Domingo 9
de junio de 2002

DÉCIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

Efrén

Evangelio : Mateo 9, 9-13 

Primera lectura: Oseas 6, 3b-6
Salmo responsorial: 49, 1-8.12-15
Segunda lectura: Romanos 4, 18-25

 

COMENTARIOS

  1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Seréis dichosos". Ciclo A. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. J. Mateos - F. Camacho, El Evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid.
  3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica). 

 


EVANGELIO
Mateo 9, 9 - 13
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba, 1987)

9Cuando se marchó Jesús de allí, vio al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los im­puestos, y le dijo:

-Sígueme.

Se levantó y lo siguió.

10Sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa acudió un buen grupo de recaudadores y descreídos y se reclinaron con él y sus discípulos. 11Al ver aquello preguntaron los fariseos a los discípulos:

-¿Por qué razón come vuestro maestro con los recau­dadores y descreídos?

12Jesús lo oyó y dijo:

-No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. 13Id mejor a aprender lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6): porque no he venido a invitar justos, sino pecadores.

 

  COMENTARIO 1


LAS MALAS COMPAÑIAS

Desde pequeños nos inculcaron la idea de que había que tener mucho cuidado con las malas compañías: una sola man­zana podrida corrompe todo un cesto de manzanas sanas. Jesús no piensa así. Y la prueba es que siempre estuvo rodeado de «malas compañías».

 

SIEMPRE HUBO CLASES

Siempre. A pesar de que en público o ante gente de otra clase no se reconozca. Nada más cierto: siempre hubo clases; y todavía las hay. Las de arriba siempre se han preocupado por que la situación no cambie; ellos han sido los que, desde siempre, han practicado la lucha de clases. Los de abajo, tam­bién desde siempre, han sufrido a los de arriba y la guerra que hacían contra ellos. Sólo cuando, después de aguantar durante siglos, los de abajo se han dado cuenta de que son más y de que tienen más derecho y han empezado a defenderse de la lucha de clases de los de arriba, sólo entonces se han alzado algunas autorizadas voces condenando la lucha de clases y ha­ciendo solemnes proclamas de paz social. Siempre con una finalidad: que todo siga igual, que siga siendo verdad eso de que siempre habrá clases.

Por otro lado, algunos de los que desde abajo han inten­tado luchar contra una situación tan injusta han cometido un grave error, pues al presentar sus objetivos han dado la im­presión de que éstos consistían en que la estructura de la so­ciedad siguiera siendo la misma, sólo que con los de arriba abajo y los de abajo arriba.

 

SANOS Y ENFERMOS

Esta situación se ha dado no sólo en el plano económico, sino también en el religioso o en el moral: los buenos y los malos, la gente respetable y la gentuza, los piadosos y los des­creídos... han sido categorías en las que se ha clasificado a las personas, dando a unos -los buenos, respetables, piadosos- ciertos privilegios -honores, estimación, fama-, mientras que a los otros -los malos, la gentuza, los descreídos- les acarreaba determinadas incomodidades -marginación, despre­cio, descrédito.

En tiempos de Jesús la situación era extrema, tanto desde el punto de vista económico como desde el moral o religioso: una gran masa de pobres, marginados y enfermos -enfermos físicos, como los leprosos, por ejemplo- sufría la injusticia y el menosprecio de unos pocos ricos y -quizá algunos más- piadosos y observantes de la Ley.

Los primeros se consideraban sanos, fuertes, y considera­ban enfermos al resto. Y, para no contaminarse, establecían una barrera infranqueable entre unos y otros que nadie quería o podía, en una dirección o en otra, atravesar.

 

A LA MESA CON LOS DE ABAJO

Jesús ya había mostrado su predilección por los pobres. En el evangelio de hoy la muestra por los que, desde un punto de vista moral y religioso, habían sido colocados abajo o al margen de la vida social.

Yendo de camino, «vio al pasar a un hombre llamado Ma­teo, sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo: Sí­gueme. Se levantó y lo siguió».

Los recaudadores formaban parte de «los malos», y generalmente no sin motivos: colaboraban con la opresión extran­jera cobrando el impuesto para los romanos, y además, siem­pre que podían, exigían más de lo que legalmente estaba establecido. La gente los odiaba por eso y los fariseos los des­preciaban como a toda la gente que no observaba su Ley.

Por eso, cuando se dan cuenta de que «estando él [Jesús] reclinado a la mesa en la casa, acudió un buen grupo de recau­dadores y descreídos y se reclinaron con él y sus discípulos», sin que Jesús hiciera nada por evitarlo, los fariseos preguntan, escandalizados, a los discípulos: «¿Por qué razón come vues­tro maestro con los recaudadores y descreídos?» No podían entender que Jesús derrumbara aquella barrera y llamara a unirse a él a gente de tan mala catadura como los recaudado­res, compartiendo la mesa con éstos y con otra gente sin religión.

 

MISERICORDIA QUIERO

La misión de Jesús tiene un objetivo muy concreto: que los hombres, aceptando a Dios como Padre, vivamos como hermanos, y practicando el amor fraterno, vayamos conquis­tando la felicidad para siempre.

Para que eso sea posible todos tenemos que cambiar de manera de pensar y de manera de vivir; todos tenemos que dejar que él nos cure lo mucho o poco -¿quién será juez?- de enfermizo que hay en nuestra manera de entender las rela­ciones con los demás. Jesús invita a un ladrón a que se una a él; y éste, al aceptar, abandona el mostrador de impuestos, que era donde robaba. Su invitación está también abierta a los fari­seos; sólo que ellos también deben cambiar, y no están dis­puestos. Y no lo están por dos razones: la primera porque creen que no necesitan cambiar. Ellos no están enfermos para que nadie tenga que venir a curarlos: se sienten fuertes. Esta es la razón de que Jesús les conteste: «No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal».

Y, en segundo lugar, porque piensan que todo se solucio­na rezando, celebrando ceremonias religiosas, holocaustos, sa­crificios de animales en el templo. Y Dios -ya lo habían dicho los profetas mucho tiempo antes, como muestra la primera lectura de este domingo, que Jesús recuerda a los fariseos- no quiere ceremonias, sino amor: «Id mejor a aprender lo que significa misericordia quiero y no sacrificios': porque no he venido a invitar justos, sino pecadores».

La solución no está en rezar juntos, sino en quererse mu­cho, dice Jesús. La solución no está en que unos nos conside­remos justos y despreciemos a los otros tildándoles de peca­dores, sino en reconocer todos nuestras propias enfermedades y dejar que Jesús, su persona y su palabra, nos curen de ellas. Sólo así será posible un mundo en el que Dios sea Padre y los hombres hermanos; sólo así será posible un mundo en el que Dios sea el Rey y se empiece a cumplir su promesa: «seréis di­chosos» (Mt 5,1-12).

 

COMENTARIO 2


v. 9: Cuando se marchó Jesús de allí, vio al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los im­puestos, y le dijo:

-Sígueme.

Se levantó y lo siguió.

El episodio simbólico del paralítico, en el que se ofrece la sal­vación a todo hombre sin distinción, se concreta en la llamada de Mateo, el recaudador. Su profesión, por su reconocida codicia y el abuso que hacían de la gente, lo asimilaba a «los pecadores» o «descreídos» y lo excluía de la comunidad de Israel. Mateo está «senta­do», instalado en su oficio (el mostrador de los impuestos). Jesús lo invita con una palabra: «Sígueme». Mateo «se levanta», y sigue a Jesús. El seguimiento es la expresión práctica de la fe/adhesión. Según lo dicho por Jesús al paralítico (9,2), su pasado pecador queda borrado. De hecho, Mateo abandona su profesión (se levan­tó); como el paralítico, comienza una vida nueva.

 

v. 10: Sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa acudió un buen grupo de recaudadores y descreídos y se reclinaron con él y sus discípulos.

La solemnidad de la fórmula inicial (lit. «y sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa») aconseja referir la frase a Jesús mejor que a Mateo. Por otra parte, esta casa (gr. oikía) designa varias veces la de Jesús y sus discípulos (9,28; 13,1.36; 17,25). Puede ser, como en Mc, símbolo de la comunidad de Jesús. En la casa se encuentran reclinados a la mesa -postura propia de los hombres libres- Jesús y sus discípulos, pero llegan muchos recaudadores y pecadores y se reclinan con ellos. La comida-banquete es figura del reino de Dios (cf. 8,11). La escena significa, por tanto, que también los excluidos de Israel van a participar de él. La lla­mada de Mateo ha abierto a «los pecadores» o impíos la puerta del reino de Dios, actualizado en el banquete mesiánico. La «lle­gada» de los «recaudadores y pecadores» para estar a la mesa con Jesús y los discípulos en el acto de perfecta amistad y comunión, indica que también ellos han dado su adhesión a Jesús y consti­tuyen un nuevo grupo de discípulos. Su fe/adhesión ha cancelado su pasado, son hombres que van a comenzar una nueva vida. No es condición para el reino la buena conducta en el pasado ni la observancia de la Ley judía. Basta la adhesión a Jesús. Nótese que el término «pecadores/descreídos» no designaba sólo a los judíos irreligiosos, que hacían caso omiso de las prescripciones de la Ley, sino también a los paganos. La escena abre, pues, el futuro hori­zonte misionero de la comunidad.

 

vv. 11-13: Al ver aquello preguntaron los fariseos a los discípulos:

-¿Por qué razón come vuestro maestro con los recau­dadores y descreídos? 12Jesús lo oyó y dijo: -No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. 13Id mejor a aprender lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6): porque no he venido a invitar justos, sino pecadores.

Oposición de los fariseos; los que profesaban la obser­vancia estricta de la Ley se guardaban escrupulosamente del trato y del contacto con las personas impuras (pecadores). Se dirigen a los discípulos y les piden explicaciones sobre la conducta de su maestro. Responde Jesús mismo con una frase proverbial sobre los que necesitan de médico. Denuncia la falta de conocimiento de la Escritura que muestran los fariseos, que no comprenden el texto de Os 6,6 (cf. Mt 12,7). Dios requiere el amor al hombre antes que su propio culto (cf. 5,23-24). Esto invierte las categorías de los fariseos, que cifraban su fidelidad a Dios en el cumplimiento exacto de todas las prescripciones de la Ley, pero condenaban se­veramente a los que no las cumplían (cf. 7,lss). La frase final de Jesús tiene un sentido irónico. «Los justos», que no van a ser llamados por él, son los que creen que no necesitan salvación. El verbo «llamar/invitar» ha sido usado por Mt para designar el llamamiento de Santiago y Juan, que no pertenecían a la categoría de «los pecadores/descreídos». «Pecadores», por tanto, tiene un sen­tido amplio. Son aquellos que no están conformes con la situación en que viven, que desean una salvación. «Los justos», por oposición, son los que están satisfechos de sí mismos y no quieren salir del estado en que viven.

 

COMENTARIO 3


La determinación del sentido de la Ley es el punto central que se debate en estas controversias transmitidas por los relatos evangélicos. Dichas controversias reflejan el enfrentamiento de Jesús con los jefes religiosos de su época y adquieren mayor relieve en la comunidad de Mateo ante las medidas adoptadas por unos dirigentes fariseos que buscaba canonizar su interpretación de la Escritura como único medio de asegurar la supervivencia de Israel, vista la ruina de Jerusalén y de su Templo.

Las acciones de Jesús en Cafarnaún deben entenderse, así, como una auténtica forma de la concreción de la Ley proclamada en el sermón de la montaña y como la clave de su interpretación. Luego de la curación de un paralítico (vv.2-8), la vocación de Mateo señala la superación de las exclusiones causadas por la forma de entender la religiosidad por parte de los dirigentes israelitas.

El fariseísmo hacía un esfuerzo gigantesco buscando hacer posible el cumplimiento de la Ley en circunstancias muy diferentes del medio en que ésta tuvo origen. Surgía así una complicada casuística que buscaba hacer practicables los preceptos contenidos en la Ley escrita del Antiguo Testamento y en la que ocupaba un lugar importante el principio de la pureza ritual como criterio interpretativo de la voluntad divina.

El tema de lo puro y de lo impuro y su determinación en acciones y personas dominaba la vida religiosa de la época, según esta perspectiva. Categorías enteras de personas son consideradas como fuera de la realidad salvífica; de entre ellas debe mencionarse la de los cobradores de impuestos que aparecen en este relato.

Esta profesión estaba marcada por la codicia, que frecuentemente les llevaba a actuaciones abusivas frente a la gente y, por tanto, colocaba a este tipo de personas al margen de la vida de su pueblo. De allí su ubicación con los “pecadores”, etiqueta que se atribuía a los israelitas infieles o despreocupados de la Ley y a los paganos.

La actuación de Jesús, por el contrario, entiende toda la Ley desde otro principio, el que surge de la predicación profética de Oseas (6, 6), en la primera lectura, y que es retomado en el Evangelio para señalar el sentido de la actuación de Jesús. Dicho principio reside en la actuación de la misericordia divina, en que la Ley se considera como fruto de las entrañas compasivas de Dios frente a toda miseria.

De esa forma Jesús se remite a un principio profético establecido en los últimos años de existencia del Reino del Norte. Oseas, después de criticar una conversión reducida al ámbito del culto, señala este principio de la misericordia como única forma de realizar una religiosidad auténtica.

Jesús aplica este principio en la llamada de un publicano. El mismo esquema de la vocación de Eliseo (1 Re 19, 19-21) que sirvió para el llamado de israelitas fieles en Mt 4, 18-22 se utiliza aquí para un recaudador de impuestos. El pasado pecador del ser humano, como en el episodio anterior de la curación de un paralítico (9, 1-8), no impide la posibilidad de una “resurrección” y de una vida de seguimiento que se abre ante el llamado de Jesús como aparece en el “se levantó y lo siguió” del v. 9.

Esta nueva vida da la posibilidad de entrar en el ámbito de Jesús como aparece en el acontecimiento sucesivo de la participación de los publicanos y pecadores en el mismo banquete de Jesús y sus discípulos. La comensalidad, así realizada, es signo de la presencia del Reino de Dios en donde las exclusiones son superadas, donde deben desaparecer los esquemas de pureza e impureza de la mentalidad farisea.

Esta significación reviste la realización del banquete que tiene lugar en la casa de Jesús o de Mateo (el texto original es ambiguo en este punto). Todos pueden ingresar en ella a pesar de las críticas que los fariseos hacen llegar a los discípulos. La posibilidad de una salvación universal tiene su origen en la compasión de Jesús. La radical misericordia de éste supera todas las exclusiones derivadas de la mentalidad particularista de sus adversarios.

La acción del médico al que Jesús se compara se dirige a todo aquel que lleva las señales de la enfermedad y produce un acercamiento a toda dolencia y enfermedad dondequiera se hallen presentes como ya había sido mencionado por el evangelista en 4, 24b-25: “le traían todos los enfermos... lo seguía un gentío inmenso de Galilea, Decápolis, Jerusalén...”

El único límite que se marca, por consiguiente, es la aceptación de Jesús por la fe. Este es el principio que lleva a la superación de toda marginación por parte de Jesús y por parte de las comunidades paulinas, como aparece en la lectura de la carta a los Romanos. En ella el particularismo de la Ley no ha podido remediar la existencia del pecado, principio de muerte en todo ser humano. Sólo la adhesión al resucitado de entre los muertos puede crear una existencia capaz de superar la condición pecadora del ser humano y de romper las exclusiones que criterios culturales, étnicos o de cualquier otro tipo causan en medio de la humanidad

 

 

Para la revisión de vida

       El evangelio de hoy es una llamada a examinar nuestra religiosidad, y mi religiosidad. ¿«Misericordia o sacrificios»? La dimensión religiosa de mi vida, ¿en qué se centra más, en los «sacrificios» (culto, ritos, oficios religiosos) o en la «misericordia» (com-pasión para con los otros, amor, justicia, construcción del Reino en este mundo…). Para los profetas y para Jesús, está claro: «Misericordia quiero, no sacrificios». ¿Y yo?

 

Para la reunión de grupo

La sentencia lapidaria de Oseas «Misericordia quiero y no sacrificios» (con una cita numérica muy fácil de recordar y de aprender: 6,6) es retomada por Jesús, que cita literalmente y de memoria a Oseas en público. Estamos ante un texto capital del evangelio, que incorpora a la predicación de Jesús un elemento central y característico de los profetas.

a) encontrar otros pasajes bíblicos, proféticos principalmente, que expresan el mismo mensaje;

b) encontrar en el evangelio hechos y palabras de Jesús con el mismo mensaje;

c) cotejar diversas traducciones de la frase; ¿todas traducen esa contraposición entre los dos elementos de misericordia y sacrificios? ¿Con qué conjunción lo hacen? (“si no”, “más bien”, “y no”…). ¿Será que lo mejor sería una postura “adicional” y no “dialéctica”, como “quiero misericordia y sacrificios”? ¿Qué decir de lo que se suele llamar la “postura anti-culto” de los profetas? ¿Y la de Jesús?

 

Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia haga de sus sacramentos signos que siempre nos lleven al compromiso con la misericordia y con la vida, con la coherencia y la sinceridad, roguemos al Señor…

Para que los cristianos tengamos siempre clara la jerarquía de valores, que ponga por encima siempre la «misericordia», es decir, el amor, la compasión, la benevolencia, la opción por la justicia y por los pobres, sobre cualquier práctica religiosa cultual o ritual, roguemos al Señor.

Por todos los que practican la justicia y la misericordia y no encuentran sentido al culto, a la fe, a la religiosidad… para que un día escuchen la palabra de Jesús que les dice: «no estás lejos del Reino de Dios», roguemos al Señor.

Para que en este mundo moderno en el que el cristianismo es percibido como la religión de los responsables del estado actual del mundo, como la religión que justifica la actual opresión de los pobres y la marginación de las culturas y religiones no occidentales, para que nos desmarquemos de esa posición y mostremos que el Evangelio no es la justificación de Occidente, roguemos al Señor.

Porque sean muchos los cristianos y cristianas que como Mateo sientan el llamado de Jesús y cambien de vida, roguemos al Señor.

 

Oración comunitaria

         Oh Dios que en todas las religiones has manifestado a los humanos lo que también en Jesús nos revelaste a nosotros: que el amor y la misericordia son el culto en la vida que esperas de nosotros; te pedimos que todas las religiones de la tierra, todos los pueblos que has ido guiando hacia a ti, demos el paso al diálogo religioso y a comulgar en esa primacía del amor y de la misericordia, por encima de todas las diferencias de doctrinas, dogmas, teologías y leyes eclesiásticas. Te lo pedimos por el amor que has manifestado a todos los pueblos a lo largo de la historia, por los siglos de los siglos. Amén.


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