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Norberto |
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28Se le acercó un letrado que había oído la discusión y notado lo bien que respondía, y le preguntó: -¿Qué mandamiento es el primero de
todos? 29Respondió Jesús: -El primero es: «Escucha, Israel: El Señor nuestro
Dios es el único Señor; 30amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas».
31El segundo, éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
No hay ningún mandamiento mayor que éstos. 32El letrado le dijo: -Muy bien, Maestro, es verdad lo que has dicho,
que es uno solo y que no hay otro fuera de él; 33y que amarlo y
con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas y
amar al prójimo como a uno mismo supera todos los holocaustos y
sacrificios. 34Viendo Jesús que había respondido
inteligentemente, le dijo: -No estás lejos del reino de
Dios. Y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas. |
v. 28
Se le acercó un letrado que había
oído la discusión y notado lo bien que respondía, y le preguntó: «¿Qué
mandamiento es el primero de todos?»
Hasta ahora se han presentado grupos, ahora
lo hace un individuo, un letrado, que, según el esquema de Mc, es fariseo. En
dos ocasiones (3,22; 7,1) han sido letrados de Jerusalén los que han vigilado la
actividad de Jesús y se han opuesto a ella. Este hombre es una excepción.
Aunque pertenece al círculo de los adversarios de Jesús (11,2~), su
conciencia personal domina sobre su pertenencia al grupo dirigente. No
pretende comprometer a Jesús, sino que, al ver la maestría con que
interpreta la Escritura, busca solución a una cuestión muy debatida. El
fondo de su pregunta es éste: qué es lo más importante para Dios según la
tradición de Israel, cuál es la expresión suprema de su voluntad y lo
primario en el comportamiento del hombre.
vv. 29-31 Respondió Jesús: «El primero es:
"Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus
fuerzas". El segundo, éste: "Amarás a
tu prójimo como a ti mismo". No hay
ningún mandamiento mayor que éstos».
Jesús comienza su respuesta haciendo suyo
el llamamiento a Israel de Dt 6,4-5 (Escucha, Israel). No solamente va a
enunciar el mandamiento, sino que va a proclamarlo, tomando la exhortación de
Moisés al pueblo; pero no nombra a Moisés ni cita explícitamente la Escritura,
hace un llamamiento personal suyo, que es una invitación implícita a la
enmienda (cf. 1,15).
Recuerda a todo Israel que su único Señor
es Dios, no los dirigentes que explotan al pueblo (11,17), ni el César que 10
somete (12,16) ni el dios de muertos (12,27). Rectifica la pregunta del letrado:
en la antigua alianza no había un solo mandamiento principal, sino dos,
pues el amor-fidelidad a Dios era inseparable del amor-lealtad al prójimo.
Para ser verdadero, el amor a Dios tenía que traducirse en amor al
hombre.
Dios era el valor absoluto (con todo tu corazón, etc.), el hombre,
relativo (como a ti mismo), pero
el mandamiento tendía a crear una sociedad de iguales. Su práctica habría sido
la preparación para la plena realidad del Mesías.
Con la afirmación que sigue (no hay ningún mandamiento mayor que éstos)
relativiza Jesús todos los demás, que aparecen como secundarios, accesorios,
dispensables. Son estos dos los que deben regular la vida del israelita; ninguna
otra práctica es esencial. Del amor a Dios no se deriva el culto religioso, sino
el amor al hombre, su imagen.
Jesús echa así abajo la pretensión de
muchas piedades religiosas, entre ellas la farisea, que pretenden honrar a
Dios olvidándose del hombre.
El ideal de amor propio del Reino será
propuesto en la institución de la eucaristía (14,22-25; cf. 10,45;
13,37).
vv. 32-33 El letrado le dijo: «Muy bien, Maestro, es
verdad lo que has dicho, que es uno solo y que no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón y con
todo el entendimiento y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a uno mismo supera todos los holocaustos y
sacrificios».
El letrado manifiesta su pleno acuerdo con
Jesús (Muy bien) y ahora, ante la
respuesta de éste, lo llama Maestro.
Funde en un solo bloque la relación con Dios y con el prójimo y explicita la
relativización hecha antes genéricamente por Jesús: el culto religioso según la
Ley pierde su importancia. Invierte la escala de valores existente, según la
cual el objetivo primordial de la vida del hombre era dar culto a Dios; se
alinea con los profetas contra los sacerdotes (cf. Os 6,6: «misericordia quiero,
no sacrificios; conocimiento de Dios [= justicia], no holocaustos»). En el
templo, donde están Jesús y el letrado, se pretende dar culto a Dios
oprimiendo y explotando al pueblo: han eliminado el amor al
prójimo.
v. 34
Viendo Jesús que había respondido inteligentemente, le dijo: «No estás
lejos del reino de Dios». Y ya nadie se atrevía a hacerle más
preguntas.
Jesús aprecia la respuesta del letrado (inteligentemente), viendo que es un
hombre a quien interesa la verdad. Quien está por el bien del hombre no está
lejos del Reino. Jesús abre al letrado el horizonte del reinado de Dios, que
deja atrás toda la antigua época (1,15). Hay en sus palabras una invitación
implícita: ya que ha aprobado su primera respuesta, después de la frase elogiosa
(no estás lejos) debería buscar mayor
cercanía. La dificultad está en que el letrado quiere ser fiel a Dios, pero
dentro de su tradición, sin deseo de novedad. Ha reconocido en Jesús un maestro,
pero, como aparece en la perícopa siguiente, no puede darle su adhesión como
Mesías.
Al ver el acierto y el rigor de las respuestas de Jesús, que ha puesto en su sitio a los saduceos y corregido al letrado, nadie se atreve a hacerle más preguntas.
El
letrado se presenta ante Jesús, no para tentarlo, como en otras ocasiones (Mc
8,11; 10,2 y 12,15), sino con el deseo de conocer la respuesta a un tema
debatido por las distintas escuelas rabínicas de la época. Entre el inmenso
bosque de mandamientos que se encuentran en la Escritura, más los de la
tradición oral añadidos por los fariseos, ¿cuál es el primero que el ser humano
debe observar en su comportamiento cotidiano?
El
letrado quiere oírlo de boca de Jesús, un rabino con criterios propios que
enseña con autoridad. Y Jesús no parece dudar al responder citando Deuteronomio
6,4-5 que formaba parte del shemac, proclamación de fe que expresa la
creencia judía en la unicidad de Dios y la lealtad de su pueblo a la voluntad
divina y a los mandamientos. [En tiempos de Jesús esta oración era parte
integrante de la liturgia del templo, pero después de la destrucción de éste
pasó a la liturgia sinagogal como parte de las oraciones de la mañana y de la
tarde. Es probable que incluyera también el texto del Decálogo. (Los judíos en
la actualidad rezan esta oración dos veces al día, por la mañana y por la tarde,
al amanecer y al anochecer. La oración está compuesta en su totalidad por Dt
6,4-9; 11,13-21 y Nm 15,37-41, seguidos y precedidos por diferentes bendiciones.
Se le denomina shema, pues esta es la palabra con la que comienza el texto de
Deuteronomio 6,4 (en castellano, “Escucha, Israel”)].
Pero
sorprende que Jesús, a quien el letrado le pregunta por el primer mandamiento,
añada un segundo, igual al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y
sorprende aún más que el letrado dé la razón a Jesús diciendo que estos
mandamientos valen más que todos los holocaustos y sacrificios. Lo que Dios
quiere ante todo es que lo amemos a El amando al prójimo.
Al final de su vida, Jesús corregiría este mandamiento encargándonos encarecidamente “amarnos unos a otros como él nos amó”, ofreciendo su vida por todos nosotros. Éste el verdadero holocausto que agrada al Dios de Jesús, que ya no se complace con sacrificios de animales.
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