutuo acuerdo para tentarlo. Se trata de una extraña pareja: los primeros no aceptaban el dominio de Roma sobre Israel, convencidos de que Dios es el único rey del pueblo; los segundos, sin embargo, son partidarios de Herodes, delegado del poder romano en Palestina y, por tanto, colaboracionistas del régimen romano.

Entre ambos formulan una doble pregunta difícil de responder, tratándose de dos grupos tan opuestos: ¿Está permitido pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos? La primera pregunta es teórica; la segunda, práctica. Pagar el tributo significa reconocer como Señor al César y no a Dios, además de aceptar la pérdida de la soberanía nacional como hecho consolidado.

Si Jesús responde afirmativamente, se pone en contra del pueblo que veía con malos ojos la dominación romana; si responde negativamente será detenido y preso por las autoridades romanas, como subversivo del orden establecido. No parece haber salida.

Pero Jesús buscará una tercera vía: pide la moneda y al ver que lleva grabada la efigie del César responde: Lo que es del César devuélvanselo al César, y lo que es de Dios, a Dios. Y los dejó asombrados.

Jesús no acepta que haya dos poderes autónomos e independientes: el César y Dios, que se han repartido el mundo a partes iguales, sino uno sólo con una sola finalidad: dar y no quitar la vida al pueblo. Por eso Jesús responde con una doble orden: en primer lugar, devolver el dinero -lo que es del César- al César, esto es, no usar ni siquiera el dinero que lleva la efigie del César para no aceptar su señorío, y, en segundo lugar, devolver a Dios lo que es de Dios, expresión con la que se indica al pueblo del que se han apoderado. Los fariseos deben renunciar a beneficiarse del dinero del César y a explotar al pueblo y a aprovecharse de él, como lo hacían hasta en el recinto más sagrado, en el templo, donde incluso el perdón de Dios se conseguía con dinero (haciendo comprar incluso a la gente pobre animales, previo cambio de la moneda del César por la del templo, para ofrecerlos como víctimas expiatorias a Dios, beneficiándose en estas transacciones comerciales las autoridades religiosas.

La respuesta de Jesús deja desarmados a los dos grupos. Sorprendente y radical maestro que muestra que la dominación que ejercen los romanos con el pueblo judío, lo hacen también a su manera los dirigentes religiosos de este pueblo. Y Dios no está por la opresión, sino por la liberación del pueblo.


 

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