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Paulino de Nola -
Tomás
Moro
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24Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. 25Por eso os digo: No andéis preocupados por la vida
pensando qué vais a comer o a beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os
vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que
el vestido? 26Fijaos en los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni
almacenan; y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No
valéis vosotros mucho más que ellos? 27y ¿quién de vosotros, a
fuerza de preocuparse, podrá añadir una hora sola al tiempo de su
vida? 28Y ¿por qué andáis preocupados por el vestido? Daos
cuenta de cómo crecen los lirios del campo, y no trabajan ni hilan.
29y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba
vestido como cualquiera de ellos. 30Pues si a la hierba, que
hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, la viste Dios así, ¿no
hará mucho más por vosotros, gente de poca
fe? 31Conque no andéis preocupados pensando qué vais a
comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. 32Son
los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro padre del
cielo que tenéis necesidad de todo eso. 33Buscad primero que
reine su justicia, y todo eso se os dará por
añadidura. 34Total, que no andéis preocupados por el mañana, porque el mañana se preocupará de si mismo. A cada día le basta su dificultad. |
v. 24. Jesús penetra hasta el fondo de las
antítesis expuestas antes (acumular/no acumular riqueza;
generosidad/tacañería). Está en juego la fidelidad a Dios o la idolatría. Aunque
el hombre pretenda concordar su fidelidad a Dios con el apego al dinero,
esto no es más que apariencia. Su verdadero dueño es el dinero (mammona =
la riqueza, el lucro). La opción por Dios y contra el dinero está expresada en
la primera bienaventuranza.
vv. 25-34. Las tres perícopas anteriores
explicaban el sentido de la pobreza evangélica (19-21.24) o la condición para
poder practicarla (22s). En ésta se explica la segunda parte de la primera
bienaventuranza, cómo se manifiesta el reinado de Dios sobre los que hacen esa
opción. La opción por la pobreza no conduce a la miseria; produce, en cambio, la
felicidad («dichosos») porque el reinado de Dios se ejerce sobre ellos. La
figura de Dios-rey se explicita en la de Dios-Padre.
Comienza la perícopa enunciando el
principio general: el discípulo que ha renunciado a todo no está
obsesionado por lo material. De los dones que ha recibido de Dios, la vida,
a cuyo servicio está el alimento, vale más que éste, y el cuerpo más que el
vestido que lo protege. El Padre, que ha dado lo más, dará también lo
menos. A los que han renunciado a la riqueza para ser fieles al único Dios,
Jesús los exhorta a tener confianza en la eficacia del amor del
Padre.
Pone ante los ojos de los discípulos dos
testimonios de la generosidad del Padre con sus criaturas y construye un
argumento a fortiori: Si el Padre se ocupa tan eficazmente de seres que valen
mucho menos que el hombre, cuánto más se ocupará de los que han renunciado a
toda otra seguridad.
«Una hora sola al tiempo de su vida» (27),
lit. «un codo solo a su edad». El hebreo expresaba frecuentemente la duración
temporal en términos de longitud (cf. Sal 36,9). La interpretación de helikía como «estatura» es incongruente,
pues añadir un codo a la propia estatura sería algo extraordinario, mientras el
contexto y Lc 12,26 interpretan la añadidura como algo
insignificante.
Después de las dos comparaciones vuelve
Jesús al tema inicial. Hacer de lo material la máxima preocupación de la vida es
propio de los paganos que no conocen al verdadero Dios (31-33). Si el Padre sabe
lo que necesitan los suyos, su amor se lo procurará.
La primera preocupación de los discípulos
debe ser que sea realidad la justicia del reino. «Que reine su justicia»,
lit. «el reinado y su justicia (la del Padre)». En la traducción se pueden
conectar los términos «reinado» y «justicia» considerándolos como
hendíadis. Dikaiosyne puede
significar aquí la relación entre los hombres según la voluntad de Dios
expresada por Jesús, las justas relaciones humanas, o bien la relación de los
discípulos con el Padre según el programa expuesto por Jesús (las
bienaventuranzas), es decir, la fidelidad a Dios. En uno y otro caso el reinado
se hace realidad, porque una y otra son inseparables: la fidelidad a Dios se
muestra en la fidelidad al hombre, en la labor de la comunidad en el mundo.
Jesús, que ha quitado a los discípulos la preocupación por el objetivo
inmediato, la subsistencia (6,25-32), les recuerda el objetivo primario de la
existencia del grupo, el trabajo por la paz (5,9), la extensión del reinado de
Dios (primera parte del Padrenuestro), que se verifica en la nueva relación
humana. Cuando la comunidad trabaja así (5,9), no tiene que preocuparse por su
vida material; de ésta se ocupa el Padre.
Termina la perícopa con un dicho-resumen con el que
Jesús expresa la liberación del agobio. Hay que vivir en el presente, sin
agobios por el mañana (cf. v. 27). El mañana se preocupará de sí mismo, no
faltará en él la solicitud del Padre. Basta al discípulo enfrentarse con la
dificultad día por día, y experimentar en ella la eficacia de su
amor.
COMENTARIO 2
La
necesidad de la opción entre la sociedad comercial opulenta y la sociedad
alternativa que Jesús propone es en realidad una opción entre dos tipos de
servicio. En las organizaciones del primer tipo domina el dios dinero, o dicho
con nuestras palabras el ídolo omnipotente del mercado. Frente a ella, se yergue
la sociedad construida en torno a la soberanía de Dios, de su Reino. La opción
entre ambas es ineludible. El ser humano no puede evitar el servicio de uno u
otro tipo.
El
servicio a la sociedad comercial introduce en el propio horizonte el ámbito de
la angustia y de la preocupación por las cosas indispensables a la vida propia
en ese tipo de sociedad. Alimento, bebida, vestido se convierten en doloroso
interrogante de la que depende el futuro de la existencia. El texto constata la
afanosa búsqueda de respuesta en esos órdenes propia de la sociedad imperial
romana ya que todas estas cosas la buscan los paganos.
Frente
a esta servidumbre angustiante, el servicio de Dios asegura el desarrollo de una
vida digna. El creador ofrece la posibilidad de vida para sus creaturas
aparentemente más insignificantes: las aves del cielo y los lirios del
campo.
Ni
unas ni otras participan del círculo comercial en la búsqueda de alimento y
vestido. Las primeras “no siembran, ni cosechan, ni guardan en bodegas”, los
últimos no “trabajan ni tejen”. Y sin embargo obtienen de Dios su nutrición y un
vestido cuyo esplendor supera a los reyes de la tierra.
La
conciencia del valor de la vida humana, superior a la de las aves y a la de la
flores, lleva a superar toda preocupación angustiante de la circularidad
monetaria de esa sociedad.
El
proyecto de Jesús se estructura sobre otro tipo de búsqueda: el Reino de Dios y
su justicia desde donde pueden crearse las condiciones necesarias para el
desarrollo de toda vida. La renuncia de la acumulación que hacen los pájaros, la
despreocupación de las flores por su esplendor, fundamentan una actuación de
confianza en el Padre que “conoce las necesidades de su comunidad” y que salva
del interrogante angustioso sobre el futuro que, frecuentemente justifica la
necesidad del atesorar.
Con
la renuncia a la sociedad opulenta, capaz de asegurar la vida en el futuro, se
introduce una nueva posibilidad de existencia basada en la liberalidad de Dios
desde donde se puede construir una sociedad de la liberalidad. Esta nueva
sociedad desplaza el eje desde el “precio” sobre el que se constituye la
sociedad comercial a la gratuidad del don. El valor precio cede lugar al valor
personal de quienes valen más que pájaros y flores. En este nuevo tipo de
sociedad la preocupación por el futuro se convierte en agradecimiento por el
presente y es capaz de ofrecer un servicio en libertad que salva de la angustia
de la búsqueda desenfrenada de la posesión.
Este
nuevo camino de construcción social aparece como locura para quienes se sienten
cómodamente integrados en la sociedad del comercio pero es capaz de ofrecer los
criterios de una auténtica racional en la relación social. Para su aceptación
sólo se requiere el descubrimiento de Dios como el Padre, origen de todo don y
de toda gracia, único que puede ofrecer la capacidad de entender la vida propia
como don y como gracia.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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