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Margarita
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5 1Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2É1 tomó la palabra y se puso a enseñarles así: 3Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos
tienen a Dios por rey. 4Dichosos los que sufren, porque ésos van a recibir el consuelo.
5Dichosos los sometidos, porque ésos van a heredar la
tierra. 6Dichosos los que tienen hambre y sed de esa
justicia, porque ésos van a ser saciados. 7Dichosos los que prestan
ayuda, porque ésos van a recibir ayuda.
8Dichosos los limpios de
corazón, porque ésos van a ver a
Dios. 9Dichosos los que trabajan por la
paz, porque a ésos los va a llamar Dios hijos
suyos. 10Dichosos los que viven perseguidos por su
fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey. 11Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan
y os calumnien de cualquier modo por causa mía. 12Estad alegres
y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo
persiguieron a los profetas que os han precedido. |
vv. 1-2: Al ver Jesús las multitudes
subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. É1 tomó la palabra y
se puso a enseñarles así:
Cada una de las bienaventuranzas está
constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad;
el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad
(«dichosos»). El código de la nueva alianza no impone preceptos
imperativos; se enuncia como promesa e invitación.
De las ocho bienaventuranzas hay que
destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la
promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey». Cada una de las otras
seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo
(«van a recibir, van a heredar, etc.»). De estas seis, las tres primeras (vv.
4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que
se promete la liberación. La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio,
enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa
para su prójimo, que lleva también su correspondiente promesa del
futuro.
v. 3: Dichosos los que eligen ser
pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.
«Los que eligen ser pobres » El texto
griego se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu y 2)
pobres por el espíritu. La primera, a su vez puede tener un sentido peyorativo
(«los de pocas cualidades») o bien el de «los interiormente despegados del
dinero», aunque lo posean en abundancia Este último sentido está excluido por el
significado del termino «pobres» ('anawim/'aniyim), por la explicación
dada por Jesús mismo en la sección 6,19-24 y por la condición puesta al joven
rico para seguir a Jesús y así entrar en el reino de Dios (19,
21-24).
En la tradición judía, los términos 'anawim/'aniyim designaban a los pobres
sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia
en la sociedad. Jesús recoge este sentido e invita a elegir la condición de
pobre (opción contra el dinero y el rango social), poniéndose en manos de
Dios
El término «espíritu», en la concepción
semítica, connota siempre fuerza y actividad vital. En este texto donde va
articulado y sin referencia a una mención anterior, denota el «espíritu del
hombre» (artículo posesivo). En la antropología del AT, el hombre posee
«espíritu» y «corazón» Ambos términos designan su interioridad; el primero,
en cuanto dinámica, su actividad en acto; el segundo, en cuanto estática, los
estados interiores o disposiciones habituales que orientan su actividad (cf.
5,8). La interioridad del hombre pasa a la actividad en cuanto inteligencia,
decisión o sentimiento. Dado que lo que Jesús propone es una opción por la
pobreza, el acto que la realiza es la decisión de la voluntad. El sentido de la
bienaventuranza es, por tanto, «los pobres por decisión»,
oponiéndose a «los pobres por necesidad». Es la interpretación que Jesús
mismo propone en 6,24, la opción entre dos señores, Dios y el dinero.
Transponiendo el nombre verbal «decisión» a forma conjugada, se tiene «los que
deciden» o «eligen ser pobres».
Como se ve, además del sentido bíblico del
término «pobres» y de los textos paralelos de Mt citados más arriba (6,19-24;
19,21-24), el significado de «espíritu» (acto) en la antropología semítica,
contrapuesto al de «corazón» (disposición/estado), basta para excluir la
interpretación «pobres en cuanto al espíritu».
«Tienen a Dios por rey». El griego basileia no significa aquí «reino», sino
«reinado» (cf. 3,2). «Suyo es el reinado de Dios» quiere decir que este reinado
se ejerce sobre ellos, que sólo sobre ellos (ésos) actúa Dios como rey. La
traducción requiere una fórmula que exprese el sentido activo de basileia.
Los efectos negativos de la opción por la
pobreza (necesidad, dependencia) quedan neutralizados por la declaración de
Jesús: «Dichosos». Cuando Dios reina sobre los hombres, se produce la felicidad.
Esto significa que esos pobres no van a carecer de lo necesario ni van a tener
que someterse a otros para obtener el sustento. La pobreza a la que Jesús invita
significa una renuncia a acumular y retener bienes, a considerar algo como
exclusivamente propio; estos pobres estarán siempre dispuestos a compartir lo
que tengan. Así lo explica Jesús en los episodios de los panes (14, 13-23;
15,32-39).
Esta es la buena noticia a los pobres, el
fin de su miseria, anunciado por Is 61,1 (cf. Mt
11,5).
La opción inicial que propone Jesús realiza
lo prescrito por el primer mandamiento de Moisés. «No tendrás otros dioses
frente a mí» (Dt 5,7). La idolatría que amenazaba a Israel en sus primeros
tiempos se concreta en la posesión de la riqueza (cf. Mt 6,24). Por eso, el
enunciado de esta bienaventuranza, como el de las que siguen, es exclusivo:
porque «ésos», y no otros, «tienen a Dios por rey». Solamente los que han roto
con el ídolo del dinero entran en el reino de Dios. La opción por la pobreza es
la puerta de entrada en el reino y la que incorpora a la nueva
alianza.
En relación con la proclamación de Jesús:
«Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios», la opción propuesta por la
primera bienaventuranza lleva a su perfección la metanoia o enmienda, pues quien elige
ser pobre renunciando a acaparar riquezas, y con ello al rango y al dominio,
excluye de su vida toda posibilidad de injusticia.
v. 4: Dichosos los que
sufren,
porque ésos van a recibir el consuelo.
Comienzan las tres bienaventuranzas que
mencionan una situación negativa del hombre y la correspondiente promesa de
liberación. «Los que sufren»: el verbo griego denota un dolor profundo
que no puede menos de manifestarse al exterior. No se trata de un dolor
cualquiera; el texto está inspirado en Is 61,1, donde los que sufren forman
parte de la enumeración que incluye a los cautivos y prisioneros. En el
texto profético se trata de la opresión de Israel, y el Señor promete su
consuelo para sacar a su pueblo de la aflicción, del luto y del
abatimiento.
«Los que sufren» son, por tanto, víctimas
de una opresión tan dura que no pueden contener su dolor. Como en Is 61,1, el
consuelo significa el fin de la opresión.
v. 5: Dichosos los
sometidos,
porque ésos van a heredar la
tierra.
El texto de esta bienaventuranza
reproduce casi literalmente Sal 37,11. En el salmo, los praeis son los 'anawim o pobres que por la codicia de
los malvados han perdido su independencia económica (tierra, terreno) y su
libertad y tienen que vivir sometidos a los poderosos que los han despojado. Su
situación es tal que no pueden siquiera expresar su protesta. A éstos Jesús
promete no ya la posesión de un terreno como patrimonio familiar, sino la de «la
tierra» a todos en común (cf. Dt 4). La universalidad de esa «tierra» indica la
restitución de la libertad y la independencia con una plenitud no conocida
antes.
v. 6: Dichosos los que tienen hambre y sed de esa
justicia, porque ésos van a ser saciados.
Las dos bienaventuranzas anteriores se
condensan en ésta. «Los que tienen hambre y sed de la justicia (= de esa
justicia).» El hambre y la sed indican el anhelo vehemente de algo indispensable
para la vida. La justicia es al hombre tan necesaria como la comida y la bebida;
sin ella se encuentra en un estado de muerte. La justicia a que se refiere
la bienaventuranza es la expresada antes: verse libres de la opresión, gozar de
independencia y libertad. Jesús promete que ese anhelo va a ser saciado, es
decir, que en la sociedad humana según el proyecto divino, «el reino de Dios»,
no quedará rastro de injusticia.
v. 7: Dichosos los que prestan
ayuda,
porque ésos van a recibir ayuda.
Comienzan las bienaventuranzas que
mencionan una actividad o estado positivos. «Los que prestan ayuda»: no se trata
de misericordia como sentimiento sino como obra ( = obras de misericordia); es
decir, de prestar ayuda al que lo necesita en cualquier terreno, en primer lugar
en lo corporal (cf 25, 35s) Dios derramará su ayuda sobre los que se portan
así
v. 8: Dichosos los limpios de
corazón,
porque ésos van a ver a Dios.
La expresión «los limpios de corazón» está
tomada de Sal 24,4, donde «el limpio de corazón» se encuentra en paralelo con
«el de manos inocentes». «Limpio de corazón» es el que no abriga malas
intenciones contra su prójimo; «las manos inocentes» indican la conducta
irreprochable. En el salmo se explican ambas frases por «el que no se apega a un
ídolo ni jura en falso a su prójimo» (LXX). En la primera bienaventuranza, Jesús
ha identificado al ídolo con la riqueza (5,3; cf. 6,24); es el hombre
codicioso el que tiene una conducta malvada. Lo que sale del corazón y mancha al
hombre se describe en Mt 16,19: los malos designios, que desembocan en las malas
acciones. La limpieza de corazón, disposición permanente, se traduce en
transparencia y sinceridad de conducta y crea una sociedad donde reina la
confianza mutua.
A «los limpios de corazón» les promete
Jesús que «verán a Dios», es decir, que tendrán una profunda y constante
experiencia de Dios en su vida. Esta bienaventuranza contrasta con el concepto
de pureza según la Ley; la pureza o limpieza ante Dios no se consigue con
ritos ni observancias, sino con la buena disposición hacia los demás y la
sinceridad de conducta. La conciencia de la propia impureza retraía de la
presencia divina (cf. Is 6,5) y el corazón puro era una aspiración del
hombre (Sal 51,12). Para Jesús, el corazón puro no es sólo una posibilidad, sino
la realidad que corresponde a los suyos. En el AT, el lugar de la presencia de
Dios era el templo (Sal 24,3; 42,3.5; 43,3); su función ha cesado de
existir: Dios se manifiesta directa y personalmente al
hombre.
v. 9: Dichosos los que trabajan por la
paz,
porque a ésos los va a llamar Dios hijos
suyos.
«La paz» tiene el sentido semítico de la
prosperidad, tranquilidad, derecho y justicia; significa, en suma, la
felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Esta
bienaventuranza condensa las dos anteriores: en una sociedad donde todos
están dispuestos a prestar ayuda y donde nadie abriga malas intenciones contra
los demás, se realiza plenamente la justicia y se alcanza la felicidad del
hombre. A los que trabajan por esta felicidad promete Jesús que «Dios los
llamará hijos suyos»; es decir, esta actividad hace al hombre semejante a
Dios por ser la misma que él ejerce con los hombres. Como cima de las promesas
se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la
ayuda que él presta y tener la experiencia de Dios en la propia vida. El reinado
de Dios es el de un Padre que comunica vida y ama al hijo. Cesa, pues, la
relación con Dios como Soberano propia de la antigua alianza, sustituida por la
relación de confianza, intimidad y colaboración del Padre con los
hijos.
v. 10: Dichosos los que viven
perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por
rey.
La última bienaventuranza, que completa la
primera, expone la situación en que viven los que han hecho la opción
contra el dinero. La sociedad basada en la ambición de poder, gloria y
riqueza (4,9) no puede tolerar la existencia y actividad de grupos cuyo
modo de vivir niega las bases de su sistema. Consecuencia inevitable de la
opción por el reinado de Dios es la persecución. Esta, sin embargo, no
representa un fracaso, sino un éxito («Dichosos») y, aunque en medio de la
dificultad, es fuente de alegría, pues el reinado de Dios se ejerce eficazmente
sobre esos hombres.
El hecho de que en la primera y última
bienaventuranzas la promesa se encuentre en presente: «porque ésos tienen a Dios
por rey», y las demás en futuro: «van a ser consolados», etc., indica que las
promesas de futuro son efecto de la opción por la pobreza y de la fidelidad a
ella. Se distinguen, pues, dos planos: el del grupo que se adhiere a Jesús y da
el paso cumpliendo la opción propuesta por él, y el efecto de esto en la
humanidad. En otras palabras, la existencia del grupo que opta radicalmente
contra los valores de la sociedad provoca una liberación progresiva de los
oprimidos (vv. 4-6) y va creando una sociedad nueva (vv. 7-9). La obra
liberadora de Dios y de Jesús con la humanidad está vinculada a la
existencia del grupo humano que renuncia a la idolatría del dinero y crea el
ámbito para el reinado de Dios.
Aunque Jesús dirige su enseñanza a sus
discípulos (5,2), las bienaventuranzas se encuentran en tercera persona, son
invitaciones abiertas a todo hombre. La multitud que ha quedado al pie del
monte, pero que escucha sus palabras (7, 28) puede considerarse invitada a
aceptar el programa de Jesús. La nueva alianza no está destinada solamente a
Israel, sino a la humanidad entera. Según la concepción de Mt, el Israel
mesiánico comprende a todos los pueblos, que pasan a ser hijos de Abrahán (3, 9)
Por eso la genealogía del Mesías no comenzaba con Adán, sino con Abrahán (1,2),
pues con él se inició la formación de la humanidad según el proyecto de Dios: la
integración de la humanidad en el pueblo del Mesías (1,21), el descendiente de
Abrahán, será el cumplimiento de la promesa.
En las bienaventuranzas promulga Jesús el
estatuto del Israel mesiánico y constituye el nuevo pueblo representado en este
pasaje por los discípulos que suben al monte con él. De ahí que Mt, al contrario
de Mc (3,13-19), no narre la constitución de los Doce, sino solamente su misión
(10,1ss). El número Doce es el del Israel mesiánico, fundado con las
bienaventuranzas o código de la alianza. «Los doce discípulos» (10,2)
representan a todos los seguidores de Jesús, sea cual fuera su
número.
vv. 11-12: Dichosos vosotros cuando os insulten, os
persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y
contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo
persiguieron a los profetas que os han precedido.
Desarrolla Jesús para sus discípulos la
última bienaventuranza, la más paradójica de todas La persecución
mencionada en 5,10 se explicita en insulto, persecución y calumnia por causa de
Jesús. La sociedad ejerce sobre la comunidad una presión que tiene diversas
manifestaciones más o menos cruentas. Busca desacreditar al grupo cristiano,
presentar de él una imagen adversa, y puede llegar a la persecución abierta. El
motivo de esa hostilidad no puede ser otro que la fidelidad a Jesús y a su
programa. La reacción de los discípulos ante la persecución ha de ser de
alegría. Tendrán una gran recompensa.
La locución del original («en los cielos») designa a Dios como agente (« desde los cielos»); él actúa como rey de los que viven perseguidos; ésa es su recompensa. Los discípulos toman en la historia el puesto de los profetas de antaño, pero, según este pasaje, la acción profética es la vida misma según el programa propuesto por Jesús. La persecución no es, por tanto, motivo de depresión o desánimo; todo lo contrario, ella demuestra que la vida de los discípulos causa impacto en la sociedad ambiente, y éste es su éxito. Relacionando estas palabras de Jesús con el conjunto de las bienaventuranzas, puede afirmarse que la vida de la comunidad va produciendo la liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad y a eso se debe la persecución de que es objeto.
COMENTARIO 2
Luego
de los tiempos de Cuaresma y Pascua se reinicia la lectura continuada del
Evangelio de Mateo con la proclamación del sermón de la montaña. Dicho pasaje
forma parte de la unidad que comienza en 4, 23 y que se prolonga hasta el final
del c. 9, donde el v. 35 reproduce con pocas variantes el versículo inicial del
bloque.
Desde
esta indicación, ofrecida por el evangelista, debemos considerar que el discurso
de los cc. 5-7 se prolonga en acciones coherentes con lo expresado en los cc.
8-9. Frente a los fariseos que “dicen y no hacen” (Mt 23, 3b), Jesús lleva a
cabo lo que dice y este es el fundamento más íntimo de su “autoridad”, varias
veces mencionada en esos capítulos.
Por
tanto , las bienaventuranzas deben entenderse no sólo como un proyecto futuro
sino como la forma en que Jesús ha realizado en sí mismo la auténtica felicidad.
Ese carácter concreto se realiza también en sus discípulos como aparece a partir
del v. 11 donde se cambia el “ellos” en un directo “ustedes” que concierne a la
comunidad de los seguidores de Jesús.
Por
tanto, la propuesta es más que una Ley, ya que es el instrumento eficaz en orden
a crear un ámbito salvífico en la propia existencia, posible para la vida del
discípulo, pero que debe alcanzar a toda la realidad humana representada
simbólicamente en el pasaje por la presencia de una
“multitud”.
En
lo más profundo se trata de definir la lógica del Reino de Dios , concretada en
Jesús y que debe hacerse realidad en la vida de sus seguidores y, a través de
ellos, en toda la historia humana.
La
presencia de Dios a lo largo de la historia salvadora que sale al encuentro de
las necesidades de bebida y alimento de sus fieles como en la historia de Elías
(1 Re 17, 1-6) y la protección divina en los peligros que da origen al canto de
confianza del salmista (Sal 120), se hace posible para todo ser humano que es
capaz de asumir la vida y el proyecto de Jesús. Mateo, al traducir la ley
fundamental proclamada por Jesús para su comunidad, tiene presente los dos
peligros más graves que acechan a ésta en el momento en que escribe. Por ello se
preocupa en poner de relieve las dificultades del externo ocasionadas por la
persecución de la sinagoga y del Imperio. Pero también es consciente del peligro
que significa la adopción de un proyecto basado en la acumulación de bienes,
típica de la sociedad de intenso intercambio comercial de finales del siglo I,
que liga la valorización propia a la posesión.
Por
ello el “Reino de los cielos” se presenta en íntima unión con “los que eligen
ser pobres” (v. 3) y con los “perseguidos por su fidelidad”(v.10) o por causa de
Jesús (v. 11).
La
auténtica autoestima del ser humano no puede alcanzarse por las medidas
originadas en la búsqueda del mantenimiento de los privilegios de los poderosos,
ni por la búsqueda de acumulación. Ni la aprobación del gobernante ni la
aprobación social son capaces de colmar los vacíos de la existencia
humana.
Las
búsquedas humanas sólo pueden brotar de la primacía de Dios en la vida de los
seres humanos y esto puede ser alcanzado sólo en la comprensión de una
existencia realizada en el compartir la suerte de los que han sido marginados
por los que controlan la riqueza y la fuerza de este mundo.
La
vida en comunicación con Dios, “la mística” de cada integrante de la comunidad,
debe traducirse por tanto en una “política” de identificación con los pobres y
perseguidos a causa de la justicia con quienes se exige la propia “suerte echar”
como señala una conocida canción (“Guantanamera”, 3ª estrofa, letra de Martí y
música de Joseíto). La “opción por los pobres” de la teología y la
espiritualidad latinoamericanas (y hoy ya mundiales) era, es, eso: “Con los
pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar”, una alianza de lucha y de
esperanza.
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