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Lunes 24 de junio de
2002
Natividad de Juan Bautista
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57A Isabel se le cumplió el tiempo de dar a luz y tuvo un hijo. 58Sus vecinos y parientes se enteraron de lo bueno que había sido el Señor con ella y compartían su alegría. 59A los ocho días fueron a circuncidar al niño y
empezaron a llamarlo Zacarías, por el nombre de su padre.
60Pero la madre intervino diciendo: -¡No!, se va a llamar
Juan. 61Le replicaron: -Ninguno de tus parientes se llama
así. 62Y por señas le preguntaban al padre cómo quería
que se llamase. 63El pidió una tablilla y escribió: «Su nombre
es Juan», y todos quedaron sorprendidos. 64En el acto se le
soltó la lengua y empezó a hablar bendiciendo a
Dios. 65Toda la vecindad quedó sobrecogida; corrió la
noticia de estos hechos por toda la sierra de Judea 66y todos
los que los oían los conservaban en la memoria,
preguntándose: -¿Qué irá a ser este
niño? Porque la fuerza del Señor lo acompañaba. |
ALBRICIAS POR EL
NACIMIENTO DE UN NIÑO
NO
ESPERADO
«A Isabel se le cumplió el tiempo de dar a
luz y tuvo un hijo. Sus vecinos y parientes se enteraron de lo generoso que
había sido el Señor con ella y compartían su alegría» (1,57-58). A pesar de lo
lacónico de la noticia, ésta se esparció todo alrededor por el círculo
familiar y el vecindario. Hasta ese momento no se habían enterado de que Dios ya
había librado a Isabel de su «vergüenza», de la esterilidad de la religión
judía, «ante los hombres». María, en cambio, se había enterado por los canales
del Espíritu. El nacimiento del fruto de su vientre llenará a «muchos» de
alegría (cf. 1,14), como en el caso del nacimiento de Isaac (Gn 25,5-7). Ambos hijos fueron concebidos en la
«vejez».
FRACASA EL INTENTO DE
ENCUADRAR A JUAN
EN LA TRADICION
PATRIA
«A los ocho días fueron a circuncidar al
niño y empezaron a llamarlo Zacarías, por el nombre de su padre» (1,59). Con el rito de la circuncisión, el hijo
varón llevará en su cuerpo la señal indeleble de la alianza establecida por Dios
con su pueblo (Gn 17,10-13). Según la tradición patria, el primogénito debía
llevar el nombre de su padre, como heredero de la tradición de que éste es
portador. Por eso se dice que «empezaron a llamarlo Zacarías». Pero los planes
de Dios no coinciden con los de su pueblo.
«Pero la madre intervino diciendo: "¡No!,
se va a llamar Juan." Le replicaron: "Ninguno de tu parentela se llama así." Y
por señas le preguntaban al padre cómo quería que se llamase. El pidió una
tablilla y escribió: "Su nombre es Juan", y todos quedaron sorprendidos. En el
acto se le soltó la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios»
(1,60-64).
Se ha consumado la ruptura que había
profetizado el ángel (1,13). La «sordomudez» (le preguntaban «por señas»,
escribió «en una tablilla») de Zacarías cesa en el preciso instante en que se
cumple la promesa. Dar nombre equivale a reconocer de hecho que el proyecto de
Dios sobre Juan se ha hecho realidad. El «castigo» de Zacarías no era un castigo
físico. Fue consecuencia de su incredulidad y oposición al proyecto de
Dios. Ahora ya puede hablar, pues está en sintonía con el plan de Dios. La
bendición aquí enunciada se explicitará en el cántico que veremos a
continuación.
«Toda la vecindad quedó sobrecogida de
temor; corrió la noticia de estos hechos por la entera sierra de Judea, y todos
los que lo oían los conservaban en la memoria,
preguntándose:
"¿Qué irá a ser este niño?" Porque la fuerza del Señor lo acompañaba» (1,65-66). A pesar de su vecindad, nadie comprende lo que está ocurriendo. Pero tampoco se cierran a cal y canto a lo que será de él, como fue el caso de Zacarías. Simplemente, como no lo entienden, pero no lo rechazan de plano, guardan en su memoria (lit. «ponían en su corazón») la pregunta sobre cuál va a ser la misión que llevará a cabo en Israel, misión realmente extraordinaria, pues tienen conciencia de que «la mano/fuerza del Señor está con él», igual que se ha predicado de María (1,28).
Tenemos una capacidad inmensa para almacenar en la memoria las experiencias que nos sacan de quicio, pero que borramos al instante queriendo encontrar soluciones sin movernos de nuestros parámetros religiosos. Guardándolas en la memoria, y por acumulación de experiencias sin respuesta, podremos un día darnos cuenta de que nuestras preguntas son fruto muchas veces de planteamientos equivocados, que nunca hemos cuestionado por miedo a perder nuestras propias seguridades.
Los
padres siempre tienden a ver a los hijos como una prolongación de sí mismos. Les
quieren dar por eso lo que ellos nunca tuvieron. Les quieren ver realizando los
sueños a los que ellos tuvieron que renunciar. Les quieren ver haciendo las
cosas que ellos nunca pudieron hacer.
Pero
la realidad nunca suele ser así. Lo cierto es que la vida obliga a los hijos a
tomar diferentes caminos. La vida les obliga a ser ellos mismos. Los vecinos se
hacían la pregunta justa: “¿Qué va a ser este niño?”. No era fruto de la
discusión en torno al nombre que se le iba a imponer al niño o del hecho de que
su padre recuperase la palabra. Era y es la pregunta que todos nos hacemos ante
un recién nacido. ¿Qué mundo le tocará? ¿Qué profesión tendrá? ¿Será feliz? Un
niño recién nacido es siempre un libro abierto y en blanco. Todo está por hacer.
Todas las páginas están por llenar. Cada niño que nace tiene siempre algo de
profecía, de ruptura con el pasado y comienzo de algo nuevo. Es siempre un
misterio.
A
los padres les gustaría llevar al hijo por sus propios caminos, enseñarle,
orientarle, que sea feliz. Pero el hijo tendrá que hacer sus propios caminos,
tomar sus decisiones. Y también, por qué no, asumir sus propios errores. En esta
fiesta celebramos el nacimiento de Juan Bautista. Su futuro será sorprendente:
anunciar la presencia de Jesús, el Salvador, y preparar sus caminos. Nunca los
padres imaginaron así el futuro de su hijo.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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