Miércoles 5
de junio de 2002

Bonifacio

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho, Marcos. Texto y Comentario. Ediciones El Almendro. Córdoba
  2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Marcos 12, 18-27
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba)

18Se le acercaron unos saduceos, esos que dicen que no hay resurrección, y le propusieron este caso:

19-Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». 20Había siete hermanos: el primero se casó y murió sin dejar hijos; 21el segundo se casó con la viuda y murió también sin te­ner hijos; lo mismo el- tercero,  22y ninguno de los siete dejó hijos. Por último, murió también la mujer. 23En la re­surrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mu­jer de los siete?

24Les contestó Jesús:

-Precisamente por eso estáis equivocados, por no co­nocer la Escritura ni la fuerza de Dios. 25Porque, cuando resucitan de la muerte, ni los hombres ni las mujeres se ca­san, son como ángeles del cielo. 26y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios?: «Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». 27No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equi­vocados.

  

COMENTARIO 1


 

           

v. 18  Se le acercaron unos saduceos, esos que dicen que no hay resurrección, y le propusieron este caso:

Al partido saduceo pertenecían dos grupos del Sanedrín o Consejo: los senadores (seglares) y los sumos sacerdotes. Desde el punto de vista político eran partidarios del orden establecido, en el que tenían un papel hegemónico, y colaboracionistas con los romanos, con los que mantenían un difícil equilibrio de poder. Rechazaban la llamada tradición oral, a la que los fariseos atribuían autoridad divina (7,5.8.13). Eran abiertos res­pecto a la cultura helenística.

No veían en la Escritura la noción de una vida después de la muerte; su horizonte era esta vida, y en ella procuraban mantener su posición de poder y de privilegio. Su pecado era el materialismo, pues sus objetivos en la vida eran el dinero y el poder, anejos a la posición social que ocu­paban (cf. 10,1-12, el pecado fariseo).

 

vv. 19-23 «Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su her­mano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Había siete hermanos: el primero se casó y murió sin dejar hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin tener hijos; lo mismo el tercero, y ninguno de los siete dejó hijos. Por último, murió también la mujer. En la resurrección, ¿de cual de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?»

Se acercan a Jesús y lo llaman Maestro, pues van a pedirle que resuel­va un caso teórico que, sin duda, refleja una larga controversia con los fariseos. Ellos, los saduceos, sostienen que todo acaba con la muerte, y el caso que proponen demostraría lo absurdo de la creencia en la resurrec­ción, sostenida por los fariseos, quienes concebían la vida futura como una continuación de la vida mortal.

Mencionan la ley del levirato, instituida por Moisés. y, a continua­ción, proponen el caso, que haría ridícula la doctrina farisea.

 

v. 24 Les contestó Jesús: «Precisamente por eso estáis equivocados, por no conocer la Escritura ni la fuerza de Dios».

La respuesta de Jesús es dura: los dirigentes del templo y de la nación están en el error, por dos razones: porque ignoran la Escritura (lo que Dios ha dicho) y porque no conocen la fuerza de Dios (lo que Dios hace), el dador de vida (fuerza, cf. 5,30), no tienen experiencia de la acción de Dios. La denuncia es tremenda: las autoridades religiosas supremas, los que se llaman representantes de Dios, administran el tem­plo y ejercen el culto, no conocen a Dios ni en su palabra ni en su acción.

 

v. 25  «Porque, cuando resucitan de la muerte, ni los hombres ni las mujeres se casan, son como ángeles del cielo».

Corrige Jesús la doctrina farisea en dos aspectos: precisa ante todo que el estado futuro del hombre no es una prolongación de su estado presente; no hay matrimonio ni procreación, porque la vida inmortal no se transmite por generación humana, se recibe directamente de Dios (ángeles = «hijos de Dios», cf. Job 1,6; 2,1; 32,7; Dn 3,21/91); ser como ánge­les indica el estado propio de los que están en la esfera divina (el cielo). Al mismo tiempo precisa Jesús el cuándo de la resurrección: mientras los saduceos, ateniéndose a la doctrina farisea, hablaban de ella en futuro (en la resurrección, ¿de cual de ellos va a ser mujer?), Jesús habla en presente (cuando resucitan, son como ángeles). La resurrección no es un aconteci­miento lejano, es simplemente la vida que continúa después de la muer­te, y se está verificando ya desde ahora. Ahí está la fuerza de Dios que ellos no conocen.

 

vv. 26-27  «Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios ?:"Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados».

Va a mostrarles ahora que tampoco conocen la Escritura y, para pro­bar la vida después de la muerte, les cita una declaración de Dios mismo: Yo soy el Dios de Abrahan, etc. (Ex 3,6.15s): cuando Dios habló a Moisés, los patriarcas seguían vivos o, en otras palabras, estaban ya resucitados; el Dios fiel no deja que perezcan los que él ha amado. El Dios de Jesús es el Dios de la vida, porque su fuerza es fuerza de vida; el dios del sistema es el dios de la muerte.

 

COMENTARIO 2 


Los fariseos creían en el más allá; sin embargo, los saduceos, unos pertenecientes a la clase sacerdotal y otros senadores laicos, pensaban que no hay otra vida y que Dios premia a los buenos en este mundo con dinero y descendencia. Dado lo incómodo de la doctrina social de los profetas y sus reivindicaciones de justicia, los saduceos tampoco aceptaban la autoridad de los escritos proféticos, mostrándose además colaboradores del poder romano, como garantía para conservar sus privilegios.

Hoy son unos saduceos los que se acercan a Jesús con la finalidad de mostrar que la creencia de los fariseos en el más allá no tiene consistencia. Y le plantean para ello un caso teórico basado en la ley del levirato por la que cuando uno muere sin descendencia, su hermano debe casarse con la viuda para darle descendencia. Se trata del caso extremo de una viuda, que se casa con los seis hermanos de su marido que mueren sin dejarle descendencia. ¿De cuál de ellos va a ser mujer en el más allá, si lo ha sido de todos en este mundo?

Jesús les muestra su equivocación, porque entienden el más allá como una simple continuación de esta vida, como creían los fariseos: allí no habrá ni matrimonio ni procreación, pues todos serán como ángeles de Dios, de quien reciben directamente la vida inmortal; y además, la resurrección no es cosa del futuro, sino que es la vida presente que se perpetúa después de la muerte.

Con esta respuesta Jesús les muestra que los saduceos (muchos de ellos dirigentes del templo y/o senadores) no conocen ni saben interpretar la palabra de un Dios para quien los patriarcas están vivos o resucitados, de un Dios de vida, que no puede permitir que sus hijos permanezcan para siempre en la muerte.

¿Lo creemos nosotros de verdad? Y si lo creemos ¿vivimos para dar, contagiar, fomentar y promover la vida allí donde estemos?


 

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