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Martes 13 de Junio de 2006
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EVANGELIO
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones El Almendro, Córdoba ) |
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13Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente. 14Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte; 15ni se enciende una lámpara para meterla debajo del perol, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de la casa 16Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo.
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v. 13: Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente.
. La sal, que asegura la incorruptibilidad, se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. En particular, todo sacrificio debía ser salado, como señal de la permanencia de la alianza (Lv 2,13; cf. Nm 18,19: «una alianza de sal es perenne»; 2 Cr 13,5: «El Señor... con pacto de sal concedió a David y a sus descendientes el trono de Israel para siempre»). «La tierra» significa la humanidad que la habita. Según este dicho de Jesús, los discípulos son la sal que asegura la alianza de Dios con la humanidad; es decir: de su fidelidad al programa de Jesús depende que exista la alianza, y que se lleve a cabo la obra liberadora prometida. Si la sal pierde su sabor, con nada puede recuperarlo; si los que se llaman discípulos de Jesús, y tienen delante su ejemplo, no le son fieles, no hay donde buscar remedio. Esos discípulos son cosa inútil, han de ser desechados, arrojados fuera, y merecen el desprecio de los hombres, a cuya liberación debían haber cooperado.
v.v. 14-16: Vosotros sois la luz e mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte; 15ni se enciende una lámpara para meterla debajo del perol, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de a casa 16Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo.
. «La luz» es la gloria o esplendor de Dios mismo, que, según Is 60,1-3, había de refulgir y brillar sobre Jerusalén. La interpretación de Is 60,3 aplicaba la frase a Israel; también a la Ley y al templo (cf. Is 2,2) y a la ciudad de Jerusalén (cf. Is 60,19), siempre como reflejo de la presencia de Dios en ellos. Esta presencia radiante y perceptible se ha de verificar en adelante en los discípulos; ellos son el Israel desde donde refulge Dios, la nueva Jerusalén donde él habita. Esa luz ha de ser percibida: la comunidad cristiana no puede esconderse ni vivir encerrada en sí misma. La gloria de Dios ya no se manifiesta en el texto de la Ley ni en el local de un templo, sino en el modo de obrar de los que siguen a Jesús. «Vuestra luz» son las obras en favor de los hombres, descritas en 5,7.8.9, en las que resplandece Dios: la ayuda, la sinceridad y el trabajo por la paz, es decir, la constitución de una sociedad nueva. Al nombrar a Dios como Padre de los discípulos, Mt alude a la calidad de hijos de que éstos gozan por su actividad, que continúa la del Padre (5,9). Así, «los hombres» glorificarán al Padre, es decir, conocerán al único verdadero Dios.
Estos dos dichos de Jesús confirman la creación del Israel mesiánico: los discípulos son los garantes de la alianza y en la comunidad resplandece la gloria de Dios. Es la comunidad de los que han elegido ser pobres (5,1), se mantienen fieles a este compromiso (5,10), ejercen las obras propias de los hijos de Dios (5,7-9) y dan así ocasión a la liberación de la humanidad (5,4-6). Es la presencia del reinado de Dios en la tierra (5,3.10).
Ayer escuchamos la introducción a los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo. El autor ha ordenado magistralmente el material de tal manera que resulta una auténtica pieza catequística acerca del contenido fundamental del Kerigma cristiano: el Reino. La parábola de la luz y la sal señala la misión del creyente comprometido con la causa de Jesús. La sal no solo sirve para dar sabor a los alimentos sino para conservarlos de la corrupción. Así la comunidad cristiana debe ser sal para evitar que el mundo se decomponga y se corrompa. La luz no es para esconderla u ocultarla. Es para hacerla brillar y que todos puedan ver en la oscuridad. Es también nuestra misión: hacer brillar la luz del resucitado a través de nuestras actitudes cotidianas. No se trata de hacer cosas extraordinarias. Simplemente vivir la vida con el sabor y la fuerza del Espíritu de Señor.
Cuando el egoísmo, la codicia y la violencia oscurecen y corrompen nuestro ambiente nosotros estamos llamados a anunciar y testimoniar el amor, la solidaridad y la paz como fuerza que transformará la historia. Solo así podrá resplandecer el Reino de Dios para la humanidad.
FUNDACIÓN ÉPSILON
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