Texto tomado del capítulo II

del libro de C. J. den Heyer,

PABLO.

UN HOMBRE DE DOS MUNDOS

Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 37-64.

 

 

Un hombre cosmopolita

       Pablo fue un hombre con un complejo trasfondo. Vivió y trabajó en diferentes mundos y culturas. Se enorgullecía de sus orígenes judíos (Fil 3,5-6), pero a la vez se aprovechó de las ventajas que le ofrecía su condición de ciudadano romano (Hch 16,37-39). Pablo era un judío de la Diáspora. Se crió en Tarso, una ciudad helenística de la zona oriental de Asia Menor. Todavía joven marchó a Jerusalén para formarse en el conocimiento de la Escritura y la tradición en la escuela de Gamaliel, un destacado dirigente del movimiento de los fariseos (Hech 22,3).

       Gracias a este trasfondo cosmopolita, Pablo hablaba varios idiomas. Durante su juventud, que pasó en el ambiente helenístico de Tarso, se familiarizó con el griego (Hch 21,37) y escribió sus cartas en el griego koiné. En el periodo en torno al comienzo de nuestra era había muchos no griegos que eran capaces de expresarse en esta forma simplificada del griego clásico. Al igual que el inglés en nuestro tiempo, el griego koiné hacía posible comunicarse con gentes de otras culturas y razas. Pablo era además ciudadano romano. No lo sabemos a ciencia cierta, pero es muy posible que fuera capaz también de hablar latín. Y para asombro de los enfurecidos judíos de Jerusalén, también hablaba su idioma, hebreo o arameo (Hch 21,40; 22,2). Este dominio de varios idiomas facilitó a Pablo sus viajes a través de todo el Imperio Romano y la posibilidad de hacerse entender casi en todas partes. Visitó importantes centros urbanos como Antioquía en Siria, Éfeso en Asia Menor, Filipos, Corinto y Atenas en Grecia y finalmente, coronando su obra, Roma en Italia.

       Han transcurrido siglos desde los viajes de Pablo. Algunas de las ciudades que visitó están hoy en ruinas, pero no dejan de suscitar el interés de arqueólogos y modernos peregrinos deseosos de "seguir las huellas de Pablo" con intención de hacerse una idea del mundo en que el apóstol se movía. En Roma y en Atenas está el ajetreo de la vida moderna con toda su fuerza, algo que puede encontrase también en otros lugares, como Nueva York, que no pueden envanecerse de un pasado particularmente venerable. Pablo no podría creer lo que vería si le fuera posible visitar de nuevo en nuestros días Roma y Atenas. La historia no se ha detenido después del siglo I. Todo ha cambiado. Incluso el Imperio Romano, tan grande, poderoso y extenso cuando parecía que el mundo se acababa en sus fronteras, ha desaparecido de la faz de la tierra hace mucho tiempo. Las ruinas cuentan una viejísima historia, siempre fascinante, de auge y caída, de nacimiento, desarrollo y decadencia.

       Pablo no albergaba grandes expectativas acerca del futuro de aquel mundo (Rom 8,18-30). Al igual que muchos de sus contemporáneos, vivía con la convicción de que el fin estaba cerca: "El plazo se ha acortado" (1 Cor 7,29). La (segunda) venida del Señor estaba próxima: "Maranatha (ven, Señor)" (1 Cor 16,22). Por esta razón parece dudoso que Pablo llegara siquiera a soñar que un seguidor de Jesucristo pudiera sentarse algún día en el trono imperial de Roma, algo que sin embargo sucedería en el siglo IV. Los mártires cedieron el paso a las autoridades, y esto tuvo sus consecuencias. Perdieron interés ciertas perspectivas teológicas y otras pasaron a primer plano. En tales circunstancias, el desencanto que trajo consigo el hecho de que el reino de Dios no terminara de materializarse dio paso al gozo de ver cómo el poderoso Imperio Romano se convertía en un imperio cristiano. Pero este gozo duró poco. Resultó que la fe cristiana no era garantía de éxito. El Imperio Romano entró en decadencia y terminó por desaparecer del mapa, aunque no fue olvidado. En numerosos lugares, desde las costas occidentales de Europa hasta el Medio Oriente, todavía son visibles los restos de impresionantes construcciones erigidas en su día por los romanos. Pero se trata sólo de ruinas que todavía causan admiración, incluso a los hombres de comienzos del siglo XXI, acostumbrados como están a contemplar edificios imponentes.

       Después de tantos siglos nos resulta imposible hacernos una idea del fascinante mundo clásico en que vivió Pablo y que pudo conocer a lo largo y a lo ancho durante sus viajes. Aunque fuéramos capaces en principio de seguir su rastro con toda exactitud, no podríamos hacerlo porque el relato de aquellos viajes que nos transmiten los Hechos resulta bastante impreciso, a la vez que las referencias geográficas de las cartas de Pablo son extremadamente sumarias, sin contar con que las imágenes que llamarían nuestra atención serían muy distintas de las que contempló el apóstol. No es posible salvar una distancia de tantos siglos.

       Honradamente hemos de reconocer que no podemos dar una respuesta satisfactoria a esta cuestión. No somos contemporáneos del apóstol ni lo seremos nunca, por mucho que leamos una y otra vez sus escritos. Pienso que sería arrogancia teológica pretender que es posible no sólo hacer una reconstrucción completa del "pensamiento" del apóstol sino también expresarlo con ayuda de menos de diez cartas y cierto número de relatos de viaje de los Hechos.

       Todo el que pretenda hacer un esfuerzo por analizar las ideas teológicas de Pablo habrá de tener muy en cuenta el abismo a que antes me he referido. Para empezar, sería un grave error subestimar el mundo clásico. En la formación de Pablo influyó un conglomerado de culturas que en modo alguno podríamos describir como primitivas. La civilización europea occidental no hubiera poseído la fuerza y los valores que sabemos de no haber sido alimentada por el pensamiento de figuras "clásicas" portadoras de nombres tan famosos como los de Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles, Juio César, Tácito, Livio y otros muchos filósofos, pensadores, dramaturgos, novelistas e historiadores que dejaron huellas tan profundas en la historia que han merecido ser investigadas hasta nuestros días.

       Las dimensiones del Imperio Romano superan lo imaginable por su extensión. Al mando de hábiles e ingeniosos comandantes que se han hecho famosos, como Pompeyo y el citado Julio Cesar, las legiones romanas derrotaron a un pueblo tras otro. El resultado fue que el Imperio empezó a parecerse cada vez más a una mezcla de idiomas, culturas y religiones. Los romanos solían ser muy tolerantes con la diversidad de opiniones. Su admiración por la cultura griega -religión, filosofía y obras de teatro- venía de los tiempos anteriores al Imperio. Incluso una vez que habían alcanzado la cumbre de su poderío, las autoridades romanas solían actuar con prudencia y sensatez suficientes como para no provocar la rebelión de los pueblos conquistados desafiando y suprimiendo sus religiones. Aquellos pueblos no fueron obligados a adorar a los dioses de sus vencedores. Con una sola excepción, la tolerancia romana llegó hasta a aceptar los dioses de los pueblos vencidos y concederles un lugar de pleno derecho en el marco de sus propias ideas religiosas1.

       Pero a pesar de este conglomerado de religiones y culturas, que nos parece tan confuso como caótico, podemos afirmar que en el Imperio Romano se daba un cierto grado de unidad cultural. Esta unidad "espiritual" tenía sus bases en las ideas filosóficas y religiosas de pensadores como los que he mencionado más arriba, cuyos escritos se leían y estudiaban en todas partes. Sus ideas formaban parte integrante de la cultura de cuantos habían recibido una educación. No sería temerario dar por seguro que tal era también el caso de Pablo, que había crecido en una ciudad helenística distinguida en el campo tanto de la cultura como de la filosofía. En sus frecuentes viajes, Pablo se movía por un mundo vivo, colorista. Quienes aspiren a comprender a fondo sus cartas y captar sus ideas tendrán que detenerse en la cultura de ese mundo2.

 

"Soy judío"

       Según el autor de los Hechos, Pablo declaró enérgicamente en dos ocasiones casi seguidas que era judío. Lo hizo durante su última estancia en Jerusalén, después de que otros judíos lo reconocieran y le amenazaran a cuenta de sus actividades como predicador de la fe cristiana (Hch 21,39; 22,3). Sobre este punto no hay divergencias entre las cartas y los Hechos. Pablo era judío y no veía motivo alguno para renegar de su condición de tal: "Del pueblo de Israel..." (Flp 3,6); "Soy Israelita..." (Rom 11,1). En una ocasión utilizó una expresión retórica que habla por sí misma: ")Son hebreos? También yo" (2 Cor 11,22).

       Sus orígenes judíos marcaron su vida. Creció como el judío Saulo (Hech 7,58). La antigua fe de los padres significaba mucho para él (Gal 1,14), pero se convirtió en convencido seguidor de Jesucristo. Saulo se volvió Pablo. Su vida cambió radicalmente, pero nunca negó su condición de judío. Pablo siguió siendo Saulo3. Murió como cristiano y como judío. En virtud de su nacimiento fue acogido en alma y cuerpo por una comunidad de fe que poseía una antigua y venerable tradición.

       Durante el siglo I de nuestra era, el judaísmo se difundió ampliamente por el Imperio Romano4. Había judíos en cierto número de ciudades; solían formar grupos muy reducidos en número, pero en ocasiones eran bastantes y dejaban sentir su influencia. Tal era el caso de Antioquía de Siria y sobre todo de Alejandría de Egipto. Los arqueólogos han hallado por todo el Imperio Romano restos de los edificios que servían de sinagogas. Nada parece indicar -Mt 23,15 es una notable excepción- que los judíos se dedicaran activamente a difundir su fe entre los gentiles5. Pero al mismo tiempo, las creencias judías ejercían un marcado poder de atracción sobre los no judíos. La razón quizá esté en el monoteísmo inequívoco que puede considerarse característico de la tradición judía. La unicidad del Dios de Israel era de un orden diferente y superior a cuantas historias circulaban acerca del dios supremo griego, Zeus, y todo su cortejo de dioses. Nadie que sintiera repulsión ante las escandalosas acciones de Zeus dejaría de encontrar atractivas las historias del Antiguo Testamento judío acerca del Dios único y exaltado de Israel. Por otra parte, la conducta de los judíos causaba impresión y su modesto estilo de vida les ganaba el respeto de sus conciudadanos no judíos. Cuantos valoraban una moral elevada buscaban y encontraban su salvación en la sinagoga local.  

"Nacido en Tarso de Cilicia"

       El autor de los Hechos no deja duda alguna acerca del sentimiento de una estrecha relación con la ciudad de Tarso de Cilicia que embargaba a Pablo. En ella había nacido (Hch 22,3) y se dice que de nuevo residió allí cuando, después de su huida de Damasco, Jerusalén amenazaba con convertirse en una ciudad demasiado peligrosa para él, hasta el punto de que en ella peligraba su vida (Hch 9,30; 11,25). En los Hechos no queda duda alguna acerca de esta identificación: el apóstol era conocido en todas partes como Saulo/Pablo de Tarso (Hch 9,11; 21,39). Lo sorprendente es que en las cartas no aparezca referencia alguna a Tarso. En sus notas autobiográficas del primer capítulo de la carta a los Gálatas dice Pablo que después de su primera visita a Jerusalén marchó "a Siria y Cilicia" (Gál 1,21), pero no dice una palabra sobre la ciudad de Tarso. )Contradice este silencio a las noticias de los Hechos?

       Con toda probabilidad no es así. El silencio de Pablo podría explicarse por el hecho de que en las cartas quería probar y defender por encima de todo su identidad de judío. En la discusión acerca del alcance de los mandamientos de la Torá para los cristianos procedentes de la gentilidad adoptó una postura que hizo sospechar a algunos judeocristianos que no aceptaba en serio la Torá en su integridad. En semejante discusión se refirió repetidas veces con gran insistencia a sus orígenes judíos y a su formación en el seno de aquella comunidad (Gál 1,11-24; Flp 3,5-9). Hubiera sido como dar argumentos a sus oponentes si, por afán de comunicar unas noticias más completas, hubiera mencionado Pablo en los pasajes autobriográficos que había visto la luz del día fuera de las fronteras del territorio judío. Cualquier judío de la Diáspora era en todo caso sospechoso de no tomar absolutamente en serio la fidelidad a la Torá.

       Parece legítimo sacar la conclusión de que Pablo nació en la Diáspora judía. En sus tiempos no era el único judío cuya cuna no había estado en la antigua tierra de Israel. En el siglo I de nuestra época, la Diáspora judía era ya un antiguo y muy amplio fenómeno6. Familias judías muy influyentes se habían instalado en la zona de Mesopotamia desde los tiempos del exilio babilónico. Sus antepasados no habían prestado oídos a las llamadas a retornar al país de Judá. Por diversas razones habían preferido permanecer en Persia. Algunos conocieron el éxito en el comercio y los negocios. En esas circunstancias también floreció el estudio de la Escritura y la tradición. En la etapa subsiguiente a la destrucción del templo en el año 70 d.C., los escribas de Persia desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la tradición judía. No es casualidad, por otra parte, que el Talmud de Babilonia fuera más estimado que el de Palestina.

       La gran ciudad egipcia de Alejandría era también un centro importante del judaísmo de la Diáspora 7. Poco podemos decir con certeza acerca de los orígenes de su comunidad judía, pero no se ha de excluir la posibilidad de que en ella jugara también un papel decisivo el exilio babilónico. En este sentido, el libro del profeta Jeremías habla de unos habitantes de Judá que después de la destrucción del templo en el año 586 a.C. huyeron a Egipto por temor a las represalias de los babilonios (Jr 41,16-18). Alejandría, fundada por Alejandro Magno, como su nombre sugiere, en el siglo IV a.C., creció rápidamente hasta convertirse en una importante ciudad cosmopolita que contaba con una distinguida e influyente minoría judía. Alejandría tenía un buen puerto que hacía de ella un foco importante para el comercio y los negocios, pero además era un centro cultural y un crisol donde se mezclaban diversas convicciones religiosas y corrientes filosóficas8. El judaísmo alejandrino había optado por no vivir en un aislamiento espiritual, y esto lo llevó a reflexionar sobre la relación entre sus propias convicciones y las perspectivas derivadas de las antiguas tradiciones egipcias y del helenismo.

       El judaísmo alejandrino fue importante también para el primitivo cristianismo. En cualquier caso, bastante antes del comienzo de nuestra era intentó tender un puente entre el judaísmo y el helenismo. En el siglo II a.C., bajo el tolerante gobierno de los Ptolomeos9, se dio un paso importante en ese sentido con una versión griega de la Biblia hebrea. Dentro de la comunidad judía alejandrina se había desarrollado, como reacción frente a las ideas paganas, un tipo de teología sapiencial de carácter sorprendentemente especulativo, menos exclusivamente centrada en la Torá10. En Alejandría vivió durante el siglo I a.C. el influyente pensador judeo-helenístico Filón. Es significativo que hasta el día de hoy, los círculos judíos ortodoxos se sigan mostrando críticos acerca del valor y la importancia de las ideas filonianas. Filón era ciertamente judío, pero judío de la Diáspora y se decía que su pensamiento estaba fuertemente influido por el helenismo.

       La Diáspora era muy extensa. A comienzos de nuestra era se extendió rápidamente aún más. Antiguos centros como Persia, Alejandría y las ciudades de Asia Menor pudieron beneficiarse sin duda del aflujo de nuevos emigrantes procedentes de la patria. La conocida parábola de Jesús sobre el "hijo pródigo" (Lc 15,11-32) no narra una historia intemporal sino que parece tomada de la vida misma. Las cosas solían ocurrir así en aquellos tiempos. El hijo mayor heredaba toda la hacienda y los hijos menores tenían que emigrar. El territorio judío era relativamente pequeño y fértil sólo en parte. Las intensas actividades constructivas de Herodes el Grande -palacios y fortalezas, y sobre todo el templo de Jerusalén- habían creado muchos puestos de trabajo, pero después de la muerte del rey, aquellas actividades declinaron bruscamente. Los jóvenes inconformistas, por consiguiente, salían en busca de alguna oportunidad de hacerse un futuro fuera de las fronteras del país de los judíos.

       También los antepasados de Pablo tomaron un día la decisión de dar ese paso. No sería extraño que tuviéramos que remontarnos hasta sus abuelos o sus bisabuelos para encontrar a los responsables de que Pablo naciera como un judío de la Diáspora. )Por qué marcharon a vivir a Tarso? Es prácticamente imposible dar una respuesta coherente a esta pregunta. Por mi parte tengo una sugerencia, puramente especulativa y sin prueba alguna, es cierto, pero no carente en absoluto de verosimilitud. Tanto las cartas como los Hechos no hacen ningún secreto de que el apóstol era económicamente independiente. Su intensa actividad misonera no le impidió proveer a sus propias necesidades, un hecho que menciona él mismo con orgullo (Hch 20,34; 2 Cor 11,9; 1 Tes 2,9). Su profesión era la de tejedor de lona (Hch 18,3). Es natural suponer que aprendió este oficio de su padre, pues tal era la norma en aquellos tiempos. )Por qué se asentó en Tarso su padre o su abuelo? Tarso era la capital de la provincia romana de Cilicia, lo que significa que esta ciudad era un centro gubernamental y que, en consecuencia, albergaba una guarnición. Incluso en nuestros días, los ejércitos necesitan tiendas. No es por tanto inconcebible que el padre de Pablo se ganara la vida confeccionando tiendas para la guarnición de Tarso. Esto explicaría por qué al final de su corto discurso en la prisión de Filipos apeló Pablo a su condición de ciudadano romano (Hch 16,37-39; 22,23-29)11.

       Tarso es ciudad de Cilicia, antigua, pues la menciona ya una inscripción de tiempos del rey babilónico Salmanasar III (hacia el año 830 a.C.). Su historia ostenta las huellas de los acontecimientos que marcaron el desarrollo político y militar del Medio Oriente; el imperio babilónico fue vencido por los persas, con el resultado de que Tarso quedó en manos de esta nueva potencia. Después de las campañas de Alejandro Magno, Tarso formó parte durante mucho tiempo del reino de Siria, hasta que en el año 66 a.C. fue incorporada al Imperio Romano. Era ciudad bien conocida y famosa. Contaba con una población heterogénea y pasaba por ser uno de los centros más significados de la cultura helenística. Filósofos y poetas la adoptaron como hogar y algunos afirmaban incluso que competía con los más famosos centros culturales como Atenas y Alejandría12.

       Si queremos hacernos una idea de la vida de Pablo y analizar su pensamiento, hemos de tener en cuenta todo esto. El apóstol no era un extraño al mundo de su época, dominado por el helenismo. Pablo hablaba griego y era ciudadano romano. Gracias a su juventud pasada en Tarso nunca se encontraría incómodo en una gran ciudad. No le desconcertaban las prisas y la agitación continuas ni le sorprendían la moral y las costumbres de las ciudades helenísticas, pues había crecido en ese ambiente gracias a su permanencia en Tarso. Supo desde su juventud que el mundo del Imperio Romano era particularmente rico en dioses y diosas13. En Tarso había además varios templos y Pablo sabría muy bien a quién estaban dedicados. También conocería el lugar en que se alzaba el gimnasio, la escuela de deportes que gozaba de una gran popularidad. En todo el Imperio Romano se prestaba mucha atención a los deportes y los juegos y el desarrollo del cuerpo se había convertido en un verdadero culto. Pablo estaría perfectamente al tanto de todas estas expresiones de la cultura helenística grecorromana, pero es muy probable que no tomara parte en ellas. Como judío de la Diáspora vivía en un mundo dominado por las ideas paganas. Parece, sin embargo, casi imposible que no influyeran en él de un modo o de otro. Al  mismo tiempo, incluso en su condición de judío de la Diáspora, nunca perdió la conciencia de su identidad judía.

 

"Circuncidado al octavo día"

       En la carta a la comunidad de los filipenses, el mismo Pablo relata que fue "circuncidado a los ocho días de nacer" (Flp 3,5). En los Hechos no hay referencia alguna a la circuncisión de Pablo. En los pasajes autobiográficos de Filipenses, la expresión es funcional. Frente a las críticas que le había ganado su postura de que los pagano-cristianos no tenían que circuncidarse (Flp 3,2-4; para un tratamiento más extenso de este tema, cf. la carta a los gálatas), Pablo quería zanjar de una vez por todas cualquier duda acerca de su condición de judío. De acuerdo con las normas estrictas de la Torá, él mismo fue circuncidado al octavo día (Lv 12,3; Lc 2,21, donde se dice que también Jesús fue circuncidado al octavo día).

       La noticia sobre la circuncisión de Pablo arroja alguna luz acerca de la religión de sus padres. Vivían en la Diáspora, pero observaban los mandamientos de la Torá. Hasta qué punto eran firmes sus convicciones es algo que no podemos decir, pues carecemos de la necesaria información. Aunque con alguna cautela, podemos deducir de ciertas observaciones formuladas por Pablo y de algunas decisiones que tomó que había crecido en un medio consciente de su identidad judía. Pablo conocía sus orígenes y habría recibido de sus propios padres el conocimiento de su identidad como judío: israelita, descendiente de Abraham y perteneciente a la tribu de Benjamín (Flp 3,5; Rom 11,1). Su decisión de marchar a Jerusalén para mejorar sus conocimientos sobre la escritura y la tradición nos dice también algo sobre sus padres. Dada la relación entre padres e hijos en aquella época, parece razonable suponer que ellos mismos le animaron a adoptar esta decisión. En las familias judías ortodoxas se juzgaba (y todavía se juzga) importante tener muchos descendientes. No sabemos si Pablo creció en una familia numerosa. Según los Hechos, al menos tenía una hermana (Hch 23,16).

       Al igual que muchos judíos de la Diáspora,  Pablo vivió ya desde su juventud en distintos mundos. Creció en unan típica ciudad helenística, pero como judío, como quien había sido circuncidado al octavo día. En el mundo grecorromano se miraba la circuncisión como una costumbre bárbara, una mutilación irreversible del cuerpo. Como consecuencia de haber sido circuncidado, Pablo quedó marcado de por vida y podía ser reconocido como judío.

       Sólo conjeturas podemos formular acerca del año de su nacimiento. El autor de los Hechos da la noticia de que estuvo presente en la lapidación de Esteban y lo llama "joven" (Hch 7,58). Esta noticia no nos aclara apenas nada. En efecto, )hasta qué edad se consideraba "joven" a alguien en aquella época y cuándo tuvo lugar la lapidación de Esteban?

       A estas preguntas sólo es posible responder con muchos "sí, pero". Esteban no tuvo su trágico fin (Hch 6,7) inmediatamente después de la efusión del Espíritu y la fiesta de Pentecostés (Hch 2). Entre los dos acontecimientos transcurrió algún tiempo. Es difícil señalar con precisión cuántos días, meses o quizá años. El nombre de Esteban se menciona por primera vez en los Hechos con  ocasión de las disputas surgidas en el seno de la comunidad original (Hch 6,1-6). Las disensiones partidistas significaban una amenaza real contra la unidad de la comunidad y dieron por resultado que algunas viudas sufrieran escasez. Esta situación está en agudo contraste con el comportamiento de la comunidad primitiva en la etapa inmediatamente posterior a Pentecostés (Hch 2,41-47; 4,32-37). )Cuándo se hizo notoria aquella insidiosa división? )Al cabo de un año o al cabo de varios años? )Cuánto tiempo puede durar una situación ideal? )No será que el cuadro de la primitiva comunidad que nos trazan los Hechos representa un ideal deseable14, pero que nunca existió bajo esa forma?

       No sabemos en qué año exactamente fue crucificado Jesús. El 7 de abril del año 30 es la fecha que se suele mencionar en relación con este acontecimiento15. Éste habría sido el año en el que nació la comunidad cristiana de Jerusalén. No es inconcebible que la disputa a que hacen referencia los Hechos surgiera poco después. Mucho antes de nuestra era son conocidas las tensiones existentes entre los distintos grupos de judíos, por ejemplo entre los que hablaban preferentemente arameo y otros que optaban por el griego porque procedían de la Diáspora y habían experimentado la influencia del helenismo. Era inevitable que los judíos que habían sido discípulos de Jesucristo introdujeran en la nueva comunidad de fe sus distintos trasfondos y tendencias. El resultado fue que las tensiones mencionadas se desarrollarían también con rapidez y facilidad dentro de la nueva comunidad.

       La lapidación de Esteban por consiguiente pudo tener lugar unos dos años después de la muerte de Jesús, es decir el año 3216. Pablo presenció la ejecución y, según el autor de los Hechos, en aquellos momentos era "un joven" (Hch 7,58). Es sabido que en aquella época las personas eran consideradas adultas antes que en la actualidad. Se casaban jóvenes, las muchachas hacia la edad de trece o catorce años y los muchachos unos años después, pero en cualquier caso antes de cumplir los veinte. Parece también verosímil que en aquellos tiempos la edad de doce años en el caso de los varones fuera el momento en que eran considerados adultos en sentido religioso (cf. el relato de Jesús en el templo a la edad de doce años; Lc 2,40-52). El joven Pablo partiría hacia Jerusalén poco tiempo después de cumplir esa edad. Dado que en sus cartas nunca menciona un encuentro con Jesús en Jerusalén, es probable que llegara a la ciudad después de la crucifixión, entre los años 30 y 32. Todo esto significa que el que más tarde se convertiría en apóstol vio la luz del día en Tarso hacia el año 15.

 

"Alumno de Gamaliel"

       Sería inútil  buscar el nombre de Gamaliel en las cartas de Pablo. Debemos la noticia de que Pablo fue alumno de este influyente escriba al autor de los Hechos (22,3). El nombre Gamaliel había aparecido ya antes en otro pasaje: "Pero un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la Ley respetado por todo el pueblo, se levantó en el Consejo" (Hch 5,3). El gesto tiene lugar durante una sesión del Sanedrín en la que se amonestó a Pedro y a los otros apóstoles. Parece ser que algunos miembros de la suprema corporación legal judía opinaban que los seguidores de Jesús eran merecedores de la pena de muerte y que Gamaliel se les oponía enérgicamente. En aquella ocasión dio a sus colegas un prudente consejo: "No os metáis con esos hombres, soltadlos. Si su plan o su actividad es cosa de hombres, fracasarán; pero si es cosa de Dios, no lograréis suprimirlos y os expondríais a luchar contra Dios" (Hch 5,38-39).

       Sorprende a primera vista que en las cartas de Pablo no aparezca el nombre de Gamaliel. )Puede citarse este silencio por parte del apóstol como prueba de que el autor de los Hechos nos transmite un cuadro incorrecto de los contecimientos? En cualquier caso, Gamaliel no es una figura ficticia. Su nombre es mencionado con respeto en la literatura judía. Venía a ser un eslabón en una dinastía de influyentes escribas. Personalmente era nieto de Hillel, fundador de una de las más importantes escuelas dentro de la corriente farisea. A finales del siglo I, uno de sus nietos pertenecía a la generación de los primeros rabinos que se consagraron a asegurar la continuidad de la tradición judía después de la catástrofe del año 70. También este rabino llevaba el nombre de Gamaliel. Para distinguir al abuelo y al nieto, el contemporáneo de Jesús suele ser designado como Gamaliel I y su nieto como Gamaliel II17.

       Es comprensible que en el libro de los Hechos no se manifieste reticencia alguna acerca de la relación entre el sabio Gamaliel y el joven Pablo. Cualquiera que se hubiera formado a los pies de este venerable y respetado maestro podía ser considerado experto en la Escritura y la tradición. Nadie se hubiera extrañado de que el apóstol mencionara con orgullo el nombre de su maestro. Pero no lo hizo. Pablo debió de tener sus razones para guardar silencio. Tenía muy claro que había sido llamado por Dios (Gál 1,1.15). Subraya sin reservas su situación y nadie fue capaz de influir sobre él ni hacerle pensar de modo distinto (Gál 1,11-12), ni siquiera los primeros apóstoles, los dirigentes de la primitiva comunidad de Jerusalén (Gál 1,16). No es de extrañar, por consiguiente, que mantuviera la misma reserva acerca del hecho de haber sido discípulo de Gamaliel. Y hasta es posible que Pablo tuviera otra razón para no mencionar al destacado dirigente del movimiento fariseo. En los Hechos ciertamente se sugiere que Gamaliel fue el más importante maestro de Pablo, pero no es inconcebible que el hombre que más tarde habría de convertirse en apóstol hubiera experimentado la inspiración y el influjo de otros escribas en Jerusalén.

 

"Por lo que toca a la Ley, fariseo"

       Los padres de Pablo observaban los mandamientos de la Torá. Siendo aún joven, viajó a Jerusalén para formarse allí en la exegesis de la Escritura y la tradición bajo la dirección de Gamaliel, al que antes hemos mencionado. Gamaliel era escriba y pertenecía a la corriente de los fariseos dentro del judaísmo de la época (Hch 5,34). Cuando Pablo escribe en el pasaje autobiográfico de su carta a los Filipenses que era, "por lo que toca a la Ley, fariseo", este rasgo encaja en el perfil que vengo trazando del apóstol. A imitación de sus padres y de su maestro, Pablo pertenecía al partido de los fariseos y suscribía sus objetivos y sus ideales.

       Para entender bien el trasfondo del pensamiento de Pablo es importante prestar atención a las motivaciones de los fariseos. Varios textos de los cuatro evangelios canónicos han contribuido a dar a este nombre unas connotaciones negativas en la tradición cristiana. Los fariseos son hipócritas (Mt 6,1-18; 23, 1-39; Lc 18,9-14). Son retratados como críticos constantes de las supuestas transgresiones de la Torá cometidas por Jesús (Mc 12,13-17; Lc 14,1-6; Jn 9,40-41). Pero gracias a un mejor conocimiento de la situación religiosa dentro del judaísmo en tiempos de Jesús, sabemos que los evangelistas nos muestran una imagen distorsionada de los fariseos. Se afirma que los fariseos eran adversarios de Jesús. Ciertamente no lo eran y no tenían motivo alguno para condenarlo a muerte (Lc 13,31-35)18.

       Cuando Jesús llega a Jerusalén, los fariseos desaparecen en el trasfondo. No juegan papel alguno en su proceso y no se les vuelve a nombrar. Se diría que la actitud de los evangelistas con respecto a los fariseos está influida por lo que sucedía en su tiempo, con el resultado de que consciente o inconscientemente proyectaron esa situación sobre la época de Jesús. Después de la destrucción del templo en el año 70 creció rápidamente la influencia de los fariseos, que se convirtieron en jefes espirituales del judaísmo. Al mismo tiempo, las tensiones entre judíos y cristianos crecieron hasta el punto de que entre unos y otros se hizo inevitable el cisma. En aquel debate, los cristianos se encontraron enfrentados a unos escribas que eran predoninantemente fariseos, hombres versados en las Escrituras y no fáciles de convencer por sus oponentes. No podemos reprochar a los evangelistas que proyectaran sus actitudes polémicas contra los dirigentes judíos sobre los tiempos de Jesús. La situación por la que ellos atravesaban ahora habría sido con seguridad la misma por la que hubo de atravesar Jesús en su momento. También Jesús sufrió sin duda la amenaza de los fariseos fanáticos. (Seguro que hasta maquinaron su muerte (Mc 3,6)!19.

       De lo dicho se desprende que quienes aspiren a saber más sobre los objetivos e ideales de los fariseos en tiempos de Jesús habrán de contar con el hecho de que los textos del Nuevo Testamento que a ellos se refieren no son históricamente fiables20. Por supuesto que en los círculos fariseos habría hipócritas, como ocurre en todo grupo religioso, pero no es menos cierto que sería injusto tacharlos en bloque de hipócritas. Los fariseos se tomaban la vida muy en serio. Conocían bien las Escrituras y estaban profundamente convencidos de que Dios no les consentiría que se burlaran de él. Por esta razón, la Torá jugaba un papel capital en su vida.

       Las raíces del fariseísmo, tal como lo conocemos en sus distintas escuelas y tendencias del siglo I de nuestra era, se remontan a la tradición judía del Antiguo Testamento. La terrible realidad del exilio babilónico había planteado una vez más la cuestión de la acción de Dios en la historia. )Cómo pudo Dios permitir que aquello ocurriera? )Es que Dios era impotente frente a la violencia de los gobernantes asirios y babilónicos? )O es que realmente fue su voluntad que el pueblo de Israel fuera llevado a la cautividad? En el libro del profeta Jeremías encontramos la siguiente sentencia que nos desconcierta: "Pues bien, yo (Dios) entrego todos estos territorios a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo" (Jr 27,6). Sin embargo, de acuerdo con el profeta, todo aquello no ocurrió a espaldas de Dios, sino que tal era su voluntad: la dramática derrota, la conquista de Jerusalén, la destrucción del templo, el final de la dinastía de David, la deportación de una gran parte de la población. )Pero por qué quiso Dios todo aquello? Los lectores del libro profético no quedan en la ignorancia por mucho tiempo acerca de la respuesta a esta pregunta: ")Por qué me ponéis pleito, si sois todos rebeldes? -oráculo del Señor-. En vano herí a vuestros hijos: no escarmentaron" (Jr 2,29-30). Destrucción y cautividad se entienden como castigos de Dios, pues el pueblo de Dios le desobedeció y se apartó continuamente de los caminos del Señor.

       El tenor de esta respuesta fue de capital importancia para la historia del pueblo judío hasta nuestros días21. También el fariseísmo encaja en esta perspectiva22. Este movimiento surgió poco después del éxito obtenido por la revuelta de los Macabeos en los años 167-164 a.C. Los "piadosos" (= hasidim) que se negaban a obedecer las órdenes de su soberano sirio, que pretendía modernizar y helenizar la fe judía, desafiaron sus amenazas de someterlos a tortura, se unieron después de la conquista y formaron un movimiento integrado por cuantos pensaban del mismo modo. Se consideraban ante todo un movimiento penitencial, inspirado por profetas como Jeremías, Esdras y Nehemías. Con enorme tristeza descubrieron que las advertencias que les llegaban desde un distante pasado no habían perdido vigencia y que la mayor parte del pueblo judío apenas había aprendido nada de la experiencia vivida. )Tendría que repetirse la historia? En tan crítica situación, los fariseos entendieron que estaban llamados a oponerse con todas sus fuerzas al peligro que les amenezaba. Por ello se centraron en la observancia de los mandamientos de la Torá con la esperanza de que otros seguirían su ejemplo. Pero chocaron con una enconada oposición. A causa de su "celo" por la Torá entraron en conflicto con todos los judíos que no rechazaban la influencia helenística sobre su propia fe y sus tradiciones. Este grupo incluía también a los descendientes de los Macabeos, la dinastía de los Asmoneos, que reinaría sobre el pueblo judío hasta la llegada de los romanos en el año 63 a.C. Hacia el 100 a.C., el conflicto alcanzó su momento culminante, con la trágica consecuencia de que algunos fariseos murieron por orden del gobenante asmoneo23.

       Los fariseos nunca tuvieron un gran número de seguidores, pero influyeron mucho en la vida de los judíos. Así ocurría en tiempos de Jesús. Su austera forma de vida imponía respeto. Sus acciones se caracterizaban por la sobriedad. Entendían que era de la mayor importancia hacer que teoría y práctica, convicciones y vida cotidiana se combinaran tan estrechamente como fuera posible. Los fariseos eran considerados expertos en la Escritura y en la tradición, pero combinaban el estudio permanente de la Torá con el ejercicio de una profesión. Muchos aprendían un oficio; había entre ellos guarnicioneros o curtidores; se ganaban la vida con la confección de lonas (como Pablo y su familia) o como carpinteros (a semejanza de José y Jesús; cf. Mt 13,55). En la literatura rabínica tardía se elogia incluso a los carpinteros por su habilidad y de ellos se afirma que eran expertos en el atento estudio de los mandamientos de la Torá.

       Los fariseos combinaban su piedad estricta e intensa con un sorprendente sentido de la realidad. No les quedaba otro remedio, pues se situaban deliberadamente en el centro de la vida ordinaria. En los círculos fariseos gozaban de una elevada estima el matrimonio y la familia. El padre de familia tenía el deber de proveer todo lo necesario para su esposa y sus hijos (que frecuentemente eran muchos). Eran las consecuencias de la opción que los fariseos estaban convencidos que debían hacer de conformidad con la Escritura y la tradición. No se apartaban del mundo y sus quehaceres cotidinaos, como hacían los esenios, con los que en definitiva estaban emparentados. Éstos buscaban la soledad del desierto en la región del Mar Muerto a fin de poder observar allí los mandamientos de la Torá tan estrictamente como les fuera posible. Los fariseos, en cambio, estaban firmemente implantados en la sociedad de su tiempo y tenían que ganarse la vida, por lo que se sentían obligados a enseñar los mandamientos de la Torá de tal manera que la vida no se convirtiera en un peso insoportable. En los círculos fariseos había muchas diferencias de opinión sobre cómo debía exponerse la Torá. Es comprensible. Se requería mucho ingenio para tratar así la Torá, y esto provocó malentendidos y hasta oposición. En los escritos de la comunidad de Qumrán, los esenios formulan duros juicios sobre la actitud de los fariseos; se les llama cobardes y hasta hipócritas24. Era fácil expresarse de este modo a quienes se habían apartado de la sociedad y se negaban a mancharse las manos con los trabajos de cada día.

 

Un zelota apasionado

       Poco a poco va tomando forma el perfil de Pablo. Pero aún no está completo. Hemos advertido ya que su trasfondo resulta complejo. Como hombre cosmopolita hablaba varios idiomas y no se sentía extraño en el mundo helenístico del Imperio Romano. En Pablo, el judío de la Diáspora, se juntaban varias culturas divergentes. Sus cartas demuestran que era hombre instruido, capaz al parecer de expresarse y discutir sin dificultad en un estilo que responde a las reglas que desde mucho tiempo atrás había establecido la retórica griega y romana25.

       Pablo era hombre de dos mundos. Había crecido en una ciudad dominada por la cultura helenística. Al mismo tiempo, desde su juventud, en su vida jugó un papel no menos importante su condición de judío. En la Diáspora, sus padres observaban los mandamientos de la Torá y seguramente hicieron todo lo que estaba en su manos para educar a su hijo en esta atmósfera. Su estancia en Jerusalén estimularía a Pablo a seguir ese camino hasta convertirse en un adepto convencido y entusiasta del fariseísmo. Incluso en las cartas que luego escribiría como seguidor de Jesucristo, no ocultó su identidad judía y tampoco tuvo motivos para silenciar sus antecedentes como fariseo. Pablo no se avergonzaba de su pasado. Puede que incluso haya motivos para afirmar que miraba hacia atrás con cierto orgullo a propósito de su etapa de fariseo convencido. En los recuerdos que puso por escrito, muchas veces utilizó un término que da que pensar y que por ello merece una más atenta consideración.

       Pablo gustaba de describirse como un "zelota": "Y hacía carrera en el judaísmo más que muchos compatriotas de mi generación, por ser mucho más celoso de mis tradiciones ancestrales" (Gál. 1,14). Esta misma terminología aparece en otras cartas: "Si se trata de celo, fui perseguidor de la Iglesia" (Flp 3,6). Aquí llama la atención que Pablo no reserve su "celo" para el pasado. Del mismo modo que había sido un apasionado zelota por la tradición del Antiguo Testamento, también ahora se muestra igualmente celoso con la misma pasión por la comunidad cristiana: "Es que tengo celos de vosotros, los celos de Dios" (2 Cor 11,2). También se llama Pablo "celoso ante Dios" en el pasaje autobiográfico de los Hechos que ya he citado. Estaba orgullosos de ese "celo", pero evidentemente no por ello se consideraba superior a sus correligionarios judíos, cuyo "celo" elogia sin reservas (Hch 22,3). El apóstol se expesa a veces con menos modestia en sus cartas. Según sus propias palabras, superaba a la mayoría de sus contemporáneos en su celo (Gál 1,14). Era un hombre apasionado. La Escritura le aportaba las motivaciones de su actividad.

       No fue Pablo el primer "zelota", ni sería el último, en la historia del pueblo judío. Tuvo predecesores que le inspiraron este "celo", cuyo ejemplo estimularía siglos después de Pablo a otros que se hicieron "celosos" por Dios y por la Torá con no menor entrega y sacrificio. Dios les pide que elijan, porque es "un Dios celoso" (Dt 5,9). La consecuencia es que a veces se hace necesario atajar a alguien que se cree con derecho a rebelarse contra Dios y sus mandamientos. En tales momentos aparecen los "zelotas". La serie se abre en el Antiguo Testamento con Fineés, un sacerdote, nieto de Aarón (Nm 25,11); después de él se suceden el profeta Elías (1 Re 19,10-14) y el rey Jehú (2 Re 10,16.30-31)26.

       La historia de Fineés en Nm 25 nos ofrece un vivo retrato de las intenciones del "zelota". A punto de entrar en la tierra prometida, el pueblo de Israel comete el pecado de la idolatría a gran escala. Dado que Dios había sellado una alianza con Israel, el sincretismo es uno de los peores pecados. Es una forma de infidelidad que puede compararse con la prostitución (Os 2,1-22). El relato de Nm 25 empieza del modo siguiente: "Estando Israel en Acacias, el pueblo comenzó a prostituirse con las muchachas de Moab, que los invitaban a comer de los sacrificios a sus dioses y a prosternarse ante ellos" (Nm 25,1-2). Lo uno lleva a lo otro y la cosa va de mal en peor. A lo largo de los siglos se repetiría la historia muchas veces: unas mujeres extranjeras traen consigo sus dioses y sus diosas. Y así, hasta el sabio rey Salomón sucumbió en su ancianidad (1 Re 11,1-13). Se produjo una terrible irrupción de la idolatría cuando el rey Ajab se casó con una princesa de origen pagano, Jezabel, hija del rey de los sidonios (1 Re 16,29-34).

       En situaciones semejantes, se incendia la ira de Dios y las consecuencias son desastrosas. Se habla de una "plaga" y de la muerte de no menos de veinticuatro mil israelitas (Nm 25,9). )Cómo poner coto a la ira de Dios? Evidentemente, esto sólo es posible si uno o más hombres piadosos se convierten en "zelotas". Ése es el papel que se atribuye a Fineés en Nm 25. Es típica la forma en que es presentado (Nm 25,7): Fineés, el zelota por excelencia, es nieto de Aarón, el sacerdote por excelenecia.

       Gracias al celo de Fineés, "la plaga" terminó, y muerte y destrucción dejaron de hacer presa en el pueblo de Israel. Fineés, llevado de su celo por Dios, dio muerte públicamente y con sus propias manos a un israelita y a una mujer madianita que habían fornicado. Después de esto, Dios dirigió las siguientes palabras a Moisés: "El sacerdote Fineés, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, celoso de mis derechos ante el pueblo, ha apartado mi cólera de los israelitas y mi celo no los ha consumido; por eso prometo: Le ofrezco una alianza de paz: el sacerdocio será para él y para sus descendientes, en pacto perpetuo, en pago de su celo por Dios y de haber expiado por los israelitas" (Nm 25,11-13).

       La enérgica intervención de Fineés, su celo por Dios, dan por resultado que se vuelva atrás la ira de Dios y de este modo se acabe la plaga. Se establece una nueva alianza y se restaura la relación con Dios que había sido destruida. Puede decirse que el celo de Fineés ha dado por fruto la "reconciliación". Pero la historia no acaba ahí según el libro de los Números. Resulta a todas luces inevitable una nueva orgía de violencia. Por mandato de Dios, el pueblo de Israel toma venganza de los madianitas: "Moisés los envió a la batalla. Mil por cada tribu, a las órdenes de Fineés, hijo de Eleazar, con las armas sagradas y las cornetas para el toque de zafarrancho. Presentaron batalla a Madián, como el Señor había mandado a Moisés, y mataron a todos los varones" (Nm 31,6-7).

       Los mismos motivos reaparecen en las historias relativas a los otros dos zelotas del Antiguo Testamento: el profeta Elías y el rey Jehú. De nuevo es cuestión de idolatría y el honor y la santidad de Dios están en juego. De nuevo puede decidir el zelota la disputa en su favor y fluye a torrentes la sangre: "Elías les dijo: Agarrad a los profetas de Baal. Que no escape ninguno. Los agarraron. Elías los bajó al torrente Quisón y allí los degolló" (1 Re 18,40). Por un relato anterior sabemos que eran cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal (1 Re 18,22). Elías, por tanto, es un celoso de Dios (1 Re 19,10.14), y lo mismo puede decirse de Jehú cuando dio muerte a Jezabel, exterminó toda la casa de Ajab y no tuvo piedad de cuantos persistieron en el servico del dios Baal (2 Re 10,16).

       Es muy significativo que el nombre de Fineés figure en la lista de los antepasados de Esdras, "un letrado experto en la Ley de Moisés" (Esd 7,1-6) que aparece como jefe del pueblo judío al término del exilio en Babilonia. Uno de los abusos que trató de combatir fue el sincretismo, que todavía causaba estragos. Poco después de su llegada le comunicaron que "el pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas han cometido las mismas abominaciones que los pueblos paganos, cananeos, hititas, fereceos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos; ellos y sus hijos se han casado con extranjeras, y la raza santa se ha mezclado con pueblos paganos. Los jefe y los consejeros han sido los primeros en cometer esta infamia" (Esd 9,1-2). A continuación y por consejo suyo se toma una decisión que suena muy dura a nuestros oídos, pero que estaba de acuerdo con lo que cabía esperar a la vista de lo antes dicho: "El sacerdote Esdras se puso en pie y les dijo: Habéis pecado al casaros con mujeres extranjeras, agravando la culpa de Israel. Ahora, confesadlo al Señor, Dios de vuestros padres, cumplid su voluntad y separaos de los pueblos paganos y de las mujeres extranjeras" (Esd 10,10-11).

       La conclusión de otro libro bíblico que lleva el nombre de Nehemías, un personaje de la misma mentalidad que Esdras y dirigente a su vez de los retornados del exilio, deja claro que esa línea de pensamiento se mantuvo. Los mandamientos de la Torá determinaban la existencia humana desde la cuna hasta la tumba27. Nehemías daba mucha importancia a cosas como la santificación del sábado y estipuló así mismo que era preciso poner fin a los matrimonios con no judíos (Neh 13). Su ideal se resume concisamente al final del libro: "Los purifiqué de todo contacto con extranjeros" (Neh 13,30).

       Siglos más tarde, en tiempos de la revuelta de los Macabeos28, las viejas tradiciones impulsaron a los piadosos, los hasidim, a oponerse con éxito a los perseguidores de la fe. Así se deduce claramente del texto deuterocanónico llamado 1 Macabeos, que con toda probabilidad fue escrito algunas décadas después de la revuelta. Este libro contiene la supuesta alocución de Matatías a su hijos cuando se acercaba la hora de su muerte (1 Mac 2,49-70). Algunos pasajes de este discurso tienen especial importancia para nuestro tema: "Hijos míos, sed celosos de la Ley y dad la vida por la alianza de nuestros padres. Recordad las hazañas que hicieron nuestros padres en su tiempo y conseguiréis gloria sin par y fama perpetua" (vv. 50-51). Se mencionan luego los nombres de Abraham y José, y más adelante también el de Fineés, el zelote del libro de los Números: "Fineés, nuestro padre, por su gran celo recibió la promesa de un sacerdocio eterno" (v. 54); siguen luego Josué, Caleb y David: "Elías fue arrebatado al cielo por su gran celo por la Ley" (v. 58). Estos "héroes" del pasado, celosos de Dios y de la Torá, son mostrados por Matatías a sus hijos como ejemplos, por lo que no deberán temer la batalla, pese a la superioridad de los sirios: "No temáis las palabras de un pecador, pues su fasto acabará en estiércol y gusanos" (1 Mac 2,62-64).

       También menciona en tono laudatorio el celo de Fineés el libro del maestro de sabiduría Jesús Ben Sirá: "Fineés, hijo de Eleazar es el tercero [después de Moisés y Aarón] en esta línea de potestad: con su celo por el Dios del universo se puso en la brecha de su pueblo, con su corazón generoso expió por los hijos de Israel. También a él le aseguraron un derecho, alianza de paz para sostener el santuario; para él y sus descendientes, sumo sacerdocio por siempre" (Eclo 45,23-24).

       En el siglo I de nuestra era, la época en que vivieron Jesús y Pablo, el antiguo "celo por Dios y el templo" asumió fuertes semejanzas tanto políticas como religiosas con los zelotas29. El cese forzoso de Arquelao como tetrarca de Judea en el año 6 d.C. y el cambio en la forma de gobierno introducido por los romanos hizo necesario un censo. Hubo una fuerte oposición a este censo no sólo en Judea sino también en Galilea. Un individuo dotado de rasgos carismáticos y cualidades de dirigente llamado Judas el Galileo (cf. Hch 5,37) logró canalizar la oposición. Así empezó el movimiento zelota. A pesar del fracaso de aquella revuelta, el movimiento no desapareció, sino que, especialmente en Galilea, provocó nuevas formas de oposición que causaron un continuo desasosiego. Debido a su difícil situación económica, muchos renteros del norte se vieron arrojados fuera de sus tierras, con lo que los zelotas pudieron contar con todas las facilidades para reclutar nuevos adeptos. En los años 40 y 50 creció rápidamente su influencia. El año 66 se extendió finalmente la revuelta contra la dominación romana. Al principio pareció tener éxito y de ahí que se avivaran las memorias del curso seguido por la sublevación de los Macabeos, pero todo terminó en una trágica catástrofe. Esta vez, el "celo" no fue premiado por Dios.

       En la tradición de sus antepasados de la misma mentalidad, los zelotas se esforzaban por conseguir una tierra pura y santa que nunca más fuera manchada por la presencia de unas autoridades paganas y sus tropas. Vivían en la expectación de una pronta llegada del reinado de Dios, pero a la vez pensaban que mientras tanto no tenían que permanecer pasivos. Su actividad tendría un efecto muy positivo. Si el reinado de Dios tenía que llegar, a ellos correspondía prepararle el camino limpiando el país y expulsando al enemigo impío. Lo prometido desde antiguo por los profetas se haría realidad: "El Señor será rey de todo el mundo. Aquel día el Señor será único y su nombre único" (Zac 14,9).

       Para los zelotas, al igual que para los Macabeos, el celo de Fineés era el gran ejemplo. Los zelotas veían en la resuelta intervención de Fineés la legitimación y la justificación teológicas de su violenta oposición. Con su acción, Fineés había logrado la reconciliación entre Dios y el pueblo. Los zelotas estaban convencidos de haber sido llamados a actuar del mismo modo. Los impíos marcaban el paso en la tierra de los judíos, muchos de los cuales colaboraban con el enemigo; se rendía culto a dioses extranjeros y de nuevo cundía la plaga de los matrimonios mixtos. La ira de Dios no tardaría en encenderse de nuevo. En consecuencia, era preciso repetir la acción de Fineés, que en su tiempo dirigió a los israelitas en una "guerra santa" contra los madianitas, una batalla de represalia en la que, por consiguiente, no hubo ningún compromiso.

       Jesús predicaba la pronta venida del reinado de Dios. Pero no era un zelota al estilo de aquel movimiento. Esto no significa que sus palabras y sus acciones dejaran de ejercer una cierta atracción sobre ()antiguos?) adeptos del zelotismo. El círculo de sus seguidores incluía a Simón el Zelota (Mc 3,18). Otros de sus discípulos tenían sugestivos motes, como Juan y Santiago, los hijos de Zebedeo, llamados Boanerges, "hijos del trueno" (Mc 3,17). Pedro recibe el nombre de Bar Jonah (Mt 16,17); según algunos exegetas, este nombre está relacionado con  un término antiguo que significa algo así como "terrorista"; finalmente, el sobrenombre Iscariote atruibuido a Judas (Mc 3,19) podría aludir a una tendencias extremista del movimiento zelota, los "sicarios".

       )Llegaría a alentar el comportamiento de Jesús unos sueños semejantes a los de los zelotas? Una vez llamó "zorra" a Herodes (Lc 13,32) y en otras ocasiones pronunció palabras violentas contra las autoridades y quienes detentaban el poder (Mc 10,42-45; Lc 22,25-27). Su entrada en Jerusalén y su retadora presencia en el templo pudieron suscitar nuevas expectativas entre los zelotas. También resulta elocuente la postura de Pilato con respecto a todo esto, pues condenó a  Jesús como un ridículo y fracasado pretendiente al trono e hizo fijar en la cruz un letrero con el insultante título de "rey de los judíos" (Mc 15,18.26).

       ¿Y Pablo? Se aplicaba, y con orgullo, el apelativo de "zelota", pero con toda probabilidad nunca pertenció a aquel movimiento. Según el autor de los Hechos, Gamaliel fue su maestro (Hch 22,3). En un episodio anterior del mismo libro bíblico, Gamaliel aparece como un hombre moderado (Hch 5,34-39). Era nieto de Hillel, un escriba fariseo que fundó una escuela y era considerado un "liberal" en su exposición de los mandamientos de la Torá30. )Perteneció Pablo, por consiguiente, a la "escuela de Hillel"? Pienso que no es posible responder afirmativamente a esta pregunta31. Pablo no era con seguridad un moderado; más bien se nos muestra como un fanático, un zelota que se sitúa conscientemente en el espíritu de la tradición judía del Antiguo Testamento. Su celo iba dirigido totalmente contra un nuevo movimiento surgido dentro del judaísmo de aquellos días, contra unos hombres y mujeres que se llamaban seguidores de Jesús de Nazaret. Gamaliel había abogado por adoptar una actitud de espera. Pablo no aceptaba ese consejo y optó por el enfrentamiento. Ahora podemos dar una segunda respuesta a la cuestión planteada más arriba acerca de por qué nunca consigna el apóstol el nombre de Gamaliel en sus cartas: es posible que, con el paso del tiempo, Pablo dejara de considerar a Gamaliel su maestro. A la larga, su postura moderada dejó de atraer a Pablo.

 

"Una espina en la carne"

       El retrato que el Nuevo Testamento nos transmite de Pablo resulta complejo. Irradia fuerza, parece lleno de confianza en sí mismo, posee energía ilimitada y puede cubrir grandes distancias. Parece legítimo concluir que debió de ser, en cuerpo y espíritu, un hombre extraordinariamente saludable. Sin embargo, un pasaje fascinante de la Carta a los Gálatas nos muestra otra faceta de Pablo: "Recordáis que la primera vez os anuncié el evangelio con motivo de una enfermedad mía, pero no me despreciasteis ni me hicisteis ningún desaire, aunque mi estado físico os debió tentar a eso; al contrario, me recibisteis como a un mensajero de Dios, como a Jesucristo en persona. Siendo esto así, )dónde ha ido a parar aquella dicha vuestra? Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos" (Gál 4,13-15). Pablo llegó enfermo. )Qué mal padecía? Sobre la base de la sentencia final de esta cita, algunos han supuesto que sufriría una grave dolencia de los ojos. No es intrínsecamente imposible. La ceguera y otras enfermedades de la vista no eran desconocidas en el mundo clásico. Sin embargo, las palabras de Pablo pueden ser interpretadas también en sentido figurativo. En este caso, querría decir que los gálatas estuvieron dispuestos a dar por él hasta lo más importante que poseían: la luz de sus ojos.

       En 2 Corintios, el apóstol da unos datos que merecen ser citados en relación con lo que venimos tratando. "Y eso que si quisiera presumir, no sería un insensato, diría la pura verdad, pero lo dejo, para que nadie me tenga en más de lo que puede sacar viéndome u oyéndome y por lo extraordinario de las revelaciones. Por eso, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne, un emisario de Satanás, para que me abofetee y no tenga soberbia. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él, pero me contestó: `Te basta con mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad'" (2 Cor 12,6-9). La historia de la exegesis de este pasaje ha demostrado que es imposible formular un diagnóstico fiable de la enfermedad de Pablo. Muchas veces se ha hablado de una forma de epilepsia, pero tampoco esto es seguro. Por otra parte, no pedemos excluir que en este pasaje no se refiera el apóstol primariamente a enfermedades físicas, sino que trate de llamar la atención sobre la presión espiritual bajo la que amenazaba con abandonar en ciertos momentos de su vida32. La vida le pesaba mucho en ocasiones y sabía por propia experiencia que le tocaría sufrir. En tales circunstancias le servía de apoyo la convicción de que podía asociar sus propias dificultades con los dolores de Cristo: "Paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo; es decir que, a nosotros que tenemos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestra carne  mortal" (2 Cor 4,10-12). Pablo no era un héroe intrépido. Seguía resueltamente su camino, pero no ignoraba sus deficiencias. Supo por propia experiencia que los seres humanos son vulnerables en cuerpo y espíritu. Este conocimiento no lo volvía tímido o inactivo. Tenía la capacidad de sacar fuerzas de flaqueza  y así llevar a cabo la tarea que Dios le había encomendado, conforme a su firme convicción de haber sido llamado a ella33.

 

Curriculum vitae34

Hacia 15                               nace en Tarso

30                                           crucifixión de Jesús

32                                           lapidación de Esteban

34                                           visión de Pablo cerca de Damasco

34-37                                     Pablo en Arabia y Damasco

37                                           primera visita a los apóstoles en Jerusalén

37-42                                     Pablo en Tarso

42-44                                     Pablo en Antioquía

45-48                                     primer viaje de misión con Bernabé

48/49                                     asamblea de los apóstoles en Jerusalén

49-52                                     segundo viaje de misión - estancia de dieciocho meses en Corinto

                                               primera Carta a los Tesalonicenses

52-54                                     tercer viaje de misión: dos años y medio en Éfeso

                                               correspondencia con las comunidades de Corinto y Filipos

                                               Carta a Filemón

invierno 54/55                       continuación del tercer viaje de misión - Macedonia

                                               conclusión de la correspondencia con Corinto y Filipos

                                               tres meses en Corinto

                                               Carta a los Gálatas

                                               Carta a los Romanos

55-56                                     viaje a Jerusalén

56-58                                     encarcelamiento en Cesarea

invierno 58/59                       viaje a Roma

59-61                                     encarcelamiento en Roma

?                                             muerte, presuntamente como mártir, en Roma.