Jueves 27
de junio de 2001

Cirilo 

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid
  2. Diario Bíblico . Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Mateo 7, 21-29
(trad. Juan Mateos , Nuevo Testamento , Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

21No basta decirme: «¡Señor, Señor!», para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo.

22Aquel día muchos me dirán: «Señor, Señor, ¡si hemos profetizado en tu nombre y echado demonios en tu nombre y hecho muchos prodigios en tu nombre!» 23Y entonces yo les declararé: «Nunca os he conocido. ¡Lejos de mí los que practicáis la iniquidad!»

24En resumen: Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca. 25Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada en la roca.

26Y todo aquel que escucha estas palabras mías pero no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena. 27Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos, embistieron contra la casa y se hundió. ¡Y qué hundi­miento tan grande!

28Al terminar Jesús este discurso, las multitudes esta­ban impresionadas de su enseñanza, 29porque les enseñaba con autoridad, no como sus letrados.         

  

COMENTARIO 1


vv. 21-23. De nuevo, en otro sentido, el primado de las obras sobre las palabras. No basta el devoto reconocimiento de Jesús, hay que vivir cumpliendo el designio del Padre del cielo (cf. 12,50). La adición «del cielo» y el término «designio» ponen este aviso en relación con la primera parte del Padrenuestro (6,9s), que, a su vez, remite a la práctica de las bienaventuranzas. Jesús no quiere discípulos que cultiven sólo la relación con él, sino seguidores que, unidos a él, trabajen por cambiar la situación de la humanidad.

Después de enunciar el principio afirma Jesús que serán mu­chos los que «aquel día», el que nadie conoce (25,13), lo llamarán «Señor, Señor», aduciendo sus obras para encontrar acogida. Las obras que se citan: «haber profetizado», «haber expulsado demo­nios» y «haber realizado milagros», fueron hechas «por/con su nombre», es decir, invocando la autoridad de Jesús. Este, sin em­bargo, no las acepta; considera esas obras, no solamente sin valor, sino como propias de malhechores. El término anomia, iniquidad, es el que Jesús aplica a los letrados y fariseos hipócritas (23,28), y la frase de rechazo se encuentra en Sal 6,9, donde los malhe­chores son los que oprimen al justo y le procuran la muerte. Esta perícopa, en cuanto a su sentido, no está lejos de la anterior (15-20). Estos que cumplen acciones extraordinarias y que llevan en sus labios el nombre del Señor, tienen una actividad que, aunque aparentemente laudable, es en realidad inicua, porque no nace del amor ni tiende a construir la humanidad nueva según el designio del Padre (21). El semitismo «Nunca os he conocido» es una fór­mula de rechazo total; equivale a decir que esas personas no sig­nifican nada para el que habla (cf. 25,12).

 

vv. 24-29. El discurso termina con una parábola compuesta de dos miembros contrapuestos. Jesús habla de dos clases de hombres que han oído el discurso precedente. La diferencia entre ellos se centra en llevar o no llevar a la práctica la doctrina escuchada. «La casa» que pertenece al hombre («su casa») representa al hom­bre mismo. El éxito de su vida y la capacidad para mantenerse firme a través de los desastres, que pueden identificarse con las persecuciones, depende de que su vida tenga por cimiento una praxis acorde con el mensaje de Jesús, cuyo punto culminante han sido las bienaventuranzas. Se descubre una alusión a los in­dividuos retratados en la perícopa anterior (21-23). Jesús ha habla­do como maestro; su doctrina expresa el designio del Padre sobre los hombres (7,21). Toca al hombre no sólo entenderla, sino lle­varla a la práctica. De ello depende el éxito o la ruina de su propia vida.

Las multitudes que lo habían seguido antes de comenzar el dis­curso han escuchado la exposición de Jesús y su reacción es de asombro. Acostumbrados a la enseñanza de los letrados, que repetían la doctrina tradicional apoyándose en la autoridad de los antiguos doctores, notan en Jesús una autoridad diferente. No se apoya en la tradición; expone su doctrina interpretando, corrigien­do o anulando las antiguas prescripciones. La alusión a los letrados, mencionados en el discurso, es polémica. Ante la enseñanza de Jesús, la de los letrados ha perdido su autoridad. Lo que ellos proponían como tradición divina deja de aparecer tal a los ojos de las multitudes que han escuchado a Jesús. La doctrina oficial cae en el descrédito.

Se cierra el contexto del discurso mencionando que grandes multitudes siguen a Jesús después de su enseñanza, en paralelo con las que lo siguieron hasta el lugar del discurso (4,25; 5,1). La enseñanza tan nueva y radical de Jesús no ha hecho disminuir su popularidad.

 

COMENTARIO 2  


La fórmula final del pasaje “después de haber acabado Jesús estos discursos” (v. 28) se reproduce con más o menos variantes en 11, 1; 13, 53; 19, 1 y 26, 1 y siempre aparece como la conclusión de largas enseñanzas colocadas precedentemente a cada uno de esos versículos. Después de ella los textos pasan a describir la actuación de Jesús, prolongación de sus palabras.

De esta forma se resalta la necesidad de una palabra que termine en la vida. Sin esta meta la palabra queda incompleta. Como señala el v. 29 la autoridad de la palabra de Jesús surge de su concreción en la realidad por medio de actos coherentes. En ello está la diferencia fundamental con la enseñanza de los escribas.

Lo afirmado respecto a Jesús vige también para cada persona humana, para cada uno de los miembros de la comunidad, y más particularmente, para todo aquel que en ella asume funciones relacionadas con la transmisión de la enseñanza de su Maestro.

Los vv. 21-27, por tanto, señalan la necesidad de dar paso a las acciones en la aceptación del designio divino más allá de su aceptación en las palabras.

Los vv. 21-23, primeramente, dirigen la atención a los integrantes de la comunidad poseedores de carismas importantes en la transmisión del mensaje de Jesús. Se trata de personas que invocan a Jesús como Señor y que en su Nombre han sido capaces de realizar acciones proféticas, exorcismos y milagros. Sin embargo, la invocación y la pretendida comunión con Dios en dichas obras no bastan para la “entrada en el Reino de los cielos”. Las palabras y obras mencionadas son insuficientes sin la adecuación a la voluntad divina. Esa insuficiencia convierte a ese tipo de personas en “operarios de iniquidad” y, por ello, el término de su actuación es la sanción por parte de Jesús del desconocimiento y la separación.

De allí la exhortación a la realización de dicha voluntad en una vida que tiene como base la actuación de la enseñanza de Jesús en todo el sermón de la montaña. La vida humana tiene ante sí dos posibilidades que pueden describirse a partir de dos tipos de construcción. Estos dependen del fundamento sobre el cual cada uno de los seres humanos realiza su existencia y, de esa forma, muestra su sabiduría o su necedad.

El ser humano prudente es comparado a una casa edificada sobre la roca, el ser humano necio a una casa edificada sobre la arena. La permanencia de las edificaciones depende del fundamento elegido. Los fenómenos metereológicos, las dificultades a la permanencia afectan a una y a otra pero causan distintos efectos en cada una de ellas.

Igualmente el ser humano prudente y el necio tienen un elemento común: la posibilidad de oír las palabras de Jesús. Pero su elección es diferente, según la práctica escogida. El primero adecua su actuación a ellas, el segundo no las toma en consideración para sus obras. Y conforme a esa elección la vida se encamina hacia su realización plena o hacia su frustración. El mensaje de Jesús, oído y aceptado se convierte en criterio fundamental para juzgar la validez de la existencia. La permanencia de las acciones sólo puede brotar desde una fidelidad al querer de Dios, manifestada plena y definitivamente en las palabras y acciones de Jesús.

La gravedad de la decisión invita a tomar en serio el sermón de la montaña pronunciado y vivido por Jesús durante toda su vida.


 

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