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Clotilde - Frida |
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13Entonces le enviaron unos fariseos y herodianos para cazarlo con una pregunta. 14Llegaron y le dijeron: -Maestro, sabemos que eres sincero y que no te
importa de nadie, porque tú no miras lo que la gente sea. No, tú enseñas e
camino de Dios de verdad. ¿Está permitido pagar tributo al César o no?
¿Pagamos o no pagamos? 15Jesús, consciente de su hipocresía, les
repuso: -¡Cómo!, ¿queréis tentarme? Traedme una moneda
que, yo la vea. Se la llevaron, y él les
preguntó: -¿De quién son esta efigie y esta
leyenda? Le contestaron: -Del César. 17Jesús les dijo: -Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo
que es de Dios, a Dios. Y se quedaron de una pieza. |
V. 13
Entonces le enviaron unos fariseos
y herodianos para cazarlo con una pregunta.
Los dirigentes se sirven de un grupo
compuesto por fariseos (observantes de la Ley) y partidarios de Herodes
(3,6; 8,15; cf. 6,21). Llevan el encargo de proponer a Jesús una pregunta que,
responda lo que responda, lo pondrá en una situación difícil. Los fariseos
son antirromanos; los herodianos, en cambio, que aceptan un tetrarca/rey aliado
de Roma, son colaboracionistas. Aunque hace tiempo que ambos grupos habían
decidido acabar con Jesús (3,6), ahora simulan un
desacuerdo.
v. 14
Llegaron y le dijeron: «Maestro,
sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie, porque tú no miras lo que
la gente sea. No, tú enseñas el camino de Dios de verdad. ¿Es ti permitido
pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?»
Para preparar el terreno, empiezan adulando
a Jesús. No sólo lo llaman respetuosamente «Maestro», sino que alaban su
independencia y su sinceridad, que expone fielmente el camino de Dios sin
dejarse intimidar por la posición social de las personas (tú no miras lo que la
gente sea). Pretenden que un maestro tan insigne y tan valiente les dé una
respuesta inequívoca que dirima el desacuerdo entre ambos
grupos.
Le proponen entonces la pregunta
comprometedora, presentada como un deseo de fidelidad a la Ley divina. Enuncian
primero la cuestión de principio, si es conforme a la Ley el pago del
tributo (¿Es ti permitido?); lo presentan luego como un problema de
conciencia que les afecta personalmente (¿pagamos o no pagamos?) y sobre cuya
solución no están de acuerdo.
La cuestión gira, por tanto, en torno a la
fidelidad a Dios, formulada así en el primer mandamiento: «El Señor nuestro Dios
es el único Señor» (Dt 6,4); pagar el tributo significaba, en cambio, reconocer
como Señor al César. La pregunta que hacen implica la siguiente: Los israelitas
¿no somos infieles a Dios si reconocemos por señor al César pagándole el
tributo?
Pagar el tributo implicaba al mismo tiempo
la renuncia a la propia independencia y libertad nacional. Precisamente, cuando
Roma nombró el primer gobernador en Judea e impuso el tributo, se originó,
en nombre de la fidelidad a Dios, la rebelión armada de Judas Galileo (año 6
d.C.).
Si Jesús diera una respuesta afirmativa
(acatamiento al César, posición de los herodianos) se acarrearía el
descrédito ante el pueblo, contrario al régimen romano; si la respuesta
fuera negativa (declaración de rebeldía, ideología farisea y zelota) sería
detenido por la autoridad romana. De un modo o de otro, estaría
acabado.
v. 15 Jesús, consciente de su hipocresia, les
repuso: «¡Cómo!, ¿queréis tentarme? Traedme una moneda que yo la
vea».
Jesús sabe que el escrúpulo que fingen es
una hipocresía: aparentan una fidelidad a Dios que no corresponde a la realidad
de su vida, pues los dirigentes que envían a estos emisarios son explotadores
del pueblo (11,17), que no han hecho caso del mensaje de Juan Bautista
(11,30-33).
Los acusa de querer tentarlo (1,13); de
hecho le están insinuando que, si quiere conservar su prestigio ante el pueblo
(11,18; 12,12), tiene que dar respuesta negativa, dispuesto a acaudillar un
movimiento antirromano (cf. 1,24.34; 11,9s).
Les pide una moneda. Como la moneda del
tributo era la acuñada por el emperador pagano, no la llevan consigo, tienen que
ir a buscarla a un cambista.
v. 16
Se la llevaron, y él les preguntó:
«¿De quién son esta efigie y esta leyenda?» Le contestaron: «Del
César».
Jesús la examina y les pregunta; ellos
tienen que admitir que tanto la efigie como la leyenda indican que la moneda
pertenece al César: el dominio político está basado en la dependencia económica;
aceptar el dinero del César significa reconocer su
soberanía.
v. 17 Jesús les dijo: «Lo que es del César,
devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios». Y se quedaron de una
pieza.
Respuesta de Jesús: ellos han hablado de
«pagar» (14), como si ese dinero fuese suyo; Jesús los corrige y habla de
devolver, indicándoles que el dinero no es suyo, sino del César (lo que es del
César, devolvédselo al César). Ahora ellos, bajo pretexto de fidelidad a Dios,
dicen querer rechazar el dominio del César, pero quedándose con su dinero.
Pero, mientras usen ese dinero, símbolo e instrumento del poder del César,
estarán mostrando su sumisión a Roma; sólo renunciando a él dejarán de
reconocer al César como señor.
En cuanto a la fidelidad a Dios que decían
preocuparles, si quieren serle fieles de verdad tienen que devolverle el pueblo
del que se han apoderado (y lo que es de Dios, ¡devolvédselo a Dios! y renunciar
a explotarlo en beneficio propio (11,17).
El objetivo de los dirigentes es su propio
lucro: pretenden rebelarse contra el dominio del César despojándolo de su
dinero, como se han rebelado contra Dios despojándolo de su pueblo (12,2ss). Se
aprovechan del César, protestando de su dominio, y roban a Dios, alardeando de
fidelidad a él.
Sorpresa ante la respuesta. Jesús ha
renovado la denuncia de infidelidad a Dios que había hecho con la parábola,
y es ilusorio todo intento de emanciparse del César si no hacen caso a Dios. Al
fin y al cabo, lo que hacen los romanos con la nación judía no es diferente de
lo que hacen ellos, los dirigentes judíos, con el pueblo. Pero por su amor al
dinero siguen siendo infieles a Dios y siguen sometidos al
César.
Esta
es la segunda vez que los fariseos y los partidarios de Herodes actúan de mutuo
acuerdo para tentarlo. Se trata de una extraña pareja: los primeros no aceptaban
el dominio de Roma sobre Israel, convencidos de que Dios es el único rey del
pueblo; los segundos, sin embargo, son partidarios de Herodes, delegado del
poder romano en Palestina y, por tanto, colaboracionistas del régimen
romano.
Entre
ambos formulan una doble pregunta difícil de responder, tratándose de dos grupos
tan opuestos: ¿Está permitido pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o no
pagamos? La primera pregunta es teórica; la segunda, práctica. Pagar el tributo
significa reconocer como Señor al César y no a Dios, además de aceptar la
pérdida de la soberanía nacional como hecho consolidado.
Si
Jesús responde afirmativamente, se pone en contra del pueblo que veía con malos
ojos la dominación romana; si responde negativamente será detenido y preso por
las autoridades romanas, como subversivo del orden establecido. No parece haber
salida.
Pero
Jesús buscará una tercera vía: pide la moneda y al ver que lleva grabada la
efigie del César responde: Lo que es del César devuélvanselo al César, y lo que
es de Dios, a Dios. Y los dejó asombrados.
Jesús
no acepta que haya dos poderes autónomos e independientes: el César y Dios, que
se han repartido el mundo a partes iguales, sino uno sólo con una sola
finalidad: dar y no quitar la vida al pueblo. Por eso Jesús responde con una
doble orden: en primer lugar, devolver el dinero -lo que es del César- al César,
esto es, no usar ni siquiera el dinero que lleva la efigie del César para no
aceptar su señorío, y, en segundo lugar, devolver a Dios lo que es de Dios,
expresión con la que se indica al pueblo del que se han apoderado. Los fariseos
deben renunciar a beneficiarse del dinero del César y a explotar al pueblo y a
aprovecharse de él, como lo hacían hasta en el recinto más sagrado, en el
templo, donde incluso el perdón de Dios se conseguía con dinero (haciendo
comprar incluso a la gente pobre animales, previo cambio de la moneda del César
por la del templo, para ofrecerlos como víctimas expiatorias a Dios,
beneficiándose en estas transacciones comerciales las autoridades
religiosas.
La
respuesta de Jesús deja desarmados a los dos grupos. Sorprendente y radical
maestro que muestra que la dominación que ejercen los romanos con el pueblo
judío, lo hacen también a su manera los dirigentes religiosos de este pueblo. Y
Dios no está por la opresión, sino por la liberación del pueblo.
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