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CORAZÓN DE MARÍA Armando - Medardo |
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38Entre lo que enseñaba, dijo: -¡Cuidado con los letrados! Esos que gustan de
pasearse con sus vestiduras y de las reverencias en la calle,
39de los primeros asientos en las sinagogas y de los
primeros puestos en los banquetes; 40esos que se comen los
hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán
una sentencia muy severa. 41Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y
observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos
echaban en cantidad. 42Llegó una viuda pobre y echó dos
ochavos, que hacen un cuarto. 43 Convocando a sus discípulos,
les dijo: -Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie, os lo aseguro. 44Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida. |
v. 38: Entre lo que enseñaba, dijo: «¡Cuidado con
los letrados! Esos que gustan de pasearse con sus vestiduras y de las
reverencias en la calle,»...
Jesús previene al pueblo contra los
letrados (¡Cuidado!) y pone en
evidencia su conducta. Muestran un ansia desmedida de honores: visten de
manera especial para señalar su categoría y recibir muestras de respeto (vestiduras, reverencias) y aceptan con
gusto las señales de deferencia (primeros puestos). Al
reconocimiento de su superioridad corresponde la sumisión del
pueblo.
v. 39:
... «de los primeros asientos en las sinagogas y de los primeros puestos
en los banquetes»;...
Por su deseo de preeminencia y prestigio,
quieren ser siempre «primeros», ponerse por delante de los demás. Es lo
contrario de lo que debe suceder entre los seguidores de Jesús (9,35; 10,44).
Subrayando su superioridad, crean la desigualdad y afirman su poder sobre
el pueblo. Y eso en todos los terrenos: lugares públicos (la calle), asamblea religiosa (las sinagogas), actos sociales (los banquetes).
v. 40: ... «esos que se comen los hogares de las viudas
con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy
severa.»
En el ámbito privado, utilizan la religión
para aprovecharse de gente desamparada e indefensa, cuyo prototipo eran las
mujeres viudas (cf. 7,6s). Ellos, los hombres ejemplares, se hacen intercesores
ante Dios; disfrazan su ansia de dinero de buena obra, y sus víctimas tienen
todavía que estarles agradecidas por la injusticia de que son objeto. Su
sentencia será muy severa porque explotan a los más desvalidos usando el nombre
de Dios.
Jesús no hace acusaciones vagas e
imprecisas, invita a la gente a darse cuenta de lo que tienen ante los ojos.
Quiere que el pueblo adquiera espíritu crítico y así se haga libre: que no
se someta a superioridades inmerecidas, que no tribute respetos impuestos, que
dé a las personas su valor real. La apariencia de virtud de los letrados es
falsa, en realidad están muy lejos de Dios (cf. 7,6s). Si el pueblo es capaz de
ver los hechos, no se dejará guiar por tales maestros.
v. 41: Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y
observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban
en cantidad.
Terminados los encuentros con los
dirigentes, Jesús se sienta ante la Sala del Tesoro, punto neurálgico del templo
explotador. Su postura lo presenta como antagonista permanente de ese lugar, que
almacena el expolio hecho al pueblo por los dirigentes.
La multitud, aunque ha quedado impresionada
por la enseñanza de Jesús en la que denunciaba la explotación (11,18), y a pesar
de ser víctima de ésta, sigue apoyando al templo (iba echando monedas). El halo
religioso de que la institución se rodea tiene más fuerza que la denuncia
de Jesús. Un grupo numeroso, los ricos, contribuyen con grandes sumas de dinero
(echaban en cantidad); su generosidad
muestra que aprueban los métodos de la institución injusta y la sostienen con
gusto.
v. 42: Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos,
que hacen un cuarto.
A la gente y a los ricos se contrapone la
figura de una viuda pobre, miembro débil, indefenso, de la sociedad (viuda, 12,40) y sin relieve social (pobre). Su oferta es insignificante; no
es en realidad una contribución al sostenimiento del templo, sino un acto
de devoción, un símbolo de amor.
v. 43: Convocando a sus discípulos, les dijo: «Os
aseguro que esa viuda pobre ha echado en el tesoro mas que
nadie»,...
Jesús convoca a los discípulos, que no
habían comprendido su exigencia de dejar la riqueza (10,23-26). Les enseña
a interpretar los hechos: compara el comportamiento de los ricos y el de la
viuda pobre. Su dicho es solemne (Os
aseguro) y enuncia una paradoja: lo que es menos vale más, lo poco del pobre
vale más que lo mucho del rico. Va a explicarlo a
continuación.
v. 44: «Porque todos han echado de lo que les
sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía,
todos sus medios de vida».
Da un juicio general: todos han echado de lo que les sobra: es
una multitud que no se entrega, para la que Dios no es el valor supremo. Dar de
lo superfluo significa no dar lo esencial, que es la persona. No son los ricos
de Israel quienes valen a los ojos de Dios, sino los que ponen su confianza en
él.
Con su óbolo, la viuda se da a sí misma;
hace de Dios el valor supremo, por encima de su propia persona, y hace
depender su vida de él, pues no tiene más medios de subsistencia. Las
expresiones; todo lo que tenía, todos sus
medios de vida reflejan el mandamiento principal citado antes por Jesús
(12,30: «Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, etc.»). Este ha de ser el criterio de los discípulos: una
entrega parcial, como la de los ricos, aunque muy aparente, tiene menos
valor que una entrega total, aunque de apariencia modesta. Lo que vale es la
totalidad del don. La viuda es ejemplo de un amor total a Dios, expresado
en el total desprendimiento del dinero; es la antítesis de los dirigentes,
infieles a Dios por su amor al dinero.
La viuda representa al Israel fiel a Dios.
Los discípulos, en cambio, estiman más la gloria que la entrega. Cuando se trató
el tema de la riqueza, ellos se extrañaron de la exigencia de Jesús al rico
y se preguntaban: «Entonces, ¿quién puede subsistir?» (10,26); la respuesta que
les dio Jesús: «Con Dios todo es posible» (10,27), es la que se hace patente en
el comportamiento de la viuda, que da todo lo que tenía para vivir. Esta
confianza equivale a la del discípulo (10,21: «tendrás en Dios tu tesoro»).
En ella, no en el esplendor, está la verdadera gloria de
Israel.
Jesús
se sienta frente a la Sala del Tesoro, corazón del templo judío y expresión del
sistema explotador del mismo, pues éste se alimenta no sólo del dinero de los
ricos, sino también del de los pobres que deben comprar animales para ofrecerlos
a Dios y de este modo obtener su perdón.
En
el evangelio de hoy se oponen dos actitudes: la de los letrados y los ricos y la
de la viuda pobre. Los letrados, de los que hay que guardarse, buscan la
ostentación, les gusta ser respetados y ocupar los primeros puestos en la vida
litúrgica (sinagoga) y en la vida social (banquetes), pero, sobre todo, son
amantes del dinero de los seres más desamparados, como las viudas cuyos bienes
se comen con pretexto de largos rezos. Los ricos, por su parte, dan a Dios del
dinero que les sobra, pero no se entregan a él en totalidad, pues Dios no es
para ellos el valor supremo.
La
viuda, por su parte, no sólo no se queda con lo de los demás, sino que da a Dios
todo lo que tiene, lo que ella necesita para vivir, afirmando con esto que Dios
es el valor supremo y que su vida no depende del dinero, sino de ese Dios que da
la vida a quien se entrega a él por amor. Esta viuda sabe que el primer
mandamiento es amar al Señor con todo su corazón y lo pone en práctica dando de
lo que le hace falta para vivir y confiando en la generosidad de ese Dios que da
la vida a todos.
Jesús
aprecia este gesto frente al de los ricos, pues el Dios de Jesús no quiere
corazones partidos, sino la entrega total a él. La viuda sabe que tendrá en Dios
su tesoro, pero los ricos prefieren reservar parte de su tesoro como garantía de
vida y seguridad.. Por eso, dice el evangelio que “esos tales recibirán una
sentencia severísima”.
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