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Micaela del S.
Sacramento
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33También os han enseñado que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso (Ex 20 7) y cumplirás tus votos al Señor» (Dt 23,22). 34Pues yo os digo que no juréis en absoluto: por el cielo no, porque es el trono de Dios 35por la tierra tampoco, porque es el estrado de sus pies; por Jerusalén tampoco, porque es la ciudad del gran rey 36no jures tampoco por tu cabeza porque no puedes volver blanco ni negro un sólo pelo. 37Que vuestro si sea un sí y vuestro no un no; lo que pasa de ahí es cosa del Malo.
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vv. 33-37: El juramento se practica en la sociedad por la falta de sinceridad entre los hombres. En el reino de Dios, donde la sinceridad es regla (5,8: limpios de corazón), el juramento es superfluo; es más, sería señal de corrupción en las relaciones humanas.
«El Malo» es Satanás, ya mencionado en las tentaciones (4,8-10). La falta de sinceridad nace de la ambición.
COMENTARIO 2
La
cuarta antítesis se refiere al ámbito del juramento, objeto de la consideración
del Decálogo (Ex 20, 7 y Dt 5, 11) y presente también en Lv 19, 12 y Nm 30,3.
Estas formulaciones no prohiben la práctica común existente no sólo en Israel
sino en casi en todos los pueblos. Por el contrario, quieren asegurar un
legítimo recurso a Dios en el que, invocándolo como garantía, se pueda asegurar
la sinceridad de la palabra pronunciada. Dicha práctica engloba la relación con
Dios y la relación con los seres humanos. Se recurre a Dios para garantizar la
verdad de la propia palabra frente al semejante.
Pero
la enseñanza de Jesús quiere profundizar esta relación y exigir la radical
sinceridad de las palabras disuadiendo de la búsqueda de esa garantía. El “yo
les digo” es continuado por una prohibición absoluta de la práctica en cuestión:
“no juren en absoluto”. De esa forma, Jesús, nuevo legislador se coloca a
contracorriente de la práctica israelita de la época. Incluso en los ámbitos más
críticos, como el de los esenios, no era inusual confirmar sus resoluciones con
el recurso al juramento.
La
prohibición se fundamenta en la necesidad de fundamentar una vida en sinceridad
por parte de los miembros de la comunidad. Todo juramento esconde frecuentemente
una falta de diafanidad en la relación comunitaria. En una sociedad de engaños y
de subsiguientes desconfianzas la garantía divina implicada en el juramento
pretende asegurar la mínima autenticidad necesaria para el desarrollo de la vida
social. Pero, a la vez, esa pretensión es signo de una falta de veracidad en la
relación normal con el prójimo. De allí que esta prohibición se identifica con
la exigencia de la sinceridad de cada una de las palabras que deban
pronunciarse. La fórmula usada en los tribunales “si, sí, no, no” del v. 37,
debe extenderse a los restantes ámbitos de la vida.
De
esa forma, la relación comunitaria puede recuperar un fundamento, sin el cual
sólo puede existir disolución y disgregación. Más allá de esa sinceridad
fundamental sólo reina la mentira que siempre tiene origen en el
maligno.
La
propia palabra debe encerrar dentro de sí la garantía de un compromiso personal,
sin subterfugios ni engaños. La palabra es vínculo importante en la comunicación
humana y Jesús, pone en guardia contra la falsía que amenaza esa relación y que,
buscando otras garantías de credibilidad, falsea también la religión religiosa
con el recurso a Dios.
Por
ello no sólo se prohíbe invocar el nombre de Dios sino también toda otra
realidad que siempre está situada en relación a Él y que implica la referencia a
Él. Por ello Mateo presenta cuatro ejemplos de juramento encubierto que se deben
también evitar. Ni el cielo, ni la tierra, ni Jerusalén, ni la propia cabeza
deben ser presentadas como garantía de la veracidad de las propias palabras. En
los tres primeros casos (vv. 34-35), se consigna su íntima referencia al ámbito
divino, en el último caso se muestra la impotencia del ser humano que impide
presentar la propia cabeza como garantía de verdad, y detrás de esa impotencia,
se muestra también su dependencia con aquel ámbito.
Surge así la exigencia de una vida expresada con la sinceridad de las propias palabras, como una única forma de realizar una vida en comunión con Dios y con los seres humanos.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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