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Luis
Gonzaga
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19Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban. 20En cambio, amontonaos riquezas en el cielo, donde ni polilla ni carcoma las echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes ni roban. 21Porque donde tengas tu riqueza tendrás el corazón. 22La esplendidez da el valor a la persona. Si eres desprendido, toda tu persona vale; 23en cambio, si eres tacaño, toda tu persona es miserable. Y si por valer tienes sólo miseria. ¡qué miseria tan grande! |
vv. 19-21: Dejaos de amontonar riquezas en la tierra,
donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren
boquetes y roban. 20En cambio, amontonaos riquezas en el cielo, donde
ni polilla ni carcoma las echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes
ni roban. 21Porque donde tengas tu riqueza tendrás el
corazón.
Comienza la explicación del contenido de la
primera bienaventuranza, que se extiende hasta el final del capítulo (6,34). En
esta primera perícopa precisa Jesús que la pobreza propia del reino consiste en
la renuncia efectiva a la riqueza. La riqueza «en el cielo» es Dios mismo (cf.
19,21). Acumulación de dinero y reino de Dios son incompatibles, pues el que
acumula dinero está necesariamente apegado a él.
El hombre se define por los valores que
estima y las seguridades que busca; ellos orientan su vida y marcan su
personalidad.
vv. 22-23: La esplendidez da el valor a la persona. Si
eres desprendido, toda tu persona vale; 23en cambio, si eres
tacaño, toda tu persona es miserable. Y si por valer tienes sólo miseria.
¡qué miseria tan grande!
Para traducir esta perícopa hay que
interpretar los modismos semíticos que contiene. El primero y más evidente es
«el ojo perverso», que en hebreo significa la envidia (cf. 20,15), o la
tacañería (Dt 15,9; Eclo 14,10). Se le opone «el ojo simple» o «generoso» (Prov.
11,25 LXX; 2 Cor 8,2), es decir, «la generosidad, el desprendimiento». La
oposición entre «tacaño» y «desprendido» muestra que la perícopa se refiere al
dinero, según el tema general de la sección (6,19-34). «Lámpara», reasumido
más adelante por «luminoso», indica el valor positivo que la generosidad
comunica al hombre (cuerpo
persona). El castellano, como el hebreo, asimilan la generosidad a
la luminosidad: «espléndido», «esplendidez». La esplendidez (= el ojo en su
función positiva) da valor (= luz, lámpara) a la persona (cuerpo). En contexto
de tacañería, el antivalor (= tinieblas) se expresa por
«miseria».
Lo opuesto a acumular riquezas (vv. 19-21)
es compartir lo que se tiene, obra de la generosidad o esplendidez. El apego al
dinero hace del hombre un miserable; es precisamente el despego que se traduce
en el don, el que da valor a la persona. Jesús pone el valor de la persona en el
desprendimiento, que manifiesta el amor, su falta de valor en la tacañería, que
se cierra al amor. La generosidad es condición para la ayuda a los demás y
para el cumplimiento de la pobreza a la que Jesús
llama.
COMENTARIO 2
Las
situaciones de impotencia ponen en peligro la autoestima. En dichas situaciones
se presenta la necesidad de revalorización de ésta. Se presentan delante de cada
una diversas posibilidades para lograr ese objetivo. Frecuentemente el camino
elegido asume la forma de una búsqueda de la afirmación propia por medio de la
acumulación.
Frente
a este riesgo que amenaza a todo integrante de la comunidad cristiana, las
palabras de Jesús se dirigen a determinar el valor del “tesoro” en que el ser
humano puede colocar el sentido de la vida y, de esa forma, a precisar la
posibilidad auténtica de realización humana.
Desde
esta perspectiva los vv. 19-20 colocan el planteamiento en que el problema debe
situarse contraponiendo los tesoros de la tierra y los tesoros del cielo. Desde
esta definición, se sacan las consecuencias en los v. 21-23 a base del recurso a
los órganos físicos del ser humano profundizando el sentido de las búsquedas
humanas y situándolas en relación con los valores que surgen de las actitudes
frente a los bienes.
El
ser humano busca su “seguridad”, de ella espera condiciones de vida capaces de
posibilitar una existencia ligada a una permanencia más o menos larga en el
tiempo. Por ello se vuelve a los bienes materiales que puedan ofrecerle esa
seguridad. La existencia se convierte en acumulación de bienes materiales. Este
atesoramiento se revela como ilusorio en cuanto estos bienes están expuestos a
un doble peligro derivado de la naturaleza misma de las cosas adquiridas (la
“polilla” y el “herrumbre”) y de la actuación de la codicia de los semejantes
(“ladrones que excavan y roban”).
Frente
a esos bienes perecederos, Jesús propone la búsqueda de bienes que no corren el
mismo riesgo. Se trata de los “tesoros del cielo” cuya existencia no sufre esas
amenazas.
Del
tipo de bienes elegidos depende la naturaleza de la vida humana. El ser humano
puede colocar su “corazón”(v. 21) en cosas que no pueden superar el paso del
tiempo y que arrastran también su vida en su desaparición, o puede adquirir
permanencia y vencer el desgaste de los días colocando su tesoro en valores
permanentes.
El
ojo, expresión externa del deseo interno del corazón, puede a partir de éste
último ser considerado como enfermo o como sano. La “codicia” causa la
enfermedad del ser humano porque desnaturaliza el sentido de las cosas
materiales a las que considera solamente como objeto de apropiación. Su
finalidad es determinar el sentido de todo deseo auténtico y cuando está viciado
sume en oscuridad toda la vida. La codicia falsea el sentido de la vida y lleva
a una existencia de tinieblas.
Por
el contrario, el ojo sano, suministra la posibilidad de la realización de la
propia existencia en sabiduría. La vida se entiende como búsqueda apasionada de
los bienes permanentes, de los valores del “Reino de Dios y su justicia”, únicos
que pueden construir una vida en verdadera seguridad.
A
una comunidad que estaba fuertemente tentada a dirigir sus preocupaciones a la
obtención de riquezas (se mencionan en el evangelio banqueros, grandes
cantidades de dinero, compra y venta) se recuerdan los únicos valores dignos de
justificar el compromiso total de la propia vida.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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