Tomado del libro de ALBERTO MAGGI, Galería de Personajes del Evangelio. Cómo leer el evangelio y no perder la fe, II. Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 51-57. www.elalmendro.org/obras/librob022.htm
Cuando Dios interviene en la historia evita cuidadosamente
los lugares sagrados y sus presuntos representantes, que se muestran siempre
como los más sordos y hostiles a su palabra.
El Señor escoge lugares y personas normales, como escribe con gran ironía
el evangelista Lucas, que inserta las elecciones de Dios en un escenario pretendidamente
redundante: "El año quince del gobierno de Tiberio César,
siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano
Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide y Lisanio tetrarca de Abilene,
bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, un mensaje divino le
llegó a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto". (Lc 3,1
2).
Después de haber presentado a los siete grandes de la tierra y haber
creado en el lector la expectativa de saber a cuál de estos poderosos
se dirigiría el Señor, el evangelista muestra que la palabra de
Dios no desciende a los palacios más o menos sagrados del poder, sino
al desierto, a Juan.
Hijo de un sacerdote, una vez llegado a la edad de veinte años, Juan
debería haber ido al sanedrín para que se verificase, mediante
un cuidadoso examen, que no tenía ninguno de los ciento cuarenta y dos
posibles defectos físicos enumerados en el libro del Levítico
y fuese consagrado sacerdote, perpetuando así el sacerdocio de su padre
Zacarías.
Pero Juan no será un hombre del culto como su padre. Consagrado por el
Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre, él es el profeta
que, en abierta contestación con el templo, irá a predicar al
desierto la necesidad de un cambio de vida para acoger el inminente reino de
Dios
El Espíritu santo, oculto en el templo, se manifiesta con fuerza en el
desierto, y el efecto de la predicación de Juan es tal que "acudía
en masa la gente de Jerusalén, de toda Judea y de la comarca del Jordán"
(Mt 3,5), respondiendo a su invitación "a un bautismo en señal
de enmienda, para el perdón de los pecados" (Mc 1,4).
Obviamente las autoridades se cuidan bien de creer al "enviado de Dios"
(Jn 1,6), cuya llamada a la conversión será, sin embargo, acogida
por la escoria de la sociedad: "los recaudadores y las prostitutas"
(Mt 21,32).
"Todos los habitantes de Jerusalén" (Mc 1,5) comprenden que
el perdón de los pecados no es concedido por un rito litúrgico
en el templo, sino por el cambio de comportamiento, como había anunciado
el profeta Isaías: "Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien...
Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve"
(Is 1, 17-18).
Y los habitantes de Jerusalén se alejan de su ciudad, centro de la institución
religiosa, para unirse a Juan en el desierto donde, con la inmersión
en el río Jordán, expresan públicamente el compromiso de
un cambio de vida que obtiene para ellos la cancelación de sus pecados.
El éxito popular de la predicación del Bautista será, sin
embargo, también la causa de su muerte.
Las autoridades religiosas ("el poder de las tinieblas", Lc 22,53),
siempre listas para percibir las luces del Espíritu y sofocarlas, están
alarmadas; desde Jerusalén, los jefes envían, junto con los sacerdotes,
a los levitas, que constituían la policía del Templo, para interrogar
torpemente a Juan: “Tú, ¿quién eres?” (Jn 1,19).
Tranquilizados porque Juan había respondido que no era el Mesías,
"algunos de los enviados del grupo fariseo" ponen en tela de juicio
entonces su actividad: "Entonces, ¿por qué bautizas, si no
eres tú el Mesías ni Elías ni el Profeta? (Jn 1,24-25).
Aunque no es el Mesías, Juan ha suscitado un movimiento popular considerado
un peligro para la institución religiosa, que provee a la eliminación
de este antagonista del Templo, luchando con las armas típicas del poder
religioso: el descrédito por parte de la gente y la denuncia a las autoridades
civiles.
La difamación del incómodo profeta ha sido posible también
porque la sintonía entre el Bautista y la gente ha durado poco tiempo
y, antes de que Herodes le quitase la cabeza, Juan había perdido ya la
reputación.
Pasado el entusiasmo por el profeta demasiado exigente, la gente considera ya
que Juan es un loco que "ni come ni bebe y dicen que tiene un demonio dentro"
(Mt 11,18).
Esta calumnia ha hecho pasar a la historia a Juan el Bautista como el gran asceta
que ni come ni bebe.
Los evangelistas afirman claramente que Juan comía, y que "se alimentaba
de saltamontes y miel silvestre" (Mt 3,4).
El Bautista comía lo que el desierto ofrecía, sin las preocupaciones
y los escrúpulos religiosos de Judas, el heroico jefe llamado el "Macabeo"
(apodo que significa "martillo"), que, retirado al desierto, se "alimentaba
solo de hierbas del campo, para no contaminarse" (2 Mac 5,27).
La alimentación de Juan no tiene ninguna connotación ascética
y mucho menos penitencial, pues representa el alimento habitual de los nómadas
palestinenses.
Alimentarse de saltamontes era hasta tal punto normal que se aconsejaba en la
Biblia: "Podéis comer los siguientes: la langosta en todas sus variedades...",
Lv 11,22), y entre las especialidades culinarias de la comunidad monástica
de Qumrán estaban también las langostas "puestas en el fuego
o en el agua, mientras todavía están vivas" (Doc. Dam. 12,15).
La miel de las abejas de la selva era, además, un alimento tan energético
que se había convertido en el signo del cuidado de Dios por su pueblo:
"Los alimentó con la cosecha de sus campos; los crió con
miel silvestre, con aceite de rocas de pedernal" (Dt 32,13).
Con relación al vestido, hecho "de pelo de camello, con una correa
de cuero a la cintura" (Mt 3,4), hay que decir que ésta era la indumentaria
clásica de los profetas que, para profetizar, se vestían "el
manto de pelo" (Zac 13,4): en particular, al profeta Elías se le
reconoce por el "cinturón de cuero que le ceñía la
cintura" (2 Re 1,8).
ISAÍAS CENSURADO
Según Flavio Josefo, la muerte de Juan a manos de Herodes
Antipas no fue causada, como aparece en los evangelios, por el hecho de que
el profeta se inmiscuyese en un asunto de cuernos entre hermanos (Mc 6,17-29),
sino más verosímilmente por el temor, por parte del tetrarca,
de una sublevación popular provocada por el Bautista.
De hecho, cuando el éxito de la predicación de Juan llegó
al ápice, "Herodes se alarmó. Su elocuencia tenía
sobre la gente efectos tan fuertes que podía llevar a cualquier clase
de sedición, porque parecía que la gente quería dejarse
guiar por Juan en todo lo que hiciesen. Por esto, Herodes decidió que
sería mucho mejor golpearlo anticipadamente, librándose de él
antes de que su actividad llevase a una sublevación, que esperar un levantamiento
y encontrarse en una situación tan difícil como para arrepentirse
de ella. Con ocasión de las sospechas de Herodes, (Juan) fue llevado
encadenado a Maqueronte, y allí fue asesinado" (Antigüedades
18, 118-119).
Y es precisamente en la cárcel donde explota la dramática crisis
del Bautista con relación a aquel Jesús al que, en el momento
del bautismo, había reconocido como "el cordero de Dios que quita
el pecado del mundo" (Jn 1,29).
El Dios que Jesús manifiesta con sus acciones y con su mensaje es de
hecho diferente al predicado por Juan. Éste, "más que un
profeta" (Mt 11,9), es el último de los grandes hombres de Dios
que cierran una era, la del Dios que ninguno había conocido en verdad,
ni siquiera Moisés el gran legislador, o Elías el máximo
profeta, porque "a Dios nadie lo ha visto nunca" (Jn 1,18).
El único que lo puede revelar plenamente es aquel Jesús de quien
el Bautista había dado testimonio públicamente como "el Hijo
de Dios" (Jn 1,34).
Prosiguiendo una tradición religiosa de la que es el último exponente,
Juan el Bautista había presentado al Mesías como aquél
que vendría a bautizar "con Espíritu Santo y fuego"
(Mt 3,11): "Espíritu" para comunicar vida a los justos, y "fuego"
para destruir, como paja, a los pecadores.
Heredero de una religiosidad que espera un pueblo formado en su totalidad por
santos ("En tu pueblo todos serán justos", Is 60,21), Juan
se queda desconcertado con el comportamiento de un Jesús que afirma "haber
venido a llamar más que justos a pecadores".
El Bautista había proclamado que "todo árbol que no dé
buen fruto será cortado y echado al fuego" (Lc 3,9).
Jesús, en clara referencia al celo destructor de Juan, le responde con
la parábola de la higuera estéril. Mientras aquél que ha
plantado la higuera le dice: "Córtala. ¿Para qué,
además, va a esquilmar la tierra? (Lc 13,7). Jesús, que no ha
venido a destruir, sino a vivificar, le devuelve la vida al árbol, considerado
ya completamente estéril ("tres años") y pide tener
paciencia: "Señor, déjala todavía este año;
entretanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol"
(Lc 13,8).
Con Juan se ha cerrado definitivamente una época ("Porque hasta
Juan los profetas todos y la Ley eran profecía", Mt 11,13) pues,
con Jesús, Dios no es ya una profecía, sino una realidad visible,
en la que no se encuentran actitudes de juicio o condena, sino sólo propuestas
de plenitud de vida y un amor extendido incluso hacia quien no lo merece.
En lugar de juzgar a los hombres por su conducta, Jesús anuncia que el
amor del Padre se extiende a todos, injustos incluidos, porque "no envió
Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para
que el mundo por él se salve" (Jn 3,17).
Pero Juan no consigue aceptar la novedad traída por Jesús y, desde
la cárcel, le envía un ultimátum que suena a excomunión:
"Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro? (Mt 11,3).
A la amenaza del Bautista, Jesús responde con los hechos, enumerando
las acciones positivas con las que ha devuelto la vida: "Id a contarle
a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Ciegos ven y cojos andan, leprosos
quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena noticia
(Mt 11,4-5).
En su réplica a Jesús cita dos textos conocidos de Isaías,
donde se anuncian las obras que deberá hacer el Mesías de Dios
a su llegada, pero censura los pasajes en los que el profeta anuncia la esperada
venganza de Dios sobre los paganos pecadores: "Mirad a vuestro Dios que
trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará; (Is
35,4; 61,2).
Y Jesús concluye su respuesta con un aviso para Juan, que es una invitación
a abrirse a la novedad de un Dios que ama a todos: "¡Y dichoso el
que no se escandalice de mí! (Mt 11,6). Solo así Juan, "el
más grande de los nacidos de mujer" (Mt 11,11) será grande
también en el reino de Dios.