|
Pedro y Pablo, apóstoles
|
|
COMENTARIOS |
|
|
|
|
13Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el
Hombre? 14Contestaron ellos: -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros
que Jerernías o uno de los profetas. 15El les pregunto: -Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo? 16Simón Pedro tomó la palabra y
dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios
vivo. 17Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo. 18Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad y el poder de la muerte no la derrotará. 19Te daré las llaves del reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. |
v. 13: Al llegar a la región de Cesarea de Filipo,
Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del
hombre?
El paso a la parte pagana del lago (16,5)
tenía por objeto salir del territorio judío. Cesarea de Filipo era la capital
del territorio gobernado por este tetrarca, hermano de Herodes Antipas (cf.
Lc 3,1). Para proponer a sus discípulos la cuestión de su identidad, Jesús
los saca del territorio donde reina la concepción del Mesías
davídico.
Primera pregunta: cuál es la opinión de la
gente (los hombres) sobre Jesús («el Hijo del hombre»). El Hijo del hombre es el
portador del Espíritu de Dios (cf. 3,16s); por contraste, «los hombres» en
general son los que no están animados por ese Espíritu, los que no
descubren la acción divina en la realidad de Jesús.
«El Hijo del hombre/este Hombre» es una
expresión que se refiere claramente a Jesús, en paralelo con la primera persona
(«yo») de la pregunta siguiente (15). Este pasaje muestra con toda evidencia que
Mt no interpreta «el Hijo del hombre» como un título mesiánico. Resultaría
ridículo que Jesús, cuando va a proponer a los discípulos la pregunta decisiva,
les dé la solución por adelantado; incomprensible sería, además, la
declaración de que Pedro había recibido tal conocimiento por revelación del
Padre (17), si Jesús mismo se lo había dicho antes.
v. 14: Contestaron ellos: -Unos que Juan Bautista,
otros que Elías, otros que Jerernías o uno de los
profetas.
La gente asimila a Jesús a personajes
conocidos del AT: una reencarnación de Juan Bautista (cf. 14,2) o Elías, cuyo
retorno estaba anunciado por Mal 3,23; Eclo 48,10. En todo caso, ven en Jesús
una continuidad con el pasado, un enviado de Dios como los del AT. No
captan su condición única ni su originalidad. No descubren la novedad del Mesías
ni comprenden, por tanto, su figura.
v. 15: El les pregunto: -Y vosotros, ¿quién decís
que soy yo?
Pregunta a los discípulos, que han
acompañado a Jesús en su actividad y han recibido su enseñanza. Simón Pedro
(nombre más sobrenombre por el que era conocido, cf. 4,18; 10,2) toma la
iniciativa y se hace espontáneamente el portavoz del
grupo.
Las palabras de Pedro son una perfecta
profesión de fe cristiana. Mt no se contenta con la expresión de Mc 8,29:
«Tú eres el Mesías», que Jesús rechaza por reflejar la concepción popular del
mesianismo (cf. Lc 9,20: «el Mesías de Dios» «el Ungido por Dios»). La expresión de
Mt la completa, oponiendo el Mesías Hijo de Dios (cf. 3,17; 17,5) al Mesías hijo
de David de la expectación general.
«Hijo» se es no sólo por haber nacido de
Dios, sino por actuar como Dios mismo. «El hijo de Dios» equivale a la fórmula
«Dios entre nosotros» (1,23).
«Vivo» (cf. 2 Re 19A.16 [LXX], Is 37, 4.17;
Os 2,1; Dn 6,21) opone el Dios verdadero a los ídolos muertos; significa el que
posee la vida y la comunica: vivo y vivificante, Dios activo y salvador (Dt
5,26; Sal 84,3; Jr 5,2). También el Hijo es, por tanto, dador de vida y vencedor
de la muerte.
vv. 16-17: Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres
el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo
de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre
del cielo.
A la profesión de fe de Simón Pedro
responde Jesús con una bienaventuranza. Llama a Pedro por su nombre: «Simón».
«Bar-Jona» puede ser su patronímico: hijo de Jonás; se ha interpretado
también como «revolucionario», en paralelo con Simón el Fanático o zelota
(10,4). Jesús declara dichoso a Simón por el don recibido. Es el Padre de Jesús
(correspondencia con «el Hijo de Dios vivo») quien revela a los hombres la
verdadera identidad de éste. Es el Padre quien revela el Hijo a la gente
sencilla y el Hijo quien revela al Padre.
Pedro pertenece a la categoría de los
sencillos, no a la de los sabios y entendidos, y ha recibido esa revelación. Es
decir, los discípulos han aceptado el aviso de Jesús de no dejarse
influenciar por la doctrina de los fariseos y saduceos (16,12) y están en
disposición de recibir la revelación del Padre, es decir, de comprender el
sentido profundo de las obras de Jesús, en particular de lo expresado en
los episodios de los panes (cf. 16,9s). Han comprendido que su mesianismo no
necesita más señales para ser reconocido. La revelación del Padre no es,
por tanto, un privilegio de Pedro; está ofrecida a todos, pero sólo los
«sencillos» están en disposición de recibirla. Se refiere al sentido de la
obra mesiánica de Jesús.
«Mi Padre del cielo» está en paralelo con
«Padre nuestro del cielo» (6,9). Los que reciben del Padre la revelación sobre
Jesús son los que ven en Jesús la imagen del Padre (el Hijo), y los que reciben
de Jesús la experiencia de Dios como Padre (bautismo con Espíritu Santo) pueden
invocarlo como tal.
v. 18: Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre
esa roca voy a edificar mi comunidad y el poder de la muerte no la
derrotará.
Jesús responde a la profesión de fe de
Pedro (16: «Tú eres»; 18: «Ahora te digo yo: Tú eres»). Lo mismo que, en la
declaración de Pedro, «Mesías» no es un nombre, sino indica una función,
así «Piedra» en la declaración de Jesús.
Hay en ella dos términos, «piedra» y
«roca», que no son equivalentes. En griego, petros es nombre común, no propio, y
significa una piedra que puede moverse e incluso lanzarse (2 Mac 1,16; 4,41:
piedras que se arrojan). La «roca», en cambio, gr. petra, es símbolo de la firmeza
inconmovible. En este sentido usa Mt el término en 7,24.25, donde constituye el
cimiento de «la casa», figura del hombre mismo.
De hecho, los pasajes de 7,24s y 16,16-18
están en paralelo. En el primero se trata de la vida individual del seguidor de
Jesús; en el segundo, de la vida de su comunidad. La primera se concibe como una
casa; la segunda, como una ciudad (iglesia) (cf. 27,53), es decir, como una
sociedad humana.
En este pasaje expone Mt su tratado sobre
la fe en Jesús. Esta es la que permite la construcción de una sociedad humana
nueva, la «iglesia de Jesús» o Israel mesiánico (cf. ekklesía, la asamblea del Señor del
antiguo Israel, Dt 23,2-4; Jue 20,2), que equivale al reinado de Dios en la
tierra, al reino del Hombre (13,41). Su base inamovible es la fe en Jesús como
Mesías hijo de Dios vivo. Todo el que dé tal adhesión a Jesús será «piedra»
utilizable para la construcción de la ciudad.
«El poder de la muerte», lit. «las puertas
del Abismo», o reino de la muerte. Se representa el reino de la muerte como una
ciudad rival, como una plaza fuerte con puertas que representan su poder y que
combate la obra de Jesús (cf. Is 38,10; Job 38,17; Sal 9,14; 107,18; Sab 16,13).
«No la derrotará» indica la victoria sobre la muerte, la indefectibilidad de la
ciudad de Jesús, la permanencia del reino de Dios; pero no solamente en su etapa
terrestre, sino incluso a través de la muerte misma, Jesús es el dador de vida
(«el Hijo de Dios vivo») y su obra no puede estar sujeta a la muerte. Se
refleja aquí el contenido de la última bienaventuranza, que anunciaba la
persecución para los que son fieles a la opción propuesta por Jesús (5,10s).
También otros pasajes, por ej., el ya citado de 7,24s y el de 10,28, sobre no
temer a los que pueden matar el cuerpo.
v. 19: Te daré las llaves del reino de Dios; así,
lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la
tierra quedará desatado en el cielo.
. Con dos imágenes paralelas se describen
ciertas funciones de los creyentes. En la primera, el reino de Dios se
identifica con la iglesia o comunidad mesiánica. Continúa la imagen de la ciudad
con puertas. Los creyentes, representados por Pedro, tienen las llaves, es
decir, son los que abren o cierran, admiten o rechazan (cf. Is 22,22). Se opone
esta figura a la que Jesús utilizará en su denuncia de los fariseos (23,13),
quienes cierran a los hombres el reino de Dios. La misión de los discípulos es
la opuesta: abrirlo a los hombres.
Sin embargo, no todos pueden ser admitidos,
o no todos pueden permanecer en él, y esto se explicita en la frase siguiente.
«Atar, desatar» se refiere a tomar decisiones en relación con la entrada o no en
el reino de Dios. La expresión es rabínica. Procede de la función judicial, que
puede mandar a prisión y dejar libre. Los rabinos la aplicaron a la explicación
de la Ley con el sentido de declarar algo permitido o no permitido. Pero, en
este pasaje, el paralelo con las llaves muestra que se trata de acción, no de
enseñanza.
El pasaje no está aislado en Mt. Su
antecedente se encuentra en la curación del paralítico, donde los espectadores
alababan a Dios «por haber dado tal autoridad a los hombres» (9,8). La
«autoridad» de que habla el pasaje está tipificada en Jesús, el que tiene
autoridad para cancelar pecados en la tierra (9,6). Esa misma es la que
transmite a los miembros de su comunidad («desatar»). Se trata de borrar el
pasado de injusticia permitiendo al hombre comenzar una vida nueva en la
comunidad de Jesús. Otro pasaje que explica el alcance de la autoridad que Jesús
concede se encuentra en 18,15-18. Se trata allí de excluir a un miembro de la
comunidad («atar») declarando su pecado.
Resumiendo lo dicho: Simón Pedro, el
primero que profesa la fe en Jesús con una fórmula que describe perfectamente su
ser y su misión, se hace prototipo de todos los creyentes. Con éstos, Jesús
construye la nueva sociedad humana, que tiene por fundamento inamovible esa
fe. Apoyada en ese cimiento, la comunidad de Jesús podrá resistir todos los
embates de las fuerzas enemigas, representadas por los perseguidores. Los
miembros de la comunidad pueden admitir en ella (llaves) y así dar a los
hombres que buscan salvación la oportunidad de encontrarla; pueden también
excluir a aquellos que la rechazan. Sus decisiones están refrendadas por
Dios mismo.
COMENTARIO 2
La
fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo ofrece la ocasión para reflexionar, a
partir del texto evangélico propuesto, sobre la confesión de fe como forma de
construcción de la Iglesia.
El
relato consta de una doble pregunta de Jesús a sus discípulos con su
correspondiente respuesta (vv. 13-16) y de la bienaventuranza de Simón (vv.
17-19).
Las
preguntas y respuestas sirven para la separación de dos categorías de personas,
según la evaluación que hagan sobre Jesús. De una parte tenemos a la “gente”, de
la otra a “los discípulos”. La gente o “los seres humanos” no captan el sentido
auténtico de la actividad de Jesús. Su opinión lo coloca en continuidad con
personajes del pasado: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas.
Como Herodes en Mt 14, 2 esta valoración puede estar entremezclada de elementos
desfavorables.
Por
el contrario los discípulos, de quienes Pedro es portavoz, han captado el
verdadero significado de la actuación de Jesús. No solamente confiesan que es el
Mesías esperado sino también que su mesianismo se origina en su filiación
divina, condición que le posibilita transmitir la Vida de Dios, a diferencia de
los ídolos muertos. El “Hijo de Dios vivo” se ha hecho presente en la vida de la
humanidad, en una comunidad que lo reconoce el “Dios con nosotros” (cf Mt 1, 23;
28, 20).
Este
reconocimiento recibe, a su vez, la proclamación de felicidad y dicha que hace
Jesús respecto a sus seguidores de los que Pedro, gracias a su fe, se ha
convertido en prototipo e imagen. Frente a la opinión de la gente, Pedro ha
aceptado la revelación del Padre a los sencillos y
humildes.
La
originalidad de su confesión hace de Pedro y de sus compañeros, mensajeros de la
fe en medio de un mundo hostil. Más allá de la historicidad sobre el nombre de
su padre (aquí, hijo de Jonás, en Juan 21, 15 hijo de Juan), en él se pueden
detectar los rasgos de Jonás, el profeta que debió llevar la Palabra de Dios a
la ciudad hostil y que, en ese intento, corrió el riesgo de ser sumergido en el
mar (cf.14, 30) y fue liberado de ese peligro mortal (cf. 14,
31).
En
la Asamblea del desierto, Moisés recibió de Dios el don de la Ley (Dt 9, 10; 10,
4 etc.). Aquí el discípulo recibe el don de la fe en Jesús que lo convierte en
elemento apto para la edificación de una nueva Asamblea, el Israel mesiánico
constituida en torno a Jesús como la Asamblea del desierto se constituía en
torno a Moisés.
Se
realiza entonces para la comunidad lo que se realizaba en el individuo sensato
que ha colocado su cimiento sobre la roca de las palabras de Jesús (Mt 7,
24-25). Los discípulos que adhieren a Jesús construyen una ciudad inconmovible,
a la que no pueden derrotar las fuerzas de la Muerte o del
Abismo.
Se
crea de esta forma un espacio inexpugnable frente a las potencias del mal, en el
que los discípulos no son sólo cimiento sino también administradores: A ellos se
les han consignado las llaves y a ellos se les consigna la función judicial de
tomar la decisión de aceptar o no la entrada a aquella ciudad: “Atar o desatar”.
Esta fórmula quiere significar una participación de la comunidad en la autoridad
de Jesús.
La
proclamación de la fe en Jesús por parte de Pedro, prototipo de los creyentes,
es el cimiento inconmovible capaz de superar los embates de las fuerzas del Mal
actuantes en la historia humana. Los que la proclaman pueden ofrecer asilo
acogedor a quienes están amenazadas por aquellas fuerzas. Pueden también negar
ese asilo a los que rechazan el designio salvífico.
FUNDACIÓN ÉPSILON
www.elalmendro.org
epsilon@elalmendro.org