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DÉCIMO TERCER DOMINGO
DE TIEMPO ORDINARIO Adolfo Evangelio : Mateo 10, 37-42 Primera lectura: 2Reyes 4,8-11.14-16a
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COMENTARIOS
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37E1 que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39E1 que ponga al seguro su vida, la perderá, y el
que pierda su vida por causa mía, la pondrá al
seguro. 40E1 que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado. 41E1 que recibe a un profeta en calidad de profeta tendrá recompensa de profeta: el que recibe a un justo en calidad de justo, tendrá recompensa de justo; 42y cualquiera que le dé a beber aunque sea un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por su calidad de discípulo, no se quedará sin recompensa, os lo aseguro. |
¿PAZ? PERO ¿QUE
PAZ?
Mantener la paz entre los hermanos es
algo de mucho valor; sólo que a veces, cuando sale un hermano dominante que
pretende, sin que nadie se lo pida, hacer las ¡unciones del padre y ser él
jefe de la familia, o cuando sale un hermano ambicioso que decide por su
cuenta y riesgo ser él el administrador de los bienes del resto de los hermanos
(cobrándose su trabajo, naturalmente), ¿qué paz es la que se quiere
conservar?
LA RESIGNACION
CRISTIANA
Durante mucho tiempo le hemos estado
echando a Dios la culpa de todos los males del mundo. Se decía que la pobreza y
la riqueza eran situaciones en las que los hombres se encontraban porque
ése era el designio de Dios, designio que decíamos que era inescrutable,
esto es, incomprensible para la mente humana. Y se decía que si los pobres
eran buenos y no se rebelaban contra este inescrutable designio, Dios los
premiaría en la otra vida. Eso sí, como Dios es infinitamente
misericordioso, pues también los ricos serían perdonados de sus
pecadillos, y así, ya en la otra vida, pues ¡todos contentos! Lo que, según
decían, Dios no estaba dispuesto a tolerar -debemos insistir de nuevo- es que
nadie, en un acto de satánica soberbia, se rebelara contra el orden que él,
en su infinita sabiduría, había establecido.
El párrafo anterior puede resultar
exagerado, pero así se ha presentado el evangelio en una etapa no demasiado
lejana de nuestra historia. O, por lo menos, así lo han entendido los pobres
porque así se ha permitido que los pobres lo entendieran. Y presentar o
permitir que se entienda así a Dios es ofenderle; porque es hacerlo
responsable de todas las injusticias, pasadas y presentes, cometidas por los
poderosos de este mundo.
NO PAZ, SINO
ESPADAS
Presentar así a Dios es un tremendo error
que, además, es difícilmente justificable. Porque si hay algo que no se puede
decir de Jesús es que fue un conformista; y si algo está claro que no predicó es
lo que después se ha llamado «resignación cristiana». Valga como prueba el
párrafo con el que empieza el evangelio que comentamos: «No penséis que he
venido a sembrar paz en la tierra; no he venido a sembrar paz, sino
espadas» (Mt 10,34).
Son muchos los que encuentran de difícil
digestión estas palabras que el evangelista pone en boca de Jesús. Tan
difíciles resultan de entender, que en el libro oficial de lecturas de la
misa de los domingos se ha suprimido ese párrafo del evangelio; y el resto
de la lectura ha perdido su pleno y auténtico sentido.
Cierto que, desde la doctrina de la
resignación de la que hablábamos antes, eso de que Jesús ha venido a sembrar
espadas en lugar de paz, es imposible de entender, de explicar... y de
aceptar.
Pero ahí están esas palabras de Jesús, que
hay que aceptar y explicar dentro del contexto del evangelio y, por tanto, de
acuerdo con la bienaventuranza «dichosos los que trabajan por la paz»
(5,9).
LA PAZ DE
CRISTO
Jesús quiere la paz, ¡claro que si! Y la
quiere más que todos los que a lo largo de la historia se han llenado la boca de
paz mientras hacían o fomentaban la guerra y negociaban, llenándose los
bolsillos, con ella.
Jesús quiere la paz, ¡por supuesto!, pero
quiere que la paz sea para todos y que, empezando porque todos tengan en paz el
estómago, permita a todos desarrollarse como personas libres y relacionarse como
hermanos.
Jesús quiere la paz -¿se atrevería alguien
a negarlo? (la verdad: también se han atrevido a negarlo, pues, cuando ha
interesado, han cristianizado la guerra, llamándola «cruzada»,, pero una
paz verdadera: la que nace de la justicia y no la que se intenta simular debajo
de la opresión de los poderosos y del silencio que su prepotencia
impone.
Jesús quiere la paz: ya, en este mundo, sin
tener que esperar a la paz de los cementerios.
Pero la simple pretensión de construir esa
paz, el más pequeño intento de hacerla realidad, levanta la más violenta
oposición de parte de aquellos que llenan sus platos gracias al hambre de
los pobres y asientan sus palacios sobre la resignación de los humillados
de la tierra. Por eso, para construir la paz será necesario luchar por
ella.
LA CRUZ DE LOS QUE
TRABAJAN POR LA PAZ
Y en esa lucha, llevada a cabo con las
armas del amor, pero también las del rigor, la firmeza y la radicalidad (ir a la
raíz de los problemas y dejarse de paños calientes), en esa lucha habrá quienes
se verán enfrentados a los de su misma familia («porque he venido a enemistar al
hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que
los enemigos de uno serán los de su casa»: Mt 10,35; véase Miq 7,6), y
quienes serán considerados herejes o criminales subversivos, dignos de la muerte
en una cruz, o en la hoguera, o en la horca, o en el garrote vil, o en la
silla eléctrica... Y hay que estar dispuestos a cargar con esa cruz: «El que
quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a
su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y
me sigue, no es digno de mí».
Sí. Porque la cruz que Jesús nos invita a
soportar sin odio (ésa es la única resignación verdaderamente cristiana) es
aquella que es consecuencia de nuestra lucha por la paz, aquella que es
consecuencia de haber colocado nuestra lealtad a su proyecto -convertir este
mundo en un mundo de buenos hermanos- por encima de todas las lealtades y
de todos nuestros intereses: de nuestra familia, de nuestra buena fama, de
nuestra propia vida. Y, además -ya lo decíamos el domingo pasado, sin
miedo a la muerte, pues «el que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda
su vida por mí, la encontrará». Y sin miedo a perder la mejor recompensa: el
colmo de la paz, la cercanía del Padre que a todos nos hace hermanos: «El que os
recibe a vosotros, me recibe a mi, y el que me recibe a mi, recibe al que me ha
enviado».
COMENTARIO 2
vv. 37-39: E1 que quiere a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí,
no es digno de mí; 38y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno
de mí.
39E1 que ponga al seguro su vida, la perderá, y el que
pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro.
En este ambiente de división, la primera
lealtad ha de ser para Jesús; no puede uno renunciar a ella por fidelidad a
vínculos familiares. Lo mismo pasa respecto a la sociedad: quien desafía
sus principios será considerado como un criminal digno de muerte. Hay que
aceptar también esa eventualidad.
Enuncia Jesús el principio general con una
paradoja basada en la oposición encontrar-perder. Hallar, encontrar =
apropiarse, hacer suya. «Encontrar» significa reservarse, tener para sí. El
discípulo no debe tener un apego a su persona que lo lleve a reservarse su vida,
debe saber darla. El que se desentiende de la necesidad del mundo y busca
su comodidad o seguridad, ése se pierde. El que se arriesga, ése se encuentra.
Son nuevas formulaciones de la salvación (22.32) y del peligro de perderse
por el miedo (26.28.33).
vv. 40-42: E1 que os recibe a vosotros, me recibe a mi,
y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado. 41E1 que
recibe a un profeta en calidad de profeta tendrá recompensa de profeta: el
que recibe a un justo en calidad de justo, tendrá recompensa de justo;
42y cualquiera que le dé a beber aunque sea un vaso de agua
fresca a uno de estos pequeños por su calidad de discípulo, no se quedará
sin recompensa, os lo aseguro.
La fidelidad de los discípulos los hace ser
portadores, para el que los acoge, de la presencia de Jesús y del Padre (40). La
bendición que obtiene el que los acoge está en proporción con la clase de
acogida que les haga. Acoger significa compartir lo que se tiene con la persona
a quien se acoge; es la generosidad la que da valor a la persona (6,22s). Jesús
se remite al AT; el dicho «quien recibe a un profeta en calidad de profeta
tendrá recompensa de profeta» se refiere a los ejemplos de Elías y Eliseo
narrados en 1 Re 17,9-24 y 2 Re 4,8-37. «La recompensa de profeta» consiste en
el beneficio que se puede recibir de un profeta; paralelamente, «la recompensa
de justo». En cambio, la que se recibe por acoger a un discípulo no es una
«recompensa de discípulo», sino la expresada al principio, la presencia de Jesús
y del Padre con la persona que acoge.
La última afirmación de Jesús presenta una
aparente incongruencia por el paso de la tercera persona a la segunda, que
debería estar incluida en ella: «Quien da de beber a uno de estos pequeños... en
calidad de discípulo.. os lo aseguro.» Lo normal sería que dijese «a uno de
vosotros, que sois pequeños», pues ellos son los doce discípulos de Jesús (10,1;
11,1). Con esto indica Mt que los discípulos no son realmente doce ni se limitan
a los que vivían de hecho con Jesús, sino que esa categoría es más numerosa
y que Jesús habla de toda época. Los doce mencionados por sus nombres
representan a la entera comunidad de Jesús, pero no la agotan. Lo característico
del discípulo es ser «un pequeño», uno que no pretende la grandeza mundana
según el contenido de la primera bienaventuranza
(5,3).
Dar un vaso de agua fresca, en el clima
caliente y seco de Palestina, era una muestra de verdadera
hospitalidad.
COMENTARIO 3
Los
textos de la celebración señalan la necesidad de tomar una decisión a favor o en
contra de Jesús. La misión de Jesús es descrita en términos de tarea profética
que ha implicado siempre, junto al anuncio de un mensaje de salvación, la
denuncia de todo aquello que es incompatible con este
mensaje.
La
primera lectura muestra la íntima asociación que se establece entre Eliseo y la
mujer de Sunem. Al ofrecimiento de hospitalidad por parte de ésta responde la
recompensa de la promesa del nacimiento de un hijo como retribución del profeta.
El salmo recalca el compromiso del amor de Dios respecto de su pueblo y la carta
a los Romanos la profunda comunión con Cristo que crea el bautismo en la
existencia cristiana.
La
misma temática se subraya en el pasaje evangélico en términos de participación
en la recompensa que se establece entre los enviados y los que le ofrecen
hospitalidad.
La
profunda intimidad entre Jesús y su Padre hace que la recepción del primero sea
acogida a Dios mismo. Esta ley se transfiere también a los enviados de Jesús de
modo que éste es recibido en la persona de aquéllos. La identificación que se
realiza por la actuación de acciones hospitalarias produce una participación
plena en el premio prometido a los enviados a los que se acoge. Frente a la ley
de particularización (“privatización”) del salario, propia de aquella y de otras
épocas de la historia humana, Jesús reinvidica la solidaridad indestructible que
crea la acogida de los portadores del mensaje evangélico.
Continuando
su comportamiento respecto a la viuda hospitalaria frente al profeta Eliseo
(primera lectura), Dios se compromete a extender la recompensa del profeta a
todos aquellos que son capaces de ofrecerle hospitalidad movidos por el
reconocimiento de su actuación como Enviado de Dios.
Igual
actitud se revela en la recompensa prometida a la recepción del justo y a todo
aquel que sepa descubrir en la aparente insignificancia personal la condición
del discípulo de Jesús.
Junto
a este anuncio gozoso de recompensa compartida, Mateo insiste de nuevo sobre la
opción por Jesús en el horizonte de rechazo que encontrarán a cada paso los
mensajeros y advierte sobre la necesidad de colocar los valores del Reino por
encima de cualquier otro valor.
Porque
ésta no puede conciliarse con la aceptación del orden existente, según se
señalaba en los versículos precedentes, Jesús señala que el seguimiento debe
colocarse por encima de otra fidelidad, incluso de la que brota de los lazos
naturales de parentesco: paternidad, maternidad o filiación. Su mensaje pone en
cuestión el orden establecido colocando ante la necesidad de una clara opción en
contra de los valores generalmente admitidos en la vida social. De allí que la
paz de Jesús deba definirse muchas veces en contra de las relaciones familiares
ya que produce un profundo cuestionamiento de las relaciones humanas.
Continuando
las palabras de Miq 7, 6, que señalan la división familiar fruto de una actitud
decidida frente a la corrupción de la sociedad (palabras a las que ha citado
precedentemente en los vv. 35-36), Jesús señala que el mensaje en tal contexto
sólo puede producir la división y confrontación. Porque la sociedad en que se
proclama el mensaje está impregnada de violencia, el mensaje cristiano sólo
puede ser entendido como lucha contra esa violencia y, por consiguiente,
frecuentemente será entendido como deslealtad al ordenamiento existente y como
subversión de lo que ese ordenamiento considera como sus
valores.
De
ahí la necesidad de una decisión que puede acarrear incluso la división en la
propia familia, el ámbito más íntimo de la relación social. De esta forma se
indica que la principal lealtad del discípulo de Jesús tiene que comprobarse en
su relación con Éste. La fidelidad al mensaje de Jesús debe colocarse por encima
de toda otra fidelidad, aun la debida a los lazos familiares más cercanos.
Adentrándose
aún más en la existencia del discípulo, el v. 39 contrapone el perder y el
encontrar la vida en una aparente contradicción. El intento de encontrar, hacer
suya , reservar para sí la propia vida, producirá la pérdida de la misma.
Desentenderse de las exigencias del mensaje buscando la comodidad o encubriendo
los conflictos conduce a la ruina personal. Por el contrario, quien es capaz de
arriesgar la vida por Jesús encontrará su realización
plena.
El
mensaje evangélico coloca al discípulo en conflicto irreductible con aquellos
que han construido las relaciones sociales sobre el fundamento del poder, del
prestigio y de las riquezas. Este conflicto puede presentarse aún en su entorno
familiar y en la propia intimidad personal. La fidelidad a Jesús exigirá
constantemente una proclamación que desenmascare el egoísmo, raíz de las
injusticias.
Sin
embargo, la fidelidad a Jesús es capaz de crear nuevos lazos que sustituyan a
los anteriores. La solidaridad en torno a Jesús y a su proyecto acerca y une
indisolublemente a todos los seres humanos de buena voluntad que trabajan por
una sociedad más justa. Los gestos de acogida que se realizan en favor de los
trabajadores evangélicos convierten al que los realiza en operario evangélico.
Las recompensas se comparten. Se ofrece un nuevo horizonte para la humanidad,
fruto del esfuerzo y de la lucha por la justicia.
Participar
en este nuevo horizonte es la recompensa prometida al discípulo y a todos los y
las que se comprometan con Jesús a la construcción de un mundo más humano.
Para
la revisión de vida
Triunfar en
la vida es el deseo de todo ser humano; alcanzar el poder, la fama, la
comodidad, la riqueza es la meta de la mayoría de las personas; pero Jesús nos
avisa: “El que crea ganar su vida la perderá; y el que la pierda por mí, la
encontrara”. ¿Cómo quiero yo triunfar en la vida, al estilo de Jesús o al estilo
del mundo? ¿Me doy cuenta de que son dos estilos absolutamente
irreconciliables?
Para
la reunión de grupo
“El
que se guarde su vida la perderá, y el que la pierda, la ganará”. Esta es una de
las “paradojas” más célebres del Evangelio. Paradoja se llama a una
“contradicción aparente”: la expresión parece encerrar una flagrante
contradicción, y sin embargo no es una contradicción sino una verdad profunda.
Glosar entre todos los miembros del grupo esta paradoja expresada en este
evangelio. ¿A qué llama Jesús “perder” la vida? ¿Y a qué llama “ganarla”? ¿Ese
perder y ese ganar… lo son ante los mismos ojos?
En
Jesús, “tomar la cruz” no se refiere a algo místico, o a los sufrimientos y
penalidades que la vida trae para todos, o a mortificaciones que uno pueda
infligirse a sí mismo… La cruz que hay que esta dispuesto a tomar, según dice
Jesús, para ser su discípulo es otra: la que conlleva el simple hecho de ser
cristiano, o sea, lo que cuesta “vivir y luchar por la Causa de Jesús”, la
persecución que eso pueda acarrear de parte de los interesados en que no triunfe
la Causa de Jesús (que no es otra que el amor, la justicia, la libertad, la
fraternidad…). Compartir entre todos los conceptos adecuados e inadecuados que
hemos solido tener respecto al “tomar la cruz”… ¿Qué es y qué no es “tomar la
cruz”? ¿Qué es y qué no es la “cruz” a la que se refiere
Jesús?…
Para
la oración de los fieles
Por
la iglesia, para que se libere de todo lo que la esclaviza y le impide servir
fielmente a la causa de Jesús. Roguemos al Señor.
Por
los que encuentran obstáculos para seguir a Jesús por causa de su familia, de
sus miedos e indecisiones, de su apego a las riquezas, para que logren vencer
las dificultades. Roguemos...
Por
los pequeños, los pobres, los necesitados, para que encuentren en nosotros a
personas dispuestas a servirles y sacarles de su necesidad.
Roguemos...
Por
todos los bautizados, para que seamos conscientes de nuestra unión con Cristo
muerto y resucitado y así también nos unamos a su trabajo por hacer crecer en el
reino. Roguemos...
Por
todos los pueblos del mundo, para que vivan una paz estable, basada en la
justicia y en el respeto a los demás. Roguemos...
Por
todos los emigrantes, para que sean acogidos con cariño y hospitalidad, y puedan
reunirse pronto con sus familias. Roguemos...
Oración
comunitaria
Te damos
gracias, Padre, por todas las cosas buenas que nos das en la vida, y te pedimos
que fortalezcas nuestros corazones para que pongamos nuestro amor a Ti por
encima de todo lo demás, de modo que sepamos aceptar la Cruz por servir a los
hermanos. Por Jesucristo.
Oh Dios,
misterio profundo que habita en lo hondo del ser humano, y en el corazón de
todos los Pueblos. Tú has revelado a todos los humanos que el amor es valioso
frente al egoísmo, y que, más allá de las ventajas banales del egoísmo, hay
otros valores por los que vale la pena arriesgar, dar y hasta “perder”, porque
en esa pérdida hay una ganancia más honda… Queremos expresarte nuestra decisión
de aclarar nuestra mirada y serenar nuestro corazón, para que nuestra vida esté
construida sobre la opción por los valores que perduran. Tú que vives y haces
vivir por siglos de siglos y milenios de milenios. Amén.
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