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Ireneo
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8 1Y al bajar del monte lo siguieron grandes multitudes. 2En esto se le acercó un leproso, y se puso a
suplicarle: -Señor, si quieres puedes
limpiarme. 3Extendió la mano y lo tocó
diciendo: -¡Quiero, queda limpio! Y enseguida quedó limpio de la
lepra. 4Jesús le dijo: -Cuidado con decírselo a nadie; en cambio, ve a
presentarte al sacerdote y ofrece el donativo que mandó Moisés como prueba
contra ellos. |
vv. 1-4. Esta escena está separada de la
anterior, como lo muestra la orden de Jesús al leproso: «Cuidado con decírselo a
nadie», que resultaría imposible de colocar en un contexto de multitudes que
siguen a Jesús (8,1). El leproso es el prototipo del marginado. La lepra, en sus
múltiples Variedades de erupciones de la piel, además de ser repelente por su
apariencia, era considerada como causante de impureza religiosa; es decir, el
hombre afectado de tal enfermedad no podía tener acceso a Dios. En
Jerusalén, lugar del templo y del culto oficial, no tenían entrada los
leprosos, que habrían impurificado la ciudad santa. Les estaba prohibido
acercarse a los sanos. Este hombre, sin embargo, ve en Jesús la posibilidad de
salir de su marginación y, contra lo que estaba mandado, toma la iniciativa y se
acerca a Jesús, esperando de él la curación.
El término que usa, «limpiarse», tenía una
triple acepción: 1) materialmente limpio o sucio; 2) médicamente limpio (de piel
sana) o sucio (leproso); 3) religiosamente limpio/puro o sucio/impuro (aceptado
o rechazado por Dios). Solamente las sacerdotes, mediante ritos en el templo,
podían declarar al hombre libre de la impureza religiosa después de constatar su
curación física. Al acercarse a Jesús, el leproso le pide sencillamente la
salud.
Un israelita observante habría expresado su
rechazo por el leproso, distanciándose de él por temor a contraer impureza.
La Ley prohibía tocar a una persona impura (Lv 5,3), pues su contacto
transmitía impureza (cf. Nm 5,2); según ella, Dios sancionaba la
marginación. En lugar de rechazar al hombre, Jesús lo toca, violando la Ley;
muestra así que en nombre de Dios no se puede marginar al hombre. El resultado
no es que Jesús quede impuro, sino que el leproso queda limpio. La violación de
la Ley ha permitido la curación del hombre; la Ley era el obstáculo que impedía
la relación humana y la relación con Dios. Jesús distingue entre la impureza
física (la enfermedad) y la religiosa, y no acepta la segunda. La enfermedad no
separa al hombre de Dios, porque no viene de él ni es efecto de un castigo
divino o maldición, como se pensaba en el judaísmo. Jesús no quiere que se
divulgue la noticia. Recomienda al hombre que cumpla con los ritos de
purificación, para que conste oficialmente su curación y pueda ser aceptado
por la sociedad en que vive.
Jesús distingue, pues, dos aspectos de la
Ley: uno religioso, que él no acepta ni respeta; otro social, como código de
costumbres que organiza una comunidad humana; como tal, manda respetarla, para
hacer posible la integración del hombre en su medio. Con su acción niega Jesús
el valor religioso de las prescripciones de la Ley y relativiza las
instituciones israelitas.
Este episodio puede relacionarse con el
compendio hecho por Jesús de la moral del AT (7,12). Si la conducta prescrita
por la Escritura puede resumirse en el buen comportamiento con los demás,
caen por tierra todos los preceptos rituales. Nótese que antes del discurso no
se mencionan leprosos entre los enfermos curados por Jesús
(4,24).
El leproso es figura de todo marginado por motivo
religioso. De ahí el episodio siguiente.
COMENTARIO 2
El
sentido de las palabras con autoridad, pronunciadas en la montaña, se concretan
en las acciones realizadas con autoridad relatadas en los cc. 8-9. Las acciones
poderosas de estos capítulos pertenecen a dos categorías: los “relatos
vocacionales” que muestran el poder de Jesús para suscitar el seguimiento, y las
“señales” (milagros) derivadas del mismo poder, capaces de triunfar sobre los
males, que se agrupan a lo largo de estos capítulos en bloques de tres o cuatro
episodios.
En
el primero de esos bloques se relata sucesivamente tres curaciones de las que
son beneficiarios un enfermo de lepra, el siervo de un centurión y la suegra de
Pedro cuyo sentido se consigna en 8, 17: “Él tomó nuestras dolencias y quitó
nuestras enfermedades”.
La
categoría a la que pertenecen los curados revela el carácter universal de la
acción de Jesús. Sucesivamente se presenta a un judío (debe presentarse al
sacerdote), a un pagano (miembro de la casa de uno de los miembros de las tropas
de ocupación), a un miembro de la comunidad eclesial (la suegra cuyo yerno que
en Mc y Lc es Simón aquí recibe su nombre eclesial de
Pedro).
El
primero de los milagros, relatado en 8, 1-4 se presenta en íntima conexión con
el sermón de la montaña gracias a la circunstancia descripta en el v.1: “Al
bajar del monte”. Como todo relato de milagro es la verificación del poder de
Jesús como mensajero de Dios. El beneficiario en este caso, como en repetidos
pasajes del relato evangélico, es un enfermo de lepra.
La
naturaleza de la enfermedad ha colocado a la persona al margen de la vida social
del pueblo. Las enfermedades de piel, normalmente consideradas como lepra,
habían dado origen a una complicada legislación, uno de cuyos puntos
fundamentales era el aislamiento del enfermo. En torno a este caso, como en
otros casos semejantes en que la enfermedad puede suscitar una cierta
repugnancia, surgen tabús y prejuicios a lo largo de toda la historia
humana.
Jesús
se aparta decididamente de estos prejuicios. Deja acercarse al leproso (v. 2) y
lo toca (v. 3) colocándose así El mismo en situación de impureza. Frente a la
ecuación de enfermedad, pecado, demonio, presente en el pensamiento de sus
contemporáneos, Jesús considera la enfermedad como un signo y no como
consecuencia de la existencia del pecado en el mundo. Por ello no teme el
contacto con el enfermo, más aún presenta ese contacto como la única forma de
actuación del Reino.
Esta
palabra poderosa de Jesús enmarca el Reino como superación de toda marginación.
Por ello el leproso debe ir a presentarse al sacerdote para que sean reconocidos
sus derechos de plena reintegración al pueblo.
Jesús
revela la salvación mesiánico ligada a la actuación del Servidor sufriente. El,
considerado como pecador, llevaba sobre sí los pecados causados por el egoísmo
de los seres humanos. Entrando en íntima comunión con un enfermo de lepra, Jesús
muestra que el auténtico camino de salvación sólo puede realizarse en la
superación de toda marginación. De esa forma, se señala también el camino que
deberá recorrer todo discípulo llamado a su seguimiento.
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