Domingo 30
de junio de 2002

DÉCIMO TERCER DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

Adolfo

Evangelio : Mateo 10, 37-42 

Primera lectura: 2Reyes 4,8-11.14-16a
Salmo responsorial: 88, 2-3.16-19
Segunda lectura: Romanos 6,3-4.8-11

 

COMENTARIOS

  1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Seréis dichosos". Ciclo A. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
  2. J. Mateos - F. Camacho, El Evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid.
  3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica). 

 


EVANGELIO
Mateo 10, 37-42
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba, 1987)

37E1 que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí.

39E1 que ponga al seguro su vida, la perderá, y el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro.

40E1 que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado. 41E1 que re­cibe a un profeta en calidad de profeta tendrá recompensa de profeta: el que recibe a un justo en calidad de justo, tendrá recompensa de justo; 42y cualquiera que le dé a be­ber aunque sea un vaso de agua fresca a uno de estos pe­queños por su calidad de discípulo, no se quedará sin re­compensa, os lo aseguro.

 

  COMENTARIO 1


¿PAZ? PERO ¿QUE PAZ?

Mantener la paz entre los hermanos es algo de mucho va­lor; sólo que a veces, cuando sale un hermano dominante que pretende, sin que nadie se lo pida, hacer las ¡unciones del pa­dre y ser él jefe de la familia, o cuando sale un hermano ambi­cioso que decide por su cuenta y riesgo ser él el administrador de los bienes del resto de los hermanos (cobrándose su tra­bajo, naturalmente), ¿qué paz es la que se quiere conservar?

 

LA RESIGNACION CRISTIANA

Durante mucho tiempo le hemos estado echando a Dios la culpa de todos los males del mundo. Se decía que la pobreza y la riqueza eran situaciones en las que los hombres se encon­traban porque ése era el designio de Dios, designio que decía­mos que era inescrutable, esto es, incomprensible para la men­te humana. Y se decía que si los pobres eran buenos y no se rebelaban contra este inescrutable designio, Dios los premiaría en la otra vida. Eso sí, como Dios es infinitamente misericor­dioso, pues también los ricos serían perdonados de sus peca­dillos, y así, ya en la otra vida, pues ¡todos contentos! Lo que, según decían, Dios no estaba dispuesto a tolerar -debemos insistir de nuevo- es que nadie, en un acto de satánica sober­bia, se rebelara contra el orden que él, en su infinita sabiduría, había establecido.

El párrafo anterior puede resultar exagerado, pero así se ha presentado el evangelio en una etapa no demasiado lejana de nuestra historia. O, por lo menos, así lo han entendido los pobres porque así se ha permitido que los pobres lo entendie­ran. Y presentar o permitir que se entienda así a Dios es ofen­derle; porque es hacerlo responsable de todas las injusticias, pasadas y presentes, cometidas por los poderosos de este mundo.

 

NO PAZ, SINO ESPADAS

Presentar así a Dios es un tremendo error que, además, es difícilmente justificable. Porque si hay algo que no se puede decir de Jesús es que fue un conformista; y si algo está claro que no predicó es lo que después se ha llamado «resignación cristiana». Valga como prueba el párrafo con el que empieza el evangelio que comentamos: «No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra; no he venido a sembrar paz, sino es­padas» (Mt 10,34).

Son muchos los que encuentran de difícil digestión estas palabras que el evangelista pone en boca de Jesús. Tan difíci­les resultan de entender, que en el libro oficial de lecturas de la misa de los domingos se ha suprimido ese párrafo del evan­gelio; y el resto de la lectura ha perdido su pleno y auténtico sentido.

Cierto que, desde la doctrina de la resignación de la que hablábamos antes, eso de que Jesús ha venido a sembrar espa­das en lugar de paz, es imposible de entender, de explicar... y de aceptar.

Pero ahí están esas palabras de Jesús, que hay que aceptar y explicar dentro del contexto del evangelio y, por tanto, de acuerdo con la bienaventuranza «dichosos los que trabajan por la paz» (5,9).

 

LA PAZ DE CRISTO

Jesús quiere la paz, ¡claro que si! Y la quiere más que todos los que a lo largo de la historia se han llenado la boca de paz mientras hacían o fomentaban la guerra y negociaban, llenándose los bolsillos, con ella.

Jesús quiere la paz, ¡por supuesto!, pero quiere que la paz sea para todos y que, empezando porque todos tengan en paz el estómago, permita a todos desarrollarse como personas libres y relacionarse como hermanos.

Jesús quiere la paz -¿se atrevería alguien a negarlo? (la verdad: también se han atrevido a negarlo, pues, cuando ha interesado, han cristianizado la guerra, llamándola «cruza­da»,, pero una paz verdadera: la que nace de la justicia y no la que se intenta simular debajo de la opresión de los pode­rosos y del silencio que su prepotencia impone.

Jesús quiere la paz: ya, en este mundo, sin tener que es­perar a la paz de los cementerios.

Pero la simple pretensión de construir esa paz, el más pe­queño intento de hacerla realidad, levanta la más violenta opo­sición de parte de aquellos que llenan sus platos gracias al hambre de los pobres y asientan sus palacios sobre la resigna­ción de los humillados de la tierra. Por eso, para construir la paz será necesario luchar por ella.

 

LA CRUZ DE LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

Y en esa lucha, llevada a cabo con las armas del amor, pero también las del rigor, la firmeza y la radicalidad (ir a la raíz de los problemas y dejarse de paños calientes), en esa lucha habrá quienes se verán enfrentados a los de su misma familia («porque he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que los enemi­gos de uno serán los de su casa»: Mt 10,35; véase Miq 7,6), y quienes serán considerados herejes o criminales subversivos, dignos de la muerte en una cruz, o en la hoguera, o en la hor­ca, o en el garrote vil, o en la silla eléctrica... Y hay que estar dispuestos a cargar con esa cruz: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí».

Sí. Porque la cruz que Jesús nos invita a soportar sin odio (ésa es la única resignación verdaderamente cristiana) es aque­lla que es consecuencia de nuestra lucha por la paz, aquella que es consecuencia de haber colocado nuestra lealtad a su proyecto -convertir este mundo en un mundo de buenos her­manos- por encima de todas las lealtades y de todos nuestros intereses: de nuestra familia, de nuestra buena fama, de nues­tra propia vida. Y, además -ya lo decíamos el domingo pa­sado, sin miedo a la muerte, pues «el que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Y sin miedo a perder la mejor recompensa: el colmo de la paz, la cercanía del Padre que a todos nos hace hermanos: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mi, y el que me recibe a mi, recibe al que me ha enviado».

 

COMENTARIO 2


vv. 37-39: E1 que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí.

39E1 que ponga al seguro su vida, la perderá, y el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro.

En este ambiente de división, la primera lealtad ha de ser para Jesús; no puede uno renunciar a ella por fidelidad a vínculos fa­miliares. Lo mismo pasa respecto a la sociedad: quien desafía sus principios será considerado como un criminal digno de muerte. Hay que aceptar también esa eventualidad.

Enuncia Jesús el principio general con una paradoja basada en la oposición encontrar-perder. Hallar, encontrar = apropiarse, hacer suya. «Encontrar» significa reservarse, tener para sí. El discípulo no debe tener un apego a su persona que lo lleve a reservarse su vida, debe saber darla. El que se desentiende de la necesidad del mun­do y busca su comodidad o seguridad, ése se pierde. El que se arriesga, ése se encuentra. Son nuevas formulaciones de la salva­ción (22.32) y del peligro de perderse por el miedo (26.28.33).

 

vv. 40-42: E1 que os recibe a vosotros, me recibe a mi, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado. 41E1 que re­cibe a un profeta en calidad de profeta tendrá recompensa de profeta: el que recibe a un justo en calidad de justo, tendrá recompensa de justo; 42y cualquiera que le dé a be­ber aunque sea un vaso de agua fresca a uno de estos pe­queños por su calidad de discípulo, no se quedará sin re­compensa, os lo aseguro.

La fidelidad de los discípulos los hace ser portadores, para el que los acoge, de la presencia de Jesús y del Padre (40). La bendición que obtiene el que los acoge está en proporción con la clase de acogida que les haga. Acoger significa compartir lo que se tiene con la persona a quien se acoge; es la generosidad la que da valor a la persona (6,22s). Jesús se remite al AT; el dicho «quien recibe a un profeta en calidad de profeta tendrá recompensa de profeta» se refiere a los ejemplos de Elías y Eliseo narrados en 1 Re 17,9-24 y 2 Re 4,8-37. «La recompensa de profeta» consiste en el beneficio que se puede recibir de un profeta; paralelamente, «la recompensa de justo». En cambio, la que se recibe por acoger a un discípulo no es una «recompensa de discípulo», sino la expresada al principio, la presencia de Jesús y del Padre con la persona que acoge.

La última afirmación de Jesús presenta una aparente incongruencia por el paso de la tercera per­sona a la segunda, que debería estar incluida en ella: «Quien da de beber a uno de estos pequeños... en calidad de discípulo.. os lo aseguro.» Lo normal sería que dijese «a uno de vosotros, que sois pequeños», pues ellos son los doce discípulos de Jesús (10,1; 11,1). Con esto indica Mt que los discípulos no son realmente doce ni se limitan a los que vivían de hecho con Jesús, sino que esa cate­goría es más numerosa y que Jesús habla de toda época. Los doce mencionados por sus nombres representan a la entera comunidad de Jesús, pero no la agotan. Lo característico del discípulo es ser «un pequeño», uno que no pretende la grandeza mundana se­gún el contenido de la primera bienaventuranza (5,3).

Dar un vaso de agua fresca, en el clima caliente y seco de Pa­lestina, era una muestra de verdadera hospitalidad.

 

COMENTARIO 3


Los textos de la celebración señalan la necesidad de tomar una decisión a favor o en contra de Jesús. La misión de Jesús es descrita en términos de tarea profética que ha implicado siempre, junto al anuncio de un mensaje de salvación, la denuncia de todo aquello que es incompatible con este mensaje.

La primera lectura muestra la íntima asociación que se establece entre Eliseo y la mujer de Sunem. Al ofrecimiento de hospitalidad por parte de ésta responde la recompensa de la promesa del nacimiento de un hijo como retribución del profeta. El salmo recalca el compromiso del amor de Dios respecto de su pueblo y la carta a los Romanos la profunda comunión con Cristo que crea el bautismo en la existencia cristiana.

La misma temática se subraya en el pasaje evangélico en términos de participación en la recompensa que se establece entre los enviados y los que le ofrecen hospitalidad.

La profunda intimidad entre Jesús y su Padre hace que la recepción del primero sea acogida a Dios mismo. Esta ley se transfiere también a los enviados de Jesús de modo que éste es recibido en la persona de aquéllos. La identificación que se realiza por la actuación de acciones hospitalarias produce una participación plena en el premio prometido a los enviados a los que se acoge. Frente a la ley de particularización (“privatización”) del salario, propia de aquella y de otras épocas de la historia humana, Jesús reinvidica la solidaridad indestructible que crea la acogida de los portadores del mensaje evangélico.

Continuando su comportamiento respecto a la viuda hospitalaria frente al profeta Eliseo (primera lectura), Dios se compromete a extender la recompensa del profeta a todos aquellos que son capaces de ofrecerle hospitalidad movidos por el reconocimiento de su actuación como Enviado de Dios.

Igual actitud se revela en la recompensa prometida a la recepción del justo y a todo aquel que sepa descubrir en la aparente insignificancia personal la condición del discípulo de Jesús.

Junto a este anuncio gozoso de recompensa compartida, Mateo insiste de nuevo sobre la opción por Jesús en el horizonte de rechazo que encontrarán a cada paso los mensajeros y advierte sobre la necesidad de colocar los valores del Reino por encima de cualquier otro valor.

Porque ésta no puede conciliarse con la aceptación del orden existente, según se señalaba en los versículos precedentes, Jesús señala que el seguimiento debe colocarse por encima de otra fidelidad, incluso de la que brota de los lazos naturales de parentesco: paternidad, maternidad o filiación. Su mensaje pone en cuestión el orden establecido colocando ante la necesidad de una clara opción en contra de los valores generalmente admitidos en la vida social. De allí que la paz de Jesús deba definirse muchas veces en contra de las relaciones familiares ya que produce un profundo cuestionamiento de las relaciones humanas.

Continuando las palabras de Miq 7, 6, que señalan la división familiar fruto de una actitud decidida frente a la corrupción de la sociedad (palabras a las que ha citado precedentemente en los vv. 35-36), Jesús señala que el mensaje en tal contexto sólo puede producir la división y confrontación. Porque la sociedad en que se proclama el mensaje está impregnada de violencia, el mensaje cristiano sólo puede ser entendido como lucha contra esa violencia y, por consiguiente, frecuentemente será entendido como deslealtad al ordenamiento existente y como subversión de lo que ese ordenamiento considera como sus valores.

De ahí la necesidad de una decisión que puede acarrear incluso la división en la propia familia, el ámbito más íntimo de la relación social. De esta forma se indica que la principal lealtad del discípulo de Jesús tiene que comprobarse en su relación con Éste. La fidelidad al mensaje de Jesús debe colocarse por encima de toda otra fidelidad, aun la debida a los lazos familiares más cercanos.

Adentrándose aún más en la existencia del discípulo, el v. 39 contrapone el perder y el encontrar la vida en una aparente contradicción. El intento de encontrar, hacer suya , reservar para sí la propia vida, producirá la pérdida de la misma. Desentenderse de las exigencias del mensaje buscando la comodidad o encubriendo los conflictos conduce a la ruina personal. Por el contrario, quien es capaz de arriesgar la vida por Jesús encontrará su realización plena.

El mensaje evangélico coloca al discípulo en conflicto irreductible con aquellos que han construido las relaciones sociales sobre el fundamento del poder, del prestigio y de las riquezas. Este conflicto puede presentarse aún en su entorno familiar y en la propia intimidad personal. La fidelidad a Jesús exigirá constantemente una proclamación que desenmascare el egoísmo, raíz de las injusticias.

Sin embargo, la fidelidad a Jesús es capaz de crear nuevos lazos que sustituyan a los anteriores. La solidaridad en torno a Jesús y a su proyecto acerca y une indisolublemente a todos los seres humanos de buena voluntad que trabajan por una sociedad más justa. Los gestos de acogida que se realizan en favor de los trabajadores evangélicos convierten al que los realiza en operario evangélico. Las recompensas se comparten. Se ofrece un nuevo horizonte para la humanidad, fruto del esfuerzo y de la lucha por la justicia.

Participar en este nuevo horizonte es la recompensa prometida al discípulo y a todos los y las que se comprometan con Jesús a la construcción de un mundo más humano.

 

 

Para la revisión de vida

       Triunfar en la vida es el deseo de todo ser humano; alcanzar el poder, la fama, la comodidad, la riqueza es la meta de la mayoría de las personas; pero Jesús nos avisa: “El que crea ganar su vida la perderá; y el que la pierda por mí, la encontrara”. ¿Cómo quiero yo triunfar en la vida, al estilo de Jesús o al estilo del mundo? ¿Me doy cuenta de que son dos estilos absolutamente irreconciliables?

 

Para la reunión de grupo

“El que se guarde su vida la perderá, y el que la pierda, la ganará”. Esta es una de las “paradojas” más célebres del Evangelio. Paradoja se llama a una “contradicción aparente”: la expresión parece encerrar una flagrante contradicción, y sin embargo no es una contradicción sino una verdad profunda. Glosar entre todos los miembros del grupo esta paradoja expresada en este evangelio. ¿A qué llama Jesús “perder” la vida? ¿Y a qué llama “ganarla”? ¿Ese perder y ese ganar… lo son ante los mismos ojos?

En Jesús, “tomar la cruz” no se refiere a algo místico, o a los sufrimientos y penalidades que la vida trae para todos, o a mortificaciones que uno pueda infligirse a sí mismo… La cruz que hay que esta dispuesto a tomar, según dice Jesús, para ser su discípulo es otra: la que conlleva el simple hecho de ser cristiano, o sea, lo que cuesta “vivir y luchar por la Causa de Jesús”, la persecución que eso pueda acarrear de parte de los interesados en que no triunfe la Causa de Jesús (que no es otra que el amor, la justicia, la libertad, la fraternidad…). Compartir entre todos los conceptos adecuados e inadecuados que hemos solido tener respecto al “tomar la cruz”… ¿Qué es y qué no es “tomar la cruz”? ¿Qué es y qué no es la “cruz” a la que se refiere Jesús?…

 

Para la oración de los fieles

Por la iglesia, para que se libere de todo lo que la esclaviza y le impide servir fielmente a la causa de Jesús. Roguemos al Señor.

Por los que encuentran obstáculos para seguir a Jesús por causa de su familia, de sus miedos e indecisiones, de su apego a las riquezas, para que logren vencer las dificultades. Roguemos...

Por los pequeños, los pobres, los necesitados, para que encuentren en nosotros a personas dispuestas a servirles y sacarles de su necesidad. Roguemos...

Por todos los bautizados, para que seamos conscientes de nuestra unión con Cristo muerto y resucitado y así también nos unamos a su trabajo por hacer crecer en el reino. Roguemos...

Por todos los pueblos del mundo, para que vivan una paz estable, basada en la justicia y en el respeto a los demás. Roguemos...

Por todos los emigrantes, para que sean acogidos con cariño y hospitalidad, y puedan reunirse pronto con sus familias. Roguemos...

 

Oración comunitaria

       Te damos gracias, Padre, por todas las cosas buenas que nos das en la vida, y te pedimos que fortalezcas nuestros corazones para que pongamos nuestro amor a Ti por encima de todo lo demás, de modo que sepamos aceptar la Cruz por servir a los hermanos. Por Jesucristo.

 

       Oh Dios, misterio profundo que habita en lo hondo del ser humano, y en el corazón de todos los Pueblos. Tú has revelado a todos los humanos que el amor es valioso frente al egoísmo, y que, más allá de las ventajas banales del egoísmo, hay otros valores por los que vale la pena arriesgar, dar y hasta “perder”, porque en esa pérdida hay una ganancia más honda… Queremos expresarte nuestra decisión de aclarar nuestra mirada y serenar nuestro corazón, para que nuestra vida esté construida sobre la opción por los valores que perduran. Tú que vives y haces vivir por siglos de siglos y milenios de milenios. Amén.


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