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Bernabé
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13Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente. 14Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una
ciudad situada en lo alto de un monte; 15ni se enciende
una lámpara para meterla debajo del perol, sino para ponerla en el
candelero y que brille para todos los de la casa 16Empiece así
a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y
glorifiquen a vuestro Padre del cielo.
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v. 13: Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la
sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la
calle y que la pisotee la gente.
. La sal, que asegura la incorruptibilidad,
se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. En particular,
todo sacrificio debía ser salado, como señal de la permanencia de la alianza (Lv
2,13; cf. Nm 18,19: «una alianza de sal es perenne»; 2 Cr 13,5: «El Señor... con
pacto de sal concedió a David y a sus descendientes el trono de Israel para
siempre»). «La tierra» significa la humanidad que la habita. Según este dicho de
Jesús, los discípulos son la sal que asegura la alianza de Dios con la
humanidad; es decir: de su fidelidad al programa de Jesús depende que
exista la alianza, y que se lleve a cabo la obra liberadora prometida. Si
la sal pierde su sabor, con nada puede recuperarlo; si los que se llaman
discípulos de Jesús, y tienen delante su ejemplo, no le son fieles, no hay donde
buscar remedio. Esos discípulos son cosa inútil, han de ser desechados,
arrojados fuera, y merecen el desprecio de los hombres, a cuya liberación debían
haber cooperado.
vv. 14-16: Vosotros sois la luz e mundo. No se puede ocultar una ciudad
situada en lo alto de un monte;
15ni se enciende una lámpara para meterla debajo del
perol, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de a casa
16Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean
el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del
cielo.
. «La luz» es la gloria o esplendor de Dios
mismo, que, según Is 60,1-3, había de refulgir y brillar sobre Jerusalén. La
interpretación de Is 60,3 aplicaba la frase a Israel; también a la Ley y al
templo (cf. Is 2,2) y a la ciudad de Jerusalén (cf. Is 60,19), siempre como
reflejo de la presencia de Dios en ellos. Esta presencia radiante y perceptible
se ha de verificar en adelante en los discípulos; ellos son el Israel desde
donde refulge Dios, la nueva Jerusalén donde él habita. Esa luz ha de ser
percibida: la comunidad cristiana no puede esconderse ni vivir encerrada en sí
misma. La gloria de Dios ya no se manifiesta en el texto de la Ley ni en el
local de un templo, sino en el modo de obrar de los que siguen a Jesús. «Vuestra
luz» son las obras en favor de los hombres, descritas en 5,7.8.9, en las
que resplandece Dios: la ayuda, la sinceridad y el trabajo por la paz, es
decir, la constitución de una sociedad nueva. Al nombrar a Dios como Padre
de los discípulos, Mt alude a la calidad de hijos de que éstos gozan por su
actividad, que continúa la del Padre (5,9). Así, «los hombres» glorificarán al
Padre, es decir, conocerán al único verdadero Dios.
Estos dos dichos de Jesús confirman la
creación del Israel mesiánico: los discípulos son los garantes de la
alianza y en la comunidad resplandece la gloria de Dios. Es la comunidad de
los que han elegido ser pobres (5,1), se mantienen fieles a este compromiso
(5,10), ejercen las obras propias de los hijos de Dios (5,7-9) y dan así ocasión
a la liberación de la humanidad (5,4-6). Es la presencia del reinado de Dios en
la tierra (5,3.10).
COMENTARIO 2
Los
inmensos desafíos de la realidad hunden frecuentemente a la comunidad en la
desesperanza y el desaliento. Muchas veces es tentada a la renuncia de sus
ideales y de sacrificarlos en el altar de un pretendido realismo. El Evangelio
de hoy quiere recuperar la finalidad de la comunidad de los discípulos de Jesús
y de ayudarla a rechazar la tentación de admitir el pensamiento dominante que
proclama a los cuatro vientos el fin de las utopías.
Para
ello las palabras de Jesús obligan a la comunidad a asumir una tarea que alcanza
horizontes universales.
De
esta forma se coloca a la comunidad en relación la tierra y al mundo y su
función se compara con dos imágenes que tienen como finalidad el hacer
comprender su fuerza transformadora en una realidad que trasciende sus límites.
Según
la primera imagen, la comunidad es como la sal. Elemento fundamental para el
sabor del alimento humano, está llamada a alcanzar los ámbitos más familiares de
la vida de los seres humanos. Pero para ello se requiere la fidelidad a su
naturaleza. La pérdida de su condición es a la vez pérdida de su valor: “no
sirve más que para ser arrojada y pisada por las
personas”.
La
segunda imagen, más desarrollada, sitúa la existencia cristiana por medio de la
imagen de la luz. La luz es fuente de revelación de los objetos que gracias a
ellas adquieren contornos definidos para la visión. Después de afirmar de nuevo
el ámbito universal de su actuación: “ustedes son la luz del mundo”, se
presentan las condiciones para su eficacia. La situación de la altura impide el
ocultamiento de una ciudad y la finalidad de la luz hace que deba encontrar una
ubicación conforme a esa finalidad. Destinada a iluminar toda la existencia,
para realizar su intento de alcanzar a todos los que están en la casa, debe
estar situada en lugar manifiesto.
Pero
el sentido más profundo de las imágenes radica en su significación. La comunidad
está llamada a la realización de obras con un alcance universal y que, en su
visibilidad, impliquen una profunda transformación de la
realidad.
La
sal y la luz producen esa profunda transformación en los objetos con los que
entran en contacto. Y la capacidad de realizar una transformación de ese tipo se
exige a los integrantes de cada comunidad cristiana. La realidad, en el
presente, no agota sus posibilidades en cuanto no está colocada integralmente en
el ámbito divino.
El
cristiano por tanto, debe situarla en ese espacio salvífico y para ello se
requiere una actuación adecuada a esa finalidad. Se exige de cada seguidor de
Jesús “buenas obras” que den la posibilidad de reconocer el paso de Dios en la
historia humana.
Todos
los seres humanos deben ser capaces de reconocer la presencia divina y esa
capacidad sólo puede brotar de un compromiso radical con la causa de Dios por
parte de cada uno de los miembros de la realidad
comunitaria.
En
un tiempo de desaliento y de pérdida de ideales, las palabras de Jesús tienen
como finalidad la recreación de la esperanza y la tensión por el Reino. De esa
forma, volviendo a sus orígenes, la comunidad vuelve a revalorizar su actuación
en el mundo, actuando en consecuencia.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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