De los establos a las estrellas
Reflexiones navideñas
(Mt 2,1-12; Lc 2,1-20)
¿Cómo se llamaba el abuelo de Jesús?
La respuesta depende del evangelio que
se consulte. En Mateo el nombre del abuelo de Jesús es Jacob (Mt 1,16), pero en Lucas es Elí (Lc 3,23).
Ciertamente para la historia de la
salvación no es importante conocer el nombre exacto del padre de José, pero
esta discrepancia entre los evangelistas es solamente el aspecto menor de las
grandes diferencias que se encuentran entre un evangelio y otro.
Profundas divergencias que impiden
conocer con exactitud lo que Jesús hizo y dijo históricamente, incluso en
aquellos aspectos considerados importantes en la tradición cristiana como la
"última cena". Este episodio es narrado por los tres evangelistas que
no se ponen de acuerdo ni en las palabras pronunciadas por Jesús sobre el pan y
el vino, ni en los gestos que las acompañaron.
De hecho los evangelistas no se
preocuparon de transmitir con exactitud los acontecimientos históricos, sino la
verdad de fe contenida en ellos.
La verdad es una, los modos de formularla son diferentes, como
sucede en Mateo y Lucas, que comienzan sus evangelios con una misma verdad
presentada por medio de situaciones y personajes diferentes. La verdad que quieren
transmitir es que los individuos, marginados por la religión y mantenidos
alejados de Dios, son en realidad los primeros en percibir su presencia en
medio de la humanidad. Esto es lo que
quieren transmitir los evangelistas. Los modos de transmitirlo, el cómo,
son diferentes.
Los doce Reyes Magos
La tendencia, habitual en el pasado, a
poner nombre a aquellos personajes que los evangelistas presentan de modo
rigurosamente anónimo, no ha eludido hacerlo con los magos. La vaga información dada por Mateo de que "algunos magos
llegaron de Oriente a Jerusalén" no pareció suficiente, hasta el punto que se quiso precisar su
número, sus nombres e incluso su censo.
Para el número se parte de un mínimo de
dos (como se encuentra en una pintura de la catacumba de los santos Pedro y
Marcelino), que se convierte en cuatro
en el siglo tercero (catacumba de Santa Domitila), hasta llegar a un máximo de
doce en algunas listas de la Edad Media.
Finalmente se establece el número por
los regalos que llevan al niño
("oro, incienso y mirra") y queda fijado en tres.
Muy pronto se pasó de la hipótesis a la
certeza de que los Magos fueron reyes, según lo escrito en el Salmo 72,10: "Que los reyes de Sabá y Arabia le
ofrezcan sus dones".
Más complicado resulta determinar sus
nombres.
Entraron en competencia una lista oriental y otra etíope. De las dos
predominó la propuesta occidental, y los Magos, definitivamente tres y reyes,
pasaron a llamarse Gaspar, Melchor y
Baltasar. En clima de paridad se estableció que uno fuese blanco, otro amarillo
y el tercero negro.
Tanto folclore ha hecho pasar a segundo
término la gran importancia de estos personajes, definidos por Crisóstomo los primeros padres de la Iglesia (Comentario a Mateo, 7,4), transformados
en simples figurillas del pesebre.
En la antigüedad el término magos
indicaba aquellos que se dedicaban a las artes ocultas, de los adivinos
a los astrónomos-sacerdotes.
En el Antiguo Testamento griego
(versión de los Setenta) se los cita una sola vez, en el libro de Daniel,
unidos a los astrólogos y a los encantadores como intérpretes de sueños (Dn
2,20; 2,2).
Charlatanes y embusteros a lo más, los magos no gozaban de buena fama, hasta el
punto de que esta palabra terminó por significar engañador, corruptor.
Para la cultura y la religión judías
los magos son personajes doblemente impuros, por ser paganos y por dedicarse a
una actividad condenada por la Biblia (Lv 19,26) y severamente prohibida a los
judíos: "El que aprende algo de un mago merece la muerte" (Shab. V,
75a).
También en el Nuevo Testamento el
término mago tiene siempre
connotaciones negativas (Hch 8,9-24); en la catequesis primitiva se prohibe a los cristianos la práctica de la
magia, situada entre la prohibición de robar y la de abortar (Did. 2,2).
Sin embargo para Mateo, los magos,
aquellos que la religión declara excluidos de la salvación, son los primeros en
darse cuenta de la presencia de Dios en la humanidad y en informar de ello a
los judíos que, en lugar de alegrarse, se alarman: "Herodes se sobresaltó,
y con él Jerusalén entera" (Mt 2,3). Herodes convoca a los sumos
sacerdotes y escribas para informarse sobre el lugar donde debía nacer el Mesías: este título revela que a
quien teme Herodes, y con él toda Jerusalén, es al Mesías, el liberador de
Israel.
El terror que le sobrecoge es el mismo
que, según la tradición, se apoderó del Faraón y de todos los egipcios al
enterarse del nacimiento de Moisés referido a ellos por los magos (Ant. 2,205):
la llegada del liberador sumergió en el pánico a los dominadores que decidieron
la matanza de todos los niños hebreos (Ex 1,16-22).
Ahora el anuncio del nacimiento del
nuevo rey alarma a Herodes (que en cuanto idumeo no tenía derecho a ser rey de
los judíos y temía por la estabilidad de su trono), y con él se amedrenta "toda Jerusalén".
Isaías había profetizado para Jerusalén
un futuro esplendoroso: "Levántate, brilla, Jerusalén que llega tu luz; la
gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60,1), pero en el evangelio de Mateo
Jerusalén, desde el primer momento al último, aparece envuelta en tinieblas.
La estrella, signo divino percibido
solamente por estos paganos impuros, no brilla sobre Jerusalén: la luz del
Señor no se aparece a aquellos que en su nombre excluyen, sino a los excluidos;
en esta ciudad, tan santa como asesina, no será posible tener la experiencia de
Jesús resucitado.
Sólo después de que los magos abandonen
Jerusalén, comparada en el libro del Apocalipsis con Egipto, tierra de
esclavitud (Ap 11,8), vuelve a brillar la estrella para indicar hacia donde
deben dirigirse: "Al ver la estrella les dio muchísima alegría" (Mt
2,10). El evangelista subraya el contraste entre el susto de Herodes (y de todo
Jerusalén) y la alegría de los magos.
Cuando se manifiesta Dios, el rey y los
habitantes de la Ciudad Santa temen por lo que perderán: el trono y el templo;
los magos se alegran por aquello que han venido a ofrecer como regalo:
"oro, incienso y mirra".
"Al entrar en casa, vieron al niño" (Mt 2,11).
No en un palacio real, sino en una
habitación común está la presencia del verdadero rey; no en el templo, sino en
una casa reside el "Dios con nosotros" (Mt 1,23).
Los magos, advertidos por Dios de no
volver a Herodes en Jerusalén, se vuelven a su tierra "por otro
camino", expresión muy rara en el Antiguo Testamento que se utiliza para
indicar el abandono del santuario de Bet-el, la Casa de Dios (1Re 13,9-10) donde se adoraba el becerro de oro (1Re
12,26.33), convertida, por esto, en símbolo del lugar idolátrico por
excelencia: Bet-Aven, Casa funesta (Os
4,15).
Jerusalén para el evangelista no es la
ciudad santa donde se acoge a Dios,
sino la casa del pecado donde Jesús será asesinado: lo que no logró Herodes lo
conseguirán los sumos sacerdotes (Mt 26,65-66).
De los establos a las estrellas
La curiosidad hacia los misteriosos
magos no se ha dirigido hacia los pastores de Belén, que quedaron
afortunadamente en el anonimato (Lc 2,1-20).
Si Mateo ha primado la dimensión
universal poniendo como mensajeros del Señor a los magos paganos, que eran
considerados los más apartados de Dios y excluidos por Israel, el evangelista
Lucas pone de relieve el aspecto de los marginados dentro de la sociedad judía.
En la época de Jesús los pastores no
gozaban de derechos civiles y eran tenidos por parias en la sociedad.
Embrutecidos por su trabajo vivían
inmersos en el envilecimiento, y desde el punto de vista de las normas
religiosas en la impureza total, sin ninguna posibilidad de redención, por
cuanto eran ignorantes de la Ley divina y estaban imposibilitados para
practicarla. Eran considerados y tratados a la par de las bestias, con una
diferencia a favor de éstas: “Se puede sacar fuera un animal caído en un foso,
pero no un pastor” (Tos. B.M. 2,33).
Los pastores, considerados pecadores
empedernidos, no sólo no son excluidos de la salvación, sino que están entre
los primeros en la lista de las personas que el Mesías deberá eliminar a su llegada, según la enseñanza
del rey Salomón: En el reino del Señor "no habitará ningún hombre
acostumbrado al mal" (Sal. Salom. 17,24-28).
Precisamente a éstos, los más alejados
de Dios, se vuelve el "Angel del Señor" (expresión que no indica un
ser distinto de Dios, sino el mismo Señor en la forma tangible con la que se
manifiesta a los hombres): "y la gloria del Señor los envolvió de claridad"
(Lc 2,9).
"Todos los impíos serán
aniquilados en masa", pronosticaba el piadoso salmista (Sal 37,38). Pero
cuando Dios encuentra a los pecadores no los aniquila con el fuego destructor:
los envuelve con su amor.
No palabras de condena, sino anuncio de
"una gran alegría", el nacimiento de aquél que los librará de la
marginación. Anuncio que es confirmado por "una muchedumbre del ejército
celestial que alababa a Dios diciendo: gloria a Dios en lo alto, y paz en la
tierra a los hombres de su agrado" (Lc 2, 13-14).
La gloria de Dios se manifiesta
visiblemente comunicando paz (felicidad) a todos los hombres en cuanto
destinatarios de su amor.
En el mismo tiempo en que el Poder
representado por el emperador Octavio, el "César Augusto", piensa
hacer un censo de "toda la tierra" a él sometida, para que ninguno
evada el pago de los tributos, el Amor se manifiesta con un mensaje de
liberación dirigido a todos los hombres: "Hoy os ha nacido un
Salvador".
Al dominador –a quien, embaucador como
todos los poderosos, se le hacía llamar "salvador de todo el mundo"-
se contrapone la "buena noticia" del nacimiento del verdadero
"Salvador".
Y los pastores van a Belén a transmitir
la buena noticia que han recibido.
Para encontrar a Dios no hay que ir a
Jerusalén, sino a Belén donde Dios había dicho: "Yo no veo como los hombres, que ven la apariencia. El Señor
ve el corazón" (1Sam 16,7).
Pastores y magos que, en cuanto pecadores y paganos, no pueden
acercarse al Dios del templo, tienen acceso libre a Dios en el hombre.
Aquéllos, que la religión ha recluido en las tinieblas, son los primeros
en darse cuenta de la luz que brilla, mientras cuantos viven en el esplendor
permanecen en las tinieblas.
Cuando Jesús, don de Dios a la
humanidad, se presenta en la historia, ningún sacerdote de Jerusalén se
apercibirá de ello. La gente de mala vida (pastores) y los paganos (magos), sí.
Las dos categorías de personas que los sacerdotes mantenían excluidas de la
salvación a causa de su comportamiento moral y religioso perciben los signos de
Dios.
Sus censores, no.
Escribe el evangelista que "todos
los que lo oyeron, quedaron sorprendidos de lo que decían los pastores"
(Lc 2,18).
Desde que el mundo es mundo, Dios
premia a los buenos y castiga a los malos; ¿qué novedad es esta de un Dios "bondadoso con los ingratos y
malvados?" (Lc 6,35).
Si Dios en lugar de castigar a los
pecadores les demuestra su amor, ¡ya no hay religión!
Todos
se desconciertan con esta tremenda novedad, incluso María. Pero ella no
la rechaza, sino que la acoge, para continuar estando en sintonía con un Dios
siempre nuevo. Y los pastores "se volvieron glorificando y alabando a
Dios": glorificar y alabar a Dios se consideraba una tarea exclusiva de
los ángeles (Lc 2,13-14). Después de haber tenido la experiencia del Dios-Amor,
esta tarea es posible incluso para los pastores.