Martes 11
de junio de 2001

Bernabé 

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid
  2. Diario Bíblico . Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Mateo 5, 13-16
(trad. Juan Mateos , Nuevo Testamento , Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

13Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente.

14Vosotros sois la luz  del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte;  15ni se en­ciende una lámpara para meterla debajo del perol, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de la casa 16Empiece así a brillar vuestra luz ante los hom­bres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo.

 

  

COMENTARIO 1


v. 13: Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente.

. La sal, que asegura la incorruptibilidad, se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. En particular, todo sacrificio debía ser salado, como señal de la permanencia de la alianza (Lv 2,13; cf. Nm 18,19: «una alianza de sal es perenne»; 2 Cr 13,5: «El Señor... con pacto de sal concedió a David y a sus descendientes el trono de Israel para siempre»). «La tierra» significa la humanidad que la habita. Según este dicho de Jesús, los discípulos son la sal que asegura la alianza de Dios con la huma­nidad; es decir: de su fidelidad al programa de Jesús depende que exista la alianza, y que se lleve a cabo la obra liberadora prometi­da. Si la sal pierde su sabor, con nada puede recuperarlo; si los que se llaman discípulos de Jesús, y tienen delante su ejemplo, no le son fieles, no hay donde buscar remedio. Esos discípulos son cosa inútil, han de ser desechados, arrojados fuera, y merecen el desprecio de los hombres, a cuya liberación debían haber cooperado.

vv. 14-16: Vosotros sois la luz  e mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte;  15ni se en­ciende una lámpara para meterla debajo del perol, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de a casa 16Empiece así a brillar vuestra luz ante los hom­bres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo.

. «La luz» es la gloria o esplendor de Dios mismo, que, según Is 60,1-3, había de refulgir y brillar sobre Jerusalén. La in­terpretación de Is 60,3 aplicaba la frase a Israel; también a la Ley y al templo (cf. Is 2,2) y a la ciudad de Jerusalén (cf. Is 60,19), siem­pre como reflejo de la presencia de Dios en ellos. Esta presencia radiante y perceptible se ha de verificar en adelante en los discí­pulos; ellos son el Israel desde donde refulge Dios, la nueva Jeru­salén donde él habita. Esa luz ha de ser percibida: la comunidad cristiana no puede esconderse ni vivir encerrada en sí misma. La gloria de Dios ya no se manifiesta en el texto de la Ley ni en el local de un templo, sino en el modo de obrar de los que siguen a Jesús. «Vuestra luz» son las obras en favor de los hombres, des­critas en 5,7.8.9, en las que resplandece Dios: la ayuda, la sinceri­dad y el trabajo por la paz, es decir, la constitución de una socie­dad nueva. Al nombrar a Dios como Padre de los discípulos, Mt alude a la calidad de hijos de que éstos gozan por su actividad, que continúa la del Padre (5,9). Así, «los hombres» glorificarán al Padre, es decir, conocerán al único verdadero Dios.

Estos dos dichos de Jesús confirman la creación del Israel me­siánico: los discípulos son los garantes de la alianza y en la comu­nidad resplandece la gloria de Dios. Es la comunidad de los que han elegido ser pobres (5,1), se mantienen fieles a este compromi­so (5,10), ejercen las obras propias de los hijos de Dios (5,7-9) y dan así ocasión a la liberación de la humanidad (5,4-6). Es la presencia del reinado de Dios en la tierra (5,3.10).

 

COMENTARIO 2  


Los inmensos desafíos de la realidad hunden frecuentemente a la comunidad en la desesperanza y el desaliento. Muchas veces es tentada a la renuncia de sus ideales y de sacrificarlos en el altar de un pretendido realismo. El Evangelio de hoy quiere recuperar la finalidad de la comunidad de los discípulos de Jesús y de ayudarla a rechazar la tentación de admitir el pensamiento dominante que proclama a los cuatro vientos el fin de las utopías.

Para ello las palabras de Jesús obligan a la comunidad a asumir una tarea que alcanza horizontes universales.

De esta forma se coloca a la comunidad en relación la tierra y al mundo y su función se compara con dos imágenes que tienen como finalidad el hacer comprender su fuerza transformadora en una realidad que trasciende sus límites.

Según la primera imagen, la comunidad es como la sal. Elemento fundamental para el sabor del alimento humano, está llamada a alcanzar los ámbitos más familiares de la vida de los seres humanos. Pero para ello se requiere la fidelidad a su naturaleza. La pérdida de su condición es a la vez pérdida de su valor: “no sirve más que para ser arrojada y pisada por las personas”.

La segunda imagen, más desarrollada, sitúa la existencia cristiana por medio de la imagen de la luz. La luz es fuente de revelación de los objetos que gracias a ellas adquieren contornos definidos para la visión. Después de afirmar de nuevo el ámbito universal de su actuación: “ustedes son la luz del mundo”, se presentan las condiciones para su eficacia. La situación de la altura impide el ocultamiento de una ciudad y la finalidad de la luz hace que deba encontrar una ubicación conforme a esa finalidad. Destinada a iluminar toda la existencia, para realizar su intento de alcanzar a todos los que están en la casa, debe estar situada en lugar manifiesto.

Pero el sentido más profundo de las imágenes radica en su significación. La comunidad está llamada a la realización de obras con un alcance universal y que, en su visibilidad, impliquen una profunda transformación de la realidad.

La sal y la luz producen esa profunda transformación en los objetos con los que entran en contacto. Y la capacidad de realizar una transformación de ese tipo se exige a los integrantes de cada comunidad cristiana. La realidad, en el presente, no agota sus posibilidades en cuanto no está colocada integralmente en el ámbito divino.

El cristiano por tanto, debe situarla en ese espacio salvífico y para ello se requiere una actuación adecuada a esa finalidad. Se exige de cada seguidor de Jesús “buenas obras” que den la posibilidad de reconocer el paso de Dios en la historia humana.

Todos los seres humanos deben ser capaces de reconocer la presencia divina y esa capacidad sólo puede brotar de un compromiso radical con la causa de Dios por parte de cada uno de los miembros de la realidad comunitaria.

En un tiempo de desaliento y de pérdida de ideales, las palabras de Jesús tienen como finalidad la recreación de la esperanza y la tensión por el Reino. De esa forma, volviendo a sus orígenes, la comunidad vuelve a revalorizar su actuación en el mundo, actuando en consecuencia.

 


 

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