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Bonifacio |
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18Se le acercaron unos saduceos, esos que dicen que no hay resurrección, y le propusieron este caso: 19-Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le
muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé
descendencia a su hermano». 20Había siete hermanos: el primero
se casó y murió sin dejar hijos; 21el segundo se casó con la
viuda y murió también sin tener hijos; lo mismo el- tercero, 22y ninguno de los
siete dejó hijos. Por último, murió también la mujer. 23En la
resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer
de los siete? 24Les contestó Jesús: -Precisamente por eso estáis equivocados, por no conocer la Escritura ni la fuerza de Dios. 25Porque, cuando resucitan de la muerte, ni los hombres ni las mujeres se casan, son como ángeles del cielo. 26y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios?: «Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». 27No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados. |
v. 18
Se le acercaron unos saduceos,
esos que dicen que no hay resurrección, y le propusieron este
caso:
Al partido saduceo pertenecían dos grupos
del Sanedrín o Consejo: los senadores (seglares) y los sumos sacerdotes. Desde
el punto de vista político eran partidarios del orden establecido, en el que
tenían un papel hegemónico, y colaboracionistas con los romanos, con los que
mantenían un difícil equilibrio de poder. Rechazaban la llamada tradición oral,
a la que los fariseos atribuían autoridad divina (7,5.8.13). Eran abiertos
respecto a la cultura helenística.
No veían en la Escritura la noción de una
vida después de la muerte; su horizonte era esta vida, y en ella procuraban
mantener su posición de poder y de privilegio. Su pecado era el materialismo,
pues sus objetivos en la vida eran el dinero y el poder, anejos a la posición
social que ocupaban (cf. 10,1-12, el pecado fariseo).
vv. 19-23 «Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno
se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y
dé descendencia a su hermano». Había siete hermanos: el primero se casó y murió
sin dejar hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin tener
hijos; lo mismo el tercero, y ninguno de los siete dejó hijos. Por último, murió
también la mujer. En la resurrección, ¿de cual de ellos va a ser mujer, si ha
sido mujer de los siete?»
Se acercan a Jesús y lo llaman Maestro, pues van a pedirle que
resuelva un caso teórico que, sin duda, refleja una larga controversia con
los fariseos. Ellos, los saduceos, sostienen que todo acaba con la muerte, y el
caso que proponen demostraría lo absurdo de la creencia en la resurrección,
sostenida por los fariseos, quienes concebían la vida futura como una
continuación de la vida mortal.
Mencionan la ley del levirato, instituida
por Moisés. y, a continuación, proponen el caso, que haría ridícula la
doctrina farisea.
v. 24 Les contestó Jesús: «Precisamente por eso
estáis equivocados, por no conocer la Escritura ni la fuerza de
Dios».
La respuesta de Jesús es dura: los
dirigentes del templo y de la nación están en el error, por dos razones: porque
ignoran la Escritura (lo que Dios ha
dicho) y porque no conocen la fuerza de
Dios (lo que Dios hace), el dador de vida (fuerza, cf. 5,30), no tienen
experiencia de la acción de Dios. La denuncia es tremenda: las autoridades
religiosas supremas, los que se llaman representantes de Dios, administran el
templo y ejercen el culto, no conocen a Dios ni en su palabra ni en su
acción.
v. 25
«Porque, cuando resucitan de la
muerte, ni los hombres ni las mujeres se casan, son como ángeles del
cielo».
Corrige Jesús la doctrina farisea en dos
aspectos: precisa ante todo que el estado futuro del hombre no es una
prolongación de su estado presente; no hay matrimonio ni procreación, porque la
vida inmortal no se transmite por generación humana, se recibe directamente de
Dios (ángeles = «hijos de Dios», cf.
Job 1,6; 2,1; 32,7; Dn 3,21/91); ser como
ángeles indica el estado propio de los que están en la esfera divina (el cielo). Al mismo tiempo precisa
Jesús el cuándo de la resurrección: mientras los saduceos, ateniéndose a la
doctrina farisea, hablaban de ella en futuro (en la resurrección, ¿de cual de ellos va a
ser mujer?), Jesús habla en presente (cuando resucitan, son como ángeles). La
resurrección no es un acontecimiento lejano, es simplemente la vida que
continúa después de la muerte, y se está verificando ya desde ahora. Ahí
está la fuerza de Dios que ellos no conocen.
vv. 26-27 «Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no
habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo
Dios ?:"Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis
muy equivocados».
Va a mostrarles ahora que tampoco conocen
la Escritura y, para probar la vida después de la muerte, les cita una
declaración de Dios mismo: Yo soy el Dios
de Abrahan, etc. (Ex 3,6.15s): cuando Dios habló a Moisés, los patriarcas
seguían vivos o, en otras palabras, estaban ya resucitados; el Dios fiel no deja
que perezcan los que él ha amado. El Dios de Jesús es el Dios de la vida, porque
su fuerza es fuerza de vida; el dios del sistema es el dios de la
muerte.
Los
fariseos creían en el más allá; sin embargo, los saduceos, unos pertenecientes a
la clase sacerdotal y otros senadores laicos, pensaban que no hay otra vida y
que Dios premia a los buenos en este mundo con dinero y descendencia. Dado lo
incómodo de la doctrina social de los profetas y sus reivindicaciones de
justicia, los saduceos tampoco aceptaban la autoridad de los escritos
proféticos, mostrándose además colaboradores del poder romano, como garantía
para conservar sus privilegios.
Hoy
son unos saduceos los que se acercan a Jesús con la finalidad de mostrar que la
creencia de los fariseos en el más allá no tiene consistencia. Y le plantean
para ello un caso teórico basado en la ley del levirato por la que cuando uno
muere sin descendencia, su hermano debe casarse con la viuda para darle
descendencia. Se trata del caso extremo de una viuda, que se casa con los seis
hermanos de su marido que mueren sin dejarle descendencia. ¿De cuál de ellos va
a ser mujer en el más allá, si lo ha sido de todos en este
mundo?
Jesús
les muestra su equivocación, porque entienden el más allá como una simple
continuación de esta vida, como creían los fariseos: allí no habrá ni matrimonio
ni procreación, pues todos serán como ángeles de Dios, de quien reciben
directamente la vida inmortal; y además, la resurrección no es cosa del futuro,
sino que es la vida presente que se perpetúa después de la
muerte.
Con
esta respuesta Jesús les muestra que los saduceos (muchos de ellos dirigentes
del templo y/o senadores) no conocen ni saben interpretar la palabra de un Dios
para quien los patriarcas están vivos o resucitados, de un Dios de vida, que no
puede permitir que sus hijos permanezcan para siempre en la muerte.
¿Lo
creemos nosotros de verdad? Y si lo creemos ¿vivimos para dar, contagiar,
fomentar y promover la vida allí donde estemos?
FUNDACIÓN ÉPSILON
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