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Pelayo
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15Cuidado con los profetas falsos, esos que se os acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. 16Por sus frutos los conoceréis; a ver, ¿se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? 17Así, los árboles sanos dan frutos buenos; los
árboles dañados dan frutos malos. 18Un árbol sano no puede dar
frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos, 19y todo
árbol que no da fruto bueno se corta y se echa al fuego.
20Total, que por sus frutos los conoceréis. |
vv. 15-16: Cuidado con los profetas falsos, esos que se
os acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
16Por sus frutos los conoceréis; a ver, ¿se cosechan uvas de las
zarzas o higos de los cardos?
Previene Jesús contra el engaño de las
palabras. Hay quienes llegan a la comunidad pretendiendo falsamente hablar en
nombre de Dios (falsos profetas). De los profetas falsos, se contrasta la
suavidad de su lenguaje (ovejas) con su realidad interior (lobos rapaces),
que los caracteriza como individuos que buscan sin escrúpulos su propio interés.
El criterio para distinguirlos es su modo de obrar.
vv. 17-19: Así, los árboles sanos dan frutos buenos;
los árboles dañados dan frutos malos. 18Un árbol sano no puede dar
frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos, 19y todo árbol
que no da fruto bueno se corta y se echa al fuego.
Para Jesús, las obras brotan
espontáneamente de la realidad interior. No moldean ellas la índole del hombre
(doctrina farisea), sino que son el reflejo infalible de sus actitudes
profundas. El obrar no determina la actitud, sino que nace de ella.
Vuelve el tema de la limpieza de corazón
(5,8; cf. 15,19). No hay vida interior independiente de la exterior: las
obras delatan lo interior del hombre.
No valen, por tanto, las protestas de
ortodoxia ni la dulzura de las palabras, sino la realidad de la conducta. La
insistencia sobre las plantas sin fruto y sobre el fruto bueno y malo ponen la
advertencia de Jesús en el terreno de lo que sirve o no sirve para la vida.
Los falsos profetas tienen un influjo dañino sobre la comunidad, y quien
produce muerte está destinado a la muerte (19).
v. 20: Total, que por sus frutos los
conoceréis.
Este colofón repite el criterio expuesto
antes (v. 16), mostrando su importancia. Lo que no contribuye a la vida no es de
Dios. Pueden identificarse estos falsos profetas con los que se eximen de «uno
de estos mandamientos mínimos y lo enseñe así a los
hombres»
La comparación con el fruto y el árbol, y
la suerte del árbol malo, ya presentes en la predicación del Bautista (3,8.10),
hacen ver que la metáfora del árbol que da frutos malos se refiere a los que no
han hecho una enmienda sincera, es decir, a los que no han hecho más que
exteriormente la opción propuesta por Jesús en las bienaventuranzas (cf. 7,26s).
Estos procedieron con la comunidad cristiana como pretendían hacer los
fariseos y saduceos respecto al bautismo de Juan (3,7): aparentar la
enmienda (bautismo) sin romper realmente con la injusticia del pasado. Mateo
denuncia, pues, la infiltración en la comunidad cristiana de la hipocresía
farisea (decir, pero no hacer, cf. 23,3), como lo hará de nuevo en la
perícopa siguiente y en otros pasajes (cf., p. ej., 13,36-43;
22,11-14).
COMENTARIO 2
La
comunidad de Mateo atribuía un rol de primera línea a la enseñanza. De allí la
importancia que tienen en dicha comunidad la función del profeta, junto a la del
sabio y del escriba, en la transmisión del mensaje de Jesús (cf Mt 23, 34). Se
hacía, por tanto, necesario delimitar los límites de esos carismas poniendo en
guardia sobre el peligro de los falsos profetas (v. 15) y ofreciendo, a la vez,
un criterio de discernimiento que permitiera distinguir la verdadera de la falsa
profecía (vv. 16-20).
Esta
preocupación es aguda en el tiempo posterior a la primera generación cristiana.
Encontramos un reflejo de esta preocupación, sobre todo, en las epístolas
pastorales donde se vuelve a cada paso sobre la “sana doctrina”, pero también se
encuentran advertencias sobre este punto en la obra de Lucas (cf Hch 20,
29).
Este
último texto presenta un universo sumamente cercano a Mt 7, 15. En ambos casos
se los califica de “lobos” a los falsos profetas, se señala su agresividad y se
describe a la comunidad como un rebaño. Sin embargo más que el contenido de la
enseñanza, que aparece en primer plano tanto en Lucas cuanto en las epístolas
pastorales, Mateo remite a la actuación conforme a la importancia que asigna a
la práctica como único criterio de verificación de una enseñanza. Este criterio
hace inválida la conducción del fariseísmo ya que sus miembros “dicen pero no
hacen”, el mismo criterio confiere “autoridad” a la enseñanza de Jesús que luego
de cada discurso pone por obra sus palabras y el mismo criterio se erige como la
piedra de toque según la cual debe juzgarse la transmisión del proyecto de
Jesús.
Por
ello se recurre a una comparación de la actuación profética con la naturaleza de
los árboles que “dan” (en el griego se dice “hacen”) o no dan frutos buenos. La
capacidad de fructificación es el criterio último para determinar la utilidad de
un árbol. Zarzas y espinos no pueden producir uvas ni higos. La naturaleza de
cada fruto está en íntima relación con la naturaleza del árbol. La incapacidad
de un árbol para producir frutos buenos indica su falta radical de
bondad.
De
allí surge la conclusión de los vv. 19-20 con la presentación del final que
espera a los árboles que no han sido capaces de producir buenos frutos y que no
hace más que sancionar la realidad en curso.
De
esta forma, Mateo retoma uno de los criterios decisivos que el Antiguo
Testamento ofrece para juzgar todo tipo de profecía. Dicho criterio reside en la
coherencia entre la vida y el mensaje anunciado. Se exige, por tanto, a cada
miembro de la comunidad, sobre todo de los que deben desempeñar un rol en la
transmisión de la enseñanza de Jesús, una coherencia de vida que sirva de
verificación de esa enseñanza. Fuera de ese ámbito las mejores verdades pierden
su eficacia.
La
invitación a que sean las acciones las que proclamen el mensaje de Jesús, la
invitación a la coherencia de vida es el punto culminante del sermón de la
montaña y de ella depende la autenticidad del seguimiento de
Jesús.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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