|
DÉCIMO DOMINGO
DE TIEMPO ORDINARIO Efrén Evangelio : Mateo 9, 9-13 Primera lectura: Oseas 6, 3b-6
|
|
COMENTARIOS
|
|
|
|
9Cuando se marchó Jesús de allí, vio al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: -Sígueme. Se levantó y lo siguió. 10Sucedió que estando él reclinado a la mesa en la
casa acudió un buen grupo de recaudadores y descreídos y se reclinaron con
él y sus discípulos. 11Al ver aquello preguntaron los fariseos
a los discípulos: -¿Por qué razón come vuestro maestro con los
recaudadores y descreídos? 12Jesús lo oyó y dijo: -No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. 13Id mejor a aprender lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6): porque no he venido a invitar justos, sino pecadores. |
LAS MALAS
COMPAÑIAS
Desde pequeños nos inculcaron la idea de que había que
tener mucho cuidado con las malas compañías: una sola manzana podrida
corrompe todo un cesto de manzanas sanas. Jesús no piensa así. Y la prueba es
que siempre estuvo rodeado de «malas compañías».
SIEMPRE HUBO
CLASES
Siempre. A pesar de que en público o ante
gente de otra clase no se reconozca.
Nada más cierto: siempre hubo clases; y todavía las hay. Las de arriba siempre
se han preocupado por que la situación no cambie; ellos han sido los que, desde
siempre, han practicado la lucha de clases. Los de abajo, también desde
siempre, han sufrido a los de arriba y la guerra que hacían contra ellos. Sólo
cuando, después de aguantar durante siglos, los de abajo se han dado cuenta de
que son más y de que tienen más derecho y han empezado a defenderse de la lucha
de clases de los de arriba, sólo entonces se han alzado algunas autorizadas
voces condenando la lucha de clases y haciendo solemnes proclamas de paz
social. Siempre con una finalidad: que todo siga igual, que siga siendo verdad
eso de que siempre habrá
clases.
Por otro lado, algunos de los que desde
abajo han intentado luchar contra una situación tan injusta han cometido un
grave error, pues al presentar sus objetivos han dado la impresión de que
éstos consistían en que la estructura de la sociedad siguiera siendo la
misma, sólo que con los de arriba abajo y los de abajo
arriba.
SANOS Y
ENFERMOS
Esta situación se ha dado no sólo en el
plano económico, sino también en el religioso o en el moral: los buenos y los
malos, la gente respetable y la gentuza, los piadosos y los descreídos...
han sido categorías en las que se ha clasificado a las personas, dando a unos
-los buenos, respetables, piadosos- ciertos privilegios -honores, estimación,
fama-, mientras que a los otros -los malos, la gentuza, los descreídos- les
acarreaba determinadas incomodidades -marginación, desprecio,
descrédito.
En tiempos de Jesús la situación era
extrema, tanto desde el punto de vista económico como desde el moral o
religioso: una gran masa de pobres, marginados y enfermos -enfermos físicos,
como los leprosos, por ejemplo- sufría la injusticia y el menosprecio de unos
pocos ricos y -quizá algunos más- piadosos y observantes de la
Ley.
Los primeros se consideraban sanos,
fuertes, y consideraban enfermos al resto. Y, para no contaminarse,
establecían una barrera infranqueable entre unos y otros que nadie quería o
podía, en una dirección o en otra, atravesar.
A LA MESA CON LOS DE
ABAJO
Jesús ya había mostrado su predilección por
los pobres. En el evangelio de hoy la muestra por los que, desde un punto de
vista moral y religioso, habían sido colocados abajo o al margen de la vida
social.
Yendo de camino, «vio al pasar a un hombre
llamado Mateo, sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo:
Sígueme. Se levantó y lo siguió».
Los recaudadores formaban parte de «los
malos», y generalmente no sin motivos: colaboraban con la opresión
extranjera cobrando el impuesto para los romanos, y además, siempre
que podían, exigían más de lo que legalmente estaba establecido. La gente los
odiaba por eso y los fariseos los despreciaban como a toda la gente que no
observaba su Ley.
Por eso, cuando se dan cuenta de que
«estando él [Jesús] reclinado a la mesa en la casa, acudió un buen grupo de
recaudadores y descreídos y se reclinaron con él y sus discípulos», sin que
Jesús hiciera nada por evitarlo, los fariseos preguntan, escandalizados, a los
discípulos: «¿Por qué razón come vuestro maestro con los recaudadores y
descreídos?» No podían entender que Jesús derrumbara aquella barrera y llamara a
unirse a él a gente de tan mala catadura como los recaudadores,
compartiendo la mesa con éstos y con otra gente sin
religión.
MISERICORDIA
QUIERO
La misión de Jesús tiene un objetivo muy
concreto: que los hombres, aceptando a Dios como Padre, vivamos como hermanos, y
practicando el amor fraterno, vayamos conquistando la felicidad para
siempre.
Para que eso sea posible todos tenemos que
cambiar de manera de pensar y de manera de vivir; todos tenemos que dejar que él
nos cure lo mucho o poco -¿quién será juez?- de enfermizo que hay en nuestra
manera de entender las relaciones con los demás. Jesús invita a un ladrón a
que se una a él; y éste, al aceptar, abandona el mostrador de impuestos, que era
donde robaba. Su invitación está también abierta a los fariseos; sólo que
ellos también deben cambiar, y no están dispuestos. Y no lo están por dos
razones: la primera porque creen que no necesitan cambiar. Ellos no están
enfermos para que nadie tenga que venir a curarlos: se sienten fuertes. Esta es
la razón de que Jesús les conteste: «No sienten necesidad de médico los que son
fuertes, sino los que se encuentran mal».
Y, en segundo lugar, porque piensan que
todo se soluciona rezando, celebrando ceremonias religiosas, holocaustos,
sacrificios de animales en el templo. Y Dios -ya lo habían dicho los
profetas mucho tiempo antes, como muestra la primera lectura de este domingo,
que Jesús recuerda a los fariseos- no quiere ceremonias, sino amor: «Id mejor a
aprender lo que significa misericordia quiero y no sacrificios': porque no he
venido a invitar justos, sino pecadores».
La solución no está en rezar juntos, sino
en quererse mucho, dice Jesús. La solución no está en que unos nos
consideremos justos y despreciemos a los otros tildándoles de
pecadores, sino en reconocer todos nuestras propias enfermedades y dejar
que Jesús, su persona y su palabra, nos curen de ellas. Sólo así será posible un
mundo en el que Dios sea Padre y los hombres hermanos; sólo así será posible un
mundo en el que Dios sea el Rey y se empiece a cumplir su promesa: «seréis
dichosos» (Mt 5,1-12).
COMENTARIO 2
v. 9: Cuando se marchó Jesús de allí, vio al pasar
a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le
dijo:
-Sígueme.
Se levantó y lo siguió.
El episodio simbólico del paralítico, en el
que se ofrece la salvación a todo hombre sin distinción, se concreta en la
llamada de Mateo, el recaudador. Su profesión, por su reconocida codicia y el
abuso que hacían de la gente, lo asimilaba a «los pecadores» o «descreídos» y lo
excluía de la comunidad de Israel. Mateo está «sentado», instalado en su
oficio (el mostrador de los impuestos). Jesús lo invita con una palabra:
«Sígueme». Mateo «se levanta», y sigue a Jesús. El seguimiento es la expresión
práctica de la fe/adhesión. Según lo dicho por Jesús al paralítico (9,2), su
pasado pecador queda borrado. De hecho, Mateo abandona su profesión (se
levantó); como el paralítico, comienza una vida
nueva.
v. 10: Sucedió que estando él reclinado a la mesa
en la casa acudió un buen grupo de recaudadores y descreídos y se reclinaron con
él y sus discípulos.
La solemnidad de la fórmula inicial (lit.
«y sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa») aconseja referir la
frase a Jesús mejor que a Mateo. Por otra parte, esta casa (gr. oikía) designa varias veces la de Jesús
y sus discípulos (9,28; 13,1.36; 17,25). Puede ser, como en Mc, símbolo de la
comunidad de Jesús. En la casa se encuentran reclinados a la mesa -postura
propia de los hombres libres- Jesús y sus discípulos, pero llegan muchos
recaudadores y pecadores y se reclinan con ellos. La comida-banquete es figura
del reino de Dios (cf. 8,11). La escena significa, por tanto, que también los
excluidos de Israel van a participar de él. La llamada de Mateo ha abierto
a «los pecadores» o impíos la puerta del reino de Dios, actualizado en el
banquete mesiánico. La «llegada» de los «recaudadores y pecadores» para
estar a la mesa con Jesús y los discípulos en el acto de perfecta amistad y
comunión, indica que también ellos han dado su adhesión a Jesús y
constituyen un nuevo grupo de discípulos. Su fe/adhesión ha cancelado su
pasado, son hombres que van a comenzar una nueva vida. No es condición para el
reino la buena conducta en el pasado ni la observancia de la Ley judía. Basta la
adhesión a Jesús. Nótese que el término «pecadores/descreídos» no designaba sólo
a los judíos irreligiosos, que hacían caso omiso de las prescripciones de la
Ley, sino también a los paganos. La escena abre, pues, el futuro horizonte
misionero de la comunidad.
vv. 11-13: Al ver aquello preguntaron los fariseos a
los discípulos:
-¿Por qué razón come vuestro maestro con los
recaudadores y descreídos? 12Jesús lo oyó y dijo: -No sienten
necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal.
13Id mejor a aprender lo que significa «misericordia quiero y no
sacrificios» (Os 6,6): porque no he venido a invitar justos, sino
pecadores.
Oposición de los fariseos; los que
profesaban la observancia estricta de la Ley se guardaban escrupulosamente
del trato y del contacto con las personas impuras (pecadores). Se dirigen a los
discípulos y les piden explicaciones sobre la conducta de su maestro. Responde
Jesús mismo con una frase proverbial sobre los que necesitan de médico. Denuncia
la falta de conocimiento de la Escritura que muestran los fariseos, que no
comprenden el texto de Os 6,6 (cf. Mt 12,7). Dios requiere el amor al hombre
antes que su propio culto (cf. 5,23-24). Esto invierte las categorías de los
fariseos, que cifraban su fidelidad a Dios en el cumplimiento exacto de todas
las prescripciones de la Ley, pero condenaban severamente a los que no las
cumplían (cf. 7,lss). La frase final de Jesús tiene un sentido irónico. «Los
justos», que no van a ser llamados por él, son los que creen que no necesitan
salvación. El verbo «llamar/invitar» ha sido usado por Mt para designar el
llamamiento de Santiago y Juan, que no pertenecían a la categoría de «los
pecadores/descreídos». «Pecadores», por tanto, tiene un sentido amplio. Son
aquellos que no están conformes con la situación en que viven, que desean una
salvación. «Los justos», por oposición, son los que están satisfechos de sí
mismos y no quieren salir del estado en que viven.
COMENTARIO 3
La
determinación del sentido de la Ley es el punto central que se debate en estas
controversias transmitidas por los relatos evangélicos. Dichas controversias
reflejan el enfrentamiento de Jesús con los jefes religiosos de su época y
adquieren mayor relieve en la comunidad de Mateo ante las medidas adoptadas por
unos dirigentes fariseos que buscaba canonizar su interpretación de la Escritura
como único medio de asegurar la supervivencia de Israel, vista la ruina de
Jerusalén y de su Templo.
Las
acciones de Jesús en Cafarnaún deben entenderse, así, como una auténtica forma
de la concreción de la Ley proclamada en el sermón de la montaña y como la clave
de su interpretación. Luego de la curación de un paralítico (vv.2-8), la
vocación de Mateo señala la superación de las exclusiones causadas por la forma
de entender la religiosidad por parte de los dirigentes
israelitas.
El
fariseísmo hacía un esfuerzo gigantesco buscando hacer posible el cumplimiento
de la Ley en circunstancias muy diferentes del medio en que ésta tuvo origen.
Surgía así una complicada casuística que buscaba hacer practicables los
preceptos contenidos en la Ley escrita del Antiguo Testamento y en la que
ocupaba un lugar importante el principio de la pureza ritual como criterio
interpretativo de la voluntad divina.
El
tema de lo puro y de lo impuro y su determinación en acciones y personas
dominaba la vida religiosa de la época, según esta perspectiva. Categorías
enteras de personas son consideradas como fuera de la realidad salvífica; de
entre ellas debe mencionarse la de los cobradores de impuestos que aparecen en
este relato.
Esta
profesión estaba marcada por la codicia, que frecuentemente les llevaba a
actuaciones abusivas frente a la gente y, por tanto, colocaba a este tipo de
personas al margen de la vida de su pueblo. De allí su ubicación con los
“pecadores”, etiqueta que se atribuía a los israelitas infieles o despreocupados
de la Ley y a los paganos.
La
actuación de Jesús, por el contrario, entiende toda la Ley desde otro principio,
el que surge de la predicación profética de Oseas (6, 6), en la primera lectura,
y que es retomado en el Evangelio para señalar el sentido de la actuación de
Jesús. Dicho principio reside en la actuación de la misericordia divina, en que
la Ley se considera como fruto de las entrañas compasivas de Dios frente a toda
miseria.
De
esa forma Jesús se remite a un principio profético establecido en los últimos
años de existencia del Reino del Norte. Oseas, después de criticar una
conversión reducida al ámbito del culto, señala este principio de la
misericordia como única forma de realizar una religiosidad
auténtica.
Jesús
aplica este principio en la llamada de un publicano. El mismo esquema de la
vocación de Eliseo (1 Re 19, 19-21) que sirvió para el llamado de israelitas
fieles en Mt 4, 18-22 se utiliza aquí para un recaudador de impuestos. El pasado
pecador del ser humano, como en el episodio anterior de la curación de un
paralítico (9, 1-8), no impide la posibilidad de una “resurrección” y de una
vida de seguimiento que se abre ante el llamado de Jesús como aparece en el “se
levantó y lo siguió” del v. 9.
Esta
nueva vida da la posibilidad de entrar en el ámbito de Jesús como aparece en el
acontecimiento sucesivo de la participación de los publicanos y pecadores en el
mismo banquete de Jesús y sus discípulos. La comensalidad, así realizada, es
signo de la presencia del Reino de Dios en donde las exclusiones son superadas,
donde deben desaparecer los esquemas de pureza e impureza de la mentalidad
farisea.
Esta
significación reviste la realización del banquete que tiene lugar en la casa de
Jesús o de Mateo (el texto original es ambiguo en este punto). Todos pueden
ingresar en ella a pesar de las críticas que los fariseos hacen llegar a los
discípulos. La posibilidad de una salvación universal tiene su origen en la
compasión de Jesús. La radical misericordia de éste supera todas las exclusiones
derivadas de la mentalidad particularista de sus
adversarios.
La
acción del médico al que Jesús se compara se dirige a todo aquel que lleva las
señales de la enfermedad y produce un acercamiento a toda dolencia y enfermedad
dondequiera se hallen presentes como ya había sido mencionado por el evangelista
en 4, 24b-25: “le traían todos los enfermos... lo seguía un gentío inmenso de
Galilea, Decápolis, Jerusalén...”
El
único límite que se marca, por consiguiente, es la aceptación de Jesús por la
fe. Este es el principio que lleva a la superación de toda marginación por parte
de Jesús y por parte de las comunidades paulinas, como aparece en la lectura de
la carta a los Romanos. En ella el particularismo de la Ley no ha podido
remediar la existencia del pecado, principio de muerte en todo ser humano. Sólo
la adhesión al resucitado de entre los muertos puede crear una existencia capaz
de superar la condición pecadora del ser humano y de romper las exclusiones que
criterios culturales, étnicos o de cualquier otro tipo causan en medio de la
humanidad
Para
la revisión de vida
El
evangelio de hoy es una llamada a examinar nuestra religiosidad, y mi
religiosidad. ¿«Misericordia o sacrificios»? La dimensión religiosa de mi vida,
¿en qué se centra más, en los «sacrificios» (culto, ritos, oficios religiosos) o
en la «misericordia» (com-pasión para con los otros, amor, justicia,
construcción del Reino en este mundo…). Para los profetas y para Jesús, está
claro: «Misericordia quiero, no sacrificios». ¿Y yo?
Para
la reunión de grupo
La
sentencia lapidaria de Oseas «Misericordia quiero y no sacrificios» (con una
cita numérica muy fácil de recordar y de aprender: 6,6) es retomada por Jesús,
que cita literalmente y de memoria a Oseas en público. Estamos ante un texto
capital del evangelio, que incorpora a la predicación de Jesús un elemento
central y característico de los profetas.
a)
encontrar otros pasajes bíblicos, proféticos principalmente, que expresan el
mismo mensaje;
b)
encontrar en el evangelio hechos y palabras de Jesús con el mismo
mensaje;
c)
cotejar diversas traducciones de la frase; ¿todas traducen esa contraposición
entre los dos elementos de misericordia y sacrificios? ¿Con qué conjunción lo
hacen? (“si no”, “más bien”, “y no”…). ¿Será que lo mejor sería una postura
“adicional” y no “dialéctica”, como “quiero misericordia y sacrificios”? ¿Qué
decir de lo que se suele llamar la “postura anti-culto” de los profetas? ¿Y la
de Jesús?
Para
la oración de los fieles
Para
que la Iglesia haga de sus sacramentos signos que siempre nos lleven al
compromiso con la misericordia y con la vida, con la coherencia y la sinceridad,
roguemos al Señor…
Para
que los cristianos tengamos siempre clara la jerarquía de valores, que ponga por
encima siempre la «misericordia», es decir, el amor, la compasión, la
benevolencia, la opción por la justicia y por los pobres, sobre cualquier
práctica religiosa cultual o ritual, roguemos al Señor.
Por
todos los que practican la justicia y la misericordia y no encuentran sentido al
culto, a la fe, a la religiosidad… para que un día escuchen la palabra de Jesús
que les dice: «no estás lejos del Reino de Dios», roguemos al Señor.
Para
que en este mundo moderno en el que el cristianismo es percibido como la
religión de los responsables del estado actual del mundo, como la religión que
justifica la actual opresión de los pobres y la marginación de las culturas y
religiones no occidentales, para que nos desmarquemos de esa posición y
mostremos que el Evangelio no es la justificación de Occidente, roguemos al
Señor.
Porque
sean muchos los cristianos y cristianas que como Mateo sientan el llamado de
Jesús y cambien de vida, roguemos al Señor.
Oración
comunitaria
Oh Dios que en
todas las religiones has manifestado a los humanos lo que también en Jesús nos
revelaste a nosotros: que el amor y la misericordia son el culto en la vida que
esperas de nosotros; te pedimos que todas las religiones de la tierra, todos los
pueblos que has ido guiando hacia a ti, demos el paso al diálogo religioso y a
comulgar en esa primacía del amor y de la misericordia, por encima de todas las
diferencias de doctrinas, dogmas, teologías y leyes eclesiásticas. Te lo pedimos
por el amor que has manifestado a todos los pueblos a lo largo de la historia,
por los siglos de los siglos. Amén.
FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org