|
DÉCIMO PRIMER DOMINGO
DE TIEMPO ORDINARIO Efrén Evangelio : Mateo 9, 36 - 10,8 Primera lectura: Éxodo 19, 2-6
|
|
COMENTARIOS
|
|
|
|
36Viendo a las multitudes, se conmovió, porque andaban maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor. 37Entonces dijo a sus discípulos:
-La mies es abundante y los braceros pocos; por
eso, 38rogad al dueño que mande braceros a su
mies. 10 1Y llamando a sus doce discípulos,
les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar
todo achaque y enfermedad. 2Los nombres de los doce apóstoles son éstos: en
primer lugar, Simón, el llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago
Zebedeo y su hermano Juan; 3Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo
el recaudador, Santiago Alfeo y Tadeo, 4Simón el fanático y
Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. 5A estos doce los envió Jesús con estas
instrucciones: -No toméis el camino de los paganos ni entréis en ciudad de samaritanos; 6mejor es que vayáis a las ovejas descarriadas de Israel. 7Por el camino proclamad que está cerca el reinado de Dios, 8curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. De balde lo recibisteis, dadlo de balde. |
UNA NUEVA
HUMANIDAD
Los profetas de Israel anunciaron
tiempos de armonía y paz entre los hombres. Su anuncio se realiza plenamente con
la misión de Jesús: él forma un nuevo pueblo, invitando a los hombres a unirse
por encima de razas, ideologías o de cualquier otra barrera que los separe.
Y a los que aceptan su invitación les encarga la tarea de continuar
invitando a otros hombres a formar parte de esta nueva
humanidad.
COMO OVEJAS SIN
PASTOR
«Que no quede la comunidad del Señor como
rebaño sin pastor» (Nm 27,17). Esta fue la petición que hizo Moisés a Dios
cuando supo que su muerte estaba cerca. El había sido un guía político y
religioso para el pueblo, él lo había conducido de la esclavitud a la
libertad; ahora llegaba el momento de su muerte, y le pedía al Dios liberador,
con cuya fuerza y en nombre del cual había dirigido a los israelitas, que éstos
no quedaran desasistidos, que alguien ocupara su lugar para ser el instrumento
mediante el cual Dios siguiera consolidando la liberación obtenida y garantizara
que no se volvería a la esclavitud de la que acababan de
salir.
Israel tenía que ser una primera muestra
del modelo de convivencia que Dios quería para toda la humanidad, modelo basado
en «abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar
libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu
propia carne» (Is 58,6-7). Este modelo tendría como resultado un mundo en el que
«el lobo y el cordero irán juntos y la pantera se tumbará con el cabrito, el
novillo y el león engordarán juntos; un chiquillo los pastorea; la vaca
pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas...» (Is
11,6-7).
Pero a lo largo de la historia, los que
habían asumido el papel de pastores dejaron de lado, una y otra vez, su
responsabilidad respecto al pueblo y se dedicaron a apacentarse a sí
mismos: « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos... No
fortalecen a las débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las heridas,
ni recogen las descarriadas, ni buscan las perdidas y maltratan brutalmente a
las fuertes... »
Por eso Dios había anunciado que las cosas
iban a cambiar y que un enviado suyo «reinará como rey prudente y
administrará la justicia y el derecho en el país...» (Jr
23,5).
Jesús, que se definirá como «el modelo de
pastor» según el evangelio de Juan (Jn 10,11.14), realiza plenamente ese
anuncio; desde el principio de su actividad, su preocupación se centra en
eliminar las esclavitudes y los sufrimientos del pueblo: «Recorría todos los
pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena
noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad»; y en el desarrollo de
esa actividad puede constatar que la situación descrita por Ezequiel no ha
cambiado demasiado: «Viendo a las multitudes, se conmovió, porque andaban
maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor».
MUCHOS
PASTORES
Cambiando la imagen del rebaño por la de la
tierra de labor, Jesús se dirige a sus discípulos para invitarlos a unirse a la
tarea de defender la libertad, la dignidad y la vida de los hombres: «La mies es
abundante y los braceros pocos; por eso, rogad al dueño que mande braceros a su
mies. Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los
espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y
enfermedad».
El número «doce» era el número de Israel,
del pueblo de Dios; estos doce discípulos simbolizan al nuevo pueblo que empieza
a formarse como consecuencia de la proclamación de la buena
noticia.
Por un lado, ellos son la semilla de una
humanidad nueva en la que quedan superadas todas las barreras con las que los
hombres se separan y se marginan unos a otros: ideologías, manifestaciones
religiosas, razas... Entre ellos está Mateo, que había sido recaudador (Mt
9,9-12), por lo que no se le consideraba miembro del pueblo de Israel; y
estaban Simón Pedro y Simón el fanático, que es posible que hubieran pertenecido
al partido de los nacionalistas fanáticos; de cuatro sabemos que eran pescadores
(Simón Pedro, Andrés, Santiago Zebedeo y Juan: Mt 4,18-22); uno de ellos fue el
que entregó a Jesús a la muerte. De los demás no sabemos prácticamente nada: en
ese grupo de desconocidos podemos incluirnos nosotros.
DADLO
GRATIS
Por otro lado, a ellos encomienda Jesús la
tarea de proponer a todos los hombres que se integren en este proyecto de
una nueva humanidad en la que el anuncio de los antiguos profetas se debe ver
realizado y superado con creces. Y ése es el encargo que nos hace también a
todos los que hemos decidido seguirlo: «Proclamad que está cerca el reinado
de Dios, curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad
demonios».
Al principio, esta tarea de liberación
interior («echad demonios») y exterior («curad enfermos, resucitad muertos,
limpiad leprosos...») se reduce al pueblo de Israel; después de su muerte,
la misión se ampliará a «todas las naciones» (Mt
28,19-20).
La comunidad de seguidores de Jesús se
convierte así, como tal grupo, en pastor de la humanidad. Naturalmente que esta
tarea no debe significar ningún privilegio, ni ningún poder sobre los
hombres; es, en el sentido más estricto de la palabra, un servicio de defensa de
la vida, la libertad y la felicidad de las gentes, una propuesta
apasionada, pero siempre respetuosa, dirigida a todo el que sienta la necesidad
de buscar un modo de vivir alternativo al que nos ofrece el mundo
este.
Esta es una tarea que compete a todos los seguidores de Jesús. Y el hecho de que haya en la Iglesia personas que se entregan a esta tarea con una especial dedicación no puede ser una excusa para los demás.
Lo que
no parece que pretenda formar Jesús es una casta de profesionales de lo
religioso. A los doce, y a todos los que habrán de seguir después, les dice que
acepten la solidaridad de quienes los reciban («Cuando entréis en un pueblo o
aldea, averiguad quién hay allí que se lo merezca y quedaos en su casa hasta que
os vayáis»), pero que no acepten una paga por el anuncio del mensaje de libertad
y vida que deben proclamar; la buena noticia ha de ser siempre un regalo,
un don, una muestra de solidaridad y amor: «De balde lo recibisteis, dadlo de
balde».
COMENTARIO 2
v. 36: Viendo a las multitudes, se conmovió, porque
andaban maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor.
«Las multitudes están como ovejas sin
pastor». La frase alude a Nm 27,17, donde Moisés nombra a Josué precisamente
para que el pueblo no se disperse. Nadie se ocupa de este pueblo que se
encuentra en situación desesperada.
v: 37: Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es
abundante y los braceros pocos...
Ante este espectáculo, Jesús expone la
situación a sus discípulos. Usa un término (gr. therismos) que significa «mies» y
«siega». Se usa en 13,30.39, aplicado a la separación final entre buenos y
malvados, y «la siega» se atribuye a los ángeles. «Los braceros» u obreros de
que habla Jesús ejercen, pues, en la historia la misma actividad que «los
ángeles» harán en el momento final. Se ve ahora el sentido de «los ángeles» que
servían a Jesús, es decir, colaboraban con él, en la escena del desierto: eran
figura de los que colaboran en su misión. La alusión indica que comienza el
tiempo escatológico, la etapa final de la historia, inaugurada con la presencia
de Jesús y la cercanía del reinado de Dios.
v. 38: por eso, rogad al dueño que mande braceros a
su mies.
La petición se dirige al dueño de la mies,
el Padre. Jesús no pide al Padre que envíe segadores, pero recomienda a los
discípulos que lo hagan. Es una manera de prepararlos a la misión que
sigue. La petición les hará tomar conciencia de la necesidad y los dispondrá a
responder a la llamada de Jesús.
v. 10, 1: Y llamando a sus doce discípulos, les dio
autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y
enfermedad.
Mateo no describe la institución de los
Doce. Su puesto lo ocupan las bienaventuranzas, donde establece el estatuto de
la nueva alianza y, por tanto, funda el nuevo Israel. «Sus doce
discípulos», nombrados por primera vez, son, por tanto, la figura
representativa del Israel mesiánico. El número doce alude a la plenitud
escatológica de Israel. En su estadio final, el pueblo elegido comprende
tanto a israelitas como a «pecadores» e incluirá también a los
paganos.
Para la misión, los hace participar de su
autoridad sobre «los espíritus inmundos». Es la primera vez que aparece en Mt
esta expresión, aunque se ha mencionado a los «espíritus» que Jesús expulsaba en
8,16. Se repetirá en 12,43.45. El texto de 8,16 prueba que estos espíritus
equivalen a «los demonios».
Jesús capacita a los discípulos para vencer
la resistencia al mensaje opuesta por las ideologías que dominan al hombre.
Según la construcción del texto, parece que los espíritus inmundos están también
en relación con las enfermedades. Esto mostraría que estas enfermedades son
efecto de la adhesión a ideologías contrarias al plan de
Dios.
v. 2: Los nombres de los doce apóstoles son éstos:
en primer lugar, Simón, el llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago
Zebedeo y su hermano Juan; 3Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el
recaudador, Santiago Alfeo y Tadeo, 4Simón el fanático y Judas
Iscariote, el mismo que lo entregó.
Los doce discípulos son llamados ahora los
doce apóstoles o enviados (sólo aquí en Mt). Esto significa que la misión es
propia de todo discípulo de Jesús, y que todo el Israel mesiánico está llamado a
la misión de «pescadores de hombres», anunciada a Simón y Andrés en
4,19.
El Israel mesiánico se concreta en doce
nombres, entre los cuales, como primero, destaca Simón, al que llamaban Piedra /
Pedro. De nuevo aparece esta cláusula (cf. 4,18) que menciona el
sobrenombre de Simón, sin que se explique su origen. Pedro y los tres siguientes
se mencionan en el mismo orden de 4,18-22, explicitando también el parentesco
que los une.
Sigue un grupo de siete, de los cuales el
único conocido es Mateo el recaudador (9,9). La inclusión de este «pecador» en
la lista de los doce anuncia la integración de los paganos en el Israel
mesiánico; para Mt, la comunidad cristiana universal es la plenitud de Israel.
Los demás de este grupo de siete no han sido nombrados antes ni lo serán después
en el relato evangélico. Representan el pueblo anónimo que da su adhesión a
Jesús. El último de los siete se llama, como Pedro, Simón, y está caracterizado
por el calificativo «el fanático» o «zelota», por pertenecer, como Simón Pedro
(8,14s), a círculos nacionalistas exaltados. El último de la lista es Judas
Iscariote, el traidor. Su figura volverá a aparecer en el relato de la pasión
(26,14.25.47; 27,3).
vv. 5-8: A estos doce los envió Jesús con estas
instrucciones: -No toméis el camino de los paganos ni entréis en ciudad de
samaritanos; 6mejor es que vayáis a las ovejas descarriadas de
Israel. 7Por el camino proclamad que está cerca el reinado de Dios,
8curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.
De balde lo recibisteis, dadlo de balde.
Jesús envía a los «Doce», es decir, al
Israel mesiánico que representa a todos sus discípulos, dándoles
instrucciones para la misión. Por el momento, limita ésta a Israel, que se
encuentra en situación lastimosa (cf. 9,36; 15,24; Ez 34). No ha llegado aún la
hora de la misión universal (26,13; 28,19). La proclamación de los Doce tiene el
mismo contenido que la de Jesús (4,17), pero sin la exhortación a la enmienda.
Dan escuetamente la buena noticia. Su proclamación va acompañada de toda clase
de señales. El significado de éstas es el mismo que el de las realizadas
por Jesús. El ha resucitado a la hija del jefe (9,18-26), ha limpiado a un
leproso (8,2-4), ha curado enfermos (8,16; 9,35), ha expulsado
demonios (9,32s). El significado es liberar a los habitantes de Galilea de
las doctrinas que los tienen postrados y privados de vida. Estas obras se
realizan con «las ovejas descarriadas de Israel»; son, por tanto, una expresión
de la ayuda que el discípulo debe prestar (5,7).
Jesús añade ahora un aviso: la idea de lucro ha de estar
ausente de esta actividad. Se hace, por tanto, con «limpieza de corazón» (5,8),
sin segundas intenciones.
COMENTARIO 3
La
liturgia del presente domingo está centrada en torno a la relación entablada
entre Dios y su pueblo y la finalidad asignada por Dios a esa relación. Los
textos señalan la iniciativa de Dios que se comunica gratuitamente con los seres
humanos y que les encomienda a éstos una misión.
En
el pasaje evangélico que nos ocupa podemos señalar tres partes: En la primera,
se exponen las carencias y necesidades de la multitud colocada delante de Jesús
y la actitud de éste frente a ella (9, 36-38); la segunda presenta el llamado y
la institución de los Doce (10, 1-4); la tercera, por boca de Jesús, señala los
requisitos necesarios (10, 5-8) con el objeto de que los Doce puedan dar
respuesta adecuada a aquellas carencias y necesidades.
El
inicio nos muestra la situación de la multitud por medio del recurso a
comparaciones. Estas presentan imágenes corrientes tomadas de la vida campesina:
los israelitas son como ovejas sin pastor y como una mies necesitada de obreros
para la cosecha. Dicha multitud despierta en Jesús el sentimiento de la
compasión, compasión que la segunda lectura señala como una constante de toda su
actividad salvífica y describe en términos de una acción realizada en favor de
aquellos que eran enemigos. La reconciliación, fruto de la acción de Cristo,
manifiesta la gratuidad de la acción divina lo mismo que la acción de Dios que,
en el Antiguo Testamento, ha conducido al pueblo desde la esclavitud de Egipto
ante su presencia en el Sinaí. Es también la misma compasión que el domingo
pasado Jesús nos inculcaba retomando la predicación profética (Os 6,6 = Mt
9,13)
No
hay en ninguno de los llamados, según aparece en las tres lecturas, mérito
propio previo a la llamada. Todo es acción de la libre iniciativa divina que
crea para los convocados un ámbito sacral a tal punto que al pie del Sinaí
pueden ser llamados “pueblo sagrado regido por sacerdotes” y esa elección se
prolonga en un Nuevo Pueblo llamado a compartir los mismos sentimientos frente a
la multitud. Desde este marco debe entenderse la mención de los Doce en el texto
evangélico.
De
los 12 se señalan particularizadamente los nombres. De algunos de ellos ya el
evangelista ha relatado precedentemente la vocación: la doble pareja de
hermanos: Simón llamado Pedro y Andrés y los hijos del Zebedeo al inicio de la
actividad de Jesús, y Mateo el publicano en el capítulo precedente. Los nombres
de los restantes tienen como finalidad señalar la fundación de un nuevo Israel,
el Israel mesiánico. A él pertenecen israelitas observantes y
pecadores.
Pero
tanto el sentimiento de los llamados, cuanto las acciones que se les invita a
realizar están en función de la misión en favor de la
multitud.
Por
única vez en el evangelio de Mateo se les da el nombre de Enviados o Apóstoles.
Los discípulos, título que refleja su condición permanente, son capacitados para
esa nueva función y esto se realiza por medio de la transmisión del poder de
expulsar los espíritus impuros y de sanar las dolencias. La función de todos
ellos, por tanto, es la de participar en la misión de Jesús en favor de la
multitud.
Por
consiguiente, se les encomienda la realización de las obras cumplidas ya por
Jesús en los capítulos precedentes. Esta íntima asociación con su Maestro es la
característica más importante de la tarea que se les
asigna.
Antes
de la lista de los nombres, el evangelista anticipa el sentido del envío. Y este
tema se retoma y se desarrolla a partir de 10,5.
En
esta parte final, se señala el ámbito en que se debe realizar esa misión. En
este momento de la actividad de Jesús, los discípulos deben limitarse a las
multitudes israelitas. Por ello se les recomienda el evitar las regiones
habitadas por paganos o por samaritanos.
Frente
a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” los discípulos deben anunciar la
presencia del Reino. Dicha presencia del Reino supone un combate contra las
potencias del mal. La acción de los discípulos es acorde a los poderes que Jesús
le ha conferido en 10,1: victoria sobre toda marginación curando enfermedades,
resucitando muertos, purificando leprosos.
La
última parte de 10,8 enuncia de forma general el modo de desarrollar esa misión,
que se presentará en los versículos siguientes. La gratuidad del don capaz de
revelar la gratuidad de lo recibido.
El
designio salvador de Dios, gratuito en su origen, debe por tanto ser conservado
en el ámbito de la gratuidad. Frente a la sociedad en la que todo tiene su
precio se muestra la dinámica de la actuación del Reino en la vida de los seres
humanos. Esta dinámica se origina en una iniciativa de Dios y de su Ungido
referida a “los que no tienen precio (des-preciados)” y coloca una escala de
valores distinta como alternativa a la sociedad que, en su egoísmo, los seres
humanos han construido.
La
comunidad cristiana está al servicio de este proyecto de la libre voluntad de
Dios y debe ser capaz de expresar esos nuevos valores.
Para
la revisión de vida
Jesús envía
a sus apóstoles con unas instrucciones muy claras: “Proclamen que el Reino de
los Cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos,
arrojen demonios. Gratis han recibido, denlo gratis”. Yo, ¿a qué creo que me ha
enviado Jesús en medio del mundo?
Para
la reunión de grupo
Se
compadeció Jesús, porque «los vio que estaban cansados y decaídos, como ovejas
sin pastor»… ¿Qué sentiría Jesús si mirara hoy este planeta con esa muchedumbre
de 6.000 millones de personas? ¿Ovejas sin pastor?
Jesús
siente que hay pocos obreros para «cosechar»…Algún teólogo ha señalado que la
metáfora o el símbolo de la evangelización como “siembra” no figura en el
evangelio, que Jesús siempre que se refiere a la misión habla más bien de
“cosechar”… ¿Qué sugerencias nos provoca esta constatación? ¿Será que Jesús es
más optimista que nosotros?
«No
vayan a tierras extranjeras ni entren en ciudades de los samaritanos…». Está
claro que Jesús no fue “misionero ad gentes”, no estuvo por ir a convertir a
nadie fuera de Israel… Y hay consenso entre los exégetas en que el final del
evangelio de Marcos, por ejemplo, es un añadido que no formaba parte del
evangelio original…). ¿Jesús quiere que los cristianos vayamos a otros pueblos
de otras religiones? ¿Por qué? ¿A hacer qué?
Para
la oración de los fieles
Para
que la Iglesia respete y defienda siempre la dignidad de todas las personas,
como los hijos e hijas de Dios que todos somos. Oremos.
Para
que nuestra sociedad favorezca las relaciones de igualdad, justicia, tolerancia
y respeto. Oremos.
Para
que todos los que nos confesamos cristianos seamos conscientes de la misión que
Dios nos encomienda y demos los frutos de derecho y justicia que espera de
nosotros. Oremos.
Para
que todos nosotros vivamos nuestra condición de elegidos no como excusa para
buscar privilegios, sino como motivo y aliciente para estar en primera línea en
la lucha por la paz, la justicia y la fraternidad. Oremos.
Para
que los gobernantes busquen siempre y en todo el bien de los pueblos cuyos
destinos tienen que regir. Oremos.
Para
que nuestra comunidad descubra día a día el amor liberador y transformador que
recibimos de Dios. Oremos.
Oración
comunitaria
Señor, te
pedimos que vayas transformando nuestra vida, de manera que desaparezca de
nuestro corazón toda duda, todo temor y toda vacilación, y que así podamos ser
instrumentos de tu amor, de modo que las personas y las sociedades vivan llenas
de esperanza, de justicia y de paz. Por Jesucristo Nuestro Señor.
FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org