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Cirilo
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21No basta decirme: «¡Señor, Señor!», para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo. 22Aquel día muchos me dirán: «Señor, Señor, ¡si
hemos profetizado en tu nombre y echado demonios en tu nombre y hecho
muchos prodigios en tu nombre!» 23Y entonces yo les declararé:
«Nunca os he conocido. ¡Lejos de mí los que practicáis la
iniquidad!» 24En resumen: Todo aquel que escucha estas palabras
mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa
sobre roca. 25Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los
vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba
cimentada en la roca. 26Y todo aquel que escucha estas palabras mías pero
no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena.
27Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos,
embistieron contra la casa y se hundió. ¡Y qué hundimiento tan
grande! 28Al terminar Jesús este discurso, las multitudes estaban impresionadas de su enseñanza, 29porque les enseñaba con autoridad, no como sus letrados. |
vv. 21-23. De nuevo, en otro sentido, el
primado de las obras sobre las palabras. No basta el devoto reconocimiento de
Jesús, hay que vivir cumpliendo el designio del Padre del cielo (cf. 12,50). La
adición «del cielo» y el término «designio» ponen este aviso en relación con la
primera parte del Padrenuestro (6,9s), que, a su vez, remite a la práctica de
las bienaventuranzas. Jesús no quiere discípulos que cultiven sólo la relación
con él, sino seguidores que, unidos a él, trabajen por cambiar la situación de
la humanidad.
Después de enunciar el principio afirma
Jesús que serán muchos los que «aquel día», el que nadie conoce (25,13), lo
llamarán «Señor, Señor», aduciendo sus obras para encontrar acogida. Las obras
que se citan: «haber profetizado», «haber expulsado demonios» y «haber
realizado milagros», fueron hechas «por/con su nombre», es decir, invocando la
autoridad de Jesús. Este, sin embargo, no las acepta; considera esas obras,
no solamente sin valor, sino como propias de malhechores. El término anomia, iniquidad, es el que Jesús
aplica a los letrados y fariseos hipócritas (23,28), y la frase de rechazo se
encuentra en Sal 6,9, donde los malhechores son los que oprimen al justo y
le procuran la muerte. Esta perícopa, en cuanto a su sentido, no está lejos de
la anterior (15-20). Estos que cumplen acciones extraordinarias y que llevan en
sus labios el nombre del Señor, tienen una actividad que, aunque aparentemente
laudable, es en realidad inicua, porque no nace del amor ni tiende a construir
la humanidad nueva según el designio del Padre (21). El semitismo «Nunca os he
conocido» es una fórmula de rechazo total; equivale a decir que esas
personas no significan nada para el que habla (cf.
25,12).
vv. 24-29. El discurso termina con una
parábola compuesta de dos miembros contrapuestos. Jesús habla de dos clases de
hombres que han oído el discurso precedente. La diferencia entre ellos se centra
en llevar o no llevar a la práctica la doctrina escuchada. «La casa» que
pertenece al hombre («su casa») representa al hombre mismo. El éxito de su
vida y la capacidad para mantenerse firme a través de los desastres, que pueden
identificarse con las persecuciones, depende de que su vida tenga por cimiento
una praxis acorde con el mensaje de Jesús, cuyo punto culminante han sido las
bienaventuranzas. Se descubre una alusión a los individuos retratados en la
perícopa anterior (21-23). Jesús ha hablado como maestro; su doctrina
expresa el designio del Padre sobre los hombres (7,21). Toca al hombre no sólo
entenderla, sino llevarla a la práctica. De ello depende el éxito o la
ruina de su propia vida.
Las multitudes que lo habían seguido antes
de comenzar el discurso han escuchado la exposición de Jesús y su reacción
es de asombro. Acostumbrados a la enseñanza de los letrados, que repetían la
doctrina tradicional apoyándose en la autoridad de los antiguos doctores, notan
en Jesús una autoridad diferente. No se apoya en la tradición; expone su
doctrina interpretando, corrigiendo o anulando las antiguas prescripciones.
La alusión a los letrados, mencionados en el discurso, es polémica. Ante la
enseñanza de Jesús, la de los letrados ha perdido su autoridad. Lo que ellos
proponían como tradición divina deja de aparecer tal a los ojos de las
multitudes que han escuchado a Jesús. La doctrina oficial cae en el
descrédito.
Se cierra el contexto del discurso
mencionando que grandes multitudes siguen a Jesús después de su enseñanza, en
paralelo con las que lo siguieron hasta el lugar del discurso (4,25; 5,1). La
enseñanza tan nueva y radical de Jesús no ha hecho disminuir su
popularidad.
COMENTARIO 2
La
fórmula final del pasaje “después de haber acabado Jesús estos discursos” (v.
28) se reproduce con más o menos variantes en 11, 1; 13, 53; 19, 1 y 26, 1 y
siempre aparece como la conclusión de largas enseñanzas colocadas
precedentemente a cada uno de esos versículos. Después de ella los textos pasan
a describir la actuación de Jesús, prolongación de sus palabras.
De
esta forma se resalta la necesidad de una palabra que termine en la vida. Sin
esta meta la palabra queda incompleta. Como señala el v. 29 la autoridad de la
palabra de Jesús surge de su concreción en la realidad por medio de actos
coherentes. En ello está la diferencia fundamental con la enseñanza de los
escribas.
Lo
afirmado respecto a Jesús vige también para cada persona humana, para cada uno
de los miembros de la comunidad, y más particularmente, para todo aquel que en
ella asume funciones relacionadas con la transmisión de la enseñanza de su
Maestro.
Los
vv. 21-27, por tanto, señalan la necesidad de dar paso a las acciones en la
aceptación del designio divino más allá de su aceptación en las
palabras.
Los
vv. 21-23, primeramente, dirigen la atención a los integrantes de la comunidad
poseedores de carismas importantes en la transmisión del mensaje de Jesús. Se
trata de personas que invocan a Jesús como Señor y que en su Nombre han sido
capaces de realizar acciones proféticas, exorcismos y milagros. Sin embargo, la
invocación y la pretendida comunión con Dios en dichas obras no bastan para la
“entrada en el Reino de los cielos”. Las palabras y obras mencionadas son
insuficientes sin la adecuación a la voluntad divina. Esa insuficiencia
convierte a ese tipo de personas en “operarios de iniquidad” y, por ello, el
término de su actuación es la sanción por parte de Jesús del desconocimiento y
la separación.
De
allí la exhortación a la realización de dicha voluntad en una vida que tiene
como base la actuación de la enseñanza de Jesús en todo el sermón de la montaña.
La vida humana tiene ante sí dos posibilidades que pueden describirse a partir
de dos tipos de construcción. Estos dependen del fundamento sobre el cual cada
uno de los seres humanos realiza su existencia y, de esa forma, muestra su
sabiduría o su necedad.
El
ser humano prudente es comparado a una casa edificada sobre la roca, el ser
humano necio a una casa edificada sobre la arena. La permanencia de las
edificaciones depende del fundamento elegido. Los fenómenos metereológicos, las
dificultades a la permanencia afectan a una y a otra pero causan distintos
efectos en cada una de ellas.
Igualmente
el ser humano prudente y el necio tienen un elemento común: la posibilidad de
oír las palabras de Jesús. Pero su elección es diferente, según la práctica
escogida. El primero adecua su actuación a ellas, el segundo no las toma en
consideración para sus obras. Y conforme a esa elección la vida se encamina
hacia su realización plena o hacia su frustración. El mensaje de Jesús, oído y
aceptado se convierte en criterio fundamental para juzgar la validez de la
existencia. La permanencia de las acciones sólo puede brotar desde una fidelidad
al querer de Dios, manifestada plena y definitivamente en las palabras y
acciones de Jesús.
La
gravedad de la decisión invita a tomar en serio el sermón de la montaña
pronunciado y vivido por Jesús durante toda su vida.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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