EL DIALOGO ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE

Las religiones y la fe en el siglo XXI

 

Tomado del libro de C.J. den Heyer , Pablo. Un hombre de dos mundos.
Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 9-18.

 

I

“El siglo XX será espiritual o no será”, escribía André Malraux. La espiritualidad es el esfuerzo por hallar el sentido y la finalidad última a nuestras vidas.

En esto consiste la esencia de toda religión a partir del momento en que Dios es algo más que palabra nacida de la creencia: decir Dios es elegir un estilo de vida. La creencia es una forma de pensar; la fe, un modo de actuar. Esta espiritualidad se puede vivir en el marco de las sabidurías sin Dios, como ocurre con el budismo, en el que el silencio de Buda significa el rechazo a cualquier especulación teológica, la llamada a una forma de acción propia de las espiritualidades de Asia: desde el Tao en China o los Upanishad en India, todas son un llamamiento al dominio e incluso a la extinción del “yo pequeño” individual y de sus deseos parciales, lo que supone una toma de conciencia de que el centro más íntimo del yo es el centro de la vida total del universo, una llamada a ser uno con el todo.

 

En este fin del siglo XX , que ha sido uno de los más sangrientos de la historia humana, vivimos en un mundo quebrado por el desgarramiento de la unidad humana, en el que la desigualdad no deja de crecer tanto entre Norte y Sur como en el seno mismo de los llamados países “desarrollados”, entre los que tienen y los que no tienen.

Vivimos en una naturaleza en vías de destrucción por agotamiento de recursos y contaminación.

El planeta tierra no puede sostener indefinidamente el tren de vida occidental, que no es, por lo demás, universalizable.

Si todos los países tuvieran tantos automóviles como los llamados países “desarrollados”, no solamente los recursos petrolíferos se agotarían en pocos años, sino que los “agujeros” cavados en la atmósfera por nuestras emisiones de gas aumentarían el calentamiento del aire y, al derretirse los hielos árticos, nuestros puertos desaparecerían bajo las aguas.

Si todos los países del mundo derrochasen en anuncios y páginas de publicidad en nuestros diarios tanto papel como nosotros, en pocos años quedarían arrasados los bosques, verdadero pulmón de la humanidad.

Éstos son sólo algunos ejemplos de la marcha hacia el suicidio planetario. Vivimos en una historia sin finalidad, en la que el mercado ya no es un lugar de intercambio entre la producción y los servicios del hombre, sino una jungla donde se enfrentan las voluntades de poder, de disfrute y de crecimiento de individuos, de Estados y de monopolios gigantes.

La lógica del mercado va en contra de la lógica de la vida:

- Lo que existe fuera del mercado no existe. No existen, por ejemplo, aquellos que no gozan ni siquiera del privilegio de ser explotados: los desempleados, los excluidos y los subdesarrollados condenados por el hambre.

- Los que rehúsan inscribirse en el mercado, rechazando, por ejemplo, los dictados del Fondo Monetario Internacional, deben desaparecer, desde Yugoslavia hasta Irán, desde Nicaragua a Chiapas .

En los albores del capitalismo, el filósofo inglés Hobbes ya venía repitiendo: “El hombre es un lobo para el hombre” .

En la segunda mitad del siglo XX, bajo el nombre de “mundialización”, el monoteísmo del mercado ha extendido a escala planetaria la posibilidad para los más fuertes de devorar a los más débiles bajo el lema de la “libertad del mercado”.

Así se mutilan las tres dimensiones humanas:

-la de su pertenencia a la naturaleza,

-la de la unidad de la comunidad humana,

-y aquella dimensión que las religiones llamaban “divina” y las sabidurías sin Dios “Unidad y Totalidad”.

¿Qué mutación global puede invertir semejante deriva?

Una revolución tiene más necesidad de trascendencia que de determinismo.

El nacimiento y la muerte, en el siglo XX, de una gran esperanza y de su implosión, han ilustrado trágicamente esta ley: el determinismo histórico sólo puede llegar a fundar un conservadurismo radical, pues, si el presente procede de forma ineludible del pasado, y el porvenir del presente, ya no hay lugar alguno para la iniciativa humana, de modo que la búsqueda de finalidades se convierte en ilusoria.

El primer error de orientación se sitúa muchos siglos atrás en la historia occidental; durante más de mil años: desde Nicea (325) hasta el siglo XIII, reinó sobre Europa una teocracia que distaba mucho de ser el Reino anunciado por JESÚS (en el que no se entra por el poder, sino por la renuncia); una jerarquía clerical que hablaba y actuaba en nombre de una teología de la dominación, haciendo de Dios un déspota celeste, cuya Iglesia pretendía ser su regenta en la tierra.

Algunos grandes hombres espirituales, inspirados por el mensaje de Jesús, intentaron mostrar que era posible otra vía.

Un monje calabrés, Joaquín de Flora, desplegó en la historia el dogma de la Trinidad. Enseñaba que, más allá del reino de la Ley (la ley anterior a Jesús) y del reino de la Gracia (inaugurado por Jesús y traicionado por su Iglesia), advendría el reino del Espíritu en que el Reino anunciado por Jesús estaría todo en todos.

Su “Evangelio eterno” fue condenado por el Concilio de Letrán (a. 1215). Sus discípulos, que se inspiraban en esta visión, fueron llevados a la hoguera, tales como Juan Hus en Praga, o crucificados, como Thomas Munzer, que encabezó el alzamiento de los campesinos de Suavia con una bandera que rezaba: “Señor, sostén tu justicia divina”.

San Francisco, hijo de un rico fabricante de paños de Asís, siguió la llamada de Jesús dirigida al “joven rico”. Fue, en vano, el pionero de la “opción preferencial por los pobres”.

En Inglaterra, el arzobispo Tomás Moro escribió la primera “utopía”, fundadora de todas las que vinieron después. Tras un lúcido análisis de la entrega de Inglaterra al capitalismo, dibujó las grandes líneas de otra sociedad posible, pero este inflexible continuador del cristianismo primitivo pereció en el cadalso.

Es de notar que el horizonte de cada uno de ellos se extendía más allá de Occidente.

Joaquín de Flora había estado en contacto durante sus viajes con las espiritualidades de la Iglesia de Oriente y del Islam.

San Francisco de Asís, en plena cruzada, atravesó las líneas de los caballeros de Occidente para encontrarse en Damiette con el sultán Abdel Malek.

Tomás Moro se inspiraba en las sociedades amerindias, de las cuales tenía conocimiento por los informes de Américo Vespucio y de sus compañeros.

El precursor de todas las tentativas ulteriores de diálogo con las espiritualidades no occidentales, el cardenal Nicolás de Cusa, publicó un estudio crítico del Corán ( Cribatio Alkhorani ). En su Docta ignorancia creó una lógica -a la vez matemática y mística- que venía a romper los límites de la escolástica medieval. En La paz de la fe ofrece el primer ejemplo de concilio verdaderamente ecuménico, basado en la universalidad de la fe a través de la diversidad de las culturas en las que se expresa ésta. Para que se unieran a este concilio, convocó a los hombres espirituales de Asia, del Islam, de todas las religiones.

Estas tentativas inauguraron un universalismo de la fe en el respeto a la diversidad de las creencias, ritos y símbolos culturales por los que se expresa una misma búsqueda de Dios, pero se estrellaron contra el dogmatismo de una Iglesia heredera de la concepción del Dios de poder de los Hebreos, del racionalismo griego de Platón o de Aristóteles, y de la organización jerárquica del imperio romano.

Esta Iglesia, no ya universal (católica), sino romana, patentó los métodos más opuestos al mensaje de Jesús: Cruzadas hacia fuera e Inquisición en los países dominados por ella.

La renovación ya no podía nacer de dentro.

La Reforma segregó la mitad norte de Europa de la Iglesia romana. El Renacimiento no sólo fue una rebelión contra las instituciones de la Iglesia, sino contra la imagen perversa que había dado de Dios.

A partir de entonces, fue borrado por la tormenta incluso el mensaje positivo del que esta Iglesia habría sido hasta entonces portadora, el de los fines humanos y divinos del hombre – aún cuando este mensaje había sido distorsionado con frecuencia.

Además la “razón” fue privada de una de sus dimensiones fundamentales: el esfuerzo por remontar desde los fines subalternos a los fines más altos, y la apertura a un horizonte sin límite. La razón habría podido de este modo tomar conciencia de su capacidad para ascender de causa en causa sin alcanzar jamás la causa primera, o de fin en fin, sin llegar a tocar el fin último; pero escogió entregarse a la tarea única de extender los poderes del hombre sobre la naturaleza y sobre los demás hombres.

Descartes le asignó a esta ciencia y a esta técnica el objetivo de “hacer del ser humano el señor y amo de la naturaleza”. Este objetivo, después de dar al hombre los medios científicos y técnicos para dominar las fuerzas de la naturaleza, lo condujo, tras cuatro siglos de innegables progresos en este sentido, a otorgarle el poder de destruirla.

También le dio el poder de esclavizar y masacrar a los otros hombres por medio del “desarrollo” de la técnica armamentista. El Renacimiento llegó a ser no sólo la exhumación de las culturas antiguas de Grecia y Roma, de la concepción griega de la razón y de la romana del poder, sino, sobre todo, del nacimiento del capitalismo y del colonialismo.

El progreso técnico hizo posible a la vez la creación de grandes riquezas y un reparto cada vez más desigual de las mismas: la concentración de la riqueza en manos de una minoría cada vez más reducida y una acrecentada miseria para multitudes cada vez más amplias.

El colonialismo, hecho posible gracias a la desigualdad del desarrollo de la técnica y de las armas, no dejó de acentuar hasta nuestros días la quiebra de la humanidad.

Las etapas de la dominación creciente de esta razón mutilada fueron, después de Descartes, las Luces, que desembocaron en el triunfo del mecanicismo cartesiano en su expresión más radical, con el “hombre-máquina” de La Mettrie.

La Revolución francesa es el prototipo de estas tentativas de mutación histórica haciendo abstracción de la dimensión trascendente del hombre.

Esta revolución permitió la transferencia del poder a la clase social que detentaba el control de las técnicas nuevas y de la fortuna derivada de ellas, privilegiando esta clase nueva en detrimento de la mayoría del pueblo: éste se había liberado de las servidumbres feudales, pero no de toda servidumbre. Al día siguiente del 4 de agosto en que la nobleza decretó la abolición de sus privilegios, los campesinos ya no tenían un señor ni un amo de quienes ser siervos, sino propietarios de quienes ser sus arrendatarios dependientes. Los obreros de las ciudades, privados por la ley Le Chapelier del derecho de reunión y de organización, frente a unos patronos que no estaban sometidos a estas obligaciones, siguieron, durante un siglo, desamparados ante un nuevo despotismo que ya no era feudal, sino patronal.

La Declaración de los Derechos del Hombre proclamaba –en principio– la igualdad de todos, pero en la Constitución, de la que era el preámbulo, se les negaba el derecho de voto a la mayoría de los ciudadanos denominados “ciudadanos pasivos” en virtud del principio enunciado en la Enciclopedia de Diderot (artículo “Representante”) según el cual “Sólo el propietario es ciudadano”.

Fuera de toda palabrería de nuestras “democracias”, la tecnoestructura en manos de monopolios cada vez más concentrados se ha convertido en la única reguladora de las relaciones sociales tanto a escala de individuos como de naciones.

Siendo la vocación del hombre la búsqueda del sentido y finalidad del ser humano y de su actuar, su acta de defunción, “un mundo sin el hombre”, fue firmada por Augusto Comte, con su Curso de filosofía positiva (1826-1842).

A partir de la exclusión de cualquier causa final a nivel de la física, Augusto Comte concibió una ley universal análoga, aplicándo al hombre mismo y a las ciencias que tienen que ver con él, tales como la economía política y la sociología (que él llama también “física social”), los mismos métodos, es decir, el mismo determinismo mecánico que excluye por principio cualquier pregunta sobre el sentido.

Así, con su “ley de las tres edades”, Comte refuta la edad teológica, porque plantea la cuestión del “por qué” y no se conforma con el “cómo”. Esta edad teológica se extiende, según él, desde los orígenes de la humanidad hasta el siglo XIII, con lo cual ignora totalmente todas las sabidurías no occidentales. (Comte fundará significativamente una Revista Occidental).

La edad metafísica, que sigue, no constituye sino una transición, traducción abstracta de la visión teológica.

La edad positiva es aquella en que el hombre se limita a observar “lo que existe” y a establecer sus leyes: “El conocimiento por las causas queda reemplazado por el determinismo de las leyes”.

Así pues, ya no hay lugar en esta filosofía de la historia nada más que para una extrapolación cuantitativa del presente, no para prever el futuro. Augusto Comte es, de este modo, el padre del cienticismo totalitario de la prospectiva tecnocrática y, finalmente, del ordenantropo , que cree que la ciencia –contenida en el ordenador– puede responder a todas las preguntas, no sólo sobre los medios, sino también acerca de los fines. Norbert Wiener, inventor de la cibernética, consideraba que las sociedades humanas eran ya demasiado complejas para ser administradas por los hombres y que convenía, por lo tanto, entregar dicha gestión a las máquinas.

La enseñanza y la información hacen creer a las multitudes que esta situación, mortífera para gran parte de la humanidad, es una ley de la naturaleza tan apremiante como lo fueron en su tiempo las llamadas verdades reveladas.

Así reina el “pensamiento único”.

Ningún Estado en los países llamados desarrollados, ningún partido político ni ninguna Iglesia institucional combate –salvo a nivel de palabrería– este caos desprovisto de significación humana.

¿Cómo combatirlo?

¿Y por dónde empezar?

 

Este ensayo se publicó por primera vez en el volumen colectivo Le XXI ème siècle, suicide planétaire ou résurrection, Ed. L'Harmattan, Paris 2000. En las notas siguientes se harán algunos comentarios a la actualidad posterior.

La atroz destrucción de Afganistán, Palestina e Irak con la que se ha inaugurado el siglo XXI confirma la vigencia del proyecto despiadado de los que se pretenden proclamar “dueños del universo”.