Domingo 18 de Junio de 2006

CORPUS CHRISTI

Evangelio : Marcos 14, 12-16; 22-26  

Primera lectura: Ex 24, 3-8
Salmo responsorial: 115
Segunda lectura: Heb 9, 11-15

 

COMENTARIOS

  1. J. Peláez, La otra lectura de los evangelios, Ediciones El Almendro, Córdoba
  2. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "No la ley sino el hombre ". Ciclo B. Ediciones El Almendro, Córdoba
  3. J. Mateos - F. Camacho, Marcos. Texto y Comentario, Ediciones El Almendro, Córdoba
  4. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica)

 


EVANGELIO
Marcos 14, 12-16; 22-26
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba)

12El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron sus discípulos:

-¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

13Él envió a dos de sus discípulos diciéndoles:

-Id a la ciudad, os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, 14y donde entre decidle al dueño: «El Maestro pregunta dónde está su posada, donde va a celebrar la cena de Pascua con sus discípulos». 15Él os mostrará un local grande, en alto, con divanes, preparado; preparádnosla allí.

16Salieron los discípulos, llegaron á la ciudad, encontraron las cosas como les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

22Mientras comían cogió un pan, pronunció una bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo:

-Tomad, esto es mi cuerpo.

23Y, cogiendo una copa, pronunció una acción de gracias, se la pasó y todos bebieron de ella. 24Y les dijo:

-Esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos. 25Os aseguro que ya no beberé más del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba, nuevo, en el reino de Dios.

26Y después de cantar salieron para el Monte de los Olivos.

 

 

COMENTARIO 1

Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.

Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidos mil espectadores.

En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de Las Vegas del Mundo Mediterráneo. "Vivir como un corintio" era sinónimo de depravación; "corintia", el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba "corintizar".

En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.

Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.

Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran grupos insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que "mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban" (1Cor 11,17ss). ¡Qué actual es todo esto!.

Desde Éfeso, Pablo les dirigió una dura carta pastoral para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte cuando, "mientras comían, cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. Y les dijo: Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos.. "(Mc 14,22-26).

Poco hemos entendido estas palabras los católicos. La teología concluyó que lo que Jesús mandó fue ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.

Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico y el pobre, si entra, sale igual. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: "Es imposible comer así la cena del Señor". Dicho de otro modo, "así no vale la misa", pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, como condición para la validez, partir, repartir y compartir.

La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe, no puede ni debe celebrarse la cena del Señor.


COMENTARIO 2

¿Quién podrá salvar al mundo de sus miserias? Si tuviéramos que responder a esta pregunta haciendo el retrato de un salvador de la humanidad, quizá lo último que se nos ocurriría sería pintarlo ajusticiado, agonizante y colgado de una horca... o de una cruz.



¿Y EL PODER DE DIOS?


Lo mataron porque no estaban dispuestos a permitir que pusiera en peligro sus privilegios; porque los puso en evidencia al descubrir que engañaban al pueblo suplantando a Dios y que manipulaban el nombre de Dios para dominar al pueblo; porque les dijo que habían convertido la religión en un negocio y que se habían puesto de acuerdo con el emperador de Roma para apropiarse del pueblo, de los hombres, que sólo pertenecen al Dios liberador.

Se dejó matar, aceptó la muerte por amor: porque no podía soportar que se hiciera sufrir a los seres humanos. Y porque con su amor quería mostrar al mundo el amor de Dios, a quien él llamaba «Padre». Se dejó matar porque estaba harto de que se predicara la resignación y el sometimiento en nombre de Dios, y quiso enseñar a los hombres que lo que Dios exige es la rebeldía contra todo lo que constituye una violación de la dignidad de quienes fueron creados a imagen de Dios y están llamados a ser sus hijos. Y porque quiso ser rebelde sin ventajas, «como un simple hombre» (Flp 2,7), hasta en la muerte.

Pero ¿era necesario tanto dolor? De acuerdo: no fue Dios el que exigió la muerte de Jesús, pero ¿no le pudo ahorrar por lo menos la humillación? Porque si pudo y no quiso, ¿dónde estaba el amor de Padre? Y si quiso y no pudo..., ¿dónde estaba el poder de Dios?


INSULTOS, BURLAS Y ABANDONO


Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda... Los transeúntes lo insultaban y decían, burlándose de él... De modo parecido, los sumos sacerdotes, bromeando entre ellos en compañía de los letrados... También los que estaban crucificados con él lo ultrajaban.


El evangelista nos presenta un cuadro dramático y terrible. Fuera de la ciudad sagrada, junto al camino, a la vista de la mucha gente que pasaba por allí, colgado en una cruz entre dos bandidos (guerrilleros nacionalistas, quizá), agoniza el mismo que pocos días antes había sido recibido y aclamado triunfalmente por el pueblo como el Rey-Mesías. Y con un letrero en el que se daba noticia de la causa de su condena: «El rey de los judíos». Todos se ríen de él, ridiculizando las palabras que había pronunciado cuando predicaba: tanto los que al escucharlo recibieron su mensaje como acusación y denuncia de sus injusticias como los que lo debieron sentir como anuncio de liberación. Todos de acuerdo: los transeúntes, gente del pueblo que quizá lo había aclamado el domingo de Ramos y que ya había perdido toda esperanza en él; los sumos sacerdotes y los letrados que habían vuelto a engañar al pueblo para que rechazara a Jesús y que ahora celebraban lo que creían que era su triunfo, y hasta los que estaban crucificados con él. Todos de acuerdo en que ése no es modo de salvar al mundo: si el salvador no es capaz de salvarse a si mismo..., ¿a quién podrá salvar? Todos de acuerdo en que si Dios estuviera con él la suerte de aquel condenado no seria la que estaban viendo. Si aquel despojo humano fuera de verdad el Hijo de Dios, ¿qué clase de Padre sería ese Dios?

Y, al final, parece que hasta el mismo condenado les da la razón: «¡Eloi, Eloi, lema sabaktani», que significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?


UN DIOS SIN PODER


¡Vaya! ¡El que derriba el santuario y lo edifica en tres días! ¡Baja de la cruz y sálvate!... Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!


Un Dios sin poder. A algunos les sonará a blasfemia, pero eso es lo que se ve en el crucificado. «Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso», decimos en el credo. Pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra (capacidad de determinar o modificar la libertad de los demás). No. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que éstos sean buenos. Preguntarse si podría hacerlo es un absurdo, algo así como preguntarse si Dios puede pecar. Entonces...

Dios es amor, dice San Juan. Y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. Sus paisanos no fueron capaces de descubrirlo: todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús. No les entraba en la cabeza que el amor fuera ya salvación.

Quizá también a nosotros nos resulta difícil creer que el amor puede transformar el mundo. Sin embargo, conocemos por experiencia la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida, y cuando se hace norma de convivencia de un grupo, transforma su forma de vivir. Entonces, si lo dejáramos organizar el mundo en lugar de que siga estando en manos de la fuerza y del poder, ¿no cambiaría nada? No, no es tarea fácil. Como Jesús, hay que poner en juego la vida. Y sin ventaja: Jesús tuvo que afrontar la muerte solo, como un simple hombre. La confianza que él tenía en Dios («Dios mío» expresa una gran familiaridad) no alivia ni el dolor de verse rechazado por su pueblo y derrotado por sus enemigos ni la angustia, tan humana, de enfrentarse a la muerte. Pero así manifestó el poder del amor de Dios. Sólo un forastero, un pagano, supo verlo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. » Entre tantos salvadores poderosos, ¿no sería inteligente dar una oportunidad a este salvador?



COMENTARIO 3


v. 12: El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Nueva datación (cf. 14,1): el primer día de los Ázimos era la víspera de Pascua; la cena pascual se celebraba a la puesta del sol, cuando, según el cómputo judío, daba comienzo el día de Pascua. La festividad duraba siete días, durante los cuales no se comía pan fermentado (Ex 23,15; 34,18). La mención del sacrificio del cordero pone a toda la narración siguiente, hasta la muerte y sepultura de Jesús, bajo el signo de la Pascua. La iniciativa de celebrarla no es de Jesús, sino de los discípulos (seguidores israelitas), que pretenden preparar la cena pascual judía; Jesús les indicará qué pascua es la que tienen que preparar.

v. 13: El envió a dos de sus discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo.»

Jesús envía dos discípulos a la ciudad, el centro que domina al pueblo con su ideología y su aparato institucional (no aparece ya el nombre de Jerusalén), como antes los había enviado a «la aldea», subordinada a ella (11,2).

Para que lleguen al lugar donde Jesús va a celebrar su Pascua, les da una señal: encontrarán un hombre que, contra la costumbre, lleva un cántaro de agua (tarea propia de mujeres). El individuo sabe lo que tiene que hacer, conducir a los discípulos a un lugar determinado. Todo el episodio tiene sentido figurado: el hombre que lleva el agua alude a Juan Bautista, el que bautizaba con agua (1,8), como señal de cambio de vida. Seguir al hombre del cántaro significa que tienen que cambiar, rompiendo con un pasado. Han acompañado a Jesús aferrados a su mentalidad; como no se desprendan de ella, no participarán de la Pascua que él va a celebrar.

v.v. 14-15 «y donde entre decidle al dueño: "El Maestro pregunta dónde está su posada, donde va a celebrar la cena de Pascua con sus discípulos". 15El os mostrará un local grande, en alto, con divanes, preparado; preparadnosla allí».

El hecho de que el hombre del cántaro guíe a los discípulos subraya la misión de Juan como precursor que, como tal, lleva a Jesús: mi posada indica el fin del camino (1,2); Jesús va a celebrar la Pascua verdadera; el local en alto, alude sin duda al monte donde se realizó la antigua alianza (Ex 24,4-8) y a la cruz, levantada sobre la tierra; es grande, porque está destinado a «muchos» (14,24); está preparado por parte de Jesús, pero los discípulos, después de romper con la injusticia (1,4: «enmienda»), haciendo caso a Juan, han de colaborar en la realización de la nueva Pascua (preparadnosla allí); lo harán con su entrega personal (alusión a los puestos a la derecha y a la izquierda, 10,37).

Jesús va a celebrar en medio de Israel una pascua alternativa que dará realidad a lo que anunciaba la antigua; será liberación definitiva, creará el nuevo pueblo de Dios, que se extenderá a toda la humanidad. Los discípulos tienen que contribuir a la preparación de ese nuevo éxodo siempre abierto en la historia.

En medio de este sistema opresor (Jerusalén) se celebra la verdadera liberación.

v. 16: Salieron los discípulos, llegaron a la ciudad, encontraron las cosas como les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Los discípulos ejecutan las instrucciones. En el plano narrativo, se trata de la preparación de la cena; en el teológico, de la disposición personal a una entrega como la de Jesús.

v. 22: Mientras comían cogió un pan, pronunció una bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».

En la comida, Jesús ofrece el pan (Tomad) y explica que es su cuerpo (gr. sôma). En la antropología del tiempo, el sôma significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar Jesús a tomar el pan / cuerpo, invita a asimilarse a él, a aceptar su persona y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello (pan / alimento). No se indica que los discípulos coman el pan.

vv. 23-24: Y, cogiendo una copa, pronunció una acción de gracias, se la pasó y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos».

Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que todos bebieron de ella. Las palabras que explican el significado de la copa las pronuncia Jesús después que todos han bebido (y les dijo: etc.) La sangre... derramada significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. Beber de la copa significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte (8,34; 10,38.45; 13,37; 14,3; cf. 10,38, «el trago/copa»); a este compromiso responde el don del Espíritu (cf. 1,10).

Como se ha dicho, en este evangelio Jesús ofrece el pan, pero no la copa; por el contrario, no se menciona que los discípulos coman el pan, pero se subraya que todos bebieron de la copa. Estos datos indican que «comer el pan» y «beber de la copa» son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya, por causa suya y del evangelio (cf. 8,35). De este modo, la participación en la eucaristía renueva el compromiso hecho en el bautismo de seguir a Jesús hasta el final. Es precisamente el contenido del mandamiento de Jesús a sus seguidores (13,34.35.37: «mantenerse despierto»).

El segundo aspecto de la Cena, propio del nuevo Israel (los Doce) está expresado sobre todo en la explicación de la copa: Esta es la sangre de la alianza mía. Por alusión a Ex 24,8b, Jesús les interpreta su muerte en términos de alianza; quiere hacerles comprender que, para el nuevo Israel, la alianza del Sinaí queda sustituida por la suya (cf. 2,19s, «el Esposo / novio»).

Los paralelos con la institución de la primera alianza son numerosos: Moisés cogió el libro/código de la alianza, que contenía la Ley; Jesús coge el pan (a la Ley se la llamaba «pan»). A la lectura de la Ley hecha por Moisés en presencia de todos corresponden las palabras de Jesús: esto es mi cuerpo: su persona y actividad son el pan/Ley de su alianza. Con la lectura de la Ley pretendía Moisés que el pueblo se comprometiera a cumplir el código de la alianza; la invitación de Jesús: Tomad, exhorta a los Doce a adoptar su persona como norma de vida.

A la aceptación del antiguo pueblo corresponde en Mc el acto de beber de la copa efectuado por los Doce, el nuevo Israel. A la declaración de Moisés cuando roció al pueblo con la sangre: «He aquí la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros», corresponden las palabras de Jesús: Esta es la sangre de la alianza mía. Existe, pues, una alianza de Jesús que deroga la antigua. Moisés roció con la sangre al pueblo y el altar, expresando la unión de Dios con Israel. En la Cena, en cambio, el vino/sangre se bebe: su penetración en el interior del hombre expresa la comunicación del Espíritu, fuerza divina que lo capacita para cumplir el código propuesto. Pero, además, la sangre de Jesús no se derrama sólo por Israel, sino por muchos/todos (cf. Is 53,12). Es una alianza universal.

v. 25 «Os aseguro que ya no beberé mas del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba, nuevo, en el Reino de Dios».

Termina Jesús con un dicho solemne (Os aseguro): no basta ya el fruto de la antigua vid/Israel (12,1ss.29-31: los dos mandamientos); el día aquel es el de su muerte-exaltación (2,20), cuando dará el Espíritu (15,37: «expiró»); el vino/amor nuevo (2,21), expresado en el mandarniento de Jesús (13,34.37), será la vida entregada de sus seguidores (8,34s), figurada en la unción hecha por la mujer en Betania (14,3); en el Reino de Dios, es decir, en la sociedad nueva cuya primicia es la nueva comunidad: Jesús estará presente en ella en la misión y en la eucaristía (2,15; 9,1; 10,15s).

v. 26: Y después de cantar salieron para el Monte de los Olivos.

Salen para el Monte de los Olivos. El punto de partida es «el local grande, en alto», situado en «la ciudad» (14,13.16), donde se ha celebrado la eucaristía (14,15), que simbolizaba anticipadamente la muerte voluntaria de Jesús, y donde el beber de la copa era señal del compromiso de los discípulos a entregarse como él. La meta final, el estado glorioso que sigue a la muerte está simbolizado por el Monte de los Olivos (13,3). Por eso, cuando pase Mc de la secuencia teológica a la narrativa, no se hablará de ese monte: Jesús y los discípulos llegarán simplemente a un terreno llamado Getsemaní.


COMENTARIO 4


El primer día de los Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? 13El envió a dos discípulos diciéndoles: Vayan a la ciudad, se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua: síganlo, 14y en la casa donde entre díganle al dueño: "El Maestro pregunta dónde está su habitación, donde va a comer el cordero pascual con sus discípulos". 15Les mostrará una sala grande arreglada con divanes en el piso de arriba. Prepárennosla allí. ... 22Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. 23y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. 24Y les dijo: Esto es la sangre de la alianza mía que se derrama por todos. 25Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquél en que lo beba, pero nuevo, en el reino de Dios. 26Y después de los cantos salieron para e! monte de los Olivos.

Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.

Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidós mil espectadores. En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de «Las Vegas» del Mundo Mediterráneo. "Vivir como un corintio" era sinónimo de depravación; "corintia", el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba "corintizar".

En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.

Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.

Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que "mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban" (1 Cor 11,l7ss). (¡Qué actual es todo esto!).

Desde Efeso, Pablo les dirigió una dura carta para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte cuando, «mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. 23Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. 24Y les dijo: Esto es la sangre de la alianza mía que se derrama por todos»

Poco hemos entendido estas palabras los católicos. La teología concluyó que lo que Jesús mandó fue ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo y compartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.

[Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico, y el pobre, si entra, sale igual. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: "Es imposible comer así la cena del Señor". Dicho de otro modo, "así no vale la eucaristía", pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, para que el rito no sea una farsa, partir, repartir y compartir.

La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe no puede ni debe celebrarse la cena del Señor. Los israelitas en el desierto comprendieron bien que la alianza entre Dios y el pueblo los comprometía a cumplir lo que dice el Señor, sus mandamientos. Jesús, antes de partir, celebra la nueva alianza con su pueblo y le deja un único mandamiento, el del amor sin fronteras. Éste es el requisito para celebrar la eucaristía: acabar con todo signo de división y desigualdad entre los que la celebran].

Habrá que recuperar, por tanto, el significado profundo del rito que Jesús realiza. «La sangre que se derrama por ustedes» significa la muerte violenta que Jesús habría de padecer como expresión de su amor al ser humano; «beber de la copa» lleva consigo aceptar la muerte de Jesús y comprometerse con él y como él a dar la vida, si fuese necesario, por los otros. Y esto es lo que se expresa en la eucaristía; ésta es la nueva alianza, un compromiso de amor a los demás hasta la muerte. Quien no entiende así la eucaristía, se ha quedado en un puro rito que para nada sirve.

Una mala interpretación de las palabras de Jesús han identificado el pan con su cuerpo y el vino con su sangre, llegándose a hablar del milagro de la «transustanciación o conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo». Los teólogos, por lo demás, se las ven y se las desean para explicar este misterio. Como si esto fuera lo importante de aquel rito inicial. El significado de aquellas palabras es bien diferente: «En la cena, Jesús ofrece el pan («tomad) y explica que es su cuerpo. En la cultura judía «cuerpo» (en gr. soma) significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar a tomar el pan/cuerpo, invita Jesús a asimilarse a él, a aceptar su persona y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello, al hacer pan/alimento. El efecto que produce el pan en la vida humana es el que produce Jesús en sus discípulos. El evangelista no indica que los discípulos coman el pan, pues todavía no se han asimilado a Jesús, no han digerido su forma de ser y de vivir, haciéndola vida de sus vidas. Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que «todos bebieron de ella». Después de darla a beber, Jesús dice que «ésa es la sangre de la alianza que se derrama por todos». La sangre que se derrama significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. «Beber de la copa» significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte. «Comer el pan» y «beber la copa» son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Éste es el verdadero significado de la eucaristía. Tal vez nosotros la hayamos reducido al misterio, por lo demás bastante difícil de entender y explicar, de la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.



"Mi Cuerpo es Comida"


Mis manos, esas manos y Tus manos

hacemos este Gesto, compartida

la mesa y el destino, como hermanos.

Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.


Unidos en el pan los muchos granos,

iremos aprendiendo a ser la unida

Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.

Comiéndote sabremos ser comida,


El vino de sus venas nos provoca.

El pan que ellos no tienen nos convoca

a ser Contigo el pan de cada día.


Llamados por la luz de Tu memoria,

marchamos hacia el Reino haciendo Historia,

fraterna y subversiva Eucaristía.


(Pedro Casaldáliga)


El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 110 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500110

Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap110b.mp3


Para la revisión de vida

¿Digo yo también, por dentro, al participar en la eucaristía, desde mi más honda opción: "tomad y comed, éste es mi cuerpo...", poniéndome en disposición de dejarme comer por el servicio a mis hermanos?

¿Es mi vida realmente un "compartir"?

¿Estoy sentado, participo en alguno de los "grupos de cincuenta" para reflexionar qué hacer frente al hambre del pueblo?


Para la reunión de grupo

La doctrina y la teología clásica (de los últimos siglos sólo, al fin y al cabo) sobre la Eucaristía ha estado centrada en el concepto de la transubstanciación. Compartir en el grupo lo que este concepto filosófico, escolástico, aristotélico en el fondo, comporta.

¿Es necesario aceptar la filosofía escolástica para estar en la verdad de la Iglesia sobre la Eucaristía? Explicitar las relaciones entre la fe en la eucaristía y las opiniones filosóficas involucradas en los conceptos con que se expresan las formulaciones oficiales de la fe.


Para la oración de los fieles

Por los 200 millones de niños menores de cinco años que están desnutridos; por los 11 millones de niños que mueren al año por desnutrición...

Por nuestras "eu-caristías", para que sean realmente una acción de gracias, una fiesta, una auténtica celebración...

Para que la liturgia de nuestra Iglesia se despoje de todo hermetismo hierático, acoja los símbolos de los pueblos, se inculture, asuma nuestras vidas, con sus problemas, sus esperanzas y todas sus riquezas culturales y espirituales...

Por todos los niños y niñas que en este día, en muchas iglesias locales, celebran su "primera comunión", su primera participación formal en la eucaristía: para que esa "primera" comunión no sea la última, ni sea demasiado distanciada su participación en la comunidad...


Oración comunitaria

Señor Jesús, que partiste y repartiste tu pan, tu vino, tu cuerpo y tu sangre, durante toda tu vida, y en la víspera de tu muerte lo hiciste también simbólicamente; te pedimos que cada vez que nosotros lo hagamos también "en memoria tuya" renovemos nuestra decisión de seguir partiendo y repartiendo, como tú, en la vida diaria, nuestro pan y nuestro vino, nuestro cuerpo y nuestra sangre, todo lo que somos y poseemos. Te lo pedimos a ti, que nos diste ejemplo para que nosotros hagamos lo mismo, Jesucristo, Nuestro Señor.

 


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