Viernes 28
de junio de 2001

Ireneo 

 

COMENTARIOS

  1. J. Mateos-F. Camacho El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid
  2. Diario Bíblico . Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica), distribuido en España por Ediciones El almendro, Córdoba


EVANGELIO
Mateo 8, 1-4
(trad. Juan Mateos , Nuevo Testamento , Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987)

8  1Y al bajar del monte lo siguieron grandes multitudes.

2En esto se le acercó un leproso, y se puso a suplicarle:

-Señor, si quieres puedes limpiarme.

3Extendió la mano y lo tocó diciendo:

-¡Quiero, queda limpio!

Y enseguida quedó limpio de la lepra.

4Jesús le dijo:

-Cuidado con decírselo a nadie; en cambio, ve a presentarte al sacerdote y ofrece el donativo que mandó Moisés como prueba contra ellos.

          

  

COMENTARIO 1


vv. 1-4. Esta escena está separada de la anterior, como lo muestra la orden de Jesús al leproso: «Cuidado con decírselo a nadie», que resultaría imposible de colocar en un contexto de multitudes que siguen a Jesús (8,1). El leproso es el prototipo del marginado. La lepra, en sus múltiples Variedades de erupciones de la piel, además de ser repelente por su apariencia, era considerada como causante de impureza religiosa; es decir, el hombre afectado de tal enfer­medad no podía tener acceso a Dios. En Jerusalén, lugar del tem­plo y del culto oficial, no tenían entrada los leprosos, que habrían impurificado la ciudad santa. Les estaba prohibido acercarse a los sanos. Este hombre, sin embargo, ve en Jesús la posibilidad de salir de su marginación y, contra lo que estaba mandado, toma la iniciativa y se acerca a Jesús, esperando de él la curación.

El término que usa, «limpiarse», tenía una triple acepción: 1) materialmente limpio o sucio; 2) médicamente limpio (de piel sana) o sucio (leproso); 3) religiosamente limpio/puro o sucio/impuro (aceptado o rechazado por Dios). Solamente las sacerdotes, mediante ritos en el templo, podían declarar al hombre libre de la impureza religiosa después de constatar su curación física. Al acercarse a Jesús, el leproso le pide sencillamente la salud.

Un israelita observante habría expresado su rechazo por el le­proso, distanciándose de él por temor a contraer impureza. La Ley prohibía tocar a una persona impura (Lv 5,3), pues su con­tacto transmitía impureza (cf. Nm 5,2); según ella, Dios sancio­naba la marginación. En lugar de rechazar al hombre, Jesús lo toca, violando la Ley; muestra así que en nombre de Dios no se puede marginar al hombre. El resultado no es que Jesús quede impuro, sino que el leproso queda limpio. La violación de la Ley ha permitido la curación del hombre; la Ley era el obstáculo que impedía la relación humana y la relación con Dios. Jesús distingue entre la impureza física (la enfermedad) y la religiosa, y no acepta la segunda. La enfermedad no separa al hombre de Dios, porque no viene de él ni es efecto de un castigo divino o maldición, como se pensaba en el judaísmo. Jesús no quiere que se divulgue la noticia. Recomienda al hombre que cumpla con los ritos de puri­ficación, para que conste oficialmente su curación y pueda ser aceptado por la sociedad en que vive.

Jesús distingue, pues, dos aspectos de la Ley: uno religioso, que él no acepta ni respeta; otro social, como código de costumbres que organiza una comunidad humana; como tal, manda respetarla, para hacer posible la integración del hombre en su medio. Con su acción niega Jesús el valor religioso de las prescripciones de la Ley y relativiza las instituciones israelitas.

Este episodio puede relacionarse con el compendio hecho por Jesús de la moral del AT (7,12). Si la conducta prescrita por la Es­critura puede resumirse en el buen comportamiento con los demás, caen por tierra todos los preceptos rituales. Nótese que antes del discurso no se mencionan leprosos entre los enfermos curados por Jesús (4,24).

El leproso es figura de todo marginado por motivo religioso. De ahí el episodio siguiente.

 

COMENTARIO 2  


El sentido de las palabras con autoridad, pronunciadas en la montaña, se concretan en las acciones realizadas con autoridad relatadas en los cc. 8-9. Las acciones poderosas de estos capítulos pertenecen a dos categorías: los “relatos vocacionales” que muestran el poder de Jesús para suscitar el seguimiento, y las “señales” (milagros) derivadas del mismo poder, capaces de triunfar sobre los males, que se agrupan a lo largo de estos capítulos en bloques de tres o cuatro episodios.

En el primero de esos bloques se relata sucesivamente tres curaciones de las que son beneficiarios un enfermo de lepra, el siervo de un centurión y la suegra de Pedro cuyo sentido se consigna en 8, 17: “Él tomó nuestras dolencias y quitó nuestras enfermedades”.

La categoría a la que pertenecen los curados revela el carácter universal de la acción de Jesús. Sucesivamente se presenta a un judío (debe presentarse al sacerdote), a un pagano (miembro de la casa de uno de los miembros de las tropas de ocupación), a un miembro de la comunidad eclesial (la suegra cuyo yerno que en Mc y Lc es Simón aquí recibe su nombre eclesial de Pedro).

El primero de los milagros, relatado en 8, 1-4 se presenta en íntima conexión con el sermón de la montaña gracias a la circunstancia descripta en el v.1: “Al bajar del monte”. Como todo relato de milagro es la verificación del poder de Jesús como mensajero de Dios. El beneficiario en este caso, como en repetidos pasajes del relato evangélico, es un enfermo de lepra.

La naturaleza de la enfermedad ha colocado a la persona al margen de la vida social del pueblo. Las enfermedades de piel, normalmente consideradas como lepra, habían dado origen a una complicada legislación, uno de cuyos puntos fundamentales era el aislamiento del enfermo. En torno a este caso, como en otros casos semejantes en que la enfermedad puede suscitar una cierta repugnancia, surgen tabús y prejuicios a lo largo de toda la historia humana.

Jesús se aparta decididamente de estos prejuicios. Deja acercarse al leproso (v. 2) y lo toca (v. 3) colocándose así El mismo en situación de impureza. Frente a la ecuación de enfermedad, pecado, demonio, presente en el pensamiento de sus contemporáneos, Jesús considera la enfermedad como un signo y no como consecuencia de la existencia del pecado en el mundo. Por ello no teme el contacto con el enfermo, más aún presenta ese contacto como la única forma de actuación del Reino.

Esta palabra poderosa de Jesús enmarca el Reino como superación de toda marginación. Por ello el leproso debe ir a presentarse al sacerdote para que sean reconocidos sus derechos de plena reintegración al pueblo.

Jesús revela la salvación mesiánico ligada a la actuación del Servidor sufriente. El, considerado como pecador, llevaba sobre sí los pecados causados por el egoísmo de los seres humanos. Entrando en íntima comunión con un enfermo de lepra, Jesús muestra que el auténtico camino de salvación sólo puede realizarse en la superación de toda marginación. De esa forma, se señala también el camino que deberá recorrer todo discípulo llamado a su seguimiento.


 

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