Jueves 20
de junio de 2001

Raul 

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid
  2. Diario Bíblico . Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Mateo 6, 7-15
(trad. Juan Mateos , Nuevo Testamento , Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

7Pero, cuando recéis, no seáis palabreros como los pa­ganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso. 8No seáis como ellos, que vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis. 9Vosotros rezad así:

Padre nuestro del cielo,

proclámese ese nombre tuyo,

10llegue tu reinado,

realícese en la tierra tu designio del cielo;

11nuestro pan del mañana dánoslo hoy

12y perdónanos nuestras deudas,

que también nosotros

perdonamos a nuestros deudores;

13y no nos dejes ceder a la tentación,

sino líbranos del Malo.

  14Pues si perdonáis sus culpas a los demás, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. 15Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.

 

  

COMENTARIO 1


vv. 7-8: Pero, cuando recéis, no seáis palabreros como los pa­ganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso. 8No seáis como ellos, que vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis.

«El cielo» designa la esfera divina indicando su trascendencia e invisibilidad; «lo escondido» subraya solamente su invisibilidad. La oración que se hace en lo profundo obtiene el contacto con el Padre. La pala­brería en la oración indica falta de fe. El hecho de que el Padre sepa lo que necesita el que ora, muestra que la oración dispone al hombre para recibir los dones que Dios quiere concederle.

v. 9: vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo, proclámese ese nombre tuyo,

Propone Jesús el modelo de petición: «Padre nuestro»: nueva relación de los discípulos con Dios, que no es solamente individual, sino comunitaria. Son los hijos, o los ciudadanos del reino, los que se dirigen al Padre, que es su rey. La mención de este Padre eclipsa la de todo padre humano, él es el único que merece ese nombre. La conducta de este Padre es la que guía la de los discípulos (5,48).

«Padre» es el nombre de Dios en la comunidad cristiana, el único que aparece en esta oración. Pronunciarlo supone el com­promiso de portarse como hijos, reconocerlo por modelo, como fuente de vida y de amor. El término «Padre» se aplicaba a Dios en el AT (Jr 3,19; cf. Ex 4,22; Dt 14,1; Os 11,1), pero su sentido era muy diferente, pues el «padre» en la cultura judía era ante todo una figura autoritaria.

La expresión «que estás en los cielos» («del cielo») no separa al Padre de los discípulos; indica solamente la trascendencia y la invisibilidad de Dios.

 

El Padre nuestro se divide en dos partes (6,9-10.11-13). La pri­mera tiene como centro al Padre (tu nombre, tu reinado, tu de­signio); la segunda, a la comunidad (nuestro, dánoslo, etc.). En la primera parte la comunidad pide por la extensión del reino a la humanidad entera. En la segunda lo hace por sí misma.

La comunidad pide, por tanto, que la humanidad reconozca a Dios como Padre; por el paralelo con 5,16, sin embargo, es ella la que tiene que obtener, con su actividad, ese reconocimiento. La petición supone, por tanto, el compromiso de la comunidad a rea­lizar las «buenas obras» (5,16; cf. 5,7-9) y pide la eficacia de su actividad en el mundo. No se encierra en sí misma. La experiencia de Dios como Padre de que ella goza, quiere que se extienda a todos los hombres. Antes que pensar en sí misma, la comunidad se preocupa por la humanidad que la rodea.

v. 10a: llegue tu reinado,

El contenido de esta petición formu­la lo mismo de manera diversa. El reinado de Dios, del que ya tiene experiencia la comunidad (5,3.10), debe extenderse a todo hombre. Dado que la puerta del reino es la primera bienaventuranza, la comu­nidad pide la aceptación del mensaje de Jesús, que funda el rei­nado de Dios. Al mismo tiempo, ella es la que, con su modo de vida, hace presente en el mundo ese mensaje (5,12: profetas). Im­plícitamente pide su fidelidad al mensaje de las bienaventuranzas y a la práctica de la actividad que requiere, por la que se va creando la nueva sociedad y va dando ocasión a la liberación de los hombres.

v. 10b: realícese en la tierra tu designio del cielo;

La palabra "designio" (en griego. the­lêma) manifiesta una voluntad concreta que puede referirse al in­dividuo o a la historia. La frase formula nuevamente la anterior («llegue tu reinado»; por eso se omite en Lc 11,2); significa, por tanto, el cumplimiento del designio histórico de Dios sobre la humanidad, anunciado en 5,18.

El término «designio» incluye dos momentos, la decisión y la ejecución, a los que corresponden las especificaciones «en el cielo, en la tierra». La decisión está tomada en el cielo (Dios), pero tiene que ejecutarse en la tierra. La frase significa, pues, «realícese en la tierra el designio que tú has decidido en el cielo». La pre­posición «como» del original indica el deseo de que ese designio se realice exactamente como está decidido.

La comunidad vuelve a pedir por el mundo; su primera preocu­pación es la misión que Jesús le confía.

Las tres primeras peticiones tienen igual contenido. La expe­riencia de vida impulsa a desear que esa vida se extienda. Sólo después pasa el grupo cristiano a preocuparse de sí mismo.

v. 11: nuestro pan del mañana dánoslo hoy

La palabra «pan», es un semitismo usado por «alimento» (cf. Gn 18,5-8). «El pan del mañana» o «venidero» alude al banquete mesiánico en la etapa final del reino (8,11), cuya etapa histórica se realiza en el grupo de discípulos («nuestro pan»). Se pide, por tanto, que la unión y alegría propias de ]a comunidad final sean un hecho en la comu­nidad presente. Jesús mismo describió su presencia con los dis­cípulos como un banquete de bodas, oponiéndose a la tristeza del ayuno practicado por los discípulos de Juan y los fariseos (9,14-15).

La unión simbolizada por el banquete es la amistad (cf. 9,15: «los amigos del novio»). Este es el vinculo que une a los miem­bros de la comunidad, y que se expresará en la eucaristía.

v. 12: y perdónanos nuestras deudas, que también nosotros perdonamos a nuestros deudores...

Unica petición que incluye una exigencia para la comuni­dad. La partícula griega hôs indica motivo («que/ya que») más que comparación («como»): el perdón del Padre está condicionado al perdón mutuo, expresión del amor. Quien se cierra al amor de los otros se cierra al amor de Dios que se manifiesta en el perdón. En este pasaje y en 5,14s Mateo no emplea el término «pecados», sino «deudas» o «fallos», porque en el evangelio, «los pecados» repre­sentan el pasado que queda borrado con la adhesión a Jesús (cf. 9,6). La división en la comunidad impide la presencia en ella del amor del Padre. Se pide, pues, la manifestación continua de ese amor, aduciendo por motivo la práctica del amor que se traduce en el perdón mutuo. «Los deudores» incluyen a los enemigos y perseguidores (5,43ss). La comunidad pretende vivir la perfección a que Jesús la exhortaba (5,48).

v. 13: y no nos dejes ceder a la tentación, sino líbranos del Malo.

«No nos dejes ceder a la tentación», lit. «no nos hagas en­trar/no nos introduzcas»... El arameo no distingue entre las for­mas «hacer» y «dejar hacer». El sentido permisivo está exigido por el paralelo con la frase siguiente (omitida por Lc 11,4). El sentido es: «haz que no entremos (cedamos / caigamos) en tenta­ción» o, de modo más castellano, «no nos dejes ceder a la ten­tación» (cf. 26,41).

«Tentación» no lleva artículo en el original. No se trata, por tan­to, de una tentación única y determinada. El término remite a las tentaciones de Jesús en el desierto, único lugar donde en Mt ha apa­recido antes este tema. Allí, «el diablo» o «Satanás» era llamado «el tentador»; aquí, «el Malo» (cf. 5,37); la tentación es su obra. La relación con la escena del desierto aclara el sentido de «tenta­ción» en este pasaje: se refiere a las mismas que experimentó Jesús. Aquéllas pretendían desviar su mesianismo e impedir la li­beración del hombre; Jesús, sin embargo, respondió a cada una de ellas con un texto sin carácter mesiánico, aplicable a todo hombre. El Mesías es «el Hombre», como quedó expresado en la escena del bautismo (3,16). La comunidad puede experimentar en su misión, que continúa la de Jesús, las mismas tentaciones que éste: la del ateísmo práctico, usando de sus dones para propio beneficio, sin atender al plan de Dios (4,3); la del providencialismo que hace caer en la irresponsabilidad (4,6) y, sobre todo, la de la gloria y el poder (4,8s). Ceder a esta última equivaldría a prestar home­naje a Satanás (4,9), renunciando a la misión liberadora.

La tentación del brillo y del poder se opone frontalmente a la primera y última bienaventuranzas. Es la opción por la pobreza y, con ella, la renuncia al brillo y al poder, la que hace inmunes a la tentación. El Malo es la personificación del poder mundano, que excita la ambición. Que el Padre no permita que la comunidad ceda a sus halagos es la petición final del Padrenuestro. Lo con­trario sería la ruina de la comunidad de Jesús.

vv. 14-15: Pues si perdonáis sus culpas a los demás, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. 15Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.....

 Insiste Jesús en la necesidad del perdón. La unión en la comunidad es condición esencial de su existencia, pues sólo ella asegura la experiencia del amor del Padre. No es que Dios se niegue a perdonar; es el hombre que no perdona quien se hace in capaz de recibir el amor.

 

COMENTARIO 2  


Después de haber establecido las diferencias entre la oración del cristiano y una oración de la dirigencia farisea, conforme al mismo criterio que rige para la limosna (que, luego se aplicará también al ayuno cristiano), las palabras de Jesús presentan el carácter distintivo de la plegaria frente a la práctica pagana y ofrece la forma de concreta de su realización.

En primer lugar se contrapone el “hablar mucho de los paganos” (v. 7) al conocimiento que Dios tiene de la necesidad de sus fieles “antes que se lo pidan”.

La multiplicación de palabras que buscan obtener los beneficios de un soberano omnipotente, “el cansar a los dioses” de los testimonios romanos de la misma época, no es el camino adecuado para la comunión con Dios. Con ellos se pretende normalmente conseguir lo que se pide y, por lo mismo, el ser humano se encierra en su propia voluntad.

El auténtico acercamiento a Dios sólo puede realizarse a partir de una relación filial de confianza con un Padre que conoce nuestras necesidades y desde este principio brota la enseñanza de la oración del Padre nuestro.

El carácter de esta oración expresa la relación de intimidad entre Dios que es ante todo Padre y la comunidad de hijos. Las primeras palabras de la invocación reflejan la voluntad de un crecimiento de intimidad entre el tú de Dios( Padre, tu nombre, tu Reino, tu voluntad) y el nosotros de la familia comunitaria (nuestro, da a nosotros, nuestro pan, nuestras deudas, nuestros deudores, no nos deje caer en la tentación, líbranos del mal).

Conforme a la introducción del v.7 se afirma la paternidad de Dios, su conocimiento de las necesidades familiares, la comunión de vida en el seno de la misma familia. Por ello la primera parte de la oración no se dirige a señalar el interés propio, ni siquiera el de la comunidad sino el interés del jefe de la familia a Quien nos sentimos profundamente unidos.

Tres peticiones expresarán este interés principal de la comunidad por la causa divina y conciernen al Nombre, al Reino, al querer divino.

La primera de ellas se formula mediante la búsqueda de la santificación del Nombre. El sentido de la petición debe ser comprendido desde el significado del Nombre en la mentalidad de Israel. Con el término se designa el ser mismo a quien se le atribuye, en este caso el ser de Dios. Este es concebido como trascendente, es un Dios “santo” pero cuya santidad se ha manifestado y, por consiguiente, se pide que Dios sea reconocido, que sus derechos sean aceptados en la humanidad.

Con esta primera petición se asocian las del v.10: Se trata del anhelo de que el Reino de Dios se manifieste plenamente en la historia humana y que esa manifestación se concrete en la realización de su voluntad en la tierra de los seres humanos.

Sólo desde esta centralidad de Dios en la existencia pueden adquirir sentido las necesidades propias de la comunidad. La necesidad del pan para todos, la creación de un ámbito de perdón y la fuerza necesaria para vencer el mal en la propia vida son intereses no solamente de la comunidad sino que son los mismos intereses de Dios.

Los intereses de Dios y de la comunidad ligada a su actuación es la preocupación fundamental que debe brotar en toda oración auténtica.


 

  FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org