Miércoles 26
de junio de 2001

Pelayo 

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid
  2. Diario Bíblico . Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Mateo 7, 15-20
(trad. Juan Mateos , Nuevo Testamento , Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

15Cuidado con los profetas falsos, esos que se os acer­can con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. 16Por sus frutos los conoceréis; a ver, ¿se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?

17Así, los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. 18Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos, 19y todo árbol que no da fruto bueno se corta y se echa al fuego. 20Total, que por sus frutos los conoceréis.

       

  

COMENTARIO 1


vv. 15-16: Cuidado con los profetas falsos, esos que se os acer­can con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. 16Por sus frutos los conoceréis; a ver, ¿se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?

Previene Jesús contra el engaño de las palabras. Hay quienes llegan a la comunidad pretendiendo falsamente hablar en nombre de Dios (falsos profetas). De los profetas falsos, se contrasta la suavidad de su len­guaje (ovejas) con su realidad interior (lobos rapaces), que los caracteriza como individuos que buscan sin escrúpulos su propio interés. El criterio para distinguirlos es su modo de obrar.

 

vv. 17-19: Así, los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. 18Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos, 19y todo árbol que no da fruto bueno se corta y se echa al fuego.

Para Jesús, las obras brotan espontáneamente de la realidad interior. No moldean ellas la índole del hombre (doctrina farisea), sino que son el reflejo infalible de sus actitudes profundas. El obrar no determina la actitud, sino que nace de ella.

Vuelve el tema de la limpieza de corazón (5,8; cf. 15,19). No hay vida interior indepen­diente de la exterior: las obras delatan lo interior del hombre.

No valen, por tanto, las protestas de ortodoxia ni la dulzura de las palabras, sino la realidad de la conducta. La insistencia sobre las plantas sin fruto y sobre el fruto bueno y malo ponen la adver­tencia de Jesús en el terreno de lo que sirve o no sirve para la vida. Los falsos profetas tienen un influjo dañino sobre la comu­nidad, y quien produce muerte está destinado a la muerte (19).

v. 20: Total, que por sus frutos los conoceréis.

Este colofón repite el criterio expuesto antes (v. 16), mostrando su importancia. Lo que no contribuye a la vida no es de Dios. Pueden identificarse estos falsos profetas con los que se eximen de «uno de estos mandamientos mínimos y lo enseñe así a los hombres»

La comparación con el fruto y el árbol, y la suerte del árbol malo, ya presentes en la predicación del Bautista (3,8.10), hacen ver que la metáfora del árbol que da frutos malos se refiere a los que no han hecho una enmienda sincera, es decir, a los que no han hecho más que exteriormente la opción propuesta por Jesús en las bienaventuranzas (cf. 7,26s). Estos procedieron con la comu­nidad cristiana como pretendían hacer los fariseos y saduceos res­pecto al bautismo de Juan (3,7): aparentar la enmienda (bautismo) sin romper realmente con la injusticia del pasado. Mateo denuncia, pues, la infiltración en la comunidad cristiana de la hipocresía fari­sea (decir, pero no hacer, cf. 23,3), como lo hará de nuevo en la perícopa siguiente y en otros pasajes (cf., p. ej., 13,36-43; 22,11-14).

 

COMENTARIO 2  


La comunidad de Mateo atribuía un rol de primera línea a la enseñanza. De allí la importancia que tienen en dicha comunidad la función del profeta, junto a la del sabio y del escriba, en la transmisión del mensaje de Jesús (cf Mt 23, 34). Se hacía, por tanto, necesario delimitar los límites de esos carismas poniendo en guardia sobre el peligro de los falsos profetas (v. 15) y ofreciendo, a la vez, un criterio de discernimiento que permitiera distinguir la verdadera de la falsa profecía (vv. 16-20).

Esta preocupación es aguda en el tiempo posterior a la primera generación cristiana. Encontramos un reflejo de esta preocupación, sobre todo, en las epístolas pastorales donde se vuelve a cada paso sobre la “sana doctrina”, pero también se encuentran advertencias sobre este punto en la obra de Lucas (cf Hch 20, 29).

Este último texto presenta un universo sumamente cercano a Mt 7, 15. En ambos casos se los califica de “lobos” a los falsos profetas, se señala su agresividad y se describe a la comunidad como un rebaño. Sin embargo más que el contenido de la enseñanza, que aparece en primer plano tanto en Lucas cuanto en las epístolas pastorales, Mateo remite a la actuación conforme a la importancia que asigna a la práctica como único criterio de verificación de una enseñanza. Este criterio hace inválida la conducción del fariseísmo ya que sus miembros “dicen pero no hacen”, el mismo criterio confiere “autoridad” a la enseñanza de Jesús que luego de cada discurso pone por obra sus palabras y el mismo criterio se erige como la piedra de toque según la cual debe juzgarse la transmisión del proyecto de Jesús.

Por ello se recurre a una comparación de la actuación profética con la naturaleza de los árboles que “dan” (en el griego se dice “hacen”) o no dan frutos buenos. La capacidad de fructificación es el criterio último para determinar la utilidad de un árbol. Zarzas y espinos no pueden producir uvas ni higos. La naturaleza de cada fruto está en íntima relación con la naturaleza del árbol. La incapacidad de un árbol para producir frutos buenos indica su falta radical de bondad.

De allí surge la conclusión de los vv. 19-20 con la presentación del final que espera a los árboles que no han sido capaces de producir buenos frutos y que no hace más que sancionar la realidad en curso.

De esta forma, Mateo retoma uno de los criterios decisivos que el Antiguo Testamento ofrece para juzgar todo tipo de profecía. Dicho criterio reside en la coherencia entre la vida y el mensaje anunciado. Se exige, por tanto, a cada miembro de la comunidad, sobre todo de los que deben desempeñar un rol en la transmisión de la enseñanza de Jesús, una coherencia de vida que sirva de verificación de esa enseñanza. Fuera de ese ámbito las mejores verdades pierden su eficacia.

La invitación a que sean las acciones las que proclamen el mensaje de Jesús, la invitación a la coherencia de vida es el punto culminante del sermón de la montaña y de ella depende la autenticidad del seguimiento de Jesús.


 

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